La piel de una gota Maldito karma #3
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Maldito karma #3

De ahí la importancia de sacar el máximo partido a la conversación, y, por eso, en Canillas se han cuestionado, y mucho, la idoneidad de que sea Sancho quien se ocupe de ello.

De haber podido elegir, habrían preferido que fuera Antón Anchorena quien asumiera ese papel, incluso haciéndose pasar por Sancho, dada la elevada posibilidad de que Adro no sepa con quién está hablando en realidad.

Sin embargo, ha sido el propio Anchorena el que ha insistido en no arriesgarse a que se percate de la jugada y dé por finalizada la charla.

Porque lo que les conviene, y mucho, es alargarla lo máximo posible.

Otro debate no menos farragoso ha sido el que tenía por objetivo resolver una única incógnita: ¿por qué ha impuesto la condición de hablar solo con el inspector Sancho?

¿Acaso se conocen? ¿Hay o ha habido alguna relación entre ambos?

A la postre, el criterio del navarro se ha impuesto, y, con el apoyo de Herranz-Alfageme, a Fernández Villanueva no le ha quedado otra opción que autorizar a Ramiro Sancho a ser quien esté al otro lado de la línea cuando se produzca la llamada.

Eso sí, supervisado y ayudado en todo momento por Anchorena, que ya ha dispuesto todos los medios técnicos existentes para grabar y, sobre todo, para tratar de localizarla.

En cuanto han zanjado el asunto, ambos se han encerrado en el despacho de Anchorena para preparar la llamada, y han fijado los objetivos básicos que van a tratar de conseguir.

El primero consiste en diagnosticar la amenaza a la que se enfrentan, y para ello Sancho tiene que lograr que Adro hable lo máximo posible.

También es de suma importancia averiguar cuál o cuáles son sus propósitos: por qué lo está haciendo y qué pide para dejar de hacerlo.

Todo ello sobre el papel, claro, porque lo que ambos reconocen es que no tienen ni idea de qué pretende lograr con ello.

Tras más de dos horas de debate, Anchorena y Sancho han salido a comer algo juntos y han intentado sin éxito desconectar de la situación recurriendo a pasajes jocosos de un pasado en común que, en realidad, a ninguno le hace especial gracia recordar.

Después, el de la CGI se ha marchado a hacer unas cuantas llamadas y el pelirrojo ha aprovechado para hablar con Sara y ponerla al día.

—¿Y se puede saber por qué quiere hablar contigo? —le ha preguntado.

—Pues eso es lo que le voy a preguntar de tu parte. ¿Quieres que le diga algo más?

—Sí, dile que tiene suerte de que yo esté a medio gas, porque si estuviera al frente ya estaría lamiéndome las suelas de los zapatos.

—De tu parte.

Al terminar la llamada se encontraba a escasos metros de la entrada de la comisaría. Ha sido justo en ese instante cuando ella se ha plantado frente a Sancho y él se ha bloqueado.

Tres, quizá cuatro segundos después:

—¿Gracia?

Gracia Galo, inspectora jefe de la Questura di Trieste.

La conoció en el año 2011 cuando tuvo que trasladarse a la ciudad italiana siguiendo los pasos de Augusto Ledesma.

Rostro de corte ovalado, frente estrecha y mentón ligeramente aguzado; ojos oscuros y alargados bajo unas cejas finas y cortas; nariz afilada y algo pronunciada; labios finos rematados por un solitario lunar sobre la comisura izquierda.

—¿Tanto he cambiado?

Sancho sonríe al fin y extiende los brazos. Gracia lee el gesto y completa el abrazo, que dura lo suficiente como para dar a entender que entre ellos hay un vínculo emocional que trasciende la amistad.

—Pero, dime, ¿qué haces por aquí? —quiere saber Sancho.

—Pues, mira, te he llamado un millón de veces para avisarte de que venía a España, pero nunca me atendías o me cortabas la llamada. Hasta que me bloqueaste.

Sancho da una fuerte palmada.

—¡¿Así que eras tú?! Pensé que se trataba de algún periodista. Hay que joderse...

—Llegué el miércoles para hacerme cargo de la seguridad de la embajada italiana en Madrid. Empiezo el lunes.

Sancho no oculta su sorpresa.

—Necesitaba un cambio de aires.

—Lo es, desde luego que lo es.

—El caso es que, en cuanto me he enterado de lo de la catedral, no me lo he pensado. He buscado billetes a Valladolid y... ¿Cómo están las cosas?

Se expresa en castellano con corrección, pero su acento italiano suena bastante más pronunciado de lo que recordaba.

—Entre mal y muy mal. De hecho, en unos minutos me tengo que meter en un jaleo cojonudo, y antes debo pasar por el despacho de mi comisario.

—Tranquilo. Solo quería verte, pero ya me marcho.

—¿A Madrid?

—Depende. ¿Luego vas a tener un rato para tomar aunque sea un café? Sin compromiso, que supongo que andarás hasta arriba de todo.

Sancho cavila unos instantes.

—Claro, pero no sé a qué hora será.

—No te preocupes. Yo voy a buscar algún sitio donde poder quedarme esta noche y espero tu llamada. Anota mi teléfono.

Se despiden con otro abrazo. Algo descolocado, Sancho la sigue con la mirada mientras piensa en lo mal que lo tiene que haber hecho en otra vida para que el maldito karma se lo esté haciendo pagar en esta.

Calle Enrique Cubero

A falta de ocho minutos para hacer la llamada, el Témpano ya ha conectado el jammer y ha verificado que está interfiriendo en la antena de telefonía móvil que tiene a solo seis metros y medio de distancia.

De las doscientas treinta y nueve que hay desplegadas en Valladolid, ha elegido esa en concreto por varias razones.

Puede estacionar en el parking de un antiguo centro comercial con el que se intentó potenciar la vida del joven barrio de Parquesol, pero que apenas funcionó bien unos años.

Hoy es la sede de una de las empresas de telemarketing más potentes de la ciudad, de un megagimnasio y de varios pequeños negocios, por lo que, a pesar de ser una antena que está bastante aislada, registra un tráfico muy por encima de la media.

Al ser horario laboral, hay decenas de vehículos en el parking, y, aunque son muchos menos de los que anotó el día que fue a verlo —el miedo a salir de casa ha hecho mella—, son suficientes para pasar desapercibido.

Otro punto a favor es que a escasos metros de donde está hay una comisaría de policía, lo cual no hace sino más descartable su posicionamiento desde el punto de vista del sentido común.

Ha configurado el jammer para que no bloquee toda la banda, solo para que la contamine y no ofrezca un registro nítido que facilite la localización de su terminal.

Con la tranquilidad de saber que la policía no va a poder rastrear la llamada y que puede alargarla el tiempo que él estime oportuno, el Témpano se acomoda en el asiento y repasa mentalmente los objetivos que quiere conseguir con la llamada.

Igual que el efecto que produce el dispositivo antirrastreo, lo que él pretende es distorsionar la realidad mediante una verdad tan inverosímil que solo puede parecer verdad, como en el caso de Omar Mateen, autor de la masacre de Orlando en 2016, en la que un joven de origen afgano asesinó a tiros a cincuenta personas en una discoteca gay antes de ser abatido por la policía.

En principio se dio por hecho que se trataba de un acto terrorista islámico, pero al profundizar en el perfil de Mateen averiguaron que se trataba de un homosexual reprimido por las creencias familiares, sobre todo por su padre.

Se odiaba tanto a sí mismo por ser gay que decidió hacérselo pagar con sangre a los de su misma condición sexual.

Les va a pedir algo tan ridículo e imposible de conseguir que ellos mismos se van a encargar de legitimar sus actos.

Sencillo.

El sonido de su teléfono le provoca un sobresalto. Hace mucho tiempo que nadie le llama y eso le hace fruncir el ceño. Las cejas se elevan al comprobar que se trata de Gerardo Méndez, de quien se ha valido para hacerse con el PG3 y los detonadores.

¿Qué demonios puede querer ahora?

En un primer impulso se decanta por no atender la llamada, pero enseguida cambia de opinión por no dejar la incógnita sin resolver justo antes de mantener la conversación con Ramiro Sancho.

—Gérar, buenas tardes —responde.

—Dime que no has sido tú.

El Témpano traga saliva.

—Creo que no te estoy entendiendo —dice en un tono neutro.

—Que no eres tú el que está reventando Valladolid.

—¿Te has vuelto a colocar o qué?

—Hace años que no fumo, pero resulta que me parece muy extraño que un día aparezcas por aquí como si tal cosa con la excusa de hablar de Cristina y que al cabo de un rato me digas que un día te gustaría que te enseñara el polvorín para ver qué compuestos estamos utilizando ahora.

Que yo te diga que los de siempre y tú insistas.

Que me tenga que ausentar un rato y te deje solo allí dentro.

Y que semanas después alguien se dedique a causar el caos a bombazos. ¿Tú te crees que soy gilipollas o qué?

—Vamos a ver, Gérar, relájate.

—¡¿Que me relaje?! —grita Gérar—. Que sepas que cuando me enteré de la explosión de la fuente de plaza de España ya me vino tu imagen a la cabeza. Lo que pasa es que te tengo en tan alta estima que lo descarté al instante y por eso no te he llamado antes.

El Témpano fabrica una risa que suena bastante forzada.

—A ver, Gérar, puedo entender que hayas pensado en mí, pero yo estoy en mi casa del cabo de Gata, y básicamente no hago otra cosa que salir a pescar. ¿En serio crees que yo haría algo así?

—Ya te he dicho que me ha costado mucho hacer esta llamada, pero... ¿tú has visto lo que pasó anoche en la catedral?

—Por supuesto. Por eso deberías saber que yo no puedo haber sido, porque yo no habría dejado piedra sobre piedra.

—No me toques los cojones con sobradas, Marco. Acaban de decir en el informativo que se sospecha que se utilizó explosivo plástico. Pero ¡¿quién tiene acceso a explosivo plástico?!

—Tú y muchos como tú. ¿O soy yo el único experto en explosivos de este país?