Sorpresa, sorpresa #4
—Seguramente. Más cosas: el teléfono que nos ha proporcionado está muerto, claro, pero tenemos la dirección de la mujer aquí en Valladolid.
Tengo a todo el equipo buscando información sobre Gavilán y le he dicho a Inés que llame al juez cagando leches.
Con un poco de suerte, la conversación de las cinco la mantenéis en persona y te ahorras el numerito de la parte religiosa.
—Y si ese gañán no le hubiera llamado, tendríamos más oportunidades de trincarle. Porque, o Gavilán es idiota perdido, que no parece, o habrá tomado medidas.
—Seguramente —vuelve a repetir el de la CGI como si su cerebro necesitara un reseteo.
Sancho se tira de los pelos del bigote. Anchorena le lee el pensamiento.
—Suéltalo —le insta alargando la última vocal.
—Por lo que nos acaban de contar, es un perro viejo, Antón, y los perros viejos no ladran antes de morder ni se dejan atrapar con un lazo.
—Pues igual hay que tirar de escopeta en vez de pensar en atraparlo, amigo.
Bar El Barco
Han quedado ahí porque a ambas les parece mucho más sensato evitar lugares más céntricos y transitados.
Se nota mucho que ha descendido la actividad cotidiana en la ciudad.
Podría decirse que Valladolid vive en una perpetua mañana de domingo.
Sin embargo, se respira una atmósfera agónica parecida a la que se vivió durante los meses de pandemia en los que solo se permitían salidas controladas.
Ese ambiente angustioso no parece tener su reflejo en los rostros de Sara y María, dos amigas que han quedado para tomar café pese a que, honestamente, no podrían considerarse como tales ni están tomando café.
La iniciativa ha corrido a cargo de Sara, que, aburrida desde las siete y cuarto de la mañana, cuando se ha despertado, le ha escrito a la mujer que le ayudó a traer a sus hijas al mundo.
No es consciente de ello, pero ahora cumple una función de anclaje vital que antes no necesitaba.
A María, que hoy libra, le ha parecido una excelente idea, y el único motivo por el que sostiene un agua con gas en vez de una caña es que todavía no son ni las once de la mañana.
—Las mamitas del colegio de mi hija están histéricas —comenta la matrona forzando una mueca seráfica—. El condenado WhatsApp es un incendio perpetuo. El grupo de padres y madres que han decidido no llevar a sus hijos al colegio arremeten contra los que sí y viceversa.
—Esos grupos de WhatsApp habría que perseguirlos como instigadores de la violencia.
María se ríe.
—Bueno, no te creas, que en el hospital pasa más de lo mismo. Están los que defienden que la gente se quede en sus casas por muy personal sanitario que sean. Si todos hiciéramos lo mismo..., imagínate.
—El tipo que está haciendo esto ganaría la partida, porque su propósito no es otro que sembrar el terror y que se deje de vivir con normalidad.
—¿Y cómo lo lleváis vosotros?
—Sancho es poco amigo de compartir sus emociones, pero se le ve muy tenso, alterado. No saber quién es ni qué demanda los está volviendo locos. En casa trata de disimularlo, pero yo sé leerlo por dentro y lo está pasando mal.
—¿Y tú?
Sara abre mucho los ojos, pensativa, como si no se hubiera planteado esa cuestión.
—Ahora mismo mi única prioridad son las niñas, pero te engañaría si te dijera que no estoy preocupada por Sancho y por otro asunto que me concierne a mí y que no sé por dónde va a salir.
María entiende que ese asunto no le incumbe.
—Claro, es que vuestro trabajo se tiene que hacer muy complicado en momentos así. Por cierto, vi a Sancho el sábado por la noche en una cafetería, pero estaba muy enfrascado en la conversación con su amiga, o su compañera, y no quise interrumpirle.
Sara frunce el ceño, extrañada, justo en el instante en el que vibra su móvil sobre la mesa. Enseguida reconoce el número entrante.
—Es del hospital.
—Tranquila, atiéndela.
—Diga.
—¿Sara Robles? —pregunta la voz de una mujer.
—Soy yo.
—Verá, no tengo buenas noticias. Han surgido complicaciones con Greta.
La rigidez se apodera de Sara.
—¿Qué tipo de complicaciones? —consigue decir.
A María le cambia la cara.
—Le hemos detectado cierta distensión abdominal y sangre en las heces, por lo que le hemos hecho unas pruebas para descartar que tuviera alguna perforación en el intestino y lo que hemos visto no nos ha gustado.
Tenemos que intervenirla de inmediato para extirparle el segmento afectado, por lo que necesitamos el consentimiento verbal de uno de los progenitores.
Sara se levanta del taburete.
—¡¿A qué se refiere?! —pregunta del todo superada.
—Al ser neonata existe la posibilidad de que no supere la intervención, por eso es tan importante operarla cuanto antes.
A Sara se le anegan los ojos en lágrimas.
—¿Sigue ahí?
—Sí, sí, de acuerdo —balbucea—, hagan lo que tengan que hacer. Estoy de camino —es lo último que dice.
—¿Qué pasa?
A sus cuerdas vocales les cuesta fabricar palabras.
Esas palabras.
—Tienen que operar a Greta de urgencia por algo del intestino, y dicen que es grave. Tengo que llamar a Sancho.
—Bueno, tranquila, Sara, le llamas de camino. Vamos a coger un taxi aquí a la vuelta.
Sara la agarra con fuerza del brazo y busca consuelo en la mirada de María.
—No le va a pasar nada, ¿verdad?
—Claro que no, Greta está en muy buenas manos. Vamos, cariño.
Pero Sara ya no escucha. Un zumbido constante se apodera de su cabeza al tiempo que el rostro que tiene delante pierde nitidez. María se ve obligada a sujetarla de la cintura para que no se desvanezca.
—¿Está bien? —se interesa Luis, el propietario de El Barco.
—Tenemos que ir al hospital Río Hortega —responde María—. ¡Es urgente!
—Tengo la furgo aquí mismo, que estaba descargando. Os llevo.
En once minutos María y Sara, algo más recuperada, bajan del Citroën Berlingo en el que las ha traído Luis emulando la mejor versión de Max Verstappen.
Durante el trayecto, Sara ha tratado sin éxito de contactar con Sancho en cinco ocasiones.
En el mostrador de atención al paciente le informan de que Greta ya está en el quirófano.
Sara nota que las rodillas no soportan su peso.
—Necesito sentarme.
María la acompaña hasta unos asientos.
—Quédate aquí, voy a por agua.
Sara asiente de manera mecánica. Intenta contactar de nuevo con Sancho pero no lo consigue.
Entonces deja caer el móvil sobre su regazo y aprieta los párpados con fuerza como si quisiera exprimir el pernicioso zumo de sus ojos.
Confusa, mira a su alrededor. Gente que va y viene, rostros desconocidos, murmullos lejanos, pitidos rítmicos, asepsia total en el aire. Nada a lo que agarrarse.
Sola.
Sola de una forma distinta a cualquier otra: definitiva y cruel, como si el mundo entero hubiera dado un paso atrás, incluso Sancho.
Avergonzada por su propia debilidad, se tapa la cara con las manos y permanece inmóvil, contenida, temblorosa, esperando a que alguien le certifique que todo ha salido bien.
Paseo Isabel la Católica, 28, 16B
Siente un hormigueo en el coxis como consecuencia del tiempo que lleva en esa misma postura, sentado, contemplando la esbelta figura del Duque de Lerma mientras aguarda a que el programa matinal conecte con el Hospital Clínico Universitario.
La cerradura —de tambor, antigua— no había ofrecido ni veinte segundos de resistencia ante su pericia con la ganzúa.
Esa, la de forzar puertas, es otra de las habilidades que había adquirido en uno de los muchos cursos que había completado a lo largo de su carrera.
Saber que el piso está deshabitado le ofrece una dosis de tranquilidad que se manifiesta a través del ritmo pausado de sus constantes vitales.
Sostiene una tableta conectada al servicio de datos de un teléfono con tarjeta prepago sobre la que ya actúa el jammer .
La noticia de la intervención del alcalde ha saltado a primera hora de la mañana, y, por supuesto, no piensa perdérsela.
Aunque sabe que es muy improbable, mantiene la esperanza de que sea él quien se encargue de transmitir sus absurdas peticiones a la opinión pública.
«Parece que ya tenemos conexión en directo con Valladolid, donde está nuestra compañera Carmen Corazzini. Carmen, ¿qué nos puedes adelantar acerca del mensaje que tiene previsto comunicar el alcalde, Omar Fuentes, en breves minutos?»
Plano medio. Rostro circunspecto. Sobriedad en el atuendo.
«Buenos días, compañeros. Os hablo desde el exterior de la habitación 615 del Hospital Clínico Universitario donde permanece ingresado Omar Fuentes, alcalde de Valladolid. Aquí aguardamos los distintos medios que hemos sido convocados para...»
El Témpano minimiza la pantalla y se conecta a X con un perfil falso para seguir los comentarios del hashtag #OmarFuentes. Casi más que el previsible mensaje del político, le interesa conocer las reacciones de la gente.
«Atención, compañeros —anuncia la periodista—, porque acaban de darnos paso. Mantenemos la conexión para transmitir de forma íntegra el mensaje del alcalde.»
En la pantalla, Omar Fuentes aparece en un plano medio postrado en una silla de hospital, con un respirador insertado en las fosas nasales, un gotero colgando del brazo izquierdo y varios cables conectados a monitores que lanzan pitidos intermitentes.
El tono ceroso de su tez pegada al hueso, los ojos vidriosos recubiertos de una pátina amarillenta y su apariencia cadavérica son claros indicativos de que el americio-241 sigue cumpliendo con su aniquiladora labor.
Con la mirada fija en la única cámara que graba para todos los medios presentes, el alcalde se humedece los labios con dificultad y traga saliva como si quisiera engrasar sus palabras.