La piel de una gota Carne de cañón
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Carne de cañón

Goma, Kivu del Norte,

República Democrática del Congo

Ese día se había levantado arrastrando un malestar generalizado que incluía fatiga muscular, dolor de estómago y de cabeza, pero lo achacaba al período habitual de aclimatación que exigía viajar al corazón de África.

Un peaje más.

Era la tercera vez que el subteniente Gavilán regresaba a la región de los Grandes Lagos, pero la primera que lo hacía integrado en la MONUC, la misión de paz que lideraba la ONU en la República Democrática del Congo.

En esta ocasión, sin embargo, la tensión prevalente y la violencia que se había vuelto a adueñar de la región habían llevado al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a autorizar la creación y el despliegue de una brigada de intervención militar con el fin de mitigar el daño que estaban provocando los grupos de milicianos en el este del país.

Porque, si había algún dios protegiendo aquellas tierras, llevaba siglos distraído.

Conformada por tres batallones de infantería, uno de artillería y otro de reconocimiento, la mayor parte de sus miembros procedían de países africanos, excepto una sección de fuerzas especiales integrada por lo mejor de cada casa.

Tal era el caso del subteniente Gavilán y otros tres suboficiales a su cargo, pertenecientes a la II Bandera de la Legión Española, todos del Batallón de Zapadores.

Habían aterrizado hacía cinco días y aquella era su primera salida.

Su misión consistía en verificar la presencia de varios grupos del M23 que seguían operando en la zona a pesar de que, supuestamente, habían entregado sus armas después de ser expulsados de Goma —ciudad que habían tomado a sangre y fuego en noviembre del año anterior— tras la milagrosa recuperación del Ejército congoleño.

Lo que se sabía sobre el Movimiento 23 de marzo era que se trataba de una agrupación armada tutsi cuyo ámbito de actuación principal se hallaba en Kivu del Norte y que contaba con el apoyo nunca reconocido del Gobierno de Ruanda.

Lo que no se sabía era que atesoraba una dilatada experiencia en combate y que no se iba a marchar con los bolsillos vacíos de una de las regiones con más riqueza mineral del planeta.

La partida de reconocimiento estaba formada por dieciséis hombres distribuidos en cuatro vehículos a los que habían llevado en dirección norte hasta Buhumba.

Desde allí debían continuar a pie para adentrarse en una zona de bosques tropicales donde la civilización apenas había dejado rastro de su legado.

Tardaron dos días en llegar a las inmediaciones del volcán Nyamuragira, donde acamparon con la idea de reemprender la marcha hacia el este con las primeras luces del día.

Esa noche aparecieron unas décimas de fiebre, y lo poco que ingirió antes de meterse en la tienda su estómago lo expulsó en las tres veces que tuvo que levantarse a vomitar.

El soldado tanzano encargado del botiquín le administró un antitérmico y paracetamol, pero le advirtió de que los síntomas eran coincidentes con los de la fiebre amarilla, y que lo único que podía hacer era hidratarse continuamente y controlar los picos de fiebre.

A última hora de la tarde llegaron a Kahe, la población que había reportado la presencia de una partida de entre treinta y cuarenta milicianos rebeldes hacía cuatro días.

Según les informaron, después de pasar por allí y apropiarse de lo poco que habían encontrado, habían continuado la marcha hacia el noroeste en dirección al lago Vita, un área muy despoblada y, por su naturaleza orográfica, de difícil acceso, y en la que solo existían pequeños asentamientos de tribus lugbara.

Aquella fue la primera vez que el Témpano escuchó ese nombre que tanto le iba a marcar el resto de su vida.

El jaleo empezó sobre las diez de la mañana del día siguiente.

En la mitad de la nada, todo. Emboscada de manual por ambos flancos, varios caídos por ráfagas de ametralladoras pesadas bien dispuestas y ocultas entre la vegetación.

Él, que no estaba en las mejores condiciones físicas, cerraba la marcha y logró ponerse a cubierto junto con cuatro soldados sudafricanos con escasa experiencia en combate.

Como oficial de mayor rango condujo al grupo ladera arriba con el propósito de evitar el fuego cruzado y buscar una buena posición en la que defenderse.

Unas rocas alineadas en uve les sirvieron para apostarse y recuperar el aliento mientras seguían oyendo disparos.

El sudor febril que le empapaba el cuerpo le hacía sentirse vulnerable y le costaba fijar la vista en los objetivos, cada vez más borrosos, que ya se aproximaban a su posición.

Cuando ordenó abrir fuego, los sudafricanos abatieron a tres enemigos y él confiaba en que, como solía ocurrir, aquello provocara la retirada del resto, pues se trataba de grupos muy poco proclives a luchar en desventaja.

No fue así. Espoleados por el alcohol y las drogas, los milicianos seguían llegando en oleadas, y poco a poco lograron recortar la distancia.

Una granada de mano estalló en la posición que defendía uno de los cascos azules sudafricanos, lo cual hizo que su compañero decidiera abandonar la suya, cayendo a los pocos metros.

Con ese flanco expuesto, y sin apenas munición para hacerles frente, no le quedó otra opción que ordenar la retirada hacia un afluente bastante caudaloso que habían cruzado poco antes de caer en la emboscada.

Incentivado por el sonido de las balas que silbaban sobre su cabeza, corrió todo lo que pudo sin mirar atrás hasta que se parapetó junto a un árbol para comprobar que, en efecto, estaba solo.

Las voces de sus perseguidores se escuchaban demasiado cerca, por lo que tomó aire y corrió a la desesperada para alcanzar esa corriente de agua que, en su deteriorado estado físico, era su única vía de escape.

Justo antes de lanzarse desde una altura de unos seis metros, giró la cabeza y pudo ver a un niño de no más de quince años con un pañuelo rojo en la cabeza apuntándole con su Kalashnikov.

En su mirada descubrió un vacío que no volvería a ver hasta que se encontró con la suya reflejada en el espejo varios años después.

El impacto de la bala en la parte trasera del muslo le desequilibró en el aire, y la entrada en el agua no fue ni se pareció a como le habían enseñado que debía producirse en casos como ese.

Se fracturó el tobillo en el lecho del río, pero logró mantenerse a flote, y la corriente salvadora le ayudó a convertirse en un blanco cada vez más complicado para los milicianos del M23 que querían acabar con él.

Todavía no podía saberlo, pero el agua cobraba protagonismo por primera vez en su segundo nacimiento.

El Témpano se dejó arrastrar varios kilómetros hasta que sintió que se le agotaba el depósito y corría el riesgo de perder la consciencia.

Las últimas gotas de energía las empleó en alcanzar la orilla y practicarse un torniquete con una rama y su cinturón.

Cuando volvió a abrir los ojos, la noche, auspiciada por una luna a la que no le tocaba brillar en el firmamento, lo teñía todo de negro.

Tenía frío, notaba los músculos entumecidos y el parte de daños que ordenó realizar al cerebro le devolvió un pésimo diagnóstico de su tren inferior.

Aun así, reunió lo que le quedaba de fuerza y logró ponerse en pie, pero al intentar dar un paso se desplomó como un títere al que le cortan los hilos.

El panorama no podría ser más desalentador: perdido en algún punto de un inabarcable bosque tropical, muy mermado físicamente, incapacitado para desplazarse, desarmado y rodeado por enemigos.

Carne de cañón, sí, pero carne viva.

Su instinto de supervivencia le forzó a arrastrarse unos metros para encontrar cobijo en un enorme tronco de árbol con una oquedad en la base.

Sumido en un estado febril, semiinconsciente, permaneció acurrucado durante horas hasta que vio que ese oscuro telón que todo lo cubría empezaba a rasgarse con la llegada del amanecer.

Animado por la luz del sol, el Témpano se otorgó una última oportunidad y exploró su entorno en busca de algo que le permitiera caminar.

Una rama que tardó una vida en arrancar le sirvió de muleta; y resolvió que la mejor opción, o la única, era desplazarse siguiendo el cauce del río.

En su estado, ganar un metro era un suplicio, pero su código genético no había sido programado para rendirse, por lo que siguió avanzando sin pensar en nada más.

La fatiga no tardó en aparecer de nuevo, y a la tercera vez que perdió la verticalidad ya no logró levantarse.

Tumbado boca arriba, con la mirada clavada en las nubes, que se desplazaban muy despacio en un mar azul turquesa, se dejó llevar en un último pensamiento que bosquejaba los rasgos de Cristina.

Y justo antes de perder la consciencia notó que algo se le endurecía por dentro.

Como el agua cuando se transforma en hielo.

Lo primero que escuchó al llegar al otro mundo fue el sonido de unas voces extrañas que se expresaban en un idioma que desconocía. Los rostros sonrientes de quienes le fueron a recibir, tallados entre luces y sombras, le hicieron pensar que igual había llegado al paraíso.

Y, en cierta medida, no se equivocaba.

El paraíso lugbara.