La piel de una gota Soltar lastre
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Soltar lastre

Residencia de Sara Robles y Ramiro Sancho, Valladolid

Nueve días para la traca final

No sabría precisar cuánto tiempo lleva mirándola. Contemplarla así, rendida al sueño, es el mejor remedio para lograr que la garra que le oprime el estómago afloje un poco la presión.

Desde el lunes —cuando, tal y como le advirtió a Sara, se metió en la cama si no borracho, sí al menos bastante tocado— no ha conseguido descansar del tirón ninguna de las cuatro noches.

Más que preocupado, está agitado. Rebotado con el mundo.

Su mundo. Ese que pensaba que tenía bajo control hasta que alguien decidió hacerlo saltar por los aires a bombazos.

Tiene demasiados frentes abiertos.

En la comisaría, de puertas adentro, está centrado en que no se le note la frustración que le genera no participar en la investigación que tiene ocupados a casi la totalidad de los recursos disponibles.

Del Grupo de Homicidios han implicado a todos menos a él, a Álvaro Peteira y a Áxel Botello, que siguen con las gestiones de los casos que tenían en curso.

La labor que le han encomendado al resto es hacer seguimiento de las llamadas que recibe el 112 de particulares que creen saber quién es Adro, como lo han bautizado después de que se filtrara a los medios el significado de la firma del hombre más buscado del momento.

La brigada está tomada por la gente de la Comisaría General de Información, que va y viene, y reina en el ambiente una especie de psicosis colectiva alimentada por la prensa y los mandos, pese a que, por suerte, no ha habido más explosiones desde la de la plaza de España del sábado.

Los intentos de acercamiento que ha probado Anchorena se han quedado en los límites que marca la buena educación, aunque bien es cierto que el navarro le mantiene al día de los escasos avances que se han producido.

Al parecer, han centrado todos sus esfuerzos en establecer un perfil, y los expertos que se encargan de ello han acotado la búsqueda en torno a militares o exmilitares con dilatada experiencia en el manejo de explosivos y que hayan participado en alguna campaña en el África subsahariana.

El listado de nombres no es reducido, pero el instinto de Anchorena le dice que ese es el camino que deben seguir y, por lo que ha llegado a los oídos de Sancho, han empezado a escarbar en los que tienen o han tenido algún tipo de vinculación con Valladolid.

Zetazeta también le informa de las novedades que se producen en el análisis de los restos de explosivos enviados al laboratorio, pero en este aspecto no hay nada nuevo: los fabrica con componentes que se pueden adquirir en cualquier comercio o, más sencillo aún, comprar por internet.

Por lo demás, Herranz-Alfageme da la impresión de estar a punto de colapsar en cualquier momento, y el pelirrojo trata de evitar cualquier roce con él que los lleve a un punto de no retorno.

En definitiva, y utilizando terminología militar, podría decirse que este frente sufre un estancamiento total cuando deberían haber obtenido avances importantes aprovechando la inactividad del enemigo.

En cuanto a Sara, hoy es el día. Hace dos días lograron mantener un encuentro con el abogado del sindicato que la va a asistir durante todo el procedimiento, y lo cierto es que a ambos les ha causado buena impresión.

Él les insistió en que lo que más le conviene a Sara es contestar solo a las preguntas que no resulten comprometidas, y que si en alguna no lo ve claro siempre puede acogerse a su derecho a no declarar.

Para ellos, el objetivo de este primer interrogatorio no es otro que averiguar qué tienen en su contra y qué pruebas podrían aportar en el caso de terminar en los tribunales.

La mala noticia es que, por lo que ha podido averiguar el abogado, la inspectora jefe Nieto es un hueso duro de roer y, según las malas lenguas, está reuniendo méritos que la aúpen a ocupar el cargo que en un futuro no muy lejano quedará vacante.

Hasta cierto punto le sorprende y le genera cierta envidia no ver a Sara demasiado preocupada por tener que enfrentarse a un proceso que podría quedarse en nada o bien convertirse en un auténtico infierno.

Y no sabe si eso es bueno o malo. Es positivo en tanto en cuanto lo va a afrontar con la entereza de quien no tiene nada que esconder; y es negativo porque, en realidad, sí tiene mucho que esconder.

En definitiva, y utilizando de nuevo terminología militar, podría decirse que en este frente, todavía inactivo, están a punto de entrar en combate y no son capaces de medir las fuerzas del enemigo ni el armamento con el que cuenta.

Lo mejor, sin duda, tiene que ver con las pequeñas.

Sancho ha aprovechado la libertad forzosa que le han impuesto para pasar más tiempo con Asia y Greta, incluso a pesar de que la presencia de su suegro le resta algunas horas que le cede gentilmente.

Bien es cierto que el bueno de José María les ha comunicado que al día siguiente tiene previsto volver a Jaca, lo cual, para ser honesto, a Sancho le ha parecido una excelente decisión por su parte.

La jefa de Pediatría del hospital les ha comunicado que, de seguir evolucionando así, podrían salir de Neonatos en dos o tres días y que, como mucho, en una semana las podrían tener en casa.

Según les ha explicado, depende de que los sistemas respiratorio y digestivo se desarrollen con normalidad y no aparezcan complicaciones de última hora.

El optimismo que les transmite la doctora es el arma secreta que Sara y Sancho necesitan para ganar la guerra, por lo cual, si algo tienen claro y decidido en el plano estratégico es que no van a escatimar recursos en ello.

—¿Vas a seguir mirándome mucho rato? —pregunta Sara sin abrir los ojos.

—Joder, ¿ahora ves a través de los párpados?

—No me hace falta, siento tu respiración en la cara. Y ya que estás tan cerca podrías darme un beso, ¿no crees, rancio?

Sancho cumple.

—No quería despertarte.

—Llevas toda la noche dando vueltas en la cama. Menos mal que no guardo el arma en la mesilla de noche.

—Ya, joder. Ojalá pudiera desconectar la cabeza con la facilidad con que tú lo haces.

—Otro de mis superpoderes.

—Lo digo en serio. Eso de poder aislar las emociones en compartimentos estancos es una ventaja competitiva que ya quisieran muchos. Yo, por ejemplo.

—Hay que entrenarlo, no funciona chasqueando los dedos.

—Otra decepción que me llevo.

Sara bosteza al tiempo que se frota los párpados.

—Esta noche podríamos ir a cenar por ahí con mi padre, como despedida, que siempre que viene lo tenemos encerrado en casa —propone ella.

—Bien, así celebramos lo que haya que celebrar. ¿Sentados?

—Sí.

—Te lo pregunto porque si vamos pronto podemos pillar sitio en la barra del MQ y darnos un homenaje.

Sara sonríe, le agarra por la barba y le atrae hacia sí para devolverle el beso.

—Ves como cuando quieres ser útil... Por cierto, ayer estaba pensando en que ha transcurrido mucho tiempo desde la última vez que nos dimos un homenaje de los de sudar en la cama.

—Pero ¿estás en condiciones de...?

—No —le corta—, pero eso no tiene pinta de ponerse bueno de hoy para mañana, y la verdad es que, aunque suene muy raro saliendo de mi boca, muchas ganas no tengo.

—Me imagino.

—No, creo que no te lo imaginas. Independientemente, si a ti te apetece soltar lastre, solo tienes que decírmelo, ¿vale?

De manera no consciente, pero sí inmediata, el cerebro del pelirrojo envía una orden sicalíptica que se recibe de muy buen grado en destino.

—¿Qué hora es? —quiere saber ella al tiempo que se estira en la cama.

—La hora de soltar lastre.

Hospital Clínico Universitario de Valladolid

La doctora Sánchez Alegría, especialista en Medicina Interna del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, no puede dejar de mirar al monitor.

En concreto, a dos palabras: «Elemento radioactivo».

La página tres del informe toxicológico que le acaba de llegar del laboratorio no deja lugar a la duda: «Detectada presencia de americio-241 en sangre y orina con afección directa en el hígado y los riñones».

La doctora se frota la cara y resopla.

En sus treinta y cuatro años de carrera nunca se ha encontrado con un caso así, por lo que no tiene la menor idea de qué tratamiento debe aplicar al paciente.

Por ahora, lo único que ha podido hacer es administrarle calmantes para paliar las fuertes contracciones abdominales y antitérmicos, además de tratar de mantenerlo estable.

Sin embargo, lejos de presentar alguna mejora, ha empeorado, y cuando está consciente se retuerce de dolor.

De momento, su gabinete ha decidido no comunicar nada a los medios más allá de que sufre una indisposición médica transitoria, pero ya han transcurrido cuatro días desde su ingreso y le han insistido en que necesitan un diagnóstico claro.

Lo siguiente que hace es buscar su teléfono móvil y seleccionar el contacto del doctor Ambrosio, del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses.

Al tercer tono le responde.

—Ángela, qué alegría —bromea haciendo uso de su apellido en un juego de palabras que dejó de funcionar cuando salió de la facultad—. ¿Cómo va todo?

A pesar de que lo conoce desde hace años y mantiene con él una relación cercana, la doctora decide ir directamente al grano.

—Perdona las horas, sé que es algo temprano. ¿Te pillo en tu despacho?

—Pues sí, acabo de sentarme. ¿Pasa algo?

—Te acabo de enviar por email un informe que he solicitado de un paciente que ingresó de urgencia el pasado día 28 con una fuerte afección gastrointestinal.

En las primeras analíticas de sangre y orina no detectamos nada más que un descenso muy brusco de glóbulos blancos, pero, como no éramos capaces de localizar el origen del problema, solicité un análisis toxicológico. ¿Lo tienes?

—A ver, un segundo..., aquí está. Dame un segundo...

Silencio.

—Joder, Ángela —dice al cabo—. Americio. Jo-der.

—Ya, ya, eso mismo he pensado yo, pero ¿podrías ser más explícito?