Don Purpurino #7
Sara no parece muy convencida de los argumentos que esgrime el pelirrojo, pero decide zanjar el asunto.
—Bueno, lo que tenga que ser, será. Tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos, como, por ejemplo, cuándo coño me van a dar el alta.
—¿Quieres que hable con tu médico en los términos adecuados? —le pregunta al tiempo que se levanta el jersey y le muestra la culata de la pistola.
—Estás tardando.
Sancho hace el ademán de incorporarse, pero en el último momento se inclina para volver a besarla. Cuando está a punto de conectar con su boca, Sara interpone el índice, que dirige hacia la pantalla.
—Ya son diez los fallecidos —lee en el rótulo—. Más los tres de la plaza Mayor, trece.
Sancho se rasca la nuca desconcertado.
—¿Cuándo dices que llegaba tu padre?
Calle Pasión
Al entrar solo cuenta ocho personas en el local.
Es cierto que el gastrobar Pasión tiene un aforo muy reducido, con cuatro mesas contadas más la barra, pero en las anteriores ocasiones en que ha estado allí siempre lo ha visto lleno a rebosar.
No le extraña que su objetivo de esta noche sea un cliente habitual, porque, a pesar de no tener una carta muy extensa, en su opinión cuentan con una cocina de muchos quilates.
—Buenas noches —le saluda Julia, la propietaria, desde dentro de la barra, que muestra mucha menos efusividad que otras veces—. Tenías reserva, ¿verdad?
—Sí, a nombre de Pablo García.
—Vale. Te había puesto en esa mesa —le señala—, pero nos han cancelado tres reservas, así que de esas dos puedes elegir la que quieras.
El Témpano duda. Tiene asumido que es muy probable que una de esas cancelaciones sea la de él, pero no quiere perderse la oportunidad de acudir al encuentro.
—Gracias, me sentaré aquí mismo.
Lo primero que hace es comprobar que la mesa que él suele ocupar no tiene el cartel de reservada, pero trata de no exteriorizar su decepción y toma asiento.
Aún faltan ocho minutos para las diez de la noche, hora a la que acostumbra a ir con su actual pareja.
Él no lo sabe, pero ser un hombre de rutinas marcadas, incluso en lo relativo al ocio, lo convierte en una persona ordenada, sí, pero también muy vulnerable.
Durante las tres semanas que lo ha estado siguiendo ha consignado en su cuaderno de operaciones que, excepto cuando su agenda se lo impide porque está fuera de Valladolid, come todos los días de diario fuera y cena en casa.
Los lunes en el restaurante Las Aldabas, los martes en La Parrilla de San Lorenzo, los miércoles en Los Ilustres y los jueves en el Vino Tinto.
Los viernes suele ir de pinchos por distintos bares de la plaza Mayor o bien por la zona de la catedral, siempre acompañado por distintas personas de su equipo —infiere él—, para dejarse ver por las calles del centro, y al terminar su jornada se marcha directo a casa.
Los sábados suele trabajar un rato por la mañana, come en casa y no da señales de vida hasta bien entrada la tarde, cuando se toma un par de cervezas en el As de Copas antes de ir al gastrobar Pasión: ensalada, media de embutido ibérico y chuletón.
Los domingos por la mañana los dedica a hacer algo de deporte, paseo largo o bici, y por las tardes se recluye en su domicilio.
Esa es su liturgia semanal, pero, claro, esta no es una semana cualquiera.
En la pared que tiene a la derecha, una foto de la playa de la Concha al atardecer le sirve como distracción durante la espera.
Antes de acudir al gastrobar Pasión se ha pasado por el Zerocafé para hacer algo de tiempo y, por qué no reconocerlo, por si volvía a coincidir con el inspector Sancho.
Le atraía mucho la posibilidad de comprobar cuál era el estado anímico de su rival después de haber asestado un golpe que nadie esperaba.
Sin embargo, durante los tres cuartos de hora que ha estado allí no ha aparecido, y dos tónicas sin fruta más tarde se ha marchado con la única satisfacción de saber que en todas las conversaciones en las que ha podido poner la antena la gente hablaba del bombazo de esta mañana.
Le sorprende que, casi más que los muertos, lo que ha causado más efecto sea el alocado periplo de la bola del mundo desde que salió despedida de la fuente hasta que se detuvo en un escaparate de la calle Duque de la Victoria.
Algunos creerán que lo había previsto así, pero no es el caso.
Sabía que era muy probable que la detonación del explosivo la hiciera salir disparada, pero de ningún modo se hubiera podido determinar la trayectoria que iba a tomar sin conocer su peso exacto ni el ángulo de partida del proyectil.
Luego se ha dado un paseo hasta el restaurante donde había reservado para cenar, y ha sido entonces cuando ha constatado que, para ser un sábado por la tarde, había mucha menos gente de lo habitual por la calle.
Y eso solo puede significar una cosa: el pánico ha empezado a hacer mella en los vallisoletanos.
Pasados diez minutos de las diez de la noche, su presa no ha hecho acto de presencia en el gastrobar Pasión, y con lo puntual que suele ser tiene que empezar a asumir que esa noche no podrá cumplir con su propósito.
Aunque le genera cierta frustración, admite que hay variables que escapan a su control, y esta era una de ellas.
Toca esperar al lunes en Las Aldabas, pero, entretanto, piensa disfrutar de los chipirones a la plancha que le acaban de traer.
En ese instante le viene a la cabeza una de las frases que tanto repetía Mami Mujinga, la sanadora lugbara que le devolvió a la vida: «No llores por la leche derramada, llora solo si se te muere la vaca».
Y, de momento, su vaca aún tiene mucha leche que dar.