La piel de una gota Soltar lastre #3
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Soltar lastre #3

En el despacho que le han improvisado en comisaría, Antón Anchorena revisa varios documentos bajo una fría luz fluorescente que convierte la estancia en un espacio casi quirúrgico.

O de penitenciaría.

Ensimismado en sus pensamientos, apenas percibe el ruido que se cuela desde el exterior.

Hace unos minutos ha recibido la llamada del comisario general de Información, Fernández Villanueva, que le ha comunicado la necesidad de encontrar algún avance de consideración que pueda vender al secretario de Estado de Seguridad.

Anchorena, cuya experiencia le otorga un máster en leer entre líneas, sabe que «de consideración» se puede traducir en «cualquier cosa que cause un efecto placebo en el Gobierno».

Así y todo, se ha quedado con ganas —como casi siempre que le toca hablar con él— de mandarle a ese lugar del que no se retorna oliendo del mismo modo.

De buena gana se encendería un cigarro, pero hace años que dejó de fumar, después de que su cardiólogo le dijera que estaba asfaltando una autopista de nicotina hacia la tumba.

También tuvo que dejar de tomar café de forma compulsiva, pero nota que sus neuronas necesitan algo de estímulo, por lo que está a punto de levantarse de la silla cuando se abre la puerta.

Inés de Marcos, una de las últimas incorporaciones a su equipo y que destaca por su capacidad analítica tanto como por su incapacidad para saber cuándo demostrarla, agita unos papeles por encima de la cabeza.

—Jefe, hemos encontrado algo.

Minutos más tarde, Anchorena, al que ya se le han pasado las ganas de fumar, contacta con Villanueva por teléfono.

—Dime que tienes algo —le contesta.

—Diría que sí. En el informe ha aparecido un nombre.

Exmilitar apartado del cuerpo con probada experiencia en el manejo de explosivos y varios despliegues en misiones de paz en África.

Coincide con la descripción morfológica que tenemos.

Se le retiró por causas psicológicas y tiene vínculos probados con Valladolid. De hecho, tenemos una dirección.

—¿Y qué quieres hacer?

—Detenerle e interrogarle.

—Así, sin pasar por vicaría.

—Exacto, del tirón. Lo que tenemos es más que suficiente para que nos autoricen una detención preventiva. Si está de acuerdo, preparo la operación para esta misma noche.

Durante los segundos que tarda en contestarle, Anchorena se muerde el interior de los carrillos.

—Me encargo de hablar con el juez. Tomad precauciones, si es nuestro hombre no nos lo va a poner fácil.

—Lo sé. Le mantengo informado.

En cuanto termina la llamada, suelta el teléfono y descarga una palmada en la mesa.

—¡Vamos, cojones! —grita eufórico entre dientes.

Acto seguido sale del despacho y hace una seña a Inés para que regrese a su despacho. Es justo entonces cuando ve pasar a Sancho y Sara por delante de la puerta de la brigada. Por unos breves instantes se siente tentado de hacerle partícipe de las buenas nuevas.

Pero la tentación, en este caso, no resulta suficiente.

Sala de interrogatorios

Cuando Sara entra en la sala acompañada por el abogado del sindicato que la va a asistir, la inspectora jefe Nieto ya está sentada en la mesa junto a un hombre diez años más joven que su jefa, pero con la misma expresión circunspecta, muy ensayada, de asistencia obligada a un velatorio.

Viste ella un traje de falda marrón oscuro de corte beato, sin una sola arruga, y lleva el pelo recogido en un moño que soporta más presión que un hombre que ha sido infiel con su cuñada.

Pómulos marcados, mirada severa de ave rapaz, labios finos y rectos, poco acostumbrados a la concavidad.

Sus piernas y su espalda forman un ángulo perfecto de noventa grados.

Ni ochenta y nueve ni noventa y uno: noventa.

A Sara le da la sensación de estar frente a una escultura policromada del barroco cuyo autor ha fracasado en su intento de humanizarla.

El cruce de «buenos días» podría helar el ecuador.

—Gracias por su puntualidad —arranca Aurora Nieto mientras abre una carpeta de tapas negras repleta de folios—.

Trataré de ser breve. Lo primero que les tengo que decir es que esta conversación va a ser grabada.

Como ya habrán leído en la citación, está aquí en calidad de investigada por un presunto delito cometido en el ejercicio de sus funciones como funcionaria del Cuerpo Nacional de Policía con el cargo de inspectora de Homicidios de Valladolid.

La inspectora jefe Nieto prolonga un silencio forzado.

—Los hechos se remontan a mayo de este año, y contamos con indicios que nos invitan a pensar que cometió irregularidades en el curso de la investigación del caso conocido como el del Torturador Risueño.

—Indicios, no pruebas —recalca Francisco Ortigosa, el abogado de Sara.

Este, cuya estrategia es desnudar la acusación para averiguar qué tienen en contra de su clienta, recibe una mirada reprobadora de la de Asuntos Internos.

—Eso he dicho. Indicios suficientes como para formalizar esta citación.

Los hechos se produjeron cuando usted, suspendida en el ejercicio de sus funciones, viajó a Bridgetown, Barbados, acompañada de Ramiro Sancho, por aquel entonces miembro de la Interpol, a quien se le había encargado dar soporte en la investigación. ¿Es correcto?

Sara, que aparenta estar algo distraída, asiente con la cabeza. En realidad es un mecanismo natural de defensa para ocultar que se siente incómoda. Lo sabe porque le sudan las manos y nota cierta sequedad en el paladar.

—Conteste, por favor, para que quede constancia.

—Es correcto.

—Mi primera pregunta es: ¿cómo averiguaron que el sospechoso, Álvaro Vázquez de Aro, tenía una cuenta bancaria a su nombre en el Central Bank of Barbados?

—Eso se lo tendrán que preguntar a Ramiro Sancho y a la Interpol.

La inspectora jefe Nieto mira a su subalterno y chasquea la lengua.

—Reformulo la pregunta: ¿usted era consciente del propósito del viaje a Barbados?

—Yo me limité a acompañar a mi pareja, dado que necesitaba un cambio de aires por el estrés que estaba viviendo por la apertura de un expediente que consideraba infundado e injusto, y que, como sabe, se resolvió con una falta leve.

—Cuatro días de suspensión y un apercibimiento —completa—.

Tenemos razones para pensar que dicha información se obtuvo de forma ilegal a través del portátil del abogado de Vázquez de Aro, el señor Mateu, asesinado por este según se probó en las diligencias del caso por unas huellas encontradas en una botella de coñac.

—Tienen razones para pensar, pero no pruebas —interviene de nuevo Ortigosa.

—No crea. Durante el registro de su domicilio se halló una copia del disco duro del señor Mateu en la que aparecía dicha información.

—Lo cual no prueba nada en contra del señor Sancho, pero mucho menos de mi clienta, la señora Robles.

Aurora Nieto libera un suspiro con aire de hastío.

—Solo quiero que quede constancia de ello.

Por otra parte, contamos con el testimonio del señor Trotman, director del departamento legal del banco anteriormente citado, en el que asegura que un hombre cuya descripción encaja con la del inspector Sancho lo coaccionó con el propósito de que le facilitara la dirección de Vázquez de Aro en la isla de San Cristóbal y Nieves. ¿Es usted conocedora de estos hechos?

—No.

—Muy bien. Por lo tanto, insiste en que su papel durante las semanas que estuvo allí se limitó al turismo, y que en ningún caso participó en la investigación del caso que fue la razón que llevó al inspector Sancho a aquel rincón del planeta.

—Así es —contesta ella en un tono de voz menos firme de lo que le habría gustado.

La inspectora jefe Nieto invierte unos segundos en revisar la documentación. Durante el proceso frunce los labios como si no estuviera del todo conforme con lo que está leyendo.

—Sí, aquí está. Como sabe, a Vázquez de Aro se le dio por desaparecido tras ser hallados restos de su sangre en la cubierta de una embarcación.

Restos que nos invitan a pensar que se produjo algún tipo de enfrentamiento físico que conllevó la muerte del sospechoso.

Y, dado que no se le ha vuelto a ver ni se han registrado movimientos en sus cuentas bancarias, se sumó uno más uno y dio dos.

Sara se hace la sorprendida.

—¿Sugiere que Vázquez de Aro podría estar vivo?

—Bien sabe usted que no, pero eso ahora carece de importancia. Veamos. En esas mismas fechas usted denunció un intento de robo que terminó con la pérdida de un ojo. ¿Es cierto?

—Sí, así fue.

—No lo pongo en duda, pero alguien suspicaz podría pensar que por la coincidencia de ambos hechos, es decir, la desaparición de Vázquez de Aro y su incidente, podrían estar relacionados.

Sara se encoge de hombros. Sus dedos se entrelazan con fuerza bajo el tablero de la mesa.

—No me corresponde a mí valorar eso.

—Por supuesto. Por tanto, usted asegura que nunca estuvo en esa embarcación de recreo.

—Así es.

De nuevo, un silencio prolongado.

—¿Y si le dijera que se recogieron dos tipos más de sangre en la cubierta de ese barco?

Sara tarda en reaccionar.

—Diría que es indicativo de que había más de una persona en ese barco.

La interrogadora fuerza una mueca empática.

—Buena respuesta. ¿Estaría dispuesta a proporcionar una muestra de sangre de manera voluntaria para descartar que sea suya? Si asegura que usted no estuvo en ese barco, no debería tener ningún inconveniente.

—No debería —interviene el abogado—, pero mi clienta no se va a comprometer a ello en este interrogatorio.

Aurora Nieto gana distancia, como si las palabras del abogado le hubieran impactado en la cara.

—¿Ah, no? ¿Me explican por qué? ¿Es que podría comprometerla de forma milagrosa?

Sara quiere intervenir, pero Ortigosa frustra el intento agarrándola con suavidad del antebrazo.

—Porque no tiene ninguna obligación. Simplemente por eso.

—Vaya. Pues yo, en su tesitura, si todo lo que ha declarado fuera cierto, lo haría sin dudarlo, porque de ese modo se zanjaría este asunto. De negarse a ello, podrían complicarse mucho las cosas para su cliente.