La piel de una gota Don Purpurino #6
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Don Purpurino #6

—Sigo —retoma Montes—. «En cuanto a sus distintas formas de representación, he de decir que es una de las deidades más curiosas y mejor trabajadas de las religiones animistas.

Por eso de la dualidad, cuando quieren representar al Adro benefactor se talla completo, con dos piernas, dos brazos y dos ojos.

Sin embargo, si se trata de Adro como dios de la muerte y la destrucción, se le talla incompleto, con un solo brazo, una pierna y una cicatriz que le cruza la cara y un solo ojo.

Todo en el lado izquierdo, por cierto. Es decir, se le anula toda la parte derecha del cuerpo.

Por la imagen que me has pasado, es evidente que se trata de este último.

Pero, y aquí viene lo interesante, para ver al Adro destructor la posición correcta de la talla es boca abajo.

Prueba, verás como se le modifica la expresión del rostro y se convierte en un dios enfadado.

Si lo vuelves a girar aparece su lado bueno, el derecho.

Te envío varias fotos de representaciones de Adro en tallas de madera, colgantes y amuletos. »

Montes agarra uno de los folios impresos y lo gira ciento ochenta grados.

—Joder, es verdad, le cambia la expresión —confirma Botello.

—Claro, nosotros lo hemos visto con la cabeza en la parte superior, pero, al ser el dios chungo, tiene más sentido así, con la cabeza abajo —opina Matesanz.

—Sigo —dice Montes—. «Si te interesa te podría contar muchas cosas curiosas sobre este dios, porque hasta hace muy poco tiempo se le dedicaban sacrificios humanos para aplacar su ira.

Niños, en la mayoría de los casos, aunque ahora han sido sustituidos por corderos, o eso queremos pensar, porque te aseguro que hay muchas tribus en las zonas montañosas del Congo y Uganda que aún viven como lo hacían los ancestros de sus ancestros, y no hay hombre blanco ni negro que haya pisado por allí.

Bueno, lo dicho, si necesitas más información, solo tienes que pedírmelo. Abrazos, Teo.»

—Menudo panorama —comenta Merche—. ¿Podría tratarse de alguien originario de la zona?

—No caerá esa breva, pero habrá que investigarlo a fondo —responde Sancho—. Necesito el contacto de ese experto, quiero hablar con él directamente. ¿Sabemos de dónde es?

—No lo dice.

—Averígualo, por favor, y reenvíame ese correo. Es un avance, lo que no sabemos es hacia dónde nos va a llevar.

Cuarenta minutos más tarde, el inspector Sancho sale de la brigada con la sensación de estar jugando una partida de ajedrez contra un rival muy superior y con reglas que no termina de entender.

Al pasar por delante de la puerta del despacho de Herranz-Alfageme, este le hace una indicación con la mano para que se detenga y acto seguido le invita a entrar.

Mientras termina de hablar por teléfono, Sancho toma asiento y se fija entonces en que, si normalmente el color de su piel es níveo, ahora tiende a la escala de grises, en concreto al tono ceniciento.

—Entendido. Con lo que sea ya te cuento. Te tengo que dejar, venga, hasta luego.

El comisario deja escapar un suspiro que arrastra tanto desaliento como hastío.

—El idiota de mi cuñado. Me llama alertadísimo para preguntarme si creo que en Huerta del Rey podría explotar una bomba o algo.

Que tiene a mi hermana de los nervios y que se están pensando irse a vivir al pueblo una temporada...

¿Te puedes creer? ¡Igual se piensa que soy pitoniso o algo así!

¡A mí como si se van a tomar por el culo cogidos de la mano y no vuelven jamás!

—La gente tiene miedo. Es normal.

—Ya, ya... La que ha preparado este malnacido no tiene nombre.

—Vengo de allí. Terrible.

—Un horror. Uno cree estar preparado para todo, pero... qué va, para esto no. Bueno, cuéntame, que te he visto reunido con los tuyos.

Tras el resumen, Herranz-Alfageme, que no ha modificado un ápice su expresión, insiste en aliviar la presión que siente en la cabeza masajeándose las sienes.

—Mitología africana, dios de la destrucción y la muerte, el Congo... Creo que voy a llamar a mi hermana y a ver si me dan cuartelillo en el pueblo. Pero ¿esto qué demonios es, Sancho?

—Todavía no sabemos, pero algo es.

—¿Y si está jugando al despiste para distraernos y hacernos perder el tiempo?

—Es una posibilidad, pero tampoco tenemos muchos más hilos de los que tirar, de momento.

—Precisamente. Van a trasladar gente de Canillas. El lunes estarán aquí y se van a hacer cargo de todo. Lo que aún no sabemos es si van a contar con nosotros o nos van a tirar cacahuetes para que nos entretengamos.

—Yo quiero estar dentro.

—Me imagino, pero no depende de ti. Ni de mí. Esto es terrorismo, y hay muchas víctimas. De todos modos, especular ahora no nos conduce a nada, así que nos lo ahorramos.

—Estoy de acuerdo. Me voy un rato al hospital, que Sara ya está en planta, y luego vuelvo, que he dejado a los míos con algunas gestiones.

Cuando se va a levantar de la silla, el comisario chasquea la lengua.

—Espera un segundo —le pide en un tono poco halagüeño.

—¿Qué pasa?

—Ayer me volvió a llamar mi amigo de Madrid. No quería fastidiarte el fin de semana, así que decidí que...

—Tres cojones me importa, jefe —le corta cabreado—. Si ese pelele piensa que, tal y como estamos aquí, me va a afectar una mierda con sus indagaciones va de culo.

—No van a por ti, Sancho.

El pelirrojo arruga la frente.

—Como bien dijiste, se han topado con el muro de la Interpol, por lo que...

—Qué hijos de puta —se anticipa Sancho.

—Van a por Sara. Y por lo que me ha dicho este, el tema está en manos de Asuntos Internos.

Hay fuego en la mirada de Sancho.

—Qué hijos de puta —repite.

Hospital Río Hortega

Ha sido como si le hubieran inyectado adrenalina en el corazón. Jamás imaginó que alguien pudiera experimentar una sensación así: tan pura, tan intensa, tan verdadera.

Y al mismo tiempo tan efímera.

Porque en cuanto han devuelto a Greta y a Asia a las incubadoras, ese efecto se ha esfumado para ser sustituido por otro que Sara no es capaz de identificar del todo, pero que se parece mucho a la amargura.

Por si fuera poco, al regresar a la habitación y encender el televisor se ha encontrado con imágenes que le han estrujado el estómago por dos motivos: la facilidad con la que empatiza con el sufrimiento ajeno y, sobre todo, por tener muy presente que su desgracia no se escribe del mismo modo que la desgracia que acaba de golpear a muchos inocentes.

No ha querido llamar a Sancho porque sabe que, en el pozo en el que se encuentra, lo último que le conviene es recibir una llamada de alguien que quiere saber «qué tal».

Sara puede intuir el alcance de la situación a la que se tiene que enfrentar y lo desbordados que estarán en la comisaría en estos momentos, por lo que ha decidido esperar a que sea él quien decida cuándo y cómo.

La primera incógnita la despeja diez minutos más tarde, al escuchar los tres golpes en la puerta y verlo aparecer. La segunda la lee en su cara. Sonríe, pero en sus ojos no hay un ápice de felicidad.

—Hola, preciosa —le saluda.

El beso que le planta en los labios lo recibe ella con cierta cautela, y, por no ir directamente al grano —que sabe que está seco—, decide regalarle un ramo de dos flores:

—He estado con las niñas. Las he notado un pelín más llenitas. Greta es bastante más llorona que Asia.

—Sí, lo he notado yo también.

—Habrá que empezar a tomar medidas —bromea Sara.

—Sin duda. Ahora bajaré a hablar con ella, y como no entre en razón le pongo dos canciones seguidas de reguetón, para que sepa lo que es molestar de verdad.

Sara se ríe al tiempo que le agarra la mano.

—Hace un rato ha pasado a verme María, la matrona que me atendió aquel día. Es un encanto de tía.

—Sí, lo es. ¿Qué se contaba?

—Nada, solo ha pasado para ver cómo estaba y a preguntarme por las niñas, aunque ya sabía que todo va bien. Cuando me den el alta me gustaría tener un detalle con ella, invitarla a cenar en casa o por ahí; no sé, algo. Le he pedido el teléfono para estar en contacto.

—Me parece estupendo.

—Eleva un poco la cama, estoy hasta el mismísimo de estar tumbada.

Obediente, Sancho aprieta el botón del mando y se deja caer en el sillón. Desde donde está no puede evitar fijarse en las imágenes que están pasando por la televisión, que está colgada en la pared de enfrente.

Sara aprovecha la oportunidad.

—¿Pinta tan mal como parece?

—Peor, porque no sabemos una puta mierda. Y está claro que sea quien sea es capaz de provocar mucho daño.

—¿Has hablado con Copito?

—Sí. El lunes llega la caballería, así que no sabemos si querrán contar con nosotros de algún modo o nos van a dejar fuera. Eso sí, parece que hemos identificado la marca con la que firma.

Sancho repite la información que acaba de compartir con el comisario.

—Vaya, esta no me la esperaba yo. ¿Y qué coño nos querrá decir con eso? ¿Que es un dios destructor?

—Vete tú a saber. Ojalá pudiera preguntárselo en persona.

—Yo quiero estar presente en ese momento...

Un breve silencio le sirve al pelirrojo para abordar el asunto que no quiere ocultarle durante más tiempo.

—Hay otra cosa de la que tengo que hablarte —introduce.

Cuando termina, hay una impronta de inquietud en el rostro de Sara.

—Te lo he contado porque considero que debes saberlo, pero no creo que debas preocuparte demasiado.

—¿No? Asuntos Internos no interviene si no tienen algo a lo que agarrarse.

—Tienen preguntas y necesitan respuestas, nada más. Lo único que tienes que hacer es mantener la versión a capa y espada, y que sean ellos los que demuestren que no es cierto.

—Ya, pero si, detrás de todo, lo que subyace es algo personal por parte de... ¿cómo has dicho que se llama?

—García Prieto.

—Ese. Si el tal García Prieto está bien conectado en Canillas, puede que no se limiten a hacerme unas cuantas preguntas y ya.

—¿Y qué más pueden hacer? Lo mismo lo tienen que investigar porque es de esos comemierdas resentidos que van tocando timbres hasta que consiguen que alguien les abra la puerta.