Soltar lastre #4
—O no. Para que un juez ordenara la toma de una muestra a mi cliente tendría que presentar claros indicios, no suposiciones ni conjeturas, de que la señora Robles pudo estar en esa embarcación de recreo.
Así que o nos cuenta o muestra algo más sólido o me temo que vamos a tener que dar por concluido este interrogatorio, señora Nieto.
La inspectora jefe sonríe satisfecha, esta vez de verdad.
—Por mi parte he terminado, pueden marcharse cuando lo estimen oportuno. Tendrán noticias nuestras.
Algo desconcertada, Sara abandona la sala contenta pero con mal cuerpo, como un roedor regurgitado por una Boa constrictor . Sancho, que la aguarda fuera, va a su encuentro y lee la preocupación en su rostro, que ha adquirido cierta tonalidad cárdena.
Antes de que pueda abrir la boca, ella se anticipa.
—Llévame a ver a las niñas.
Zerocafé
En cuanto pone un pie en el local, Sancho tiene la sensación de que la garra con la que convive en su estómago ha dejado de apretar, o, por lo menos, tiene las uñas menos afiladas.
En la pantalla, un vídeo de una banda española que no conoce. Hay gente, pero bastante menos de lo habitual. Las siguientes palabras que va a pronunciar ya están prefabricadas en sus cuerdas vocales.
—Jameson con hielo.
Ella le ha insistido. Resulta evidente que necesita espacio.
Sara no ha abierto la boca desde que han salido de la comisaría hasta el hospital y Sancho no ha querido preguntar.
Durante esos prolongados silencios puede oír los engranajes de su cabeza dando vueltas y más vueltas.
La conoce lo suficiente para saber que solo habla cuando tiene algo que decir.
Y no era el caso. Tampoco lo necesitaba.
Sabía que la cosa no había ido bien, pero le reconcomía no conocer los detalles.
Ha sabido esperar al momento adecuado para preguntar: después de estar cuarenta minutos con las pequeñas y notar que sus rasgos volvían a la normalidad.
—¿Me tengo que preocupar o directamente me tengo que ocupar de algo?
Sara le ha mirado, ha extendido el brazo y le ha acariciado la mejilla. Luego ha enterrado los dedos en la frondosidad de la barba y, tras unos segundos, ha compuesto una sonrisa endeble, inestable.
—No tengo la menor idea, pero sí sé que la inspectora jefe Nieto no se va a conformar con las migajas. Quiere el pan entero.
—Ya, bueno, me parece muy bien, pero resulta que ese pan es de este otro perro viejo —ha dicho él golpeándose en el pecho con el índice—, y como se acerque a olisquearlo le voy a meter una dentellada en el cuello.
—Ojalá fuera tan fácil, pero, mira, en este momento no voy a dedicarle un minuto.
Sara ha consultado la pantalla del móvil.
—Vamos a movernos, que hemos quedado con mi padre en media hora.
Hacía tiempo que no iban al Martín Quiroga, el restaurante de Valladolid con más demanda por metro cuadrado.
De hecho, el mismo día del año que abren el libro de reservas lo cierran, porque las cuatro mesas que tienen en el restaurante se llenan para toda la temporada.
Cocina tradicional sofisticada, producto de temporada y servicio impecable a cargo de los hermanos Nica y Marcos, propietarios del negocio.
Como sus nombres no eran de esos privilegiados que estaban apuntados en la agenda, no les ha quedado otra opción que ir a las 20.
30 y ocupar tres taburetes en la barra antes de que lo hagan otros.
Incluso una noche como la de hoy, en la que la mayoría de los vallisoletanos han decidido refugiarse en sus casas, la sala estaba llena.
De todo lo que les ha cantado Nica desde los fogones han elegido las colas de gambón estilo thai , el carpaccio de gamba blanca, la palometa escabechada y el rabo de toro estofado al vino tinto.
Botella de Carmelo Rodero 9 para ellos y un blanco de Menade verdejo para ella, que lo ha degustado como si fuera la última vez.
A Sara la ha notado bien, diría que más participativa de lo normal durante las conversaciones a tres, pero sabe que está preocupada.
Lo advierte en su mirada, en determinados gestos que intenta evitar, en ausencias fugaces durante las cuales su semblante se ensombrece.
No obstante, podría decirse que han disfrutado de la cena y que les han venido muy bien a los tres esas dos horas y media de desconexión.
De regreso, a la altura de la calle Platerías, Sara se ha detenido y le ha dicho que se pasara por el Zerocafé para despejarse un rato. Al principio le ha dicho que no, pero ella ha insistido con la excusa de sacar un rato para charlar a solas con su padre.
—Venga, una copa y voy para casa —ha accedido Sancho.
Con el Jameson en la mano se ha acercado a saludar a Paco Devotion, quien le ha recibido, como siempre, estrechándole la mano.
—¿Estos modernos quiénes son? —pregunta señalando a la pantalla.
—Siloé. Son de aquí y lo están petando bastante.
—Ah, sí, he oído hablar de ellos. Me lo anoto.
Sancho se acoda en su hueco preferido de la barra y se moja los labios con el whisky irlandés.
Es al hacer el barrido visual rutinario cuando sus miradas se cruzan.
Está acompañado por una pareja de su edad y todos sostienen un botellín de cerveza en las manos.
Sancho levanta la mano para saludarlo y es él quien toma la iniciativa de acercarse.
—Muy buenas —le saluda Hernán Zunzunegui.
—Buenas. ¿Cómo tú por aquí?
—Peteira me habló de este lugar el otro día, y como han venido unos amigos de Bilbao a pasar el fin de semana, los he traído a ver si era cierto eso de que es el mejor garito de la ciudad.
—Buen fin de semana para visitar Valladolid —comenta Sancho.
—Ya, bueno, a estos se la suda bastante todo. El padre de ella, empresario, estuvo muchos años amenazado por ETA y nunca se movieron de Galdácano.
—Dos cojones.
—Oye, no sé si te has enterado de lo del alcalde.
—Sé que está hospitalizado. ¿Le ha pasado algo?
—Una amiga de una amiga que es enfermera de la UCI me ha dicho que está fatal, y que al parecer lo han envenenado con un producto radioactivo, tipo lo que le hicieron al espía ruso que terminó palmando.
Sancho tarda en procesar la noticia.
—Hay que joderse.
—Sí, lo que pasa es que todavía no lo han contado.
La charla, lógicamente, se alimenta de conjeturas y divagaciones sobre el caso.
Zetazeta augura que en algún momento el tipo va a querer darse a conocer porque a nadie le gusta vivir en el anonimato, y que ese será el principio de su final.
Sancho no lo tiene tan claro, pero tampoco cuenta con un argumento sólido al que agarrarse.
El tédax está a punto de regresar con sus amigos cuando ocurre.
Un prolongado estruendo que llega del exterior anticipa la llegada de un mazo gigante e invisible que sacude el edificio.
Quietud absoluta generalizada.
Pero efímera.
Gritos.
Sancho y Zetazeta se miran, pero enseguida se dirigen a la puerta, donde hay varias personas señalando hacia el lugar de donde creen que ha provenido la explosión.
—¡Ha sido cerca de la catedral! —chilla alguien.
Sin necesidad de intercambiar palabras, Zetazeta y Sancho corren hacia allá.
Barrio de Covaresa
Seis minutos antes de que la estatua del Sagrado Corazón de Jesús que corona la torre de la catedral estalle en mil pedazos, Antón Anchorena se encuentra en el asiento del copiloto de un vehículo camuflado que está estacionado en el lateral del inmueble que se disponen a asaltar.
Dentro está el sospechoso que tiene orden de detener.
Está confirmado por el equipo al que ha encargado verificarlo visualmente, y, desde que él accedió a la casa, a las 20.
14, nadie ha entrado o salido. No hay duda: se trata del tipo cuyo perfil encaja como un guante en el que han establecido los especialistas de la Comisaría General de Información.
A su lado, con expresión neutra, Inés de Marcos.
—Equipo uno, preparado —escucha por el equipo de transmisión.
—Equipo dos, preparado.
La operación es simple. Dos equipos, conformados por cinco miembros del Grupo Especial de Operaciones, accederán de manera simultánea por las dos entradas que tiene la vivienda, un chalé unifamiliar.
De ese modo se reduce de forma considerable el riesgo de que se produzcan heridos civiles en el caso de que la cosa se ponga fea.
El equipo uno tiene orden de limpiar la planta principal —distribuidor, salón, cocina, habitación de invitados y aseo— y la bodega.
Por su parte, el equipo dos se dirigirá al piso superior, donde hay tres habitaciones y dos baños.
Se pretende que la detención sea quirúrgica, pero se ha dado permiso para abrir fuego en el caso de encontrar resistencia armada por parte del sospechoso.
—Atención, equipos uno y dos: a mi orden —dice Marcos Domingo, el jefe del GEO.
Anchorena comprueba su reloj. Faltan tres minutos para la medianoche y, en el exterior, hace tiempo que no se registra ningún movimiento de vehículos ni transeúntes.
El veterano policía inspira hondo por la nariz.
—Adelante —ordena.
Los sonidos que registra a continuación los ha escuchado un millón de veces, por lo que le resulta relativamente sencillo reconstruir en imágenes lo que está sucediendo.
Ambos equipos han accedido a la vivienda, y cada uno de sus miembros se ha dirigido a comprobar las estancias que le han asignado.
Confía en que sea el equipo dos el que lo detenga en la habitación principal, y, durante los dieciocho segundos que tarda en llegar la confirmación, Antón Anchorena no puede evitar contener la respiración.
—Sospechoso identificado y detenido —escucha al fin.
Lo siguiente que oye son los gritos de protesta del sospechoso, que se cuelan a través de los equipos de transmisión de los geos, y una voz firme que le informa de los motivos por los que está siendo detenido y de los derechos que le asisten.
—Bueeeeeno, pues ya estaría —dice para sí Anchorena al tiempo que sale del vehículo para comunicárselo a su superior.