Sorpresa, sorpresa #6
Dentro de la furgoneta estacionada en la acera de enfrente de la casa de Cristina desde hace quince minutos, Antón Anchorena y Ramiro Sancho han asistido al momento en el que Marcos Domingo ha dado órdenes explícitas a los dos jefes de grupo.
La mala noticia es que el sensor térmico no ha detectado ninguna presencia en la planta calle; la buena, que su rango de actuación no llega al sótano.
La prioridad es detenerlo vivo, pero dada la peligrosidad del sospechoso se ha autorizado el uso de armas de fuego si la situación así lo requiriera.
—Atención, Seguridad Ciudadana: cortamos ya los accesos al tránsito de vehículos. Jefe uno y jefe dos, treinta segundos.
—Jefe uno, copiado. En posición.
—Jefe dos, copiado. En posición.
No lo verbalizan, pero tanto Sancho como Anchorena darían un riñón para que la jornada de hoy terminara con la detención de Marco Antonio Gavilán.
Paralelamente, se ha ordenado el allanamiento y registro de la última vivienda conocida donde está empadronado, en el cabo de Gata, pero ambos saben que poco o nada van a sacar de allí.
—Diez segundos.
Silencio absoluto.
—Adelante.
—¡Grupo Especial de Operaciones! —se oye gritar casi al unísono a ambos grupos cuando acceden a la vivienda utilizando el ariete.
—Equipo uno, planta calle y jardín despejado.
—Equipo dos, bajando al sótano.
Anchorena entorna los párpados, toma aire y desvía la mirada hacia el techo de la furgoneta.
—Equipo dos, sótano despejado.
Sancho frunce los labios al tiempo que su compañero se quita el auricular visiblemente decepcionado.
—Equipo uno y dos, proceded a asegurar los accesos. Los de la Científica pueden proceder al registro. Muy atentos los del perímetro por si detectamos alguna actitud sospechosa. Si algún curioso coincide con la descripción del sujeto lo detenemos en el acto.
—Equipo uno, copiado.
—Equipo dos, copiado.
—Vamos dentro —le conmina el navarro.
La primera sensación que le invade a Sancho en cuanto entra en la vivienda es que ya ha estado allí y, sin embargo, está seguro de que no.
De un manotazo mental descarta la idea, y se fija entonces en que el interior está amueblado con bajo presupuesto pero con gusto, y la decoración refleja un estilo cálido y personal a pesar de que hay muchas plantas que hace mucho que dejaron de hacer la fotosíntesis.
—Jefe, tienen que ver esto —oyen decir a una voz que viene del sótano.
A Marcos Domingo le siguen Anchorena y Sancho. A mitad de escalera ya se percibe el olor a humedad y a taberna con solera. El sótano, transformado en bodega, tiene unos veinticinco metros cuadrados, pero lo primero que llama la atención es una mesa tipo camping en el centro de la estancia.
—Yo diría que eso —señala un miembro del GEO— es parte de un detonador. Y en esa estantería hay varios componentes químicos.
Anchorena se acerca para examinarlo.
—Ni más ni menos —certifica—. Antes de que los de Científica procesen todo esto, que el TEDAX lo revise, no nos vayamos a encontrar con alguna sorpresa.
—Bueno, pues ya sabemos dónde preparaba sus pócimas —comenta el pelirrojo.
—Sí, eso parece. Ahora solo necesitamos atrapar al maldito druida. Dejemos espacio a los que les toca hacer su trabajo.
Están a punto de abandonar la vivienda cuando oyen que alguien levanta la voz.
—¡Aquí, en la cocina!
Acuclillado, un miembro de la Científica sostiene con el índice y el pulgar de la mano enguantada un papel arrugado.
—He encontrado esto en la basura. Creo que puede ser importante —avisa.
—Extiéndelo en la encimera. Con cuidado —le pide Anchorena—. Déjame ver.
Ambos se inclinan al unísono para acercarse a la cuartilla, sobre la que aparece un plano dibujado a mano alzada con trazos de bolígrafo azul y líneas rectas pero torpes, propias de quien lo ha hecho con prisa y sin instrumental técnico.
—Parece la sección de una planta de edificio, ¿no? ¡¿Alguien sabe algo de arquitectura o delineación?! —vocea el de la CGI.
Una mujer de la Científica se aproxima.
—Yo empecé Arquitectura, pero...
—Venga aquí, dígame qué ve.
La elegida se acerca con precaución.
—Cinco viviendas por planta. Entradas independientes conectadas por un pasillo central que cruza de extremo a extremo.
Aquí, la escalera comunitaria y los tres ascensores.
Es muy rudimentario, pero tiene que ser de un edificio bien hermoso para tener tantos apartamentos.
Lo que no se puede saber son las dimensiones porque no hay medidas ni escalas.
Al parecer solo interesa esta vivienda de aquí —señala—, la que tiene el trazo más grueso y está marcada con la G. Pero..., qué raro, ¿no?
—El qué —quiere saber Anchorena.
—Pues que hay cinco viviendas por planta, no entiendo que esta tenga la letra G, que es la séptima del abecedario.
—Bien visto.
—¿Y esta nomenclatura de aquí qué significa?
Sancho le señala una línea que viene escrita en el margen izquierdo del papel: «P5. Ed DdL».
La de la Científica se encoge de hombros.
—Pues no sabría decirle, la verdad.
De improviso, Sancho da un fuerte golpe en la encimera con la parte blanda del puño y se echa las manos a la cabeza. La inesperada epifanía no es bien recibida por los presentes.
—¡Joder! ¡Joder, joder, joder! —repite manteniendo la postura y sin dejar de mirar el plano.
—Joder, ¿qué?, Sancho, joder, ¿qué? —le presiona Anchorena ansioso.
—¡Planta 5, edificio Duque de Lerma! Y la G no es la letra del piso.
—¿Y qué coño es?
—¡El piso del cabo Méndez, Gerardo Méndez! Lo ha mencionado esta mañana.
Anchorena endereza la espalda.
—Vamos, no me fastidies. No tendrá los cojones de...
—Cojones no sé, pero mala hostia le sobra. Y esto es algo personal entre los dos. Hay que evacuar el edificio a la voz de ya —zanja Sancho.
Avenida de Salamanca, 1
Han transcurrido dos horas desde que Anchorena ha hablado con el comisario general Fernández Villanueva para que le autorizara la activación del protocolo de emergencia y evacuar así el edificio Duque de Lerma.
En cuanto lo ha hecho se han puesto manos a la obra, con el propósito de movilizar a los distintos intervinientes y conformar el Centro de Coordinación Operativa bajo el mando único del delegado del Gobierno de Castilla y León.
Poco después, la Secretaría de Estado de Seguridad, dependiente del Ministerio del Interior, ha aprobado la aplicación del Plan de Prevención y Protección Antiterrorista para la ciudad de Valladolid, que en este momento está en el punto de mira del Gobierno.
Toda esa es la parte burocrática; sin embargo, sobre el terreno es Antón Anchorena el encargado de tomar las decisiones correctas con el fin de garantizar la seguridad de la evacuación.
Por y para ello está ya en el interior de la furgoneta táctica estacionada en la esquina de la calle Olma con la avenida de Salamanca.
Comparte espacio con Sancho y con Hernán Zunzunegui, ambos en apariencia tranquilos para el riesgo que asumen.
En apariencia.
El motivo esgrimido para justificar la operación de cara al exterior es la detección de una serie de daños en las canalizaciones de gas que dan servicio al Duque de Lerma.
En este momento ya no queda nadie en el edificio, se ha establecido un perímetro de seguridad de cincuenta metros y se ha cortado el tráfico rodado y de transeúntes en varios puntos estratégicos: puente Mayor, avenida de Salamanca y avenida de Gijón.
Llegados a este momento, cuando el reloj de Antón Anchorena marca las 16.57, les toca intervenir a los TEDAX comandados por Hernán Zunzunegui.
—Tu turno —le indica el navarro.
Da la sensación de que Zetazeta se enfrenta cada lunes a este tipo de situaciones extremas.
Con la expresión laxa, se sienta frente al monitor que tiene delante como si fuera a jugar un rato al GTA .
La imagen, partida a la mitad, se alimenta de las cámaras que llevan los dos experimentados miembros de los TEDAX que él mismo ha seleccionado para la operación.
Una operación en la que, si Hernán Zunzunegui es el cirujano, no tiene la menor idea de lo que se va a encontrar cuando abra al paciente.
Mientras trata de calmar los nervios previos a la intervención, la pareja de tédax aguarda en la primera planta del sótano para evitar estar a la vista de los muchos curiosos que pueblan las ventanas de los edificios colindantes y, de este modo, no incrementar la tensión social.
—Aquí Zetazeta, ¿estáis en posición?
—Afirmativo.
—Pues venga, para arriba. Pablo, tómate tu tiempo. Haz los descansos que tengas que hacer, pero tienes que llegar con la cabeza despejada. No pensar en lo que te vas a encontrar arriba es la mejor forma de pensar en ello.
—Lo tengo claro —responde el tédax, embutido en el equipo de protección integral EOD9.
Diseñado para resistir ondas expansivas, impactos de fragmentación y otros efectos derivados de una deflagración, el EOD9 es el ángel de la guarda de quienes tienen como oficio desactivar artefactos explosivos.
Treinta y nueve kilos de tejido balístico multicapa reforzado con placas rígidas, un casco con visor antibalas y protección facial integral.
Integrado en el traje, un sistema de ventilación y comunicaciones.
Un seguro de vida que solo admite el pago en una moneda: presión térmica.
Porque a cada paso que da su portador, con cada latido de su corazón, la temperatura del interior asciende hasta convertirse en un horno de cocción lenta.
Pablo del Fresno porta consigo material muy básico, ligero, con el propósito de no dificultar más aún el ascenso por las escaleras.
Es Samuel Martín, su binomio, quien le asiste cargando con material más pesado por si lo tuviera que necesitar.
Zetazeta le ha ordenado a este que permanezca a la espera dos plantas más abajo que Pablo, por lo que se permite el lujo de llevar un traje de protección mucho más liviano.
Desde donde se encuentra Samuel, a algo más de quince metros de distancia, Pablo parece un gigante verde acorazado.