La piel de una gota La piel de una gota
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La piel de una gota

Algún lugar de Kivu del Norte,

República Democrática del Congo

Mientras se abría paso en la espesura, recordaba las palabras que Arube Mbemba le había repetido tantas veces: «No intentes ser silencioso, intenta ser selva».

El anciano le había enseñado a entender los sonidos de la Madre Naturaleza para comunicarse con su entorno.

No le había resultado sencillo, ni siquiera estaba seguro de haberlo conseguido, pero desde que lo ponía en práctica cazaba más.

De hecho, esa mañana ya se había cobrado un duiker y estaba siguiendo el rastro de un antílope macho que se había separado de la manada.

La suya —una tribu lugbara conformada por treinta y seis miembros— todavía se desperezaba en el asentamiento que habían levantado cerca del lago Eduardo, pero ese día él había decidido salir de caza antes del alba con la intención de que desayunaran carne.

Al principio se limitó a observar y escuchar, aprendiendo palabras y gestos que le sirvieron para empezar a comunicarse con los miembros más curiosos de aquella minúscula comunidad.

Por suerte, uno de los más ancianos —a quien llamaban Arube Mbemba— hablaba francés, y, sin entender muy bien el porqué, adoptó la figura de mentor con el único propósito de que pudiera encajar en el grupo.

Aquel hombre había logrado en muy poco tiempo romper el hielo que recubría su corazón y atravesarlo con palabras cargadas de simbolismo y calor.

La imposibilidad de pronunciar bien Marco Antonio y la tendencia lugbara a simplificarlo todo hicieron que fuera rebautizado con el nombre de Mako Nonio.

Fue él quien empezó a hablarle de Adroa y de sus creencias a través de fábulas y cuentos que garantizaban la transmisión de su cultura y de su modo de entender el mundo.

Para los lugbara, Adroa era el dios creador, distante pero omnipresente, cuya fuerza recorría cada río, árbol y montaña.

Creían que los espíritus de sus ancestros y de la naturaleza habitaban en todo lo que los rodeaba, protegiendo y guiando a la comunidad.

Los rituales, sacrificios y cánticos mantenían el equilibrio entre el mundo visible y el invisible, buscando la armonía con la naturaleza y su protección.

En esa visión, la vida era un ciclo eterno donde lo sagrado se entrelazaba con lo cotidiano, y cada acto tenía un peso espiritual profundo.

La otra cara de Adroa era Adro, la encarnación del dios celestial en un ser maligno, la contraparte oscura y más temida de su divinidad.

Representaba la muerte, la destrucción y el caos, pero también la justicia implacable que castigaba a quienes rompían el equilibrio sagrado.

Se manifestaba a través de tormentas violentas, enfermedades y desgracias, recordando a los lugbara la fragilidad de la vida y la necesidad de obedecer las leyes divinas.

Aunque aterrador, su poder era necesario para mantener el orden y purgar lo que amenazaba la armonía del mundo.

Todo aquel aprendizaje supuso para él un renacer espiritual, un hogar al que no estaba dispuesto a renunciar por nada del mundo.

Y mucho menos por el mundo que había dejado atrás.

Por primera vez en su vida estaba experimentando eso que en Occidente definían con la palabra felicidad , que no era otra cosa que no necesitar nada más que estar en paz con uno mismo.

Pero todo aquello estaba a punto de esfumarse.

El Témpano, convertido ahora en Mako Nonio, se notaba exultante. La noche anterior, Arube Mbemba le había llevado junto al fuego y por fin le había contado la fábula que, según el anciano, hablaba de él.

—Tú eres ese cazador, hijo, y tu condena es creer que la piel de una gota te hace invulnerable —le resumió—. Tu don es tu maldición, y tu destino es el eco de las decisiones que has tomado en el pasado. La buena noticia es que todavía está en tus manos.

Como el cazador de la fábula, él sostenía su arco cuando localizó al antílope al que perseguía. Este, inquieto, reorientó los pabellones auditivos y tensó los cuartos traseros antes de salir huyendo fuera de su rango de visión. Él tardó unos segundos en entender el motivo.

Disparos.

Se oían lejos, pero no tanto como para no poder localizar la procedencia: el poblado.

Calculó mentalmente que se encontraba a más de una hora a pie si seguía la ruta que le había llevado hasta allí, por lo que decidió acortar cruzando el río, cuyo caudal había descendido de modo considerable en esa época del año, así que la corriente no representaba ningún peligro.

De nuevo, el agua se aliaba con sus designios.

A unos cinco kilómetros de distancia divisó una columna de humo que se elevaba por encima de los árboles, y, aunque el corazón estaba a punto de salírsele por la boca, apretó la marcha.

Al llegar al poblado se cumplieron sus peores presagios.

Los aromas que solían reinar en el poblado —arcilla, resina, hierbas vivas, leche agria y manteca de karité— habían sido sustituidos por el olor metálico de la sangre y el humo destructor del fuego.

Llegaba tarde, y quienesquiera que hubieran perpetrado el asalto habían actuado siguiendo el manual del exterminio.

Sin supervivientes.

Los hombres, asesinados por arma de fuego; las mujeres, ancianos y niños, masacrados a golpe de machete.

A Mami Mujinga, como sanadora, la habían desfigurado a pedradas, mientras que a Arube Mbemba se lo encontró en el interior de su choza con la garganta abierta, como los ojos, recubiertos estos por una fina capa de barniz que opacaba su brillo natural.

Los suyos, a pesar de estar anegados de lágrimas, registraron el resto de las imágenes macabras como alimento para el odio y la rabia que crecían en su interior.

No había tiempo que perder.

Convertido en selva, mimetizado con el entorno y guiado por Adro, siguió el rastro de la partida de milicianos con relativa sencillez, dado que llevaban consigo el ganado que habían robado a los lugbara.

Treinta y seis vidas a cambio de cinco cabras famélicas y una vaca.

Él se lo haría pagar mucho más caro. El grupo lo componían tan solo ocho guerrilleros Mai Mai que, dedujo él, se dirigían a Shabunda, cerca de la frontera con Uganda, donde se ubicaba uno de sus campamentos base.

Esperó a que cayera la noche para actuar y sacar partido del estado de embriaguez con el que solían abrazar el sueño.

Al primero lo degolló mientras dormía con su cuchillo de caza y le arrebató un AK-47 con el que eliminó a los seis siguientes, que apenas si se percataron de que les había llegado la hora.

Se dejó para el final al que identificó como el líder por los distintivos que llevaba en la guerrera.

Con este se tomó su tiempo. Tras neutralizarlo y atarlo a un árbol, le clavó el cuchillo treinta y cinco veces en zonas no vitales al tiempo que le susurraba los nombres de los miembros de su tribu, hasta que por fin se lo hundió en el corazón.

No sintió rabia, ni culpa, ni mucho menos arrepentimiento.

Simplemente, no sintió.

Arube Mbemba fueron las dos últimas palabras que escuchó aquel malnacido.

Una vez restablecida la armonía, regresó al poblado con la idea de incinerar los cuerpos, pero, abatido por el cansancio físico, se entregó al sueño rodeado de los cadáveres de quienes se habían convertido en su familia durante los últimos nueve meses y le habían enseñado lo que nunca hubiese aprendido en nueve vidas.

Se despertó al sentir la presencia de la que se convertiría en su compañera de vida los próximos años.

Un cachorro de basenji lo miraba expectante desde la puerta de una cabaña en la que habían sido asesinados un matrimonio y sus tres hijos.

Ambos se habían quedado sin manada, por lo que en ese instante tomó dos decisiones: llamarlo Kivu, para respetar sus orígenes, y protegerlo con su vida hasta que algún día se reuniera con Adroa, su creador.

Tras cumplir con su cometido, emprendió la marcha junto a Kivu hasta Goma, donde sabía que se iba a reencontrar con un pasado que detestaba, un pasado oscuro, turbio, falaz.

En cuanto se presentó a los mandos de la MONUSCO y certificaron con incredulidad la reaparición del subteniente Gavilán, Marco Antonio se despidió de Mako Nonio sin funeral ni sepelio, pero convertido en selva.

Y en el cazador de la última fábula que le había contado Arube Mbemba.