La piel de una gota Maldito karma #4
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Maldito karma #4

—El único no, el mejor —asevera en un tono más calmado—.

Mira, Marco, ahora mismo no puedo comprobarlo porque ando de maniobras en Huesca, pero el lunes a primera hora voy a actualizar el inventario.

Y como falte un solo gramo de PG3 te juro por lo más sagrado que me voy a plantar en comisaría.

Ojalá me equivoque, te lo digo de corazón, pero si se confirman mis sospechas a mí me echarán del Ejército, pero tú terminas en prisión. Torres más altas han caído.

—Gérar, de verdad que...

Pero Gérar ya no le está escuchando.

Lo que escucha el Témpano es su corazón latiendo a un ritmo inusitado, demasiado fuerte, demasiado rápido, porque es muy consciente de que las cargas explosivas que controla el azar no se pueden desactivar.

Es probable que tenga que ponerse a cubierto.

Pero no ahora.

Sala de interrogatorios de la comisaría de distrito

de Las Delicias

Los cuatro minutos y nueve segundos que pasan de la hora fijada se traducen en decenas de hipótesis, centenas de conjeturas, miles de suposiciones y millones de posibilidades sobre si se va a producir o no la llamada.

Han elegido esa sala de interrogatorios como lugar de aislamiento.

Pequeña, sin ventanas, con una mesa y dos sillas enfrentadas como único mobiliario.

Dentro, Antón Anchorena y Ramiro Sancho se miran sin decir nada.

De hecho, podrían estar un mes sin hablarse y ambos lo agradecerían, porque todo lo que tenían que tratar acerca de la dichosa llamada ya lo han diseccionado en profundidad.

El zumbido del fluorescente acuchilla el silencio de la sala como si estuviera conteniendo la respiración.

Ambos llevan un auricular en la oreja. El de Sancho está conectado al teléfono al que van a pasar la llamada, y el del inspector jefe de la Comisaría General de Información a la sala técnica, donde hay tres miembros de su equipo con el IMSI Catcher preparado para localizar la procedencia de la llamada.

Fuera, el dispositivo se compone de catorce zetas y ocho motos en movimiento repartidos por distintos barrios y a la espera de recibir la orden de acordonar determinada área de la ciudad.

Si todo sale bien, en menos de dos minutos esperan obtener la ubicación de la antena a la que se ha conectado el móvil emisor, y si la llamada se alarga —objetivo primordial de Sancho—, confían en poder triangular su posición exacta en menos de cinco.

Dan por hecho que la llamada se realizará desde un móvil desechable o uno con tarjeta prepago sin identificar, aunque tampoco han descartado que pueda hacerla a través de una red VoIP con origen enmascarado.

Todas las variables técnicas también están contempladas, pero nada de eso preocupa en este momento a Sancho. Lo que ocupa la cabeza del pelirrojo es intentar limpiar la distorsión que le ha provocado el reencuentro con Gracia Galo y centrarse única y exclusivamente en su cometido.

Un leve asentimiento con la cabeza de Antón Anchorena le saca de sus cavilaciones de inmediato.

—Aquí lo tenemos —le dice al tiempo que le señala con el índice.

Sancho se presiona los lagrimales antes de contestar.

—Inspector Sancho —contesta al segundo tono.

—Buenas tardes. Lo primero que voy a hacer es cerciorarme de que estoy hablando con la persona indicada. ¿Sobre qué hora llegó usted a la plaza Mayor el día del encendido de las luces?

Como esperaban, usa un distorsionador de voz a través de alguna de las muchas aplicaciones que existen para proporcionar ese efecto.

Sancho hace memoria y encaja algunas piezas. No puede saber que estuvo allí con Sara en el momento de la explosión, pero sí habría podido estar observando la zona después de que ocurriera.

—Diría que sobre la una y media de la madrugada.

—Muy bien.

—¿Así que estaba allí contemplando su obra?

—No le voy a contestar a eso. Dígame, ¿por qué no está usted al frente de la investigación?

—Eso lo deciden en Canillas. Al tratarse de una cadena de actos terroristas les corresponde a mis compañeros de la Comisaría General de Información. Yo también necesito asegurarme de que es usted quien dice ser.

Al levantar la vista ve cómo se nubla el rostro de Anchorena. Es evidente que algo no va bien, pero eso ahora no es de su incumbencia.

—Pregúnteme.

—¿Qué cantidad y tipo de explosivo utilizó en la fuente de plaza de España?

—TATP plastificado. Un kilo doscientos.

Anchorena asiente.

—De acuerdo. ¿Me puede decir un nombre para dirigirme a usted?

—Me han llamado de muchas maneras, pero el nombre con el que me han bautizado en prensa me parece bien.

—Adro, dios de la muerte y la destrucción.

—Y la regeneración. Ya veo que se han informado. Mi labor es restablecer el equilibrio, pero si tiene que ser a través de la destrucción, que así sea. Les felicito por ese avance, es importante que sepan a lo que se enfrentan.

—¿A qué nos enfrentamos?

—A la destrucción, si no se restablece el orden.

Anchorena le hace el gesto de las tijeras para que cambie de tema.

—¿Puedo saber por qué me ha elegido a mí?

Silencio.

—Le he investigado, y lo cierto es que me han sorprendido sus méritos. Quiero tener enfrente a un rival a la altura, no a un cualquiera.

—Le aseguro que mis compañeros no son unos cualquieras, pero usted manda y yo no tengo ningún inconveniente en ser su interlocutor. ¿En qué le puedo ayudar?

Anchorena levanta el pulgar en señal de aprobación, aunque por su expresión no podría decirse que la cosa se esté desarrollando por los cauces esperados.

—Hasta el momento, todo lo que he hecho ha sido para captar su atención, pero, a partir de ahora, si no cumplen con mis exigencias voy a desencadenar un infierno en la ciudad que todavía no son capaces de imaginar.

—Déjeme decirle que son demasiadas las víctimas como para que solo quiera captar nuestra atención.

—Eso es muy complicado de manejar. Podrían haber sido menos, pero también más. Preocúpese por lo que está por llegar.

—¿Por qué Valladolid?

—Buena pregunta. En las últimas ferias salí a pasear con Kivu, mi perra, el único ser vivo que me importaba.

Lo único que me quedaba. Y por culpa de sus malditos fuegos artificiales la perdí.

Ustedes me la arrebataron. Y mientras yo sostenía su pequeño cuerpo sin vida, contemplaba desde lo alto cómo Valladolid entera se divertía.

Ese desequilibrio hay que corregirlo, y como ustedes no piensan hacerlo, me tengo que encargar yo.

Su compañero dibuja una espiral con los dedos para que siga hablando.

—¿A qué se refiere?

—Quiero que se apruebe una ley por la cual se prohíban en todo el territorio español los fuegos artificiales, así como el lanzamiento de petardos y similares en la vía pública.

Anchorena y él intercambian muecas de incredulidad.

—Les doy un plazo de cuarenta y ocho horas para que el Gobierno empiece con los trámites de la propuesta de ley. Si no me toman en serio, esta ciudad lo va a pagar muy caro.

—Escúcheme, por favor. Yo no soy experto en leyes, pero me parece que el plazo que nos solicita no es posible.

—Por supuesto que lo es. Depende del interés que tengan en que yo deje de actuar.

Además, quiero que la ley tenga carácter permanente y no sea derogable, por lo que requiere que se legisle mediante una ley orgánica o reforma constitucional, y que entre en vigor en un plazo máximo de diez días. En sus manos lo dejo.

—Anotado. Ahora bien, no sé hasta qué punto mis superiores van a poder satisfacer...

—Ellos sabrán. Lo que sí les aseguro es que si no cumplen con su parte se van a arrepentir. Además, quiero que mis demandas trasciendan a los medios de comunicación de todo el país, que los ciudadanos sepan a lo que se atienen si el Gobierno no me toma en serio.

—Yo lo que le puedo decir es que voy a transmitir sus demandas a mis superiores y ellos se encargarán de elevar sus peticiones a quienes correspondan, pero le agradecería que nos diera más tiempo para poder...

—No —le corta—. De hecho, volveré a llamar el lunes a esta misma hora, y les pediré pruebas de que han empezado con los trámites. Si no es así, antes de que acabe el día habrá otra tragedia.

—Es mi obligación decirle que si vuelve a atentar el Gobierno se va a negar a...

Pitido continuo.

Antón Anchorena se quita el auricular y lo deja caer sobre la mesa.

—Nada. Ha utilizado algún tipo de dispositivo para interferir en la señal, no había ni una sola celda limpia. El IMSI Catcher solo ha recogido ruido y handovers fallidos.

—No entiendo una sola palabra.

El de la CGI libera un suspiro de desesperación.

—Como si hubieran tirado una manta de interferencias cubriendo la antena —aclara.

—Su puta madre. ¿Entonces?

—Nada. Bueno, nada no. Vamos a exprimir la conversación a ver cuánto zumo sacamos. Yo tengo que hacer varias llamadas.

El de la CGI se levanta.

—Buen trabajo, Sancho, lo has hecho perfecto.

—¿Qué quieres que haga ahora?

—Vete a casa con tu mujer, tú que puedes. No creo que vayamos a tardar mucho en saber a qué atenernos. Descansa.

En cuanto abandona la sala, el pelirrojo fija su mirada en la pared que algún día se pintó de blanco y hoy luce un deslucido tono amarillento. Sobre esa superficie su mente proyecta el rostro de una mujer.

Una mujer que no es la suya.

—Maldito karma —murmura.

Antiguo centro comercial de Parquesol

En cuanto sale de la furgoneta estacionada en el aparcamiento, inclina la cabeza hacia atrás, inspira profundamente por la nariz y suelta el aire muy despacio por la boca.

En esa posición, se fija en que el cielo parece estar languideciendo, como si estuviera mal iluminado por cuatro velas a punto de consumirse.