La piel de una gota Sorpresa, sorpresa #3
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Sorpresa, sorpresa #3

Ambos intercambian frases apocalípticas cuando contemplan el panorama que tienen delante.

Da la sensación de que las ráfagas de viento que se cuelan entre los destrozos ocasionados por la explosión son gritos de dolor de la torre.

Como una sonrisa desdentada, faltan cinco de las ocho campanas que conformaban un campanario muy bien dotado, orgullo ahora mudo de la ciudad.

Tres de ellas cayeron al vacío y otras dos se desprendieron de sus soportes, aunque han permanecido en el vano.

—Bueno, pues ya lo hemos visto —comenta Juan.

—Menudo destrozo.

—Haberte sentado en la tarta.

Un nuevo conato de risa precede a una desmesurada concatenación de desgracias.

Una fuerte ráfaga de viento le hace perder el equilibrio a Juan.

Este duda durante unas décimas de segundo entre las opciones que se le presentan.

Elige la peor: agarrarse a una de las muchas sogas que conforman el sistema de acción automático del campanario.

Esa en concreto, la que está soportando sus noventa y cuatro kilos de peso en ese momento, pasa por una argolla que decide rendirse ante la llegada de un nuevo suplicio.

Un chasquido desencadena el desastre.

Resulta que la soga a la que Juan ha recurrido para evitar caerse está conectada con la campana bautizada como el patrón de la ciudad, san Pedro Regalado.

Es una de las que se han desprendido de sus soportes, y ahora descansa al borde de un sillar muy afectado por la explosión.

Descansaba. Su tonelada y media de peso es más que suficiente para que, al caer sobre otro más dañado aún, provoque el calamitoso efecto de un castillo de naipes.

Y después, silencio.

Por suerte, ninguno de los dos se ha percatado de que se les venía una pared encima y, antes de que Fede pudiera reprocharle algo a Juan, se han convertido en las víctimas número diecinueve y veinte del hombre al que están a punto de arrancarle la careta.

Comisaría de distrito de Las Delicias

—¿Da usted su permiso?

La primera impresión que se lleva Sancho acerca del hombre que acaba de entrar en el despacho de Anchorena es de mediocridad.

Viste con el uniforme del Ejército de Tierra, pero es evidente que necesitaría una talla más o diez kilos menos, sobre todo los que le sobran en la zona abdominal.

La frente, demasiado despejada para las pocas arrugas que la surcan, está perlada por gotas de sudor, y las pequeñas acumulaciones de saliva reseca en las comisuras de los labios generan un rechazo natural hacia él.

Sin embargo, a pesar de tener la apariencia de un cuarentón venido a menos, hay algo en su mirada que invita a pensar que no es tan zoquete como parece.

—Pase y siéntese. Mi nombre es Antón Anchorena, inspector jefe de la Comisaría General de Información, y estoy al frente de esta investigación. Él es el inspector Sancho, jefe del Grupo de Homicidios. Y a la subinspectora De Marcos ya la conoce. Le escuchamos.

—Gerardo Méndez, cabo primero de Caballería. Estoy asignado al polvorín del cuartel de Calatrava, aquí en Valladolid, y, como le he dicho antes a la señora, o señorita —corrige sobre la marcha—, estoy seguro de saber quién es el responsable de todos estos atentados.

Anchorena, impasible, parpadea dos veces.

—¿Por qué está tan seguro?

El otro se engalla.

—Porque lo acabo de comprobar —responde con cierto aire arrogante que no es del agrado de Anchorena—.

El pasado 7 de octubre recibí la visita en el cuartel de alguien que consideraba un amigo.

Andaba pasando una mala racha, y unos días antes estuvo en mi apartamento del Duque de Lerma tomando un café y charlando.

Suena un desagradable chasquido cuando logra despegar la lengua del paladar.

—¿Quiere un poco de agua? —le ofrece Sancho.

—Sí, por favor.

Inés, que permanece de pie tras el militar, se encarga.

—El caso es que él insistió en ver el polvorín. Es un experto en explosivos, quizá el mayor de este país, sin exagerar, y bueno... Yo me tuve que ausentar y ahí aprovechó para darme el palo. Al escuchar lo de la catedral comprobé las existencias y me faltan dos kilos de PG3.

A Sancho le viene a la cabeza una frase que solía decir su padre: «El mal no entra forzando la puerta, entra porque alguien la deja entreabierta».

—¿Descarta al cien por cien que ese material explosivo haya salido del polvorín por cauces normales? —pregunta Anchorena.

El cabo primero endereza la espalda como si se hubiera puesto en entredicho la honorabilidad de su árbol genealógico.

—Sí, lo descarto al doscientos por cien.

Anchorena y Sancho se miran brevemente.

—Háblenos de él —sigue Anchorena, cuyo interés ha crecido de forma sustancial.

—Se llama Marco Antonio Gavilán. El segundo apellido no lo sé.

Tiene cincuenta y pocos, pero lleva toda la vida en la Legión.

Llegó a subteniente de Zapadores, si no me falla la memoria.

Si hablan con cualquier militar que sepa algo de explosivos les dirá que conoce o ha oído hablar del Témpano.

Lo llaman así porque jamás se pone nervioso.

Méndez bebe un sorbo de agua.

—Tiene un millón de cursos de especialización, y no solo en el manejo de explosivos.

Coincidí con él en el Líbano y fue mi instructor en un curso, por eso sé quién es.

Al margen, ha intervenido en más conflictos que cualquier marine norteamericano.

Pero en conflictos chungos de verdad. En una de esas misiones en el Congo estuvo desaparecido varios meses y luego regresó como si nada.

—¿En el Congo? —interviene Sancho.

—Sí, pero que yo sepa también ha estado en Siria, Irak, Afganistán...

, sitios chungos —repite—. En algún momento perdió la cabeza.

Se dice que lo licenciaron de la Legión por problemas psicológicos y que nunca lo superó.

De hecho, su mujer, que fue compañera mía de clase aquí en Valladolid, se separó de él porque no lo aguantaba más.

—¿Su mujer es de Valladolid?

—Era. Se suicidó hace unos años, la pobre.

Antón Anchorena se pasa la mano por la cara y vuelve a mirar al pelirrojo.

—¿Y él de dónde es? —pregunta Sancho.

—Pues eso no lo sé, sinceramente. Pero hay más. El otro día, cuando me enteré de la explosión en la catedral, le llamé por teléfono y le dije que...

—Anote aquí su número de teléfono —le interrumpe Anchorena, en cuya voz se advierte cierta excitación.

—Y el nombre completo de su mujer —añade Sancho.

—Se llamaba Cristina Mendoza Asenjo. Ya le digo que fuimos compañeros en...

—Anótelo —le insta el navarro.

El cabo Méndez saca su móvil y busca en sus contactos. Cuando apunta el número, Anchorena le hace una señal a Inés de Marcos y esta sale del despacho con el papel en la mano.

—Continúe.

—Le dije que el lunes iba a comprobar el stock y que si faltaba un gramo de explosivo plástico lo iba a denunciar. Y aquí estoy.

—¿Y él qué dijo?

—Lo negó, claro.

—Háganos una descripción física de Gavilán.

El cabo Méndez desvía la mirada hacia su izquierda.

—A ver. Medirá metro ochenta y cinco, complexión delgada pero fuerte como el vinagre.

Siempre ha llevado el pelo cortado a cuchillo, ¿sabe cómo le digo?

Ahora lo tiene todo canoso, como la barba, que la lleva perfectamente cuidada.

Qué más... Tiene los pómulos bastante marcados, ojos castaño oscuro. Ah, y tiene la nuez muy prominente.

—¿Cicatrices, tatuajes?

—Cicatrices tendrá por todo el cuerpo, tatuajes ni idea.

—¿Y por qué cree usted que un hombre como él, con una carrera intachable, estaría cometiendo estos actos? —pregunta Sancho.

—Si no me llega a hacer esa visita al cuartel jamás habría sospechado de él.

Que yo conozca en el Ejército, y miren que llevo años, es de los tipos más respetados.

Y admirados —añade—. Jamás habría sospechado de él —repite nervioso—, pero de verdad que, si no me equivoco, y estoy seguro de que no, tienen un problema gigante.

Tenemos —corrige—. Y aquí necesito pedirles algo.

Gerardo Méndez hace una pausa.

—No sé cómo reaccionará cuando se entere de que he sido yo el que le ha denunciado, pero es muy peligroso. Capaz de cualquier cosa, por lo que necesitaría...

—Ahora no se preocupe por eso —le corta Anchorena—. Primero tenemos que dar con él y verificar todo lo que nos está contando. Una vez detenido no representará ninguna amenaza para usted ni para nadie.

—Ya, bueno..., ese es el problema.

El de la CGI agita la cabeza.

—¿Qué problema?

—Que no les va a resultar tan sencillo atraparle aun sabiendo quién es.

—Eso déjenoslo a nosotros.

La puerta del despacho se abre. Desde fuera, Inés le hace una indicación a su superior para que salga.

—Un minuto.

Cuando regresa, Antón Anchorena se concede unos instantes para cavilar.

—Le agradecemos mucho su valentía. Por favor, manténgase localizable estos días por si...

Ahora es el cabo primero Méndez el que le corta.

—Una última cosa. Ni siquiera he dado parte a mis superiores. Me la estoy jugando tanto en lo personal como en lo profesional, porque alguien podría pensar que he cometido una negligencia. Confío en que tendré su apoyo en el caso de...

—Lo tendrá. No hable de esto con nadie hasta que yo se lo autorice. Es muy importante que esta información se mantenga en el terreno de la confidencialidad. Lo comprende, ¿verdad?

—Por supuesto.

—La subinspectora De Marcos le acompaña. Gracias de nuevo.

Tan pronto como desaparece el cabo Méndez, Antón Anchorena se incorpora y da una sonora palmada.

—¡Tiene que ser él, joder! ¿Qué opinas?

—Que tiene toda la pinta —confirma Sancho—, encaja como un guante en el perfil. Su desaparición en el Congo le cortocircuita aquí arriba —se señala la sien—, y lo del suicidio de su mujer, primero, y la muerte de su mascota, después, podrían haber funcionado como detonante.