La piel de una gota Un auténtico hijo de puta #3
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Un auténtico hijo de puta #3

—En curso: elaboración de un perfil del sospechoso basado en los datos que manejamos; búsqueda de grabaciones en los alrededores de los escenarios y listados del tráfico de llamadas en los horarios marcados de actuación; Seguridad Ciudadana recopilando datos personales de viajeros en hospederías durante los días previos a las fechas de autos; apertura de contacto y gestiones comunes con Europol e Interpol; informe de los TEDAX de modos de actuación y posible trazabilidad de materiales utilizados.

Ah, y análisis de la información obtenida sobre su firma. ¿Correcto?

—Correcto —responde Sancho.

—Mi apuesta: varón con mucha experiencia en el manejo de explosivos, extremadamente organizado, frío y calculador, natural de Valladolid o con lazos emocionales vinculados a la ciudad.

—¿Y eso? —pregunta el comisario.

—Conoce bien las calles por donde moverse y desaparecer y sabía que el encendido de las luces congregaría a muchas personas en la plaza Mayor, pero, sobre todo, porque todos sus actos van dirigidos contra la ciudad y sus vecinos.

Lo que no sabemos es por qué. Y en este punto estamos muy perdidos, jodidamente perdidos —precisa casi de forma evocadora—.

Por eso, lo que urge ahora es hacernos las preguntas adecuadas.

Anchorena entrecruza los dedos y los mira en silencio para que sean ellos quienes las formulen.

—¿Por qué Valladolid? —arranca el comisario.

—Por ejemplo. Venga, más.

—¿Por qué las fuentes? —interviene Sancho—. ¿Qué pretende lograr? ¿Cuál será su siguiente paso? ¿Actúa solo? ¿Dónde se esconde? ¿Por qué firma sus obras y no reclama nada?

—Entre otras cosas —añade Anchorena—. Tenemos que estar preparados para la avalancha de llamadas absurdas que vamos a recibir de personas que creen saber quién es.

Y lo peor de todo es que no podemos descartar casi ninguna.

Para todas estas gestiones necesitaré a su gente, comisario.

También debemos coordinarnos con Seguridad Ciudadana, Policía Municipal y Guardia Civil para llenar las calles de uniformados.

Y ojo no tengamos que tirar del Ejército.

Herranz-Alfageme se echa hacia atrás, movimiento que no pasa desapercibido para el de la CGI. A través del ventanal, un relámpago anticipa el estallido del cielo.

Anchorena levanta el índice y señala hacia el exterior.

—Estamos a medio trueno de que cunda el pánico en Valladolid.

De hecho, tengo que hablar con el delegado del Gobierno para que se cancelen con efecto inmediato todos los actos multitudinarios programados en la ciudad hasta que lo atrapemos.

Y ya estaría —zanja Anchorena—. Y ahora, Sancho, haz el favor de invitar a este viejo amigo a un café con gotas, que ya va siendo hora.

Hospital Río Hortega

En contraste con la efusividad con la que se lo ha comunicado el doctor, Sara ha recibido la noticia del alta médica con pasmosa inapetencia, a pesar de que se esperaba que fuera por la tarde.

Por una parte le hace feliz pensar que regresa a casa, pero por otra le da la sensación de estar abandonando a las pequeñas a su suerte y en territorio hostil.

Es consciente de que sus hijas van a estar perfectamente atendidas y de que no hay un lugar sobre la faz de la tierra donde las vayan a cuidar mejor que en ese hospital, pero no puede evitar sentirse mala madre.

—No tienes que preocuparte lo más mínimo, Sara, que a esas dos preciosidades las voy a tratar como si fueran mis hijas —le dice la enfermera con total sinceridad.

Sara echa un último vistazo a la habitación y luego comprueba que no ha recibido respuesta al mensaje que le ha enviado a Sancho hace ya un buen rato.

—¿Vienen a recogerte?

—No, pediré un taxi. Pero antes quiero sacarme leche y bajársela a las niñas.

—Claro. Avísame cuando estés y te acompaño.

No está enfadada, pero tampoco le hace gracia tener que salir sola del hospital.

Da por hecho que, con lo que está ocurriendo en la ciudad, Sancho estará hasta arriba y no habrá visto la llamada ni el wasap que le ha escrito hace tres cuartos de hora.

Lo cierto es que no se esperaban que el alta se la fueran a dar por la mañana, así que nada tiene que reprocharle.

Con su padre ha hablado a primera hora y está de camino, pero desde Jaca son cuatro horas y media de viaje, por lo que aún tardará más de una hora.

En el taxi, mientras observa las calles empapadas de una ciudad casi desértica, decorada para nadie con luces de Navidad, le embarga un pegajoso sentimiento de soledad del que intenta desprenderse rememorando los quince minutos que ha contemplado dormir a Greta y a Asia en sus incubadoras.

Ninguna de las enfermeras ha querido mojarse sobre el plazo en el que estiman que podrán devolvérselas, y esa incertidumbre es un ácido que su estómago no está preparado para digerir.

—Parece que hemos vuelto a los tiempos del confinamiento —comenta el taxista—. En la radio han dicho que han faltado al colegio casi un sesenta por ciento de los alumnos. Mis chicos ya son mayores, pero yo igual tampoco los habría llevado, no sé. ¿Usted tiene hijos?

—Sí, pero todavía no van al colegio —despacha Sara.

—Mejor, está la cosa jodida. El alcalde ha dicho que tenemos que hacer vida normal, pero tenía una cara de susto que no podía con ella.

Para él es muy fácil decirlo, que tendrá cinco escoltas revisándole hasta los calzoncillos, pero para el ciudadano de a pie...

Que se lo diga a las familias de los que murieron el sábado en plaza de España, no te jode.

—Ya, claro...

—Fíjese cómo está el puente de Poniente; un día de lluvia como hoy a esta hora estaría plagado de coches.

La gente no se atreve a salir a la calle.

Y no me extraña, porque ayer me acerqué yo a ver cómo había quedado la fuente y, aunque estaba acordonada la zona...

, madre mía. Aquello parecía Chechenia. Es que hay que ser mala gente para poner ahí una bomba.

Se rumorea que han descartado que sea terrorismo islámico.

Y entonces, ¿qué demonios es? Yo creo que saben mucho más de lo que nos cuentan los políticos.

—Ojalá fuera así.

El taxista la mira a través del retrovisor, examina a la pasajera y su instinto le dice que la conversación no va a dar mucho más de sí, lo cual ella agradece.

Ya en casa, Sara la recorre muy despacio como si esa sensación de hogar , esquiva, se hubiera escondido en alguna de las estancias y no lograra encontrarla.

En vez de eso encuentra emociones que se superponen unas a otras sin darle tregua: culpa, abandono, irritación y agotamiento.

Al pasar frente al espejo de cuerpo entero de la habitación, se detiene.

Le cuesta reconocer a la persona que tiene delante.

El rostro, carente de expresión, corresponde al de una mujer del pasado, cuando eso de sonreír en público no estaba bien visto.

Mirada cansada en un ojo, artificial en el otro, bolsas oscurecidas bajo los párpados inferiores y silueta abombada.

De perfil destacan las pronunciadas curvas que dibujan sus pechos y el vientre.

—Qué asquito das, Sarita.

Y, como si quisiera quitarse el olor a hospital, se desnuda y se refugia en la ducha eludiendo, eso sí, cualquier contacto visual con un espejo.

El agua tibia que cae sobre la cabeza la reconforta, y hace un esfuerzo por pensar en positivo.

Como un mantra, se repite mentalmente que todo es cuestión de tiempo, que más pronto que tarde recuperará a sus pequeñas, recuperará su cuerpo y su reciedumbre mental.

Necesita retomar el control, y para ello debe justipreciar lo que tiene, no lo que le falta. Porque, en realidad, ¿qué necesita?

—Nada, no necesitas nada —se dice en voz alta mientras se seca.

Crema corporal, crema de cara, ropa cómoda y relax.

A punto está de dejarse caer en el sofá cuando oye el timbre del móvil. Camina rápido hasta la cómoda de la entrada, donde lo ha dejado tirado, pero en la pantalla no aparece el nombre de Sancho, sino un número desconocido. Decepcionada, lo atiende por si se tratara del hospital.

—Diga.

—¿Sara Robles? —pregunta una voz de mujer.

—Sí, soy yo.

—Soy la inspectora jefe Nieto, de Asuntos Internos. Le llamo para informarle de que le hemos enviado una citación con el objeto de tomarle declaración como investigada por un presunto delito cometido en el ejercicio de sus funciones.

Sara tarda en digerir la noticia.

—¿De qué se me acusa?

—Está detallado debidamente en la citación.

Como funcionaria pública tiene la obligación de presentarse el próximo 2 de diciembre a las once horas en las dependencias policiales de la comisaría de distrito de Las Delicias, y puede acudir con su abogado o solicitar asistencia de oficio. ¿Alguna duda?

La neutralidad de su tono de voz le genera aún más desasosiego.

—Solo una: ¿son conscientes de que estoy...?

—De permiso de maternidad, sí. Pero como ya ha recibido el alta médica no cuenta con ningún impedimento para acudir a la cita. ¿Algo más?

—No, nada más.

—Muy bien. Hasta el viernes, entonces.

Lo siguiente que hace Sara es mirar la pantalla del móvil como si esta le fuera a ofrecer alguna solución. Segundos después empieza a escribir un wasap a Sancho, pero enseguida se arrepiente y lo borra.

—Maravilloso: en entredicho como madre y ahora como policía —le recrimina al dispositivo.

Barrio de Las Delicias

Pese a que la lluvia ofrece una tregua y disminuye la intensidad con la que azota a los pocos que transitan las calles, Ramiro Sancho y Antón Anchorena llegan calados al Rosabel. Cuqui los recibe con su sonrisa inmarcesible mientras ellos buscan su espacio al final de la barra.

—Vaya con Valladolid, ¿no era esta una tierra de secano? —se queja el de la CGI.

—De normal sí, pero últimamente no pasan cosas muy normales por aquí. Dos cafés solos.

—El mío riégamelo con dos gotitas de coñac, haz el favor, que es por prescripción médica —pide el navarro.

—Oído.