Un auténtico hijo de puta #5
A falta de diez minutos para las dos y media, Marco Antonio Gavilán empieza a notar un cosquilleo cercano a la impaciencia.
Sabe que ese estado no le beneficia y trata de sofocarlo observando el entorno.
El local, amplio y bien organizado, no destaca por su decoración, sino por cómo exprime cada metro cuadrado.
En las dos ocasiones anteriores en las que ha estado allí le ha sorprendido la destreza del personal para acomodar a los clientes en lugares inverosímiles.
Servicio rápido y profesional, carta variada, con especial atención a los pescados del día, los fuera de carta y los arroces.
Excelente bodega. Ahora bien, barato no es, y aun así siempre está lleno, salvo cuando la población se siente amenazada y prefiere quedarse en sus casas.
La mesa que suele ocupar su objetivo de hoy se encuentra al fondo a la izquierda, en un ensanchamiento del local que ofrece un espacio más reservado, perfecto para comidas de negocios o para personajes públicos que buscan no ser molestados.
Pasados seis minutos de la hora prevista, lo ve entrar acompañado de un hombre y una mujer.
Y entonces sí, sonríe. Y en ese instante irrumpe sin permiso la voz de Arube Mbemba recordándole cuál es el destino de los ríos que se desvían de su cauce:
—Cuando Adroa creó el mundo se dio cuenta de que necesitaba agua para que se desarrollara la vida.
Así, creó los ríos para que pudieran trasladarla a todos los rincones.
Sin embargo, uno de los ríos más caudalosos se reveló contra su naturaleza y decidió salir de su cauce para conocer otros lugares.
Arrasó con todo lo que encontró a su paso, pero llegó el día que se encontró de frente con una inmensidad inabarcable de agua de la que no pudo huir y que lo terminó devorando antes de tiempo. Esa inmensidad era el mar.
—Eso significa que, hagamos lo que hagamos, no podemos huir de nuestro destino, que es la muerte —concluyó él.
—Exacto, pero si nos mantenemos en nuestro cauce es probable que dispongamos de más tiempo.
Y el tiempo del hombre que acaba de pasar a su lado ya se ha agotado.
Residencia de Ramiro Sancho y Sara Robles
Sentados uno frente al otro, ambos tratan de analizar con frialdad la situación que se les viene encima.
El proceso de elaboración de la famosa tortilla de patata de José María les ha regalado un tiempo precioso para poder hablarlo sin que él sea partícipe.
Antes no han podido. Porque seis minutos después de que Sancho entrara en casa con la idea de tranquilizar a Sara tras recibir la llamada de la inspectora jefe de Asuntos Internos, ha llegado su suegro.
A ojos de Sancho cargaba con un petate demasiado grande, lo cual, de entrada, no le ha hecho mucha gracia.
Pero el hombre, al margen de comprobar el estado físico de su única hija, lo que quería era conocer a sus nietas.
Lógico. Así las cosas, no les ha quedado más remedio que poner rumbo de nuevo al Río Hortega, visita que les ha servido para canalizar la situación de un modo diferente.
José María se ha emocionado hasta tal punto que no ha sido capaz de verbalizar nada coherente durante los quince minutos que le han permitido estar en la zona de neonatos.
Únicamente balbuceaba algo que podría traducirse como: «Pero qué bonicas son mis pequeñas».
Mientras les daba el pecho a las niñas, Sara ha ignorado todo lo que no tenía que ver con Asia y Greta, a quienes ha visto —o ha querido ver, más bien— algo más grandes que esa misma mañana.
Con respecto al padre, el efecto causado ha sido distinto, y lejos de olvidarse de todo, se ha conjurado en silencio con sus hijas para focalizarse solo en lo importante.
«Por mis santos cojones pelirrojos», ha zanjado para sí.
Ya de regreso en casa, y para celebrar el alumbramiento con su suegro, Sancho ha abierto una botella de crianza, y esa que tiene delante es su segunda copa de vino.
Sara, por su parte, agua. Hasta el momento, lo único que han hecho ha sido conjeturar con lo que puede tener Asuntos Internos en su contra.
—Sí, yo creo que solo puede ser eso: que puedan demostrar que estuviste conmigo en San Cristóbal y Nieves —repite Sancho—, otra cosa no se me ocurre.
Listado de pasajeros, ingresos en el país o incluso por la geolocalización de tu móvil, vete tú a saber.
Pero qué más da, a ti nunca te preguntaron, por lo que, si es solo eso, podrías reconocerlo y no pasaría nada.
—Sí, porque en aquel entonces yo estaba apartada del cuerpo, expedientada, lo cual no implica que no pudiera viajar al extranjero.
Habría que hablarlo con el abogado que me asista durante la declaración, pero sí, yo creo que lo que más me conviene es reconocer que te acompañé a la maldita isla cuando me pidan exponer los hechos.
—Estamos de acuerdo. Por cierto, mañana mismo debemos informarnos en el sindicato de quién es el mejor abogado en estas lides. O la mejor.
—Lo tenía previsto. Hablaré con Ricardo Montero a ver qué me dice.
—Bien. Tenemos que construir una versión muy sólida sobre lo que hiciste...
, hicimos —rectifica de inmediato—, durante nuestra estancia allí.
Lo más importante es que concuerde con lo que yo alegué en su día.
Que llegamos a Barbados con el propósito de demostrar que Álvaro Rodríguez López, alias Álvaro Vázquez de Aro, había entrado con un pasaporte falso y que contábamos con indicios suficientes para pensar que se trataba del Torturador Risueño.
Que su intención era trasladarse a un país sin tratado de extradición con España para huir de los crímenes que estábamos investigando.
—Que no dimos con él —continúa Sara—, y que después del intento de atraco que sufrimos en la calle, en el que perdí el ojo, tuvimos que regresar a España y no supimos más del asunto hasta que encontraron sangre de Vázquez de Aro en el yate, y bla, bla, bla...
—Eso es. Si te mantienes firme en esa versión, por mucho que se empeñen en jodernos van a tener que...
—Joderme —le corrige—, van a por mí.
—Sí, cariño, sí —reconoce—. Van a por ti para joderme a mí. Es decir, que quieren jodernos a los dos. Te recuerdo que todo esto tiene que ver con las ampollas que ha levantado la adjudicación de tu plaza en un tipo con contactos y muy mala baba.
—Lo que sea, pero me toca a mí responder preguntas incómodas.
—Y solo pensarlo me revienta, porque tengo muy presente que fui yo el que condujo hasta Jaca para convencerte de que me acompañaras. No sabes cuánto me arrepiento.
—De nada sirve. Además, la decisión la tomé yo, no te tortures con eso. Lo que deberías hacer es centrarte en lo tuyo, que para ti tienes.
Un leve mohín, casi imperceptible, modifica el semblante de Sancho.
Casi.
—¿Qué pasa? —quiere saber Sara.
El pelirrojo toma aire.
—En Canillas no me quieren al frente del caso. Me han apartado de la investigación.
—No me lo creo.
—Créetelo.
Los siguientes minutos los emplea Sancho en explicarle la charla que ha mantenido con Antón Anchorena.
—Al final, aunque sé que no ha sido cosa suya, le he tenido que mandar a la mierda. Pero ya está, este sapo me toca zampármelo a mí solito. Míralo por la parte buena: así puedo centrarme en esto y en las niñas.
—¡En nada está! —oyen anunciar a José María desde la cocina.
Sara agarra la copa de Sancho por el fuste y hace girar el vino. Luego se lo acerca a la nariz y aspira el aroma a frutos rojos, vainilla y pimienta negra que desprende el caldo.
—No tiene parte buena, y lo sabes —dice al cabo—. Vas a estar insoportable y con razón, porque se equivocan y es injusto.
—Bueno, de momento no está la cosa para sacar mucho pecho. Te recuerdo que no tenemos nada de nada.
—Porque no os han dado nada donde rascar. Ni tú ni nadie en tu situación habría llegado más lejos con lo que hay.
—Bueno, lo que sea. Todo lo que yo piense no es más que abono para el campo. La situación no va a cambiar, así que lo único que tengo que hacer es masticarlo, digerirlo y defecarlo cuanto antes. Y tal día hizo un año.
El teléfono de Sancho vibra en el bolsillo del pantalón.
—Joder, otra vez este número desconocido. ¡Putos periodistas!
Sancho apura la copa.
—Bloquéalo y listo —sugiere ella.
Y eso hace.
—Hale, a mamarla de una vez. Por cierto, a tu padre le vas a...
—Nada —responde ella tajante—. Por ahora ni una palabra, porque ya sabes cómo se toma las cosas. Dejemos que disfrute de sus nietas.
—Me parece bien. ¿Y sabes lo que voy a hacer yo?
—¿Emborracharte?
—Hasta que me patine la lengua.
—Tienes mi beneplácito, tú que puedes. Fíjate, me viene a la cabeza una frase que le escuché decir a un tipo en la radio y que pensé «mira qué apropiado»: «Si tu mundo va a estallar, sé tú la chispa».
El pelirrojo agarra la botella y asiente con la cabeza.
—Bum.
Despacho de Omar Fuentes
—No me pases más llamadas —le dice el alcalde a Alfonso, su asistente, tras consultar el reloj—. Y si puedes, por favor, consígueme algo para el ardor de estómago, que me está matando. Y ya de paso un paracetamol, gracias.