La piel de una gota Maldito karma #5
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Maldito karma #5

Ha conseguido mantener el control hasta el último momento y, a pesar de que sus peticiones rozan el absurdo, ha resultado creíble, que era lo único que le importaba.

La policía va a pensar que se enfrenta a alguien que no tiene la cabeza bien amueblada, y, al margen de entretenerlos en unos menesteres imposibles de conseguir, en cierto modo él gana legitimidad de cara a la opinión pública para seguir actuando.

Más problemas para sus oponentes. Por esa parte, todo marcha según lo ha escrito en su cuaderno de operaciones.

Sin embargo, no se puede quitar de la cabeza que su mayor amenaza no son Sancho ni el equipo de investigación que han traído de Madrid.

Es Gerardo Méndez.

«Como falte un solo gramo de PG3 te juro por lo más sagrado que me voy a plantar en comisaría», escucha en su cabeza.

Uno, y mil novecientos noventa y nueve gramos más.

Tiene que calmarse y pensar, como le explicó en su día el sargento Canales.

Enfriarse por dentro.

Y, como si ello fuera a ayudarle, apoya la frente contra la fría chapa de la furgoneta y cierra los ojos.

Siempre ha sido consciente de que existía la posibilidad de que alguien de su entorno más cercano atara cabos y sospechara de él, pero confiaba en que no ocurriera tan rápido.

Solo le quedan dos días para preparar el siguiente movimiento, porque el lunes, después de que Gérar lo delate en comisaría, es más que probable que el GEO registre la casa de Cristina.

No hay otra alternativa que pasar antes de lo previsto a la última fase, para lo cual tendría que deshacerse de la California —a algún vecino le habrá llamado la atención—, trasladar todo el material a la madriguera y convertirse en un fantasma.

Y, de improviso, sucede.

Una luz muy tenue se enciende al final del oscuro pasillo que es ahora su mente.

Una luz que va ganando en intensidad e ilumina una palabra clave: fertilizante.

—¿Se encuentra usted bien? —oye a su espalda.

Al girarse, se encuentra con el rostro pecoso de una veinteañera.

El Témpano le sonríe.

—Sí, muy bien, gracias.

Sin cruzar más palabras con la chica, el Témpano se sube a la furgoneta y teclea en el navegador de su móvil: «Almacenes agrícolas Valladolid».

Sin prisa, dedica el tiempo que merece a elegir uno de los ocho resultados que aparecen en la pantalla y comprueba en su tienda online que tienen la mercancía que va a necesitar.

Luego busca dónde hacerse con bidones de plástico de al menos doscientos litros de capacidad.

El fertilizante lo tiene que robar, y para ello lo más indicado es hacerlo al día siguiente, domingo, con las instalaciones cerradas.

Sin embargo, los bidones y el gasoil los puede comprar ya, por lo que arranca el motor y se pone en marcha.

No tiene ni un minuto que perder, dado que después de eso tendrá que encontrar un puesto de observación idóneo.

Las palabras amenazantes de Gérar resuenan de nuevo en su interior.

«Ojalá me equivoque, te lo digo de corazón, pero si se confirman mis sospechas, a mí me echarán del Ejército, pero tú terminas en prisión. Torres más altas han caído.»

—Torres más altas han caído, ¿eh? —repite para sí—. No lo sabes tú bien, basura.

Estación del Norte

Sara acompaña a su padre hasta el control de seguridad con una calma impostada, como si despedirse fuera un trámite y no un nudo difícil de deshacer.

Él le aprieta las manos y le pide que le llame a diario.

Ella accede con un abrazo y un beso. Cuando se da la vuelta y lo ve desaparecer, siente un tirón breve y seco, como si algo se hubiera tensado en el pecho.

Sale al exterior y el aire frío le despeja la cara.

Se queda quieta unos segundos, observando el vacío que impera en una ciudad amputada, escuchando un silencio desabrido, roto por algún claxon lejano, por alguna voz cercana.

Decide caminar hasta casa, despacio, con la esperanza de que esos pensamientos que le molestan se coloquen solos.

No quiere llamar a Sancho. Sabe que está al límite, y no quiere ser una voz más reclamando espacio en su cabeza.

Aun así, lo extraña con una intensidad inesperada, casi física.

De otro modo más doloroso aún echa de menos a las niñas, a pesar de haber pasado casi todo el día en el hospital entrando y saliendo para estar con ellas.

De tanto contemplarlas tiene la sensación de haber memorizado cada curva de sus pestañas, pero el caso es que las ha dejado hace apenas un rato y ya le parece demasiado tiempo.

No le importa dar un rodeo con tal de evitar la plaza de España, por lo que enfila el paseo de Recoletos.

En la plaza de Zorrilla ve un banco vacío y, sin ninguna prisa por llegar a un hogar vacío, se sienta, toma aire y mira al cielo, ya algo embetunado y atravesado por una terca claridad que se niega a desaparecer.

La baja temperatura le invita a introducir las manos en los bolsillos del abrigo, donde nota la presencia del móvil.

Le invade de nuevo el impulso de escribir a Sancho algo neutro, algo que no moleste.

No lo hace.

Tras unos minutos de vacío mental, reemprende la marcha. En la calle Santiago se detiene frente al escaparate de una mercería y se fija en los carretes de hilos para coser.

Hilos, como esos invisibles que unen las cosas que importan.

Como los que le unen a ella con su padre, con Sancho y ahora con las niñas.

Hilos indestructibles.