Sorpresa, sorpresa #2
Sube las escaleras desde el segundo sótano hasta el nivel de planta calle y sale del portal para cruzar el puente Mayor y establecerse en el puesto de observación.
De todas las tareas que dispuso el sábado por la tarde tras recibir la llamada de Gérar, quizá esta haya sido la más tediosa.
Necesitaba ver sin ser visto: un lugar elevado, cercano —para no salirse del rango de alcance—, pero lo suficientemente alejado para no verse afectado por la onda expansiva.
Por suerte, los edificios del otro lado del río cumplían esos requisitos, pero la cuestión era encontrar un piso disponible .
La página de Idealista le resultó de mucha utilidad, y seleccionó ocho que estaban a la venta o en alquiler.
Fue a la tercera llamada cuando encontró uno que no estaba habitado y que daba al exterior: paseo Isabel la Católica, 28, 16B.
Ese mismo día completó otras dos tareas que no requerían ningún esfuerzo.
Comprar los tres bidones de doscientos veinte litros de capacidad apenas le llevó media hora y, de camino al polígono industrial de San Cristóbal —donde estaba el almacén agrícola que había seleccionado—, se paró en una gasolinera para hacerse con los litros de gasoil que iba a necesitar al día siguiente.
Tal y como esperaba, Agrival no parecía contar con medidas de seguridad más allá de dos cámaras de vigilancia que cubrían el acceso principal y el almacén.
Dio por hecho que habría alarmas conectadas en puertas y ventanas, por lo que lo único que tenía que hacer era localizar el cajetín de telecomunicaciones para dejarlos ciegos y mudos.
Cuando lo hizo, visualizó en su mente varias posibilidades, y al final se decantó por una en la que podría hacerlo en menos de veinte minutos si no surgían inconvenientes.
Veintinueve minutos fue lo que había tardado en salir de Agrival con los veinticuatro sacos de veinticinco kilos de fertilizante a un porcentaje del veintidós por ciento de nitrato de amonio.
Todo al veinte.
Tardó algo más de lo previsto porque se entretuvo buscando la marca que tuviera mayor enriquecimiento en nitrógeno, y lo único que realmente le costó esfuerzo fue transportar los sacos a la furgoneta.
Tocaba entonces empezar la nitración del fertilizante, proceso que le iba a llevar entre tres y cuatro horas.
Cuando hubo terminado, probó la mezcla con una lata de refresco que tenía en la furgoneta y sonrió al comprobar lo rápido que se enfriaba.
La viscosidad de la textura también era satisfactoria e indicativa de que había alcanzado el nivel que esperaba.
Todo ello sin tener que recurrir al nitrometano, compuesto muy fácil de rastrear y que fue lo que hizo que Timothy McVeigh —autor del atentado de Oklahoma City contra un edificio federal que se llevó las vidas de ciento sesenta y ocho personas en abril de 1995— fuera ejecutado.
El propósito de McVeigh, exmilitar y veterano de la guerra del Golfo, era causar el mayor daño posible para protestar por las injustas políticas gubernamentales que, a su juicio, cometía el Estado contra la ciudadanía.
El suyo, más concreto, más tangible, más real, es restablecer la armonía castigando a los que se llevaron las vidas de los únicos seres vivos a los que ha logrado amar en su vida: Cristina y Kivu.
Así lo haría Adro, así lo va a hacer él.
Legítimo.
Y mientras tapaba los bidones con el ANFO ya preparado, el Témpano sentía que estaba cada vez más cerca de lograrlo.
Solo restaba por tanto regresar a casa de Cristina y preparar la escenografía que había previsto.
El plano, rudimentario pero preciso, lo dibujó a mano alzada sentado en el asiento del conductor de la furgoneta al tiempo que se cercioraba de que no había movimientos sospechosos en los alrededores de la vivienda.
Cuando estuvo seguro de que no había peligro, bajó con la mochila en la que portaba las muestras que quería que encontraran y buscó una papelera cercana.
Necesitaba algo de basura para que el engaño surtiera efecto, y con todo ello entró en la casa y lo colocó en menos de seis minutos.
Esa noche podría haberla pasado en la casa de Cristina, pero existía la posibilidad de que Gérar hubiera decidido encomendar a otro la comprobación del stock del polvorín, y no quiso exponerse a que lo atraparan mientras dormía.
Así, buscó un lugar tranquilo y apartado y releyó algunos pasajes del diario en los que mencionaba a Gérar y lo tildaba de pesado y baboso.
Pero no porque quisiera reafirmarse en su decisión, que no lo necesitaba, sino solo por recordar.
En cuanto se ha despertado, con la idea de llegar cuando más movimiento de entrada y salida de vehículos hay en el edificio, se ha dirigido al Duque de Lerma y ha estacionado la furgoneta en el segundo sótano, en el espacio reservado para los servicios de mantenimiento.
Finalmente ha colocado el detonador eléctrico con su carga primaria y lo ha conectado al sistema de control remoto.
Frente a la mole de ladrillo rojo en la que va a pasar las siguientes horas, el Témpano toma aire y se concede unos segundos antes de pulsar un timbre. Una voz de mujer de avanzada edad le contesta al tercer intento.
—¿Quién es?
—Paquetería.
El zumbido de la puerta le suena a pistoletazo de salida.
Plaza de Poniente
Al volante del Toyota Land Cruiser, Juan Olmedo, veterano de cuarenta y pocos.
De complexión fuerte, barbirrubio con paños canosos y ojos claros, es tan querido como repudiado en el parque de bomberos por su agibílibus, cimentado en un humor sagaz tirando a hiriente.
A su lado, el sargento Fede Arranz, más musculado aún, de rasgos helenísticos y mirada suspicaz, lleva el ceño tan fruncido que los pelos de las cejas se le entrelazan.
Se conocen desde que militaron en el segundo equipo de rugby del Quesos Entrepinares, y si no llegaron al primero no fue por falta de ganas ni de talento, sino porque Diego Merino, su entrenador, prefería jugar los partidos con quince jugadores que con trece.
Juntos suman más que dos.
Dos tarados de esos que incomodan de forma natural, pero que cualquiera de sus compañeros querría tener cerca en cualquier intervención.
—Es que me cago hasta en su puta madre —protesta Fede.
—¿De quién?
—De Calvo. La llamada del ayuntamiento ha entrado antes de las ocho, pero el muy miserable se lo ha comunicado al jefe justo en el relevo de la guardia para que sus santos cojones no tengan que salir de paseo.
—Fijo, siempre ha sido una rata —corrobora Juan.
—Y como Fede es más gilipollas que sargento, se sube al UMC y a tragar. ¡Me cago en toda su puta madre! —repite.
Juan, que conoce a Fede desde hace dieciocho años, sabe que, a pesar de que se lo pida el cuerpo, es mejor no hacer ningún comentario jocoso sobre el tamaño de sus testículos por no haber intentado oponerse a Calvo.
Ni mucho menos acerca del tamaño de sus gemelos, único grupo muscular del organismo de Fede que no está sobredimensionado, lo cual le genera un profundo malestar hacia el prójimo.
Por lo que sea.
—¿Has metido la saca de cuerdas y los arneses? —quiere saber Fede.
Juan le contesta con la mirada.
—Pero ¿tú estás tonto o qué hostias te pasa?
—Oye, no me jodas —se defiende Juan—, que antes de ser sargento, es decir, anteayer, esas mariconadas te sudaban bien fuerte los huevos. Haberte llevado a Tito Listito, que a ese seguro que no se le habrían olvidado.
Fede toma aire.
—Qué cojones, a pelo. Entramos, echamos un vistazo a los muros de carga, vigas y demás mierdas y nos piramos.
—Pero ¿toda esta historia a qué viene?
—Viene del puto ayuntamiento. El alcalde, el presidente de la Diputación y el de la Junta quieren hacer una declaración conjunta a los medios. ¡Y la tienen que hacer al pie de la catedral porque no hay ningún otro sitio mejor que se les pase por la cabeza! —se enerva Fede.
—El alcalde no creo, porque según he oído está casi muñeco en el hospital.
—¿En serio?
—Y en sirio.
—Pues que vaya Calvo en su sustitución, a ver si con un poco de suerte se derrumba en ese momento la torre y le sepulta vivo. A él y a sus huevos de maricona.
Juan no puede aguantar la carcajada justo en el instante en el que llegan al cordón policial.
—Pilla los bártulos, que yo voy a hablar con el pelele de turno.
Algo más tarde han revisado los tres primeros cuerpos de la torre y registrado las anomalías estructurales que han encontrado. Mientras suben por las escaleras de caracol hasta el nivel superior, a Juan le viene a la cabeza un dilema.
—Oye, Fede, imagínate que te dicen que la vida de tu familia depende de que tomes una decisión.
—¡¿Qué coño dices?!
—Escucha, hombre. Hay dos sillas enfrentadas. En una hay una tarta y en la otra una polla. Te tienes que sentar en una y comerte lo de la otra. ¿Qué haces?
Fede llega arriba y se detiene. Mira a su alrededor y contempla la densa capa de polvo que cubre las superficies horizontales.
La pared frontal, en la que estaba una de las cuatro esferas del reloj, ha desaparecido, aunque aún le sorprende más que no haya escombros repartidos por la planta octogonal.
—El comepollas de Calvo se sentaría en la tarta seguro. Yo no.
Juan está a punto de orinarse encima.
—Yo en tu lugar preguntaría primero de qué sabor es la tarta, no vaya a ser de mango y te dé arcadas —dice Juan con lágrimas en los ojos.
Fede estalla de risa.
—¡Sí, pero más arcadas me da comerme una polla!
Tardan varios minutos en detener la hemorragia humorística.
—Bueno, qué, ¿bajamos de una puta vez? —propone Juan.
—En la siguiente está el campanario. Me gustaría ver cómo ha quedado.
—Pues reventado, joder. ¿No lo has visto desde abajo?
—Desde abajo, sí. Vamos, no me seas huevines. Esa escalera parece que está intacta.
—Ya, pero ¿y si solo lo parece?
—¿Y si te obligo a sentarte en la tarta?
—La madre que te parió, Fede. Venga, vamos, pero subes tú primero.