La piel de una gota Un auténtico hijo de puta #4
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Un auténtico hijo de puta #4

—Y que lo digas —retoma Anchorena—. Estáis en boca de todos, y te mentiría si te dijera que en Madrid no están acojonados, porque no hay mayor miedo que estar amenazado por alguien que no sabes quién es. La falta de conocimiento asusta, pero el desconocimiento absoluto acojona.

—Pues ya va siendo hora de que le pongamos cara y ojos, ¿no crees?

Anchorena no contesta.

—Este comisario tuyo, Alfageme, ¿qué tal es?

—De la vieja guardia. Os entenderéis bien.

—Eso me ha parecido. A ti te tiene en muy alta estima.

—Hemos pasado por unas cuantas movidas juntos que al final se han resuelto a favor.

—Ya, ya... Con los gemelos se montó un buen pifostio, ¿no?

—Ni me lo mentes, que todavía no lo tengo superado.

Pero es que meses más tarde tuvimos un secuestro que, ahora que lo pienso, no se resolvió muy a favor.

También nos tocó enfrentarnos a una red de trata de mujeres, y, ya en la Interpol, a una organización masónica chunga.

Luego hubo un atraco en el Museo Nacional de Escultura que se tiñó de sangre, y por último lo del escritor tarado que se inspiraba matando... Mil mierdas —resume.

—Lo que te decía antes, Sanchito, estás siempre en el lugar y el momento equivocados.

—Será eso. ¿Por dónde quieres que empecemos?

El de la Comisaría General de Información agarra la cucharilla, la introduce en su taza de café y golpea el fondo varias veces.

—Sancho, no te lo tomes por donde no es, pero esta vez te va a tocar mirar los toros desde la barrera.

El pelirrojo frunce tanto el ceño que sus pobladas cejas se abrazan.

—Venga, no me jodas, Antón. ¿Estás de coña?

—No. Y no es cosa mía, créeme. Viene de muy arriba, pero si quieres que te dé mi opinión, lo entiendo.

—¡¿Qué es lo que entiendes?!

—Eres un portaaviones torpedeado. No te digo que vayas a hundirte, y menos ahora, pero si lo haces, en Canillas no quieren que arrastres al fondo a nadie más.

—¡Déjate de analogías, cojones, y dime qué pasa!

—Coño, Sancho, que tienes a tu mujer en el hospital como consecuencia de una de las explosiones. Estás implicado en lo emocional, y que tu comisario no te haya apartado de la investigación en el minuto uno no lo entienden los que lo tienen que entender.

Sin retirar la mirada de los ojos de su interlocutor, Sancho se tira de los pelos del bigote.

—Ya, lo que tú digas, pero no es solo por eso, ¿verdad?

Anchorena calibra su respuesta al tiempo que le da un sorbo al café. Apenas percibe el sabor del coñac.

—Siempre tuviste muy buen ojo, eso no puedo negarlo. Supongo que sabes que tu nombre y el de Sara circulan como posibles investigados en una causa que está en manos de Asuntos Internos.

—Sí, lo sé, pero no tienen una mierda donde agarrarse.

—Algo tendrán cuando los anacletos han metido el hocico. Imagínate el chocho que se puede montar si trasciende que estáis siendo cuestionados y participas en la investigación del caso que tiene en vilo a todo el país. ¿Entiendes ahora la analogía del torpedo?

Frustrado, el pelirrojo da un manotazo en la barra.

—Mira, Sancho, yo no sé ni quiero saber qué pasó con Vázquez de Aro, pero ellos sí, y ese es un problema que no puede salpicar al resto.

¿Tú crees que yo he levantado la mano cuando han elegido al pringado que iban a poner al frente de esta gran mierda?

No, para nada. Estaba yo bien a gusto con las cuatro cosas que manejo.

Pero me quieren a mí, y a mi edad no pienso complicarme más de lo estrictamente necesario.

—Y yo soy una complicación para ti —murmura entre dientes.

—Para mí no, para ellos. Suficiente. Entiendo que no lo veas de este modo, pero te aseguro que quedarte fuera es lo mejor para ti en este momento. ¿Recuerdas nuestro encuentro en aquella taberna de San Juan de Luz?

Sancho contesta de inmediato.

—Julio de 1993. Semanas después del atentado de López de Hoyos.

—Exacto. Tú estabas convencido de que lo había ordenado Iñaki de Rentería y estabas obsesionado con demostrarlo.

—Y sigo convencido de ello.

—Ya, pero para ello tocaba meter las manos en el fuego, y tú ya estabas bastante quemado por aquel entonces. Pero tú insististe, y ahí fue cuando me di cuenta de que tu labor en el País Vasco había terminado, ¿te acuerdas?

—Perfectamente.

—Me costó un huevo y la yema del otro hacerte entrar en razón, pero tengo grabado el día que coincidimos en el funeral de Goyo Requena y a la salida me diste las gracias por haberte sacado de allí.

—Sí, lo recuerdo.

—Pues esto es igual, hostias. Hoy y mañana estarás jodido, pero pasado me lo vas a agradecer.

Sancho inspira por la nariz y desvía la mirada.

—Pasado mañana ya te diré, ahora estoy tan de mala hostia que no me aguanto a mí mismo.

El teléfono le vibra en el bolsillo. Es Sara.

—Cuqui, cóbrate aquí —dice dejando un billete de cinco euros sobre la barra.

—Sancho...

—Ni Sancho ni hostias —se despide.

Calle Gerona

Desde donde se encuentra, sin posibilidad de registrar las palabras que están saliendo de la boca del inspector Sancho, deduce por su gestualidad que no ha recibido buenas noticias.

Apostado dentro del coche de alquiler, lo había visto salir de la comisaría acompañado por un hombre al que no conocía.

A distancia, los había seguido a pie hasta ese garito que es cafetería, restaurante y karaoke al mismo tiempo.

Minutos más tarde ha salido con el rostro crispado para atender una llamada que parece haberle alterado todavía más.

Acto seguido, Ramiro Sancho camina a paso ligero hasta donde tiene el Audi A5 y cruza el Arco de Ladrillo como si estuviera en medio de una persecución.

Al Témpano le cuesta seguirle sin exponerse demasiado.

El final del trayecto tiene lugar en un garaje de la plaza del Salvador.

Allí se ve obligado a abandonar el seguimiento, dado que es un área peatonal y no puede arriesgarse a que le identifique la Policía Municipal antes de multarle.

—No serás ese río rebelde que abandona su cauce, ¿verdad, inspector? —se pregunta al perderlo de vista.

Satisfecho —aunque con la intriga de no saber qué le ha podido pasar a su rival—, el Témpano se dispone a abordar el siguiente objetivo del día.

El restaurante Las Aldabas, ubicado en la céntrica calle Teresa Gil, está mucho menos concurrido que de costumbre.

Aún es pronto, por lo que decide acomodarse en la barra y pedir una tónica.

A su lado, un hombre lee el ejemplar del día de El Norte de Castilla , cuya portada reza: «Toda una ciudad en jaque».

Le gusta, pero evita darle más importancia de la que tiene para que esa dosis de ego no le haga perder tensión.

Introduce el pulgar en el bolsillo relojero del pantalón para comprobar que tiene el bote con el americio-241 en polvo y se encomienda a Adro para que le brinde la oportunidad de usarlo.

La idea germinó el mismo día que volvió de visitar a su antiguo compañero, Gerardo Méndez, en su lujoso apartamento del Duque de Lerma, el edificio más alto de la ciudad.

Había ido con la excusa de hablar sobre la tragedia de Cristina, pero la realidad es que nunca lo ha soportado.

Ya en la primera misión que compartieron en el Líbano percibió en él algo impostado, incómodo, como si todo en Méndez fuera una versión exagerada de sí mismo.

Años más tarde, cuando coincidieron de nuevo en un curso de explosivos que él impartía para el Ejército de Tierra, la relación habría quedado en un mero saludo cordial, pero en una charla trivial descubrieron que Méndez había estudiado con Cristina en un colegio de Valladolid.

Al preguntarle a ella lo describió como el típico baboso con las mujeres —y con ella muy especialmente—, un ser apocado que vivía convencido, en su miserable fuero interno, de que él le había arrebatado a la mujer de su vida.

Ese único amor verdadero que jamás llegó a corresponderle.

Un auténtico imbécil.

El caso es que ahora le había venido muy bien su miserable existencia porque ocupaba el cargo de responsable de inventario del polvorín del cuartel de Caballería de Valladolid.

Tenía que aprovecharlo, y para ello había forzado ese acercamiento previo antes de actuar.

El encuentro se había desarrollado por los cauces previstos, y cuando regresaba al lugar donde había estacionado la California pasó por delante de un local del barrio de la Victoria que estaba en traspaso.

A través del escaparate reconoció los detectores de humo iónicos, y en ese preciso instante supo cómo acabaría con él.

El pobre desgraciado tendría un final parecido al que tuvo Tahir Yalil al-Habbush con las semillas de abrina. Similar, pero más agónico aún.

Casi inhumano.

Que se joda.

Ese mismo día esperó a que cayera la madrugada.

No le costó forzar la entrada de un local en el que no habían activado la alarma, y en menos de seis minutos ya tenía en su poder los dos detectores que iba a necesitar.

Le resulta curioso que la gente desconozca la peligrosidad de lo que compra e instala en sus negocios.

Te venden que ese tipo de detectores funcionan a las mil maravillas, que son ideales para cualquier bolsillo y que, además, requieren muy poco mantenimiento.

Y vas tú y los compras sin saber que en su interior contienen un isótopo radioactivo como el americio-241.

Es cierto que la radiación alfa que irradia es de baja penetración, pero resulta del todo letal si se ingiere o se inhala.

Sin embargo, para el Témpano, lo atractivo del americio no es que mate sino cómo mata.

Como una plaga de langostas con las cosechas.

Lo único que tuvo que hacer fue tomar precauciones a la hora de manipularlo.

Guantes y mascarilla. Extraerlo es para principiantes, pero sí debió empeñarse a fondo en machacar las dos placas lo suficiente como para convertirlas en un polvo negruzco muy parecido al residuo de carbón.

Solo le restaba lograr que su objetivo ingiriese una cantidad microscópica para causar el efecto que buscaba. La muerte que merecía.