La piel de una gota Sorpresa, sorpresa #7
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Sorpresa, sorpresa #7

—Iniciamos subida por las escaleras —informa el tédax, que ya avanza a pasos cortos y firmes.

—Nos lo tomamos todo con mucha calma —le recuerda Zetazeta.

En el lado opuesto del interior de la furgoneta, junto a los técnicos que los acompañan, Sancho y Anchorena aguardan a que les deriven la llamada que, supuestamente, va a efectuar Marco Antonio Gavilán a las cinco de la tarde, a quien han decidido ocultarle que conocen tanto su identidad como sus intenciones en el Duque de Lerma.

Otra cosa es que se haya enterado de la evacuación del edificio y encaje las piezas, circunstancia que han asumido como probable, dado que a estas alturas el desalojo es vox populi en la ciudad.

Ninguno de los dos ha disfrutado de un solo segundo de descanso, pero a Anchorena lo que más le pesa no es el agotamiento físico, sino la certeza de que cualquier error podría tener consecuencias fatales.

Sancho, por su parte, ni siquiera ha sido capaz de encontrar un instante para sacar el móvil y contactar con Sara para ponerle al día de la situación.

Es consciente de que ese silencio no suma, pero hay veces que conviene restar.

—¿Apostamos como en los viejos tiempos? —le pregunta Antón Anchorena con la idea de aliviar la tensión.

Sancho desvía la mirada y suelta un suspiro.

—¿Qué nos jugamos?

—Lo de siempre: cena con vino bueno.

—Venga.

—Yo digo que lo sabe y, aun así, llama —augura el de la CGI.

—Yo digo lo mismo.

—Haberlo dicho primero.

—Que te jodan.

—¿Cómo vas, Pablo? —oyen preguntar a Zetazeta.

—Empezando el primer tramo del segundo piso. De momento, bien.

—¿Samuel?

—Yo voy ligero, no he roto ni a sudar.

—Yo no puedo decir lo mismo.

—Descansa las veces que necesites —insiste Zetazeta.

—Lo sé, lo sé.

El teléfono de Sancho vibra.

—¡Atención todo el mundo! —advierte Anchorena.

Este espera a que su compañero le haga la indicación.

—Sancho —responde.

Silencio.

—¿Si le pregunto dónde está me contestará con sinceridad?

—Solo si antes me lo dice usted.

—Bien, bien... Es usted rápido, inspector. Ahora cuénteme cómo han sido recibidas mis peticiones.

Su voz suena firme y sosegada.

—Pues no le voy a engañar; con mucha sorpresa.

Lo que pide no es nada sencillo de conseguir porque requiere la intervención política, y no hace falta que le diga que esa gente muy rápida no es.

Pero le puedo asegurar que estamos trabajando en ello y que si mantiene su palabra y no se producen más...

Sancho duda en qué palabra utilizar. Anchorena se toca el auricular y niega con la cabeza.

—¿Atentados? —completa el Témpano.

—... actos violentos. Si no se producen más actos violentos seguiremos adelante con los trámites.

—¿Y pretende que le crea así sin más? ¿Por qué no se han comunicado mis peticiones a los medios?

Zetazeta levanta la mano y muestra tres dedos, lo cual indica que al tédax le quedan dos pisos para llegar a la vivienda de Gerardo Méndez.

—Eso no depende de nosotros. Al parecer, la Secretaría de Estado de Seguridad cree que es contraproducente que reconozcamos que estamos inmersos en una negociación con alguien que ha cometido delitos de sangre. Los muertos ascienden ya a veinte.

—Sí, ya me enteré de lo de esos bomberos. Pero... ¿a quién se le ocurre ordenar un peritaje desde el interior?

—Eso no es cosa mía, pero, volviendo al asunto anterior, no podemos comunicar sus peticiones a los medios porque se abriría un gran debate social que perjudicaría la redacción de la propuesta de ley.

—Es que, precisamente, lo que yo quiero es que se abra un debate social en torno a este asunto. Estoy convencido de que habría mucha más gente a favor que en contra de la aprobación de esa ley. Subestimar la opinión mayoritaria es otra forma de violencia.

Anchorena le hace un gesto para que continúe por ese camino.

—¿Usted cree?

—Sin duda. Solo entre perros y gatos suman más de quince millones en España, y muchos de ellos sufren con el sonido de los fuegos artificiales y los petardos que lanzan cuatro idiotas descerebrados.

—Puede ser. ¿De qué raza era su perra?

El Témpano tarda en contestar.

— Basenji. Es poco conocida.

—Lo siento mucho. ¿Y fue aquí en Valladolid? ¿Es por eso por lo que está...?

—Deje de hacerme preguntas tan dolorosas, inspector —le corta endureciendo el tono.

Sancho busca la mirada de Anchorena para salir de esa, pero no les da tiempo.

—¿Qué le parecería si le preguntara yo por el estado de salud de sus hijas?

Pablo del Fresno nota los cuádriceps y los gemelos cargados.

Siempre ha tenido un buen tren inferior gracias a los muchos kilómetros de pedaleo que tiene encima, pero no son las piernas sino el calor lo que le ha obligado a detenerse antes de afrontar el último tramo de escaleras.

El esfuerzo físico le ha hecho perder mucha agua y, a pesar de que se ayuda del pasamanos para subir, los últimos peldaños le han costado demasiado.

Sabe que tiene que controlar la frecuencia respiratoria para impedir que las pulsaciones sigan subiendo, pero el infierno que se ha desatado dentro del traje le impide pensar con claridad.

No puede permitir que el EOD9 deje de ser su ángel de la guarda para convertirse en diablo.

Por el equipo de transmisión se escuchan sus jadeos, cortos, constantes.

—Pablo, ¿estás bien? —le pregunta Zetazeta.

—Sí, pero necesito recuperar el aliento —responde. Entre palabra y palabra hay medio segundo de inhalación.

—Vas muy bien. Tómate el tiempo que necesites y respira despacio. Piensa en la montaña esa a la que me has dicho que te vas a ir en Navidades con tu familia.

—Ojalá estuviera allí ahora —dice—. Sigo.

—Venga, que ya lo tienes —le anima—. Samuel, ¿alguna novedad?

—Ninguna. En posición.

—Pablo, cuando estés en la planta quiero que descanses hasta que bajes las pulsaciones, ¿estamos?

El tédax no responde.

—¿Estamos? —insiste.

—Estamos —responde al fin.

Todos dicen que acabará presentando los informativos.

Carmen Corazzini no solo es una cara atractiva, es la futura cara de la cadena de televisión más importante del país.

Cuenta con una legión de seguidores en Instagram, que se ha ganado a pulso en cada una de las apariciones que ha hecho como reportera intrépida y pertinaz del momento.

Los que la conocen saben que Carmen no busca la fama; busca la noticia y la encuentra antes que nadie.

Y hoy la noticia está en Valladolid.

Ha cubierto el lacrimógeno mensaje de Omar Fuentes de esta mañana y ha ofrecido en exclusiva una entrevista con la teniente de alcalde, quien muy presumiblemente ocupará el cargo en cuanto se confirme la tragedia.

A punto estaba de tomar el AVE de vuelta a Madrid cuando ha recibido el soplo: la policía está desalojando el edificio más alto de la ciudad, y no parece que sea por los motivos que han esgrimido las autoridades.

No se lo ha pensado y con Pedro, su cámara, se han subido a un taxi y se han dirigido hacia allí.

El problema es que han colocado el cordón policial demasiado lejos del edificio, y desde ahí no tiene manera de saber qué está sucediendo. Su instinto le dice que hoy toca mojarse el culo, y no ver a nadie de la competencia cerca la empuja a tomar la decisión.

—Pedro, ¿te ves capaz de bajar por ahí con la cámara?

—A ver, capaz sí me veo, pero no me gustaría que me metieran otro porrazo como el día de la manifa de tractoristas.

—Venga, Pedrito, que no fue para tanto. Además, aquel día te invité a tres cañas.

—Un porrazo, tres cañas..., no sé si me compensa.

—Lo subo a cinco y botella de vino.

Pedro sabe que diga lo que diga le va a tocar pringarse —y mantiene un hilo de esperanza de poder acostarse con ella después de alguna noche tonta de cañas—, así que compone un gesto sumiso y asiente con la cabeza.

—¡Ese es mi Pedrito!

A Sancho le ha dado un vuelco el corazón.

Está preparado y mentalizado para escuchar cualquier cosa que provenga de semejante malnacido, pero no se esperaba que le mencionara a sus hijas recién nacidas.

Anchorena, muy atento a todo, abre mucho los ojos y hace un movimiento con las manos para indicarle que cambie de tema. El pelirrojo toma aire, aprieta con fuerza los puños y acude al cuaderno que tiene delante con algunas anotaciones.

—Hay algo que no termino de entender de usted. Su religión establece que ha de existir un equilibrio entre el ser humano y el entorno en el que vive. Sin embargo, usted parece empeñado en destruirlo.

—Le felicito, inspector, a usted y a quienes le hayan convencido para abrir una especie de debate moral sobre mis actos, pero no va a poder ser, porque, por mucho que haya leído acerca del tema o le hayan asesorado sobre lo que tiene que decir, no comprendería nada.

—Pues explíquemelo.

—Traté de hacérselo entender en la anterior conversación, pero si necesitan que se lo aclare, ahí va.

Es muy sencillo: la destrucción se concibe como un restablecimiento del equilibrio espiritual en momentos de transgresión y desorden.

No es el final, sino un estado intermedio necesario, un mecanismo para devolver la armonía a la naturaleza, y de ello se encarga Adro.

—Y con todo lo que está haciendo, de algún modo, usted ha adoptado el papel de Adro.

—Alguien tiene que hacerlo.

Sancho sopesa lo siguiente que va a decir.

—¿Y se puede saber qué cojones tiene que ver el estado de salud de mis hijas en todo esto?

Antón Anchorena le toma del brazo y niega con la cabeza. Sancho se limita a sostenerle la mirada.

—Tiene que ver con usted, claro.

—Si quiere seguir manteniendo esta conversación conmigo, no vuelva a mencionarlas.

—En este juego no hay normas, inspector, solo ingenio. Y usted y los suyos no están demostrando estar a la altura. ¡Si ni siquiera han sido capaces de averiguar el motivo real por el que he exigido hablar con usted!

—Estoy —le escucha decir a Pablo.