La piel de una gota Soltar lastre #5
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Soltar lastre #5

Un lejano pero prolongado rugido le hace fruncir el ceño. Inés, que también está fuera, arruga la nariz como si hubiera detectado un mal olor.

—¿Eso ha sido...? —pregunta ella.

—Un puto bombazo, sí.

Silencio.

Terraza de Los Ilustres

Seis minutos antes de que la torre de la catedral sufra daños irreparables, el Témpano está sentado en una terraza ubicada en la esquina de la calle Arribas con la calle Cascajares.

Es, sin duda, el mejor lugar posible para asistir a lo que solo él sabe que va a suceder en breve.

Le resulta curioso contemplar la normalidad con la que se comporta la poca gente que pasea por la calle o los que están tomando algo en las mesas aledañas.

Una calma de cartón piedra que está a punto de desmoronarse.

Lleva ahí desde las diez y media de la noche, y para matar el tiempo se ha traído el diario de Cristina. Ha leído varios pasajes, pero se ha guardado el que justifica la voladura de la torre de la catedral para el último momento.

28 de junio de 2019

Querido diario:

Hoy culmina una de las peores semanas que recuerdo.

Asco de vida. Asco de gente. Asco de todo.

Desde el lunes a vueltas con los malditos proyectos de las fuentes.

Le he presentado cinco variaciones diferentes al tiquismiquis de Ángel Luis, pero al tipo no le convence ninguna.

Venga ya. Dice que no quiere arriesgarse a que el concejal le vuelva a rechazar la propuesta y ha tenido la desfachatez de sugerirme que le ponga más corazón al asunto.

¿Más corazón? Lo que le pongo es horas y horas.

Desde que entro hasta que salgo del curro más el tiempo que le estoy dedicando en casa.

¿Por qué me habrá tocado un jefe tan idiota?

Pero lo peor ha pasado esta mañana. Teníamos que acompañar al alcalde a la catedral por un proyecto de iluminación que están valorando para la torre.

Gustavo Cuadrado quería que yo estuviera presente y allí nos hemos plantado.

Lo que no sabía es que me iba a tocar salir al exterior porque el puto alcalde se ha empeñado en que era la mejor forma de hacerlo.

Maldita sea mi suerte. Con el vértigo que yo tengo.

Al principio he intentado con todas mis fuerzas que no se me notara, pero resulta que son más de setenta metros de altura y una barandilla de mierda que me separa del vacío.

A pesar de que en ningún momento he mirado hacia abajo y no he perdido contacto físico con la pared, me temblaban las piernas, y, claro, no era capaz de anotar una sola palabra de lo que estaban diciendo.

Pero ¡qué iba a anotar si estaba luchando por no tirarme al suelo y arrastrarme hasta la puerta!

—Jodidos cabrones —verbaliza el Témpano entre dientes.

El caso es que en cuanto el alcalde se ha dado cuenta de que estaba a punto de entrar en estado de shock se ha empezado a partir de la risa.

El muy gilipollas va y me dice: «Pero...

¿cómo es posible que un arquitecto tenga vértigo?

», se descojonaba. «¿Te imaginas a Juan de Herrera sin poder subirse a un andamio?

» «A ver, Gustavo, la próxima vez que vayas a hacer selección de personal incluye algo así como: abstenerse cagones.

» Y el tragaldabas del concejal venga a reírse.

Qué mal lo he pasado. Tendría que haberme arrojado al vacío delante de ellos, o mejor aún, tirarlos a ellos por graciosos de mierda.

Si todavía estuviera con Marco le pediría que pusiera un buen petardazo en la torre y que la mandara a tomar por el culo.

—¿Quieres un buen petardazo, preciosa? —musita al tiempo que consulta su reloj—. Pues espera unos minutitos.

Al final, ha sido el propio alcalde el que me ha dicho: «Anda, cariño, baja antes de que te dé un telele».

¡¿Cariño?! Pero ¡¿quién se cree que soy?

! ¡¿Su putita arquitecta?! He bajado llorando de la rabia y me he venido para casa sin despedirme de esos dos mierdas.

Seguro que el lunes Ángel Luis me dice algo y, entonces sí, le clavo el bolígrafo en el ojo, lo juro.

Asco de semana, a ver si se termina de una santa vez.

A la mierda el que lo lea.

Sin prisa, el Témpano guarda el diario en su mochila y saca unos tapones para los oídos que ha comprado esa mañana en una farmacia.

Acto seguido fija su mirada en la estatua del Sagrado Corazón de Jesús, que, tal y como colocó en su día la carga de PG3, confía en que salga proyectada.

Al ser hueca por dentro, la onda expansiva la dirigirá hacia arriba, provocando una lluvia de trozos de hormigón y, por supuesto, la destrucción de la cúpula.

Eso está garantizado. Lo que no puede saber, pero va a averiguar de inmediato, es cómo afectará al resto de los cuerpos que conforman la torre.

Vuelve a consultar su reloj, sincronizado con el Casio de Cristina que colocó en su día como temporizador.

Los últimos diez segundos los desgrana mentalmente, y, cuando quedan cinco, abre mucho la boca para equilibrar la presión interna del oído con la presión externa y reducir así el daño potencial que la onda expansiva podría ocasionarle en el tímpano.

—Tres, dos, uno...

Plaza de Portugalete

En cuanto sobrepasan la iglesia de Santa María de la Antigua lo certifican: la cúpula de la torre de la catedral y la estatua del Sagrado Corazón de Jesús han desaparecido.

—¡Hostia, hostia, hostia! —repite Zetazeta.

Los gritos de la gente se funden con el ulular de las sirenas.

La mayoría de las personas con las que se cruzan corren en dirección contraria, algunos están parados con la atención puesta en lo que ya no está, otros se sujetan la cabeza con las manos, pero en los ojos de todos ellos hay miedo e incredulidad.

Una densa nube de polvo gris que avanza hacia la plaza de Portugalete marca el lugar.

Al entrar en la calle Arribas se encuentran con los primeros escombros esparcidos por el suelo, trozos enormes de piedra caliza que antes conformaban una torre, cristales y otros restos irreconocibles.

—¡Joder, no se ve una mierda! —dice Sancho al tiempo que se tapa la nariz y la boca con la camiseta.

El polvo suspendido en el aire es un muro infranqueable.

—Ahí hay una persona tirada en el suelo —señala Zetazeta entre toses.

En posición fetal, un hombre de mediana edad permanece inmóvil. Tiene los ojos entornados, cubiertos de una fina capa blanquecina, y su cráneo parece un mapa orográfico imposible. No necesitan ser médicos para saber que el golpe que presenta en la cabeza ha resultado mortal.

—No se puede hacer nada por él —estima Sancho.

—¡Mierda, joder! —protesta el tédax—. Casi no puedo respirar.

El pelirrojo toma la decisión.

—Tenemos que esperar a que se disipe la nube de polvo.

Una pareja de policías municipales llega al lugar a la carrera.

—¡Tienen que salir de aquí! —les gritan—. ¡Nos han ordenado acordonar la zona!

Ambos avanzan casi a ciegas por la calle Cascajares. En el cruce con Núñez de Arce distinguen una dotación de bomberos y una ambulancia.

—¡Hacia allá, hacia allá! —les indica un bombero con máscara.

El aire no se vuelve respirable hasta la mitad de la calle Cánovas. A Sancho le vibra el móvil en el bolsillo del pantalón. Tiene dos llamadas perdidas de Sara. Al deslizar el dedo por la pantalla se percata de que un ligero temblor se ha adueñado de sus manos.

—Perdona, no había visto que...

—¡¿Estás bien?! —le corta.

—Sí, sí, tranquila —responde en el tono más calmado que es capaz de fingir.

—¡Joder! ¡El hijo de puta ha volado la torre de la catedral!

—Lo sé, lo sé. Acabo de estar ahí, pero...

—¡Ha retumbado toda la maldita casa!, ¡pensé que reventaban los cristales del salón!

—Pero ¿estáis bien?

—Sí, ha sido solo el susto. A mi padre casi le da un infarto, el pobre está blanco todavía. ¿Qué vas a hacer?

—Aquí no puedo hacer nada, así que voy a pasar por comisaría por si puedo ser de utilidad. Luego te escribo.

—De acuerdo.

—Trata de descansar. Te quiero.

Sobre las fachadas se reflejan las luces de los vehículos de emergencias, que no dejan de llegar a la zona. Algunos incautos asoman tímidamente la cabeza por las ventanas que dan a la calle. En sus rostros, perplejidad y pavor.

—Yo me voy a quedar por aquí —le dice Zetazeta, que parece haber envejecido varios lustros.

—¿Estás bien? —se interesa Sancho.

—Me pican los ojos y la garganta.

—Me refiero a...

—Sí. No. No sé. Es que no tengo ni la menor idea de si estoy preparado para tragar con lo que nos vamos a encontrar ahí.

Sancho le pone la mano en el hombro.

—Pues es lo que toca. Luego hablamos.

Zetazeta se dirige hacia un grupo de policías que tratan de mantener alejadas a las personas que se acercan al lugar y les muestra su identificación.

Sancho carraspea para intentar sacarse del interior de la boca el polvo y se frota los párpados.

La capa de partículas en suspensión opaca la luz de la decoración navideña que resplandecía hasta hace escasos minutos.

Antes de ponerse en marcha dedica una última mirada a la torre de la catedral, mutilada, desnuda en su fragilidad, desamparada por completo.

Como él.

Como todos.