Un auténtico hijo de puta #2
¿Y para qué coño me habrá llamado ahora Gérar?
¿Le habrá pasado algo? Igual me da una alegría y me cuenta que Marco se ha volado las pelotas manipulando algún explosivo...
No, no. Me he pasado. No le deseo nada malo a Marco, aunque algún sustito tampoco le vendría mal.
No sé nada de él desde hace meses. La última vez que hablé con Marco terminé gritándole por teléfono como una jodida energúmena porque, joder, cuando se ponía terco con sus mierdas me sacaba de mis casillas.
Pero Marco nunca levantaba la voz. Era desesperante.
Bueno, pues hasta aquí. Me voy a medicar y enchufo el portátil a ver si soy capaz de avanzar algo con la fuente de la plaza de España, que se me está atragantando. No vuelvo a beber un chupito en lo que me queda de vida.
A la mierda el que lo lea.
—No levantaba la voz porque no lo necesitaba —le responde—. Yo siempre trataba de evitar los enfrentamientos contigo porque nuestra piel estaba hecha de lluvia. Aunque no lo creas, solo trataba de protegerte de mí.
El Témpano pasa la página.
24 de junio de 2019
Querido diario:
Vaya día de mierda. A Gustavo Cuadrado no le ha gustado nada de nada la propuesta que le he presentado para la plaza de España.
Dice que le parece muy arriesgada. Maldito tragaldabas.
Pues entonces lo dejamos como está y listo.
Arriesgado es ser un gordo infecto y llevar esas camisas ajustadas, que un día le va a saltar un botón y va a reventarle el ojo a alguien.
Encima, el lameculos de Ángel Luis le ha dado la razón.
Claro que sí. Luego me pondrá ojitos, el muy bobo.
La próxima vez que me diga que me invita a un café le voy a contestar que mejor se lo diga a su madre, que para eso le plancha la ropa.
Más tarde, en cuanto he salido del curro, he estado hablando con Gérar.
No me ha quedado más remedio después de llamarme seis veces durante la mañana.
¡Qué chapa es! Me ha contado que está muy preocupado, que ve a Marco muy apagado y que el sábado, aprovechando que estaba por Almería, fue a verle a casa y que tenía su arma sobre la mesa del salón.
Vale, entiendo que es su admiradísimo colega y que esté rayado con eso, pero ¿qué quiere que haga yo?
Es decir, ¿para qué me llama? ¿Se piensa que voy a coger un tren para irme hasta el cabo de Gata a darle mimitos a ver si así reacciona?
Vamos, no me fastidies. Que llevamos dos años separados, Gérar, que no te enteras.
¿Y qué hiciste tú el día que te pedí ayuda cuando Marco regresó del Congo?
«Ya se le pasará», dijiste. Claro que sí.
Porque el Témpano era lo más de lo más, ¿verdad?
Pasaste de mí porque yo siempre he pasado de ti y me tuve que tragar yo toda la mierda a paladas.
No hablaba, no comía, no nada. Y las pesadillas noche tras noche.
Nunca me quiso contar nada de lo que vivió allí.
Nada. Solo sé que le hirieron en combate y acabó en una aldea perdida en medio de la selva y que allí le salvaron la vida.
¿Nueve meses? ¿Nueve meses allí hasta que te dio la gana de volver a tu casa? Venga ya.
—¡Me quedé allí porque no estaba preparado para volver! —grita—. ¡Allí era uno más! No tenía que enfrentarme a todo lo que odio de mí, a todo el odio que hay en mí. Estaba limpio por dentro. Estaba en paz.
Y, como si quisiera prepararse para aguantar una tortura física, el Témpano aprieta los dientes, se tensa y sigue leyendo.
Podrías haberte quedado en esa aldea el resto de tus días y formar tu propia familia, porque cuando regresaste no hiciste otra cosa que joder lo nuestro.
Y mira que lo intenté con todas mis fuerzas.
Con toda mi alma. Pero como decía Chester Bennington de Linkin Park, al final, ni siquiera importa.
Quizá por eso él decidió mandarlo todo a la mierda y quitarse del medio. Igual es la solución, quién sabe.
Y ya no te cuento más, condenado diario, porque estoy de los putos nervios. A ver si me llama el maromo ese del sábado y me doy un revolcón, porque necesito sentirme viva, no una mierda con patas como ahora.
Hoy, más que nunca, a la mierda el que lo lea.
Y que no vuelva.
—Tienes razón, Cris, jamás debí moverme de allí. O, mejor aún, jamás debí salir vivo de allí. Pero aquí estoy, y si todo tiene un porqué, este es el mío.
Comisaría de distrito de Las Delicias
Antón Anchorena, cincuenta y nueve años. Cuarenta en el Cuerpo. Inspector jefe de la Comisaría General de Información desde el 2010, policía secreta de toda la vida.
Toda la vida que es capaz de recordar.
Nacido en Cintruénigo, en el corazón de lo que él define como «la Navarra buena».
Hijo único de un tudelano y una guipuzcoana.
Nieto de un capitán requeté condecorado por su valor en la ofensiva de Vizcaya.
Simple y escurridizo como una medusa, fuerte y terco como un mulo, y listo, tanto como un perro callejero.
Muchos lo consideran un auténtico gañán, lo cual, para ejercer su oficio, juega muy a su favor.
Soltero convencido, asegura que se casó con su placa en el mismo momento en que se la ganó con diecinueve años.
En enero de 1984 entró a formar parte de la Unidad Territorial de Información de Navarra, justo en el período en el que ETA mataba más y peor.
Solo en ese año fueron asesinadas cinco personas en Pamplona, donde él estaba destinado.
Anchorena no tardó en llamar la atención de los mandos por su facilidad para integrarse en grupos de jóvenes proetarras, por lo que fue destinado a Guipúzcoa con la misión de conectar con la cúpula de Jarrai, organización juvenil abertzale de la que se nutría la banda terrorista para captar nuevos adeptos.
Gracias a la información proporcionada por Anchorena en 1988, la policía detuvo a catorce integrantes del comando Donostia, uno de los más sangrientos de ETA.
Ese éxito tan prematuro hizo que su alias, Unax, empezara a sonar en los despachos de Madrid, y recién entrada la década de los noventa era considerado una pieza fundamental en la lucha antiterrorista, o, como lo denominaban internamente, un patanegra .
Fue en este contexto cuando coincidió con un tipo pelirrojo que se hacía llamar Urtzi y que estaba destinado en San Sebastián.
Su ojo clínico le decía que apuntaba maneras, por lo que le propuso integrarse en el reducido equipo de agentes que dependían de él y solo de él.
Anchorena se convirtió en su controlador.
Durante los más de dos años que estuvo infiltrado en una célula encargada de proporcionar cobertura a un comando liberado, Urtzi se convirtió en uno de sus peones más valiosos, pero el tiempo jugaba en su contra y estaba a punto de quemarse.
Tras varios encuentros con él logró convencerle de que le convenía pasar una temporada en el congelador si no quería terminar en un psiquiátrico o con un tiro en la nuca.
Y, si bien es difícil que un mulo convenza a otro mulo, lo logró.
Después de aquello, aunque mantuvieron el contacto de modo intermitente, sus caminos se separaron, y aquel policía convertido ya en inspector decidió cambiar la información por los homicidios.
Desde entonces se habían visto de forma esporádica, pero siempre que coincidían les daba la sensación de haber estado de juerga juntos la noche anterior.
—Pero ¡no me jodas! ¡¿En serio te han enviado a ti para resolver esta movida, carcamal?!
—Pues claro, coño, los jóvenes no valéis para nada.
Las palmadas en la espalda resuenan en el despacho de Herranz-Alfageme.
—¿Qué ha pasado con ese pelazo negro que solías lucir?
—Mi parienta dice que me queda mejor el blanco.
—¿Tu parienta? ¿Te has casado?
Anchorena le señala con el índice.
—Ni de coña. ¿No ves lo feliz que se me ve?
—La verdad es que no estás mal del todo para los años que gastas.
—Gracias, hombre, gracias. Ojalá tú llegues a cumplir la edad que aparentas, mariconazo.
Sancho suelta una sonora carcajada.
—Ya veo que os conocéis —comenta Herranz-Alfageme.
—Todo lo que sabe este pobre es mucho menos de lo que yo he olvidado —contesta Anchorena al tiempo que agarra a Sancho por los hombros—. Me llevé una alegría cuando me contaron que habías vuelto a Valladolid. ¿Tan pronto te han puesto ruedas en la Interpol?
—Ya quisieran. En realidad estoy cubriendo la plaza de la inspectora Robles en comisión de servicio durante su baja por maternidad. Ya sabes que...
—Que Sara es tu mujer —completa—. Así que ha sido llegar tú y explotarte este sindiós en la cara, nunca mejor dicho. Es acojonante la facilidad que tienes para estar siempre en el lugar equivocado, Sanchito.
—Además de verdad.
El pelirrojo se acerca para susurrarle algo al oído.
—Si vuelves a llamarme Sanchito, te reconfiguro la mandíbula.
Antón Anchorena sonríe.
—Bueno, señores, ¿qué les parece si nos ponemos manos a la obra? —tercia el comisario.
Acostumbrado a resolver todo por la vía rápida, Anchorena concluye la obra en menos de veinte minutos.
Toda la información que le proporcionan Herranz-Alfageme y Ramiro Sancho, excepto lo de la marca lugbara, ya la manejaba.
Sobre esto último el de la CGI ha mostrado poco interés, lo cual no quiere decir que no lo tenga.
Como buen patanegra que es, escucha cuando tiene que escuchar y habla cuando tiene que hablar —tirando a poco, eso sí, porque lo de compartir información gratis no es lo suyo—, aunque hoy no le queda otra que hacer una excepción.
Así, cuando el pelirrojo termina de exponer las líneas de avance del caso, Anchorena se aclara la garganta y golpea varias veces el cuaderno con el bolígrafo.