La piel de una gota Maldito karma
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Maldito karma

Comisaría de distrito de Las Delicias, Valladolid

Ocho días para la traca final

Que él recuerde, ha sido una de las peores noches de su vida, y eso que Antón Anchorena las ha tenido muy malas.

Pero como esta que acaba de dejar atrás no conserva ninguna en su memoria, y la tensión acumulada se refleja en las manchas negras que, como un vertido petrolífero en el océano, se extienden bajo sus párpados.

Acaba de terminar la llamada que ha mantenido con Fernández Villanueva, en la que le ha reconocido que van a poner en libertad al detenido tras comprobarse que no se encontraba en la ciudad en la fecha en la que se había colocado el explosivo en el árbol de Navidad y que el día que se produjo la matanza de plaza de España había pasado toda la noche en compañía de su pareja.

En el registro de la vivienda tampoco se ha encontrado nada que le vincule con los atentados, y lo cierto es que durante el interrogatorio —que ha durado tres horas— el hombre se ha mantenido firme y sereno en su declaración.

—Antón, nos va a caer mucha mierda, pero nosotros a lo nuestro —le ha dicho—. Si tal como parece ha utilizado explosivo plástico en la catedral, lo vamos a terminar trincando.

—Sí, yo también lo creo —le ha respondido por responder.

—Otra cosa. El ministro se está planteando decretar el estado de excepción en Valladolid.

—No me digas...

—Sí te digo, sí, pero el decreto tendría que pasar por la aprobación del Congreso, así que, si se concreta, no será inmediato. Esperemos que se quede en un gigantesco globo sonda para distraer la atención de lo importante.

—Entiendo.

—Lo dicho, tú a lo tuyo. Mantenme informado.

—Por supuesto.

En cuanto ha terminado la llamada, ha recibido un wasap de Inés con un enlace a la noticia que acaba de publicar El País en su edición digital. La foto que ilustra el artículo, con la torre parcialmente derruida, es por sí sola descorazonadora.

Al menos tres muertos y nueve heridos en Valladolid tras un nuevo atentado que ha reducido a escombros la torre de la catedral

Valladolid, 3 de diciembre de 2022

La histórica catedral de Valladolid fue escenario anoche de una violenta explosión que dejó un saldo provisional de tres personas fallecidas y otras nueve heridas de diversa consideración, así como graves daños materiales.

El estallido, ocurrido a las 0.00 horas, destrozó la cúpula y la estatua del Sagrado Corazón, provocando un derrumbe parcial y cubriendo las calles aledañas con una nube de polvo y escombros.

Los servicios de emergencia trabajan con intensidad en la zona para atender a los afectados y controlar el perímetro, que ha sido acordonado por la Policía Nacional mientras se desarrolla una investigación para esclarecer las causas y responsabilidades del incidente que, aunque todavía está sin confirmar, se relaciona con los graves sucesos que han agitado la capital castellana los últimos días.

Además de las víctimas, los daños materiales son cuantiosos, afectando no solo al monumento, sino también a edificios colindantes.

Las autoridades mantienen la alerta máxima y solicitan a la ciudadanía prudencia y colaboración.

Por el momento no se han producido declaraciones oficiales de ningún representante municipal, dado que el alcalde de la ciudad, Omar Fuentes, sigue hospitalizado con pronóstico reservado por causas que aún se desconocen.

La catedral, un emblema arquitectónico y cultural de Valladolid, declarado bien de interés cultural, enfrenta ahora un arduo proceso de evaluación y restauración tras el impacto de esta tragedia que ha golpeado el corazón de la ciudad.

Se esperan nuevas informaciones oficiales en las próximas horas, así como posibles medidas extraordinarias para garantizar la seguridad de los ciudadanos y del patrimonio de Valladolid.

Hay otros dos artículos relacionados, pero, con un movimiento del pulgar, Antón Anchorena declina leerlos.

Necesita pasar por el hotel y darse una ducha.

Le convendría dormir unas horas, pero sabe que eso no va a ocurrir, al menos hasta que los especialistas de los TEDAX que trabajan sobre el terreno le entreguen el informe técnico de lo sucedido.

Por la magnitud de la explosión —que se ha sentido en todo el casco histórico de la ciudad—, se sospecha que ha debido de utilizar explosivo plástico, el cual es prácticamente imposible de fabricar de forma manual.

Eso acota la búsqueda, y en este preciso instante es la línea de investigación con más posibilidades de dar algún resultado.

O más bien la única.

Dos golpes en la puerta preceden a la aparición de un viejo amigo, devenido ahora en un incómodo viejo amigo.

—Sancho, de verdad que no es el momento.

—Serán solo cinco minutos.

Anchorena se tapa la cara con las manos y asiente.

—Cinco, pero, por favor, no me recrimines que no te haya contado lo de la detención de un posible sospechoso porque ya sabes cómo funciona esto.

—No van por ahí los tiros. Has estado allí, ¿verdad?

—Sí, he vuelto hace una hora, más o menos.

—¿Y?

—Terrible. Como terribles han sido otros muchos escenarios en los que me ha tocado estar, Sancho. ¿Dónde quieres llegar?

—Quiero entender. Lo estamos tratando como un asunto de terrorismo, pero tú y yo sabemos que detrás de cada atentado hay un propósito. Sembrar el terror para conseguir equis. ¿Es o no es así?

—Generalmente sí.

—¿Generalmente? ¿Te viene a la memoria alguna cadena de atentados terroristas que se haya producido en algún rincón del planeta sin reivindicar?

El de la Comisaría General de Información sacude la cabeza.

—No.

—Estos. Y eso es justo lo que más miedo provoca, que no sabemos qué quiere y por tanto por qué cojones lo está haciendo.

El terrorismo está vinculado a factores políticos, ideológicos, religiosos, culturales o incluso bélicos, pero en este caso estaremos de acuerdo en que responde a un factor personal que desconocemos.

Anchorena se dispone a decir algo, pero el pelirrojo levanta la palma de la mano.

—Un segundo, por favor, que ya termino. Llevo toda la noche dándole vueltas a esto.

He leído toda la información que he encontrado sobre casos de lobos solitarios que provocaron atentados por motivos personales asociados a la idea de venganza.

No hay muchos, la verdad. Al margen de Unabomber, que pretendía cambiar el mundo, me he encontrado otros como el de Breivik en Noruega, o el de los hermanos georgianos en el maratón de Boston, y varios otros cuyo objetivo era, por resumirlo, castigar al Gobierno por alguna causa concreta.

En ese instante, fiel a su peculiar modo de actuación, Inés de Marcos irrumpe en el despacho.

—Jefe, tenemos algo que...

Anchorena se revuelve en la silla.

—Inés, por lo que más quieras, deja de hacer eso. Sea lo que sea, dame un minuto.

—Pero...

—Pero ¡nada! Siéntate ahí y escucha —le ordena sin necesidad de levantar la voz. Ella obedece—. Continúa, Sancho.

—En nuestro caso, yo diría que lo que quiere es castigar a Valladolid, y vaya si lo está consiguiendo.

Ahora mismo la ciudad entera está acojonada.

Si te asomas por la ventana verás que no hay ni Dios por la calle, y es lógico, porque el nivel de riesgo que percibe la gente es muy elevado.

En menos de una hora va a trascender que tenemos que poner en libertad a un sospechoso, lo cual se va a entender como un fracaso de quienes tienen que protegerlos.

La cosa se va a poner muy fea ahí fuera, y los que estamos aquí dentro vamos a empezar a sudar tinta china.

—¿Empezar? Yo llevo así varias horas.

Sancho sonríe.

—No me extraña. Bien, donde quiero llegar es que estamos siguiendo el manual, pero en este caso no va a funcionar porque no se ajusta al modelo.

Tenemos que cambiar el punto de partida, y, en vez de intentar dar con él, debemos centrar nuestros esfuerzos en averiguar por qué quiere castigar a la ciudad de Valladolid.

—Muy bien, perfecto. ¿Y cómo?

—De la única forma que existe: consiguiendo que él nos lo cuente.

Anchorena da una palmada.

—Ah, perfecto, perfecto. ¿Me pasas el contacto, por favor, que le llamo ahora mismo?

—No va a hacer falta —interviene Inés.

Las miradas de Sancho y Anchorena convergen en ella.

—Es lo que venía a contarle. Alguien se ha puesto en contacto con la redacción de El Norte de Castilla , y todo parece indicar que se trata de él.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Anchorena.

—No he querido interrumpir hasta comprobarlo. Les ha dicho que ha firmado su última obra en un lugar concreto del interior de la torre de la catedral, y que junto a la firma encontrarían un mensaje suyo. He llamado a Juanjo, que está allí, y acaba de comprobarlo.

—¡¿Y qué es lo que quiere?!

Ella duda.

—Quiere hablar con él y solo con él.

El dedo índice de Inés de Marcos señala al pelirrojo.

Plaza de San Salvador

El dispositivo que le va a permitir comunicarse con garantías con el inspector Sancho mide veinte centímetros de largo por seis de ancho y dos de alto.

Su función es emitir ondas de radiofrecuencia en las mismas bandas que usan las compañías de telefonía móvil con el objetivo de confundir a las torres de telefonía.

De este modo evita que localicen el origen de la llamada y, por supuesto, que triangulen su posición.

El jammer lo tiene desde los tiempos en los que trabajaba como mercenario para Executive Outcomes, dado que le obligaban a usarlo siempre que contactaba con ellos vía telefónica.

Se quedó con él cuando regresó de la última operación que firmó con los sudafricanos pensando que algún día podría serle de utilidad.

No se equivocaba, aunque nunca se imaginó que sería en la tesitura en la que ahora se encuentra.