Un auténtico hijo de puta
Comisaría de distrito de Las Delicias, Valladolid
Trece días para la traca final
A través de la ventana, Sancho contempla cómo la lluvia, fina pero pertinaz, ensoberbecida, se estrella contra el cristal doblegada por intermitentes ráfagas de viento.
Más arriba, el cielo se ha opacado con nubes negras empeñadas en impedir que ningún rayo de luz ofrezca un hálito de esperanza a los mortales.
Dentro de las dependencias policiales las condiciones climatológicas no son muy diferentes.
—Dicen que va a estar así hasta el miércoles —oye decir a Montes.
—No tenía intención de ir a la playa, conque por mí como si cae el diluvio universal.
—¿Sara y las niñas bien?
—Sí, todo en orden, pero está con ganas de que la manden para casa. El médico nos ha dicho esta mañana que si las analíticas salen bien a lo largo del día le dará el alta.
—Me alegro.
—Y yo. Ahora mismo es lo único que equilibra esta balanza de mierda.
Carmen Montes se ajusta la coleta.
—¿Se sabe sobre qué hora llegan? —quiere saber ella.
Se refiere a los miembros de la Comisaría General de Información que envía Canillas para ponerse al frente de un caso que ya han calificado de terrorismo doméstico.
—Ni idea, pero supongo que estarán al caer. ¿Te contestó el experto?
—No. Le he llamado a primera hora y tenía el teléfono apagado. También le he enviado un email.
En ese momento Hernán Zunzunegui entra en la brigada cubierto con un chubasquero empapado con capucha.
—Bueno, cuando dé señales de vida me avisas. —y se despide de Montes.
Sancho le hace una señal al de los TEDAX.
—Buenos días, por decir algo. Joder, ni en mi tierra cae así de chungo —dice Zetazeta sacudiéndose el agua.
—Tienes ya los resultados, ¿verdad?
—Sí. Lo que sospechábamos: TATP. Lo ha podido sintetizar con acetona y algún producto desinfectante con alta concentración de ácido sulfúrico. Pensamos que usó más de un kilo, y como te decía el sábado, para fabricar esa cantidad tiene que ser un auténtico crac.
—Un auténtico hijo de puta, más bien.
—Más bien —coincide.
—Te lo pregunto directamente porque no tengo ni la menor idea. ¿Nos lleva a algún lugar saber qué utilizó y cuánto?
—No, porque ha fabricado el explosivo con componentes que no se pueden rastrear.
—En resumen, que tenemos a un auténtico hijo de puta que ha hecho saltar por los aires un almacén pirotécnico, ha reventado un árbol de Navidad, ha derretido una fuente y ha volado otra con un balance de trece muertos y decenas de heridos, ¿y no podemos trincarle por ningún sitio?
Zetazeta cavila durante unos segundos.
—Lo has resumido a la perfección.
—Hay que joderse.
Suena su teléfono de sobremesa.
—Sancho, ven a mi despacho —le dice el comisario—. Ya han llegado.
—Enseguida —responde—. Luego te veo —le dice al tédax.
Al pasar junto a la mesa de Áxel Botello, el pelirrojo se detiene y señala la pantalla del ordenador.
—¿Son las imágenes de plaza de España?
Botello tuerce la boca.
—Sí, pero van llegando con cuentagotas. De esta cámara, en concreto, no sacamos nada de provecho. Veremos del resto.
—En cuanto tengáis algo, avísame.
La puerta está entreabierta, pero antes de llamar realiza algunos movimientos con el cuello para aliviar el agarrotamiento localizado en la zona.
—Pasa.
Un hombre de pelo cano que está sentado frente a Herranz-Alfageme se pone en pie de inmediato.
—Sorpresa, chavalote.
Sancho se paraliza.
—Pero ¡no me jodas! ¡¿En serio te han enviado a ti para resolver esta movida, carcamal?!
Residencia de Cristina, barrio de Girón
Tumbado en la cama con los ojos cerrados, el Témpano disfruta del sonido de la lluvia, que no ha dejado de caer desde que amaneció.
Al igual que le sucede con el silencio absoluto, lo relaja.
Los lugbara decían que llovía porque los adroanzi —así llamaban a los hijos de Adro— lloraban de alegría.
Durante las semanas que tardó en recuperarse de las heridas, postrado en aquel camastro hecho de madera y hojarasca, se entretenía escuchando llover.
Le calmaba. En plena época del monzón de primavera, el cielo se licuaba durante doce o catorce horas al día, pero no por ello se paralizaba la vida de la aldea.
«Nuestros hijos tienen hambre todos los días, no solo los días en los que brilla el sol», decía Arube Mbemba, el anciano del poblado y su mentor, a quien todos consideraban descendiente directo de Meme, la diosa de cuyo vientre habían salido todas las criaturas que poblaban el planeta.
«Si logras escapar de las garras de la muerte, algún día te hablaré de los tiempos en los que los hombres estábamos hechos solo de lluvia. »
Y gracias a los cuidados de Mami Mujinga sobrevivió.
El Témpano abandona esos recuerdos para centrarse en las dos tareas que ha planificado para hoy.
De ellas, solo la segunda tiene una hora fijada, por lo que decide posponer la primera, cuyo resultado no depende de él.
Así, resuelve permanecer en ese estado latente durante un tiempo indeterminado, hasta que gira la cabeza y ve sobre la mesilla el diario de Cristina, cuyas páginas, si bien le atormenta leerlas, le sirven de refrendo constante acerca de las razones que le han llevado a emprender una cruzada personal contra la ciudad y las personas que le arrebataron todo lo que él amaba.
En un ejercicio de memoria intenta identificar el primer pasaje en el que habla de su desaparición. Lo localiza enseguida entre los que tiene marcados, pero, antes de leer la primera frase, recorre con la yema del índice una de las cicatrices que tiene en el antebrazo.
Aunque, para cicatrices profundas, las que detalla Cristina con palabras.
Palabras escritas con tinta negra que aún sangran.
23 de junio de 2019
Querido diario:
Resacote máximo dominical. No sé si seré capaz de escribir dos frases que tengan sentido.
Encima hoy debería ponerme a currar en el proyecto y siento que me va a explotar la cabeza.
Menudo pedo más tonto. Resulta que anoche quedé para cenar con varios compañeros del ayuntamiento.
Fuimos a una bodega de Boecillo y luego nos bajamos al centro, a un garito que se llama The Bowie.
Madre de Dios. Yo no estaba muy animada, pero el primer gin-tonic me bajó de maravilla y me calenté.
Algunos se fueron, pero nos quedamos Maite, José Andrés y yo.
¡Y venga chupitos de tequila! Cuando cerraron fuimos a otros dos o tres bares más, y acabamos en Asklepios.
Ahí ya se me nublan los recuerdos. Solo sé que me entró un tipo que no estaba mal y creo que le di mi teléfono.
No estaba yo para mucho ajetreo, pero si me llama igual me lo pienso, que hace siglos que no le regalo una alegría al cuerpo.
Al igual que le sucedió la primera vez que lo leyó, el Témpano frunce el ceño al leer la última frase. Lo que sí es nuevo es esa presión que ahora nota en el pecho.
Esta mañana, cuando he abierto el ojo, me quería morir, y encima al ver el móvil he visto que tenía cuatro llamadas perdidas de Gérar, el compañero de Marco.
Que no sé si serán muy amigos o no, pero sí que es un plasta de mucho cuidado.
Lo conozco desde el colegio, y allí ya lo llamábamos «el Chapa» por cómo perseguía a las chicas con sus regalitos de mierda y mensajitos de amor.
Mi mala suerte hizo que al apellidarse Méndez y yo Mendoza nos sentaran siempre juntos.
¡Qué tortura de tío, por favor! En la universidad me lo seguía encontrando a pesar de que yo estudiaba Arquitectura y él...
, no sé qué mierda estudiaba él. Como no aprobaba ni media se metió al Ejército y dio la casualidad de que Marco coincidió con él en algún destino de esos exóticos.
En el Líbano, creo que era. Yo creo que si no ha intentado algo serio conmigo es porque Marco siempre le ha dado miedo.
Pero el jodido pesado me escribe cada dos por tres desde que sabe que lo hemos dejado y que estoy en Valladolid.
Porque él vive aquí, en su pisito de soltero del edificio Duque de Lerma.
Un millón de veces me ha invitado a su casa y un millón le he dicho que no, pero es que el muy torpe no lo pilla o no lo quiere pillar. Baboso.
—Baboso de mierda —repite él en voz baja pero afilada.
El caso es que también fue Gérar el encargado de llamarme cuando pasó lo del Congo.
Fue en marzo de 2013, pero lo recuerdo como si fuera ayer.
Marco formaba parte de unas brigadas especiales de la ONU que enviaron a apaciguar la zona, o eso me contó, pero la movida fue que después de un enfrentamiento con unos milicianos desapareció.
Así, sin más. Se lo tragó la maldita selva.
Semana tras semana, mes tras mes sin saber nada de él.
Un puto suplicio. En la Legión todos lo daban por muerto, incluso yo ya me había hecho a la idea, porque de verdad que ya no me quedaban más lágrimas.
Marco desaparecido o muerto y el chapita de Gérar insistiendo en que fuera a Valladolid, que es donde tenía mis raíces y la gente que me quería.
Claro, bonito, así me podrías consolar en tu pisito del Duque de Lerma, ¿verdad? Puto baboso.
—Eres una puta basura, Gérar. Una puta basura —masculla para sí—. Y la basura hay que reciclarla si se puede, y, si no, deshacerse de ella.
Y un día de finales de septiembre, de repente, llegó otro mensaje de Gérar: «No te lo vas a creer.
Marco está vivo. Llámame». Así de sopetón.
Se enteró él antes que yo, no me fastidies.
Marco sobrevivió más de nueve meses en un lugar donde la mayoría de los mortales no aguantarían ocho minutos...
Otro día te cuento, querido diario, cómo regresó de aquella y lo que me tocó tragar, porque hoy no tengo fuerzas.