Soltar lastre #2
—El americio-241 es un isótopo radioactivo que emite partículas alfa. En determinadas dosis resulta letal, pero es muy complicado intoxicarse de forma accidental, porque solo resulta dañino si se inhala o se ingiere.
—¿Y esto cómo ha podido suceder? Es decir, ¿cómo pudo el paciente entrar en contacto con el americio?
—Que yo sepa se ha utilizado bastante en los detectores de humo de tipo iónico, pararrayos, antenas de telecomunicaciones, satélites y otros dispositivos, pero va siempre encapsulado, y aunque lo tocaras no te afectaría porque no se absorbe por vía cutánea. ¿El afectado a qué se dedica?
—No te lo puedo decir, Alejandro, pero no se trata de ningún operario, técnico o similar.
—Entiendo. Entonces, ¿no crees que se trate de una intoxicación accidental?
—Por lo que me estás contando, no, no lo creo.
—Vaya.
—¿Existe algún tipo de tratamiento para favorecer su eliminación del organismo?
—No, ese es el problema. Para que te hagas una idea, el americio-241 es cerca de cincuenta veces más radioactivo que el plutonio en términos biológicos.
—¿Ni siquiera una terapia agresiva de quelación?
—Los agentes quelantes funcionan bien en una intoxicación con metales pesados tipo plomo, aluminio, cobre, pero con agentes radioactivos lo único que hacen es favorecer la eliminación a través de la orina de lo que todavía no haya sido absorbido por las células y, por el tiempo que ha transcurrido, diría que resultaría del todo ineficaz.
—¿Y una transfusión?
—Tampoco, porque si el hígado y los riñones están afectados significa que también lo está el tejido óseo. Igual ralentiza el proceso, pero no lo revertiría. Todo va a depender de la cantidad de americio que tenga en el organismo.
—Viene en alguna parte del informe.
—Vamos a ver...
Durante el tiempo que el doctor Ambrosio permanece callado, su interlocutora piensa en cómo demonios va a comunicar la noticia al paciente. Nerviosa, tamborilea con el bolígrafo sobre el escritorio.
—Sí, aquí está. Se han detectado 0,19 microgramos en sangre y 0,27 en orina. ¿Cuándo fue ingresado?
—El día 28, a última hora de la tarde.
—¿Y las muestras cuándo fueron tomadas?
—El 30.
—Vale. Eso quiere decir que buena parte del americio fue expulsada a través de la orina y las heces, por consiguiente, tenemos que pensar que ingirió al menos el doble de la cantidad que se le ha detectado en sangre.
Doy por hecho que fue vía oral por los dolores gastrointestinales, si lo hubiera inhalado tendría muy afectadas las vías aéreas y los pulmones.
—De momento el paciente respira con normalidad.
—Tendría que consultar a otro especialista, porque, así de cabeza, no te sé decir en qué cantidad resulta letal.
Ahora bien, para estar seguros, y si su estado clínico lo permite, me tendrías que hacer llegar una muestra de tejido óseo, que es donde se deposita el americio, y otra del hígado, por ejemplo.
—Cuenta con ello.
—La cuestión es que una vez que ha entrado en el organismo no se puede tratar. Afecta al tejido celular y se va expandiendo por todo el cuerpo hasta que provoca un fallo multiorgánico letal.
—¡Coño, Alejandro, no me digas eso, que se trata del alcalde de Valladolid! —se le escapa a la doctora Sánchez Alegría.
—¡No me fastidies! Pues como el americio esté ya extendido, me parece que muy pronto vais a tener elecciones municipales anticipadas, Ángela.
Plaza del Salvador
Lleva más de una hora sentado en el banco de la plaza frente al parking en el que el inspector Sancho aparca el coche. A su lado, una bici de alquiler con la que piensa seguirle esa mañana con el propósito de conocer más en profundidad a su rival.
En este sentido, no le ha gustado nada que la prensa haya anunciado la incorporación de personal especializado procedente de la Comisaría General de Información, pero no porque crea que vayan a desequilibrar la balanza, sino porque no tiene forma de saber qué papel desempeñará en la investigación el barbudo pelirrojo, a quien ha elegido como némesis.
A pesar de defender intereses opuestos, es capaz de empatizar con el infierno que le está tocando vivir, y lo necesita al frente para que todo encaje como lo ha planificado durante esas ocho semanas y tres días de preparación.
No puede estar completamente seguro, pero intuye que carga con un peso parecido al suyo, por lo que será más probable que conecten.
Es ese animal herido que se empeña en seguir avanzando. Como él.
Se acerca el momento de decidir con quién establecer la comunicación, y ahora mismo el inspector Sancho es su candidato principal.
En los medios de comunicación todavía no han proporcionado detalles sobre la hospitalización de Omar Fuentes, pero asume que su entorno no estará demasiado tranquilo.
Qué poco le costó echarle el polvo de americio en la porción de tarta con la que sabía que solía rematar sus comilonas en Las Aldabas.
En cuanto vio que el camarero que atendía su mesa salía de la cocina con el postre fue a su encuentro y captó su atención con una pregunta absurda que le hizo desviar la atención del plato mientras él espolvoreaba el isótopo radioactivo sobre la deliciosa cobertura de chocolate negro.
Es verdad que el alcalde no se la acabó del todo, por lo que el plazo que va a tardar su organismo en sucumbir es todavía una incógnita.
Su final, en cambio, es una certeza.
Para matar el tiempo repasa de nuevo su cuaderno de operaciones, aunque tiene muy claro cuál será la sucesión de acontecimientos que está por llegar.
Revisar sus anotaciones le hace retroceder en su memoria hasta el 21 de octubre, día en el que realizó su segunda visita guiada a la torre de la catedral.
—Aquí pueden ver la imagen del proyecto del arquitecto Juan de Herrera: un templo destinado a convertirse en uno de los más grandes de toda la cristiandad —continuaba explicando la guía.
En la mochila portaba los dos kilos de PG3 —menos veinte gramos que había reservado para otros menesteres—, el detonador y el reloj despertador de la marca Casio que había encontrado en la mesilla de noche de Cristina.
No tenía la certeza de si surgiría la oportunidad de colocarlo, pero sí sabía que el único momento para hacerlo era cuando llegaran a la cúpula de la torre y todo el grupo saliera a la terraza panorámica a contemplar las vistas de la ciudad desde una altura de setenta metros.
No le quedaba otra que tragarse de nuevo toda la visita. Su mayor preocupación consistía en pasar del todo desapercibido, por lo que iba ataviado con ropa cómoda y se cubría la cabeza con una gorra deportiva negra de los Yankees, la más usada en este planeta plagado de ovejas de dos patas.
—Les puedo asegurar que estar aquí dentro cuando suenan las campanas no resulta nada agradable. Acompáñenme ahora a la cúpula —les invitó la guía—. Ustedes deciden: escaleras o ascensor.
El Témpano aguardó a que todos subieran por las escaleras y se quedó en la última fila mientras la mujer les explicaba cómo se había coronado la cúpula de la torre con la escultura del Sagrado Corazón de Jesús, de ocho metros de altura y diez toneladas de peso.
El latido se le aceleró cuando uno tras otro los visitantes fueron saliendo al exterior.
Había que jugársela, pero no tomó la decisión hasta el último momento, cuando regresó sobre sus pasos y se escondió en el único sitio que había localizado en la anterior visita.
Se trataba del lado posterior de la plataforma sobre la que está erigida la estructura que soporta la estatua, que la guía había definido como «su columna vertebral».
Tumbado en el suelo escuchó cómo se apagaban las voces de los turistas al descender de nuevo al nivel inferior y, entonces sí, puso el cronómetro en marcha.
Contaba con unos cuarenta y cinco minutos hasta que llegara el siguiente grupo, tiempo más que suficiente para lo que él había calculado que le iba a llevar la operación.
Escaló por la estructura hasta llegar a la rejilla que, dedujo, utilizaban los técnicos de mantenimiento para acceder al interior del Sagrado Corazón.
Siete fueron los minutos que invirtió en adherir el explosivo plástico a la base de la estatua de hormigón armado y configurarlo como carga hueca para lograr el efecto deseado.
Luego solo restaba conectarla al detonador y programar el reloj en la fecha y hora establecidas.
Si sus cálculos eran correctos, la ciudad vería por segunda vez la destrucción de una de sus torres más insignes, ciento ochenta y un años después del derrumbe de su hermana gemela en 1841.
Por último, buscó el lugar idóneo para dejar su impronta: fuera del alcance de la vista, pero donde pudiera ser encontrada en el momento oportuno.
El techo de las escaleras que conectaban los dos primeros niveles fue el punto elegido, y sin perder un segundo regresó a su escondite.
Se le hizo larga la espera hasta que empezó a oír las voces del siguiente grupo.
Sereno, aguardó hasta que salieron al exterior, instante que aprovechó para unirse a ellos como uno más en el que nadie había reparado.
Desde aquel día han transcurrido seis semanas, y aunque esa no es la mayor sorpresa que tiene preparada para los vallisoletanos, no le cuesta reconocer que arde en deseos de que llegue la hora de asistir al espectáculo.
Un movimiento le hace levantar la vista, y es entonces cuando ve aproximarse a Ramiro Sancho desde la esquina de la librería Oletvm.
Va acompañado por una mujer cuyo rostro, a pesar de cierta crispación en los rasgos, le resulta atractivo.
El inspector accede al portal que está junto a la puerta del garaje mientras la mujer espera fuera, por lo que deduce que no viven en esa comunidad.
Transcurridos un par de minutos aparece el Audi A5 con el pelirrojo al volante, ella se sube y continúan la marcha.
Toca pedalear.
El cazador nunca pierde el rastro de su presa.
Comisaría de distrito de Las Delicias