La piel de una gota Perejil
33%

Perejil

Aeropuerto Internacional de Alepo, Siria

En cuanto bajó del avión sintió la bofetada de calor seco en la cara. Ese tipo de canícula que te agrieta por dentro y te ablanda por fuera.

A no ser que estés hecho de hielo.

Pasaporte francés e identidad falsa cortesía de los especialistas sudafricanos de Executive Outcomes.

Dos acompañantes, también franceses , con quienes ya había trabajado en otras operaciones en territorio hostil.

Una misión: eliminar a Tahir Yalil al-Habbush, un antiguo alto cargo del Gobierno de Sadam Huseín buscado por la administración Bush.

Llegaban con un visado especial que les permitía moverse por todo el país durante noventa días, aunque, si todo iba como habían planificado desde Johannesburgo, no permanecerían allí más de dos, máximo tres.

Y luego, humo y a cobrar su parte.

Durante el vuelo, que partió de París, como en él era costumbre, se había informado del lugar que le tocaba visitar.

Alepo, con casi dos millones y medio de habitantes, era la ciudad más poblada de Siria, a pesar de haber sido maltratada por todas las civilizaciones que se habían asentado en aquella porción de tierra estratégica a medio camino entre el Éufrates y el Mediterráneo.

Incluso la Madre Naturaleza se había cebado con ella a través del gran terremoto de 1138 —el tercero más mortífero de la historia—, que causó más de doscientos treinta mil muertos y redujo a escombros buena parte de la ciudad.

Desde principios de los setenta, el país estaba en manos de la familia al-Asad, de origen alauita, que se había hecho con el poder tras un golpe de Estado, instaurando así una dictadura personalista que desde el año 2000 lideraba Bashar al-Asad.

A pesar de gobernar con puño de hierro, su régimen no era mal visto por la comunidad internacional gracias a su habitual cooperación con los servicios de inteligencia norteamericanos en su propósito de frenar el avance de los grupos yihadistas suníes como Al Qaeda.

En el 2003, la intervención militar en Irak por parte de las fuerzas de la Coalición —y la posterior caída de Huseín— hizo que muchos altos cargos del Gobierno —sobre todo los de origen chií— buscaran refugio en la vecina Siria.

Tal era el caso de al-Habbush, que había ocupado el cargo de director del Servicio de Inteligencia Iraquí y de quien se sospechaba que había logrado huir a Francia con documentación falsa.

El iraquí era, ni más ni menos, la sota de diamantes en la baraja que el Ejército de los Estados Unidos había confeccionado con los cincuenta y dos miembros más buscados del antiguo régimen de Sadam, de los cuales en el 2008 apenas quedaba una docena por capturar.

Sin embargo, no era este el motivo principal por el que habían contratado los servicios de Executive Outcomes.

La CIA había descubierto que al-Habbush había intentado negociar con los británicos a cambio de proporcionarles pruebas que demostraban que los norteamericanos sabían que Irak había abandonado el programa nuclear en 1991, y el de armas biológicas en 1996.

Si esto salía a la luz, quedaba al descubierto que la operación Libertad, en la que habían perdido la vida miles de soldados norteamericanos, no tenía nada que ver con los motivos que la administración Bush había vendido al pueblo estadounidense.

Se les agotaba el tiempo, y los analistas políticos preveían un cambio presidencial en enero del año siguiente.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca podía hacer que el expediente al-Habbush terminara emborronando el hasta entonces impoluto mandato de la administración Bush.

Había que silenciarlo.

El inconveniente era que a esas alturas ni la CIA ni ninguna otra agencia del Gobierno estaba dispuesta a mancharse las manos, por lo que era un problema que debían solucionar otros.

Cinco millones de dólares tenían la culpa.

Perejil.

Executive Outcomes, una corporación con dilatada experiencia en operaciones encubiertas y opacidad más que probada, fue la elegida.

La alerta llegó en mayo a partir de una comunicación interceptada a los servicios de inteligencia sirios: «Tahir Yalil al-Habbush localizado en Alepo».

En junio enviaron un equipo encargado de proporcionar la información necesaria para que otros se encargaran de ejecutar el plan y desaparecer.

De todas las opciones contempladas se había optado por hacerlo saltar por los aires con un artefacto colocado en su vehículo, un método nunca utilizado por los norteamericanos para eliminar objetivos y sí por los muchos grupos yihadistas de origen suní que operaban en la zona.

Cualquiera de ellos valía para colocarle el muerto.

Necesitaban un especialista en explosivos, y, entre todos los candidatos con los que contaban los sudafricanos, ese al que ellos conocían como Iceberg era el ideal.

Sesenta mil dólares tenían la culpa.

Perejil.

La información que les habían facilitado era excelente y sus órdenes estaban más que claras.

Al-Habbush, que acababa de cumplir los cincuenta y ocho, vivía de manera humilde, gracias a las rentas, en Haddadin, una pequeña población al sur de la ciudad.

Compartía techo con su mujer, sus dos hijas con sus respectivos maridos y sus tres nietos.

Era extremadamente casero y su rutina se reducía a llevar a los pequeños al colegio en Alepo, hacer la compra en el zoco y recogerlos.

El plan era tan sencillo como ocultar el explosivo bajo el asiento de su BMW M3 del noventa y detonarlo a distancia después de dejar a sus nietos en la escuela en algún punto en el que, a poder ser, no hubiera demasiada presencia de civiles.

Sencillo. No tan quirúrgico como al subteniente Gavilán le habría gustado, pero eficaz.

De cualquier modo, no le competía al Témpano tomar esas decisiones, y cuando tenía dudas pensaba en su futuro con Cristina, juntos en la casa del cabo de Gata.

Sus cálculos lo resolvían todo: con esos sesenta mil en el bolsillo, los treinta y dos mil euros que le faltaban tenían la culpa.

Perejil.

En el aeropuerto, Uno, Dos y Tres —así los habían nominado para esta operación aún sin bautizar— alquilaron un vehículo y fueron directos al hotel donde les habían realizado la reserva.

En la caja fuerte de su habitación, el Témpano halló el explosivo plástico y el detonador de activación remota.

Todo correcto. Cena en un restaurante cercano y a esperar.

Sobre la una y media de la madrugada se dirigieron a Haddadin y localizaron el BMW estacionado a escasos metros de la casa de al-Habbush.

Uno de ellos se colocó en la intersección para controlar las calles mientras que el otro compañero vigilaba desde el coche.

Cuando se cercioraron de que no había un alma, el Témpano cumplió con su cometido en menos de un minuto y, sin mediar palabra, regresaron al hotel a descansar.

Acordaron encontrarse al día siguiente en la recepción a las siete en punto de la mañana, y veinte minutos más tarde ya estaban apostados a la espera de que su objetivo se pusiera en marcha, como cada día, a las ocho menos cuarto.

Tres, especialista en conducción, lo siguió con extrema precaución hasta la escuela, donde al-Habbush se despidió de sus nietos sin bajarse del BMW y continuó la marcha.

—Muy bien, todos atentos. ¿Está activo, Dos? —quiso cerciorarse Uno, el jefe de equipo, sentado en la parte de atrás. Se expresaba en un francés tan correcto que daba la sensación de que hubiera impartido estudios en la Sorbona.

—Siempre que nos mantengamos dentro del rango de alcance, sí —contestó el Témpano con el detonador a distancia en la mano.

—Es decir, que me mantengo cerca, pero no demasiado. ¿La carga es muy grande? —quiso saber Tres.

—Trescientos ochenta gramos de C4. Suficiente.

El vehículo giró a la izquierda y se sumergió en un barrio de calles estrechas inundadas, en ambas aceras, de puestos ambulantes de frutas y verduras repletos de clientes, en su inmensa mayoría mujeres.

—Mierda, igual hoy es día de mercado. Tenemos que esperar —protestó Uno.

El objetivo callejeó durante unos minutos hasta que por fin salió a una vía más despejada.

—En el informe decían que suele ir a una tetería al lado del zoco, que, si no me equivoco, está cerca de aquí —comentó Uno.

—Hay demasiada gente —observó Dos.

—Tengo ojos en la cara —le recriminó Uno—. Tres, no te acerques tanto.

Algo más tarde, el BMW se detuvo junto a una terraza repleta de hombres, se bajó del coche y se sentó en una mesa.

—Me parece a mí que esto no va a ser tan fácil como creíamos —auguró Uno.

No se equivocaba. Durante los dos días siguientes no encontraron la oportunidad de accionar el detonador sin poner en riesgo la vida de muchos civiles.

El problema era que al-Habbush siempre se movía por lugares muy concurridos, y después de tomar el té en la terraza se daba un largo paseo por el zoco, compraba algo, regresaba a recoger a sus nietos y directo a casa.

—Tiene que ser hoy —dijo Uno la mañana del viernes.

Los había citado en su habitación a las seis en punto. De expresión neutra, ese día se le notaba cierta crispación, tanto en el rostro como en el tono de voz.

—Según el informe, los fines de semana no utiliza el coche y apenas sale de casa. Por lo tanto habría que esperar al lunes, y cuanto más tiempo permanezcamos en el país, más riesgo corremos.

—Al margen de eso, este tío estuvo al frente del servicio de inteligencia de su país y en cualquier momento podría darse cuenta de que llevamos varios días pegados a su culo —señaló Tres—. O podría descubrir la carga, o yo qué sé...

—Se me ha ocurrido otra forma de hacerlo —terció el Témpano.

De su dedo índice colgaba una pulsera con unos abalorios de un rojo intenso con manchas negras.

—La compré ayer en un puesto mientras le seguía por el zoco.

—Preciosa. ¿Pretendes ahorcarle con eso? —bromeó Tres.

—Ahorcarle no, envenenarle. Son semillas de abrina.

Las sacan del regaliz americano, un árbol originario de la India pero que está extendido por casi todo el planeta.

Por el color que tienen las han usado desde hace miles de años para hacer pulseras, collares, pendientes...

, cosas así. Pero la abrina es muy tóxica.

—Ah, bueno, pues solo tenemos que conseguir que se la trague y listo —ironizó Tres.

—Deja que se explique —intervino Uno.

—Es mucho más sencillo que eso. Solo hay que machacar bien las semillas para convertirlas en polvo y con mil microgramos por kilo ya resulta letal. Pongamos que al-Habbush pesa ochenta kilos, pues con menos de un gramo tendríamos suficiente, pero, como queremos asegurarnos, aquí tengo dos.

El Témpano abrió la mano y les mostró una pequeña bolsa de plástico que contenía polvo amarillento.

—Es insípido, y lo único que tenemos que hacer es echárselo en el té que se toma todos los días en la terraza.

—¿El efecto es inmediato? —quiso saber Uno.

—No. Lo que hace la abrina es penetrar en las células e inhibir la síntesis de las proteínas. Con esa cantidad empezará a notar los efectos a las dos o tres horas, y en dos días, a más tardar, le ocasionará un fallo multiorgánico que le llevará a reunirse con Alá.

—¿Se puede tratar en un hospital?

—No. Una vez que se ha intoxicado ya no hay solución.

—¿Estás seguro de que funcionará? —quiso cerciorarse Uno.

—La química nunca falla, las personas sí.

Uno se mordió el labio y desvió la mirada hacia el techo.

—Habría que crear una distracción...

Y así lo hicieron.

Uno y Tres se encargaron de ello. Se sentaron en una mesa a la espalda del objetivo y, en cuanto le sirvieron el té y al-Habbush destapó la tetera para que se enfriara, empezaron a discutir en francés de forma acalorada.

Uno le tiró un vaso de agua a la cara y Tres se incorporó para agarrarle de las solapas y zarandearlo, momento en el que se ganaron la atención de todos los presentes.

El Témpano, que aguardaba en la acera de enfrente con la bolsa de abrina preparada, sorteó las mesas con ligereza, pero cuando estaba a un paso de la tetera, un camarero se le cruzó con una bandeja de vasos.

— Afwan —se disculpó él inclinando la cabeza.

El camarero se apartó sin más. Tetera abierta, un gesto mínimo de muñeca y polvo amarillo sobre el vapor.

Cuando todo se calmó después de que sus compañeros fueran invitados por el dueño a marcharse, el Témpano se sentó a verificar que al-Habbush disfrutaba del té sin sospechar que con cada sorbo daba un paso más hacia su muerte.

Ese mismo día por la tarde, Tres avisó de que había más movimiento del habitual en casa de al-Habbush, y, poco más tarde, uno de sus yernos lo trasladaba de urgencia al hospital.

En su turno de vigilancia del sábado, el Témpano asistió al instante en el que la familia entera, incluidos sus nietos, rompía a llorar en la sala de espera.

No se inmutó ante el dolor ajeno, ni siquiera al ver sufrir a los menores por la pérdida de su abuelo.

Para él fue como contemplar la caída de las hojas en otoño: un proceso inevitable.

Ese día Marco Antonio Gavilán asumió que muy posiblemente fuera más que un simple témpano de hielo.

Era un témpano de hielo vacío por dentro.

Hueco: como el mundo en el que le había tocado vivir.