La piel de una gota Maldito karma #2
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Maldito karma #2

Con la llamada a la redacción del periódico da por iniciada la siguiente fase de su plan, toda vez que ha sembrado el pánico absoluto en la ciudad, ha obtenido la repercusión en medios que esperaba y tiene la sartén por el mango.

Sin embargo, igual que hacen los francotiradores de primer nivel, conviene cambiar de posición aunque no haya sido detectado por el enemigo.

Es una cuestión prioritaria que afecta a su seguridad y, por tanto, obligatoria.

Por todo ello, tras asistir al espectáculo de la torre de la catedral, el Témpano ha regresado a casa para trasladar a la furgoneta todo el material que va a necesitar los próximos días.

Lo ha ocultado con esmero en un falso doble fondo y, después de dormir unas horas, se ha marchado de la casa de los padres de Cristina, no sin antes eliminar cualquier vestigio de su paso por allí.

Ahora le toca adaptarse a las nuevas condiciones, pero sabe que el final está cada vez más cerca y, por el momento, todo se está desarrollando según lo planeado.

Tiene la fecha grabada en su memoria: 11 de diciembre, a las 18.28.

Él considera que lo mejor para no llamar la atención es actuar con total normalidad, por lo que ha buscado una antena de telefonía en un lugar poco concurrido y ha estacionado lo más cerca que ha podido dentro del rango de alcance del jammer .

La conversación ha durado más tiempo del que a él le habría gustado, pero, claro, no ha resultado sencillo convencer a la mujer que le ha atendido de que él era ese Adro del que hablaban los periódicos.

Y hasta cierto punto le ha resultado divertido.

La razón por la cual ha llamado a la redacción del periódico en vez de a la comisaría es que de esa forma se asegura de que los medios estén informados de que se va a producir un contacto entre el hombre que tiene agarrada por el pescuezo a toda la ciudad y la policía.

Un policía en concreto.

Y eso le garantiza que vuelvan a incluir esa pieza en el tablero.

Hasta las cinco de la tarde, hora a la que ha quedado en llamar al inspector Sancho, quiere aprovechar el tiempo para averiguar algo más sobre la mujer con la que lo vio la última vez.

No es curiosidad, es necesidad. Cuanto más sepa de él, más ventaja tendrá en la partida que van a empezar a jugar.

Con esa idea, el Témpano ha estacionado en el área para autocaravanas que está frente a la Feria de Muestras y ha cambiado la furgoneta por una bicicleta de alquiler.

Son las 9.05 cuando la ve salir de un portal de la calle San Felipe acompañada por un hombre de edad avanzada; se dirigen de nuevo al garaje.

Maximiza las precauciones durante el seguimiento debido a la escasez de tráfico, y a punto está de perderlos de vista cuando enfilan la avenida de Soria.

Los semáforos se convierten en aliados. Antes de llegar a su destino acierta al pensar que van al hospital Río Hortega, donde ya estuvo el inspector Sancho el día que terminó coincidiendo con él en el Zerocafé.

Interesante.

Aprieta el paso al llegar al aparcamiento exterior para no perder la oportunidad de despejar la incógnita, y los sigue a distancia hasta el Área de Pediatría. Allí ve a la mujer hablar con una enfermera, quien los acompaña hasta una puerta que él no va a poder traspasar.

Ni falta que le hace. Solo necesita leer el rótulo para confirmar sus sospechas: Unidad de Neonatología.

De regreso al aparcamiento, el Témpano agradece a Adroa que lo esté regando de buena fortuna, señal inequívoca de que está con él en su empeño de restablecer el equilibrio que le han arrebatado.

Hospital Clínico Universitario

Se siente huésped de un cuerpo ajeno, una carcasa dolorosa que no reconoce como propia. No puede ser el suyo porque debería ser imposible que todo ese dolor que está sufriendo le corresponda solo a él.

Es demasiado.

Le duelen desde las pestañas hasta las uñas de los pies, pero si hay una parte de su organismo que le molesta más, esa es el estómago. Ahí dentro nota como si un diminuto ejército de seres invisibles con dientes muy afilados le estuvieran devorando poco a poco.

Omar Fuentes desconoce cuánto tiempo lleva ingresado porque no le han dado la oportunidad de hablar con nadie de su entorno desde que ha despertado hace poco más de una hora.

Lo único que le han dicho es que le han retirado la sedación para que esté consciente y la doctora que lo trata pueda comunicarle lo que le ocurre.

Tampoco le han querido contar nada de lo que está sucediendo en Valladolid, pero su sexto sentido le dice que las cosas no van nada bien.

La ausencia de noticias le molesta casi más que el dolor físico.

Casi. Porque un nuevo mordisco en el bajo vientre le obliga a buscar el pulsador para volver a llamar a la enfermera.

Le cuesta estirar el brazo, pero derrochando esfuerzo consigue atraparlo.

Está a punto de pulsarlo cuando entra una mujer en su habitación.

Unos cincuenta y cinco, media melena rubia no natural y cara de circunstancias.

Mala señal.

—Buenos días, señor Fuentes. Soy la doctora Sánchez Alegría y...

—Por favor, deme algo para el dolor. Me está matando. Por favor —insiste.

—Enseguida le harán efecto los calmantes que le estamos suministrando vía intravenosa. Le he retirado la sedación porque necesito que sea consciente de su estado.

El alcalde percibe la gravedad en el tono de la facultativa y se prepara para lo peor.

—De acuerdo.

La doctora tarda poco más de tres minutos en transmitirle la extrema gravedad de su estado. Omar Fuentes, que no la ha interrumpido en ningún momento, tiene la boca torcida, y se diría que le han aparecido más arrugas de las que tenía antes de la conversación.

—Me gustaría poder darle otras noticias. Lo siento mucho —termina la doctora.

El alcalde aprieta los dientes para combatir una nueva oleada de dolor.

—¿Cuánto tiempo me queda? —pregunta con la voz quebradiza.

La doctora Sánchez Alegría tarda unos instantes en contestar, un vacío que duele más que cualquier diagnóstico.

—No hay forma de saberlo. Ayer mismo solicité unos análisis al Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses para determinar la cantidad de americio-241 que ingirió, porque me temo que todo va a depender de eso.

—¿Y dice que no existe ningún tratamiento que sea efectivo? ¿Ni en España ni en ningún sitio?

—No. Solo podemos retardar el proceso y centrarnos en mitigar el dolor lo máximo posible. A este respecto tengo que preguntarle algo importante.

Omar Fuentes se limita a sostenerle la mirada.

—Necesito saber si prefiere una sedación completa y ser ajeno al proceso o estar consciente y que le administremos calmantes.

El diagnóstico le cae como una enmienda a la totalidad: no hay margen, no hay negociación posible, solo administrar el dolor mientras el tiempo se le agota.

—Es decir, que toda mi capacidad para tomar decisiones se acaba de reducir a morirme ya pero sin sufrimiento, o vivir quién sabe cuánto soportando este calvario. Es eso, ¿verdad?

La doctora introduce las manos en los bolsillos de la bata y aprieta los labios.

—Me temo que sí.

Omar Fuentes inclina la cabeza hacia la izquierda y deja que su mirada se escape por la ventana de la habitación.

En ese silencio obligado, desfilan los rostros que dejó en segundo plano, las manos que no sostuvo el tiempo suficiente, y ser consciente de lo mucho que ya no va a poder reparar le pesa más que su aciago destino.

Repasa las opciones que tiene y no tarda en decidir que, si ha llegado su final, él se va a encargar de ser recordado como merece.

Pero antes de tomar una decisión en firme necesita más información.

—¿Ha pasado algo en Valladolid mientras yo estaba sedado? —pregunta.

Ella le pone al día.

—Entonces no me queda otra que tragar con ello, a ver si, al menos, durante el tiempo que me queda somos capaces de dar con la persona que me ha envenenado. Solo le pido que haga todo lo que esté en su mano para que sufra lo menos posible.

—Por supuesto.

—Y ahora, por favor, ayúdeme a encontrar mi teléfono.

Exterior de la comisaría de distrito de Las Delicias

Le ha costado reaccionar. Tres segundos, quizá cuatro.

Ha sido como si su cerebro necesitara reiniciarse.

Bien es cierto que han transcurrido casi diez años desde la última vez que se vieron, pero su rostro no ha cambiado tanto como para no haber sido capaz de superar antes el bloqueo.

Puede que haya influido el hecho de tener su mente volcada en la conversación que va a mantener con el tipo al que han bautizado como Adro, aunque lo más probable es que tenga que ver con el bloqueo emocional que le ha provocado volver a encontrarse con ella.

Quién sabe.

Sea como sea, en este instante, sumido en una parálisis profunda, Sancho solo se ve capaz de verbalizar su nombre entre interrogantes.

Antes de eso, el pelirrojo se ha visto envuelto en el tsunami burocrático provocado por el requerimiento de Adro para hablar con él.

Sin duda supone un vuelco radical de una situación hasta el momento nada halagüeña.

Que el tipo que ya ha causado trece víctimas mortales quiera hablar lo cambia todo, porque ello implica que va a reivindicar sus actos o a exigir una serie de absurdas peticiones.

Todos coinciden en que, con independencia de lo que vaya a ocurrir, es mucho mejor que no tener ni la más remota idea del perfil psicológico de la persona a la que se enfrentan.