La piel de una gota Un auténtico hijo de puta #6
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Un auténtico hijo de puta #6

No ha tenido un buen día. En realidad, lleva una racha pésima en casi todas las facetas de su vida.

Con Patricia, su pareja, discute día sí, día también.

Antes no era de esa manera, pero ahora la nota mucho más irascible.

Está todo el rato con las uñas afiladas, y en cuanto encuentra la ocasión, le suelta un zarpazo.

Ella, que ocupa un alto cargo en una entidad financiera de renombre, está acostumbrada a tratar así a su equipo, pero él hace tiempo que no le consiente ni media.

Antes tenía más manga ancha con sus arrebatos, pero desde que un día le tiró la taza del café de un manotazo la cosa cambió.

Al margen de eso, la cama ya no les funciona como lugar de reconciliación, y tendría que hacer un esfuerzo para recordar la última vez que se acostaron.

Hoy mismo ha estado a punto de llamarla varias veces para tratar de arreglar el cisco que han organizado entre los dos antes de salir por la puerta, pero no tiene la certeza de que vaya a obtener ningún resultado, por lo que ha preferido jugársela al momento en el que vuelvan a verse esta noche en casa.

Lo suyo con Patricia tiene muy mala pinta, pero mucho más oscuro aún es el panorama en lo profesional.

Todo lo que siempre ha logrado mantener en pie ahora se tambalea.

Desde que se sentó por primera vez en ese sillón hace más de siete años no había tragado tanta mierda como ahora.

Mierda que cae de arriba y mierda que brota de abajo.

Mierda, mierda y más mierda. En ningún caso imaginaba que un alcalde tuviera tan poco que decir en una situación tan crítica como la que están atravesando.

De hecho, ya ha recibido una fuerte reprimenda desde Ferraz pocas horas después de comparecer en público.

Incluso ha llegado a sus oídos que hay una corriente en el partido que defiende que el atentado del sábado es una evidente respuesta por parte del tipo que está poniendo patas arriba Valladolid a su emotiva intervención ante los medios.

Como si él lo hubiera provocado al decir que se iba a encargar personal y encarecidamente de que se hiciera justicia.

Hasta el ministro del Interior le ha dicho que no había estado acertado al tildarlo de perturbado mental. ¿Y qué es si no ese malnacido?

Un maldito loco.

Pero está claro que si algo es susceptible de empeorar, empeora, y ayer mismo por la tarde recibió una llamada del presidente del Gobierno instándole con muy buenas palabras a que se quedara al margen de todo.

Dicho de otra forma: que se pusiera de perfil para no cagarla más.

¿De verdad piensan que él tiene la culpa de que un tipo haya decidido sembrar el caos en Valladolid?

Cabrones. Desleales.

Un fuerte pinchazo en el estómago le obliga a doblarse sobre sí mismo.

—Joder —masculla—. Joder, joder.

De inmediato levanta el teléfono de sobremesa y marca el 1.

—Carlos, por favor, ¿me traes eso antes de que me dé un chungo?

—En el botiquín no hay nada para el estómago, así que Justi ha bajado a la farmacia a ver si está abierta.

—Pues que se dé prisa, que me estoy muriendo.

Nunca le ha pasado. Encima hoy apenas tenía apetito y solo ha comido ensalada de tomate con ventresca y un trozo pequeño de corvina al horno.

Sin embargo, es evidente que algo le ha sentado mal, porque desde que ha terminado de comer ha empezado a notar cierto regusto metálico en la boca que ha achacado al estrés.

No le ha dado demasiada importancia, pero está empezando a sudar y tiene náuseas.

Quizá haya sido la porción de tarta de cinco chocolates, y no obstante le resultaría extraño, porque es, ha sido y será su postre favorito en Las Aldabas, y una de las razones principales por las que reserva en ese restaurante una vez por semana.

Incluso en ese lugar, que suele funcionar como refugio, ha tenido que lidiar con varios comensales que se han acercado a su mesa a manifestar su preocupación por la situación que les está tocando vivir.

El colmo ha sido una señora de unos setenta años que le ha llegado a increpar por salir a comer por ahí sin haber atrapado al terrorista.

También es verdad que ha habido un hombre que le ha expresado su apoyo total y le ha animado a mantenerse muy firme para que el pánico no cunda entre la ciudadanía.

Visto en perspectiva, ha sido un error pueril ese empeño de seguir con su actividad habitual, y ahora admite que tendría que haber hecho caso a las voces que le aconsejaban que no se dejara ver tanto mientras durara la crisis.

Otro aguijonazo, esta vez en el bajo vientre, le avisa de que tiene que ir al baño con urgencia. El siguiente le hace aullar de dolor.

Cuando se dispone a levantarse, Omar Fuentes nota que todo se mueve a su alrededor y que las piernas no le responden.

No le queda otra que agarrarse al escritorio para evitar perder la verticalidad, pero al sentir una nueva puñalada, que le obliga a echarse las manos a la barriga, cae a plomo.

Retorcido por el dolor en el suelo y con la vista nublada, no encuentra otro recurso que pedir auxilio, pero cuando da la orden al cerebro, este ya está ocupado tratando de gestionar las alarmas que le llegan desde innumerables puntos de su sistema nervioso central.

Algo más tarde, cuando entra Alfonso con las medicinas, se lo encuentra tirado en posición fetal; inconsciente. Tiene la tez cerosa, un espeso líquido amarillento con vetas oscuras ha brotado de su boca y presenta evidencias claras de haber perdido el control de sus esfínteres.

—¡Que alguien llame a una ambulancia!