Sorpresa, sorpresa
Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Valladolid
Seis días para la traca final
El titular de El Norte de Castilla es concluyente y confirma lo que todo el mundo sospechaba: «La torre de la catedral no puede salvarse».
Según desarrolla el artículo, el informe de los peritos que la han examinado es concluyente: los daños estructurales son irreversibles y, por consiguiente, existe un alto riesgo de que colapse en cualquier momento.
Ello podría causar más víctimas mortales, que se añadirían a las cinco del atentado del viernes, que por ahora elevan la cifra a dieciocho.
Y justo ahí, donde debería alzarse la imponente figura del Corazón de Jesús —cuya cabeza fue encontrada en la plaza de la Universidad—, Ramiro Sancho mantiene la mirada clavada.
Una mirada cansada.
No puede decirse que hiciera caso del consejo de Anchorena y aprovechara la jornada dominical para descansar.
En primer lugar, porque la cita con Gracia Galo se dilató más de lo que esperaba.
El café inicial dio paso a varias cervezas y, con el estómago vacío, se atrevió con un par de Jameson con hielo, enfrascado en una conversación que le hizo olvidar por un instante que la mierda le llegaba hasta el cuello.
En un Valladolid casi desierto pudieron rellenar los espacios en blanco de los años en los que habían perdido el contacto, y se conjuraron para que no volviera a suceder en el futuro.
El reencuentro con la mujer que, en otra vida, podría haber ocupado el sitio de Sara le sirvió para desconectar del presente, pero no le supuso un conflicto moral ni emocional, lo cual era la prueba definitiva para zanjar el asunto de Gracia Galo.
Al llegar a casa Sara estaba transitando por el décimo sueño, y tras amarrarse a ella como un chaleco salvavidas, se hundió en las profundidades de los dominios de Morfeo.
A la mañana siguiente, con la cabeza puesta en la conversación con Adro, tampoco había encontrado el momento idóneo para contarle nada al respecto.
Caso cerrado. O eso necesitaba creer.
Todavía no eran las diez de la mañana del domingo cuando llegaron juntos al hospital para ver a las niñas y recibir la mejor noticia de las últimas semanas —y, casi con total seguridad, de las siguientes—: si las pequeñas seguían evolucionando positivamente podrían llevárselas a casa el viernes.
A Sara le cambió la cara. Poco o nada le importaba ya la respuesta de la inspectora jefe Nieto a su negativa de dejarse tomar una muestra de ADN de manera voluntaria, aunque, según le auguró su abogado, lo más probable es que la acabasen solicitando a través del juzgado que instruye el caso.
Pero eso será un problema de la Sara del futuro.
La del presente se había mostrado emocionada con la noticia, y no hay nada que haga más feliz a Sancho que verla cargada de ilusión.
El resto de la jornada se la entregó al Cuerpo.
En comisaría pudo ponerse al día con los suyos, a pesar de que la labor de su equipo se limita a filtrar las llamadas de ciudadanos que creen saber quién es el tipo que tiene a toda la ciudad aterrorizada.
Álvaro Peteira le contó que había atendido a un hombre que llamaba de Tamariz de Campos y aseguraba que pilló a un extraño que, según él, estaba estudiando la posibilidad de volar la estatua de don Purpurino, ubicada en plena plaza del pueblo.
—Los pueblos nunca quieren ser menos que la capital —concluyó Matesanz entre risas.
Durante el café, Zetazeta le ha informado de que en el atentado de la catedral se habían usado cerca de dos kilos de un explosivo plástico de uso militar llamado PG3, cuyo acceso es muy limitado.
Ello acotaba mucho la búsqueda, pero al mismo tiempo abría una nueva ventana de intranquilidad en el caso de que el tipo estuviera en posesión de un arsenal de explosivos, lo cual no era descartable.
Algo más tarde, Anchorena le ha informado de forma oficial de que la superioridad había resuelto pasarse por el arco del triunfo las peticiones de Adro.
Ni siquiera iban a considerar la que exigía que sus demandas salieran publicadas en los medios de comunicación.
En resumen: al terrorista ni agua. De hecho, había llegado a sus oídos que el ministro del Interior, muy valenciano él, había comentado que prefería ser quemado vivo que prohibir una mascletá de las Fallas de su ciudad.
En contraposición a eso, lo que sí estaban debatiendo era la posibilidad real de decretar el estado de excepción en la ciudad, hecho que sería inaudito en la historia democrática de España.
Así las cosas, el trabajo policial se ha focalizado en el análisis de la conversación que mantuvo el sábado con él, y, lejos de llegar a alguna conclusión provechosa, las opiniones de las voces competentes convergían en un mismo punto: están tratando con un desequilibrado mental.
Sea como fuere, Anchorena le ha citado a las nueve de la mañana para preparar la conversación de esa tarde con Adro. Esta vez, con un cambio de táctica.
Sorpresa, sorpresa.
—Señor, le tenemos que pedir que salga del perímetro —le dice el municipal a quien se ha identificado antes—. Nos han comunicado que los bomberos van a acceder a la torre para apuntalar alguna estructura que está muy afectada, así que debemos despejar la zona de inmediato.
—¿Van a entrar los bomberos? —se extraña el pelirrojo—. Pero ¿no han dicho los técnicos que hay riesgo de derrumbe?
—Sí, pero al parecer va a venir algún político a hacerse la foto de turno. Si alguien más tiene que palmar, que no sea uno con traje y corbata —zanja con sorna.
—No, no..., eso nunca, por favor, que son los imprescindibles —se despide Sancho.
En la comisaría reina un ambiente pesaroso.
Hay demasiado silencio para ser lunes, y en las expresiones apagadas de quienes saluda de camino a las dependencias de la brigada echa en falta alguna señal de optimismo.
Incluso Antón Anchorena, que suele transmitir la frescura de un verde prado, le recibe con un semblante de roca antigua erosionada por el inexorable paso del tiempo.
—Vaya careto me traes —le espeta el navarro al entrar.
—Estás tú precioso. Tienes peor aspecto que cuando ibas a trabajar de empalmada.
Anchorena suspira.
—Ojalá fuera así. Siéntate, anda. Lo hemos escrito todo aquí —dice mientras le entrega una carpeta—, pero a ver si consigo sintetizar bien el enfoque en el que he estado trabajando con los míos.
—Te escucho.
Hora y media más tarde, el resumen es el siguiente: hay que decirle que están avanzando en sus peticiones, pero que se trata de un proceso que implica a muchas partes y va a llevar tiempo.
Para seguir adelante le piden que él les dé algo a cambio, como la ubicación de los explosivos o algo que permita tranquilizar a la opinión pública.
Sin embargo, no es esta la parte importante.
Lo principal es que Sancho apele a su conciencia religiosa, para lo cual le han realizado un esquema con las bondades que proclama la creencia lugbara, sobre todo en la armonía que debe reinar entre los seres humanos y el entorno que habitan.
—«El árbol al que hoy dañas mañana te negará su sombra y sus frutos» —lee Sancho en una de las páginas—. ¿Y tú crees que un tipo que derriba catedrales y envenena alcaldes se va a entregar para rezar con nosotros?
—Joder, Sancho, supongo que no, pero hay que intentarlo todo.
—Lo que le pasa a este cabrón es que confunde justicia divina con venganza mundana. No es la primera vez que pasa, pero resulta que este al que nos toca enfrentarnos es un jodido experto en explosivos.
El de la CGI mantiene la compostura.
—Sí, todo eso es cierto, pero déjame terminar, por favor.
El pelirrojo le hace un gesto de consentimiento que lleva implícita una disculpa.
—No sabemos hasta qué punto puede estar influido por estos dogmas, pero creemos que va a ser positivo que él vea que nos hemos preocupado por entenderle. Hay que hablarle en su idioma, Sancho. El del equilibrio, el respeto a la tierra, la vida y la puta armonía universal si hace falta.
—Igual es mejor que contactemos con un chamán africano y que sea él quien trate de comerle la cabeza, porque este tiene de cura...
La broma la interrumpe Inés apareciendo en el despacho sin pedir permiso. Anchorena ya ni se inmuta.
—Cuéntanos, no te cortes.
—Ha venido un hombre que asegura saber quién es Adro.
—Cuñado suyo, claro —dice el de la CGI.
—No, es un cabo primero del Ejército encargado del polvorín de un cuartel de aquí, de Valladolid. Asegura que le han robado dos kilos de explosivo plástico. Y que sabe quién ha sido.
Un impulso eléctrico recorre la columna vertebral de Anchorena.
—Tráemelo.
Parking del edificio Duque de Lerma
Al cerrar la puerta de la furgoneta se gira y extiende la mano para tocar por última vez su fría piel metálica.
El Témpano odia las despedidas, y esta prefiere acortarla al máximo.
La compró en un concesionario de segunda mano de Almería con el convencimiento de que era el complemento ideal para la casa del cabo de Gata.
Que recorrería la costa con ella acompañado de Cristina.
Que era sinónimo de libertad e independencia.
Que era la llave que abría la puerta de sus nuevas vidas.
Y ahora, a punto de entrar en la última fase de su plan, no le queda otra que sacrificarla.
Así es la lealtad: siempre exige algo a cambio.