La piel de una gota Don Purpurino #5
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Don Purpurino #5

—Es decir, que era una especie de trampa, ¿no? Derrite la fuente de la Fama para hacer que revisen las fuentes y cargarse a... —Sancho chasquea los dedos—. Espera, espera. ¿Y si el objetivo erais vosotros?

—Coño, pues no lo había pensado. Podría ser, pero nosotros solo intervenimos si hay una amenaza ya constatada. A ver qué nos dicen los mandos, pero igual nos toca revisar hasta debajo de las piedras.

—¿Revisar qué? ¿Fuentes, monumentos, iglesias, edificios oficiales...? Porque, ahora, cualquier punto de interés podría convertirse en su objetivo, ¿no?

Zetazeta hace crujir los nudillos nervioso.

—Cualquier papelera en un lugar transitado le valdría para preparar la de San Quintín. Y no te digo nada si elige un espacio transitado como el estadio de fútbol, un pabellón lleno de gente o un concierto. Esto se va a poner muy feo, me temo.

—Ya está muy feo, pero sí, se puede poner mucho peor.

Carretera de León, a 8 km de Valladolid

«Volvemos a repetir la que es a esta hora la noticia del día en España: al menos siete muertos y un número indeterminado de heridos es el balance de víctimas que ha dejado un atentado con artefacto explosivo ocurrido esta mañana en el centro de Valladolid.

Fuentes no oficiales lo conectan con la explosión del pasado jueves en la plaza Mayor de la misma ciudad y con otro acto acaecido durante la madrugada de hoy, en el que una conocida fuente ha sufrido daños irreparables.

Por ahora no se conocen más datos, pero les informaremos puntualmente en el momento en el que obtengamos más datos sobre este terrible suceso. »

Al Témpano no le parece que el tono de voz de la locutora esté en consonancia con el contenido de la nota de prensa. Le falta dramatismo. Si se tratara de anunciar algún producto de una marca comercial conocida pondría mucho más empeño.

Conduce respetando los límites de velocidad pese a que está deseando llegar a casa para ver las imágenes en los telediarios.

No estaba del todo seguro del efecto que causaría la detonación, y no le parece mucho ni poco, pero sí suficiente para poder pasar a la siguiente fase.

Le resulta paradójico que la opinión pública se conmueva por algo así cuando en todos los rincones del planeta suceden cosas mucho peores y en la mayor parte de los casos ni siquiera se mencionan en los medios.

Pero, claro, nada tienen que ver los muertos de casa con los de fuera.

No es lo mismo la pérdida de una vida occidental que las de los miles que siguen muriendo en los conflictos que no cesan en el corazón de África, en Oriente Medio o en Centroamérica. Esos no cuentan.

Muertos de primera y de tercera clase.

Lo de siempre desde que el mundo es mundo.

Un mundo de mierda.

No importa. Pocos como él saben moverse en esos lodos.

Ahora lo que toca es adaptarse a lo que está por llegar.

Asume que la dimensión que han alcanzado sus actos implica un giro radical; para empezar, en la entidad de los rivales a los que va a tener que enfrentarse.

Pero él cuenta con una gran ventaja: no existe.

Es solo una sombra. Una sombra que provoca el miedo colectivo.

Y nadie como él sabe que pocas cosas generan más miedo que una amenaza sin rostro.

Es como combatir una enfermedad para la que no hay cura.

Sabes que vas a sucumbir, pero te resistes.

Y, como no quieres dejar de existir, te encomiendas a tu dios.

Un dios todopoderoso y protector. Un dios que no sabes que es sordomudo y ciego.

El suyo, por lo menos, ve de un ojo.

Ver a la perfección puede estar bien, pero siempre es mejor querer mirar.

El problema radica en no saber hacia dónde.

Reduce la marcha cuando entra en Valladolid por la avenida de Gijón, y al pararse en el primer semáforo desvía la mirada hacia el retrovisor para encontrarse con los ojos negros de Kivu, como solía hacer en cualquiera de sus viajes.

Esa dolorosa ausencia, ese vacío, no hace sino refrendar sus actos.

—No te preocupes, pequeña, que los vamos a joder bien jodidos. Pero, antes de que caiga la torre, tenemos que atosigar al rey.

Comisaría de distrito de Las Delicias

Pensativo, sube las escaleras de la comisaría con extrema parsimonia, como si quisiera ganar tiempo antes de presentarse ante los miembros de su equipo, quienes, a buen seguro, ya lo estarán esperando en sus puestos.

Ramiro Sancho no tiene ni la menor idea de qué les va a decir, y eso le desconcierta, le quita galones y le despoja de cualquier medalla que haya podido ganar en el pasado.

Si alguien se lo pidiera, Sancho no sería capaz de expresar las emociones que está experimentando en ese momento.

Puede distinguir la ira y la frustración, pero en otra zona más profunda de su interior localiza la pena que siente por las víctimas y por ese dolor que va a arrastrar a sus familiares y amigos a un lugar en el que nadie quiere estar.

Pero hay algo más. Es un sentir que permanece en una suerte de segundo plano, que no quiere dar la cara pero que él sabe que está ahí.

Y es dominante. Igual que esa pizca de especia que modifica por completo el sabor de un guiso.

Él lo sabe identificar muy bien porque hace muy poco que lo ha catado cuando Sara se puso de parto y temió por su vida y la de sus hijas.

Miedo.

Teme no haber estado a la altura y ser en parte responsable de lo que ocurre en su ciudad y, peor aún, no estar preparado para afrontar lo que se avecina.

Es una pésima noticia, porque si el miedo te domina, te bloquea.

Pierdes capacidad de maniobra y dejas de ser útil.

Sin embargo, también es cierto que te obliga a permanecer en un estado de alerta continuo, que es como él se encuentra cuando entra en la brigada y una a una chequea las caras de todos los integrantes del Grupo de Homicidios.

Parecen asistentes a un funeral en el que a él le toca ser el oficiante.

—Buenos días. Gracias a todos por venir, sobre todo a los que no os tocaba.

El pelirrojo se dirige hacia la esquina opuesta, desde donde puede dirigirse a todos ellos.

—No hace falta que os hable de la trascendencia que va a cobrar este asunto a raíz de lo ocurrido esta mañana.

En Madrid van a tomar cartas en el asunto con total seguridad, y no tengo la menor idea de cuál va a ser nuestro papel, si es que deciden que tenemos cabida.

Entretanto, vamos a repasar todas las gestiones que tenemos en marcha para que pueda preparar un informe. Botello, cámaras.

Este chasquea la lengua.

—Poca cosa, por no decir nada. Intentamos reconstruir el itinerario, y tanto en la ida como en la vuelta lo conseguimos identificar en varios tramos hasta la calle Veinte de Febrero.

Pero lo perdemos en Isabel la Católica, un poco antes de Las Moreras, donde no hay cámaras, y no hemos sido capaces de encontrar por dónde accede y por dónde desaparece.

Podría ser en cualquier punto de la ribera del Pisuerga, y eso abarca desde Arroyo de la Encomienda hasta el barrio de España.

Ya he solicitado las imágenes de las cámaras cercanas al Campo Grande y plaza de España, pero me da en la nariz que sabe cómo moverse.

—Coincido. Pues ya tenemos algo más de él. Del informe que se pidió a la Brigada de Información sobre un posible perfil, ¿hay algo? —le pregunta a Matesanz.

—No que sepamos. Ya nos dijeron que iba a tardar.

—Entonces lo único que sabemos es que se trata de un varón de un metro ochenta y complexión atlética, experto en la fabricación y manejo de explosivos y que sabe moverse. Cojonudo —evalúa el pelirrojo.

—Sabemos algo más —interviene Carmen Montes—.

Esta madrugada he recibido un email de Juan Pablo Morales, el contacto de la universidad del que os hablé.

Me ha reenviado la respuesta de uno de los colegas a los que consultó, un tal Teodoro Cornejo, que, según parece, es una eminencia en Estudios Africanos, y que cree haber identificado el origen del símbolo.

Sancho da una palmada.

—¡Vaya, por fin una buena noticia! Cuéntanos.

—Os leo, mejor, que lo tengo aquí impreso: «Muy buenas, Juampa, cuánto tiempo.

Estoy casi seguro de que la imagen que me has enviado es una representación de Adroa, la deidad principal de la mitología lugbara, una de las muchas religiones animistas que existen en África.

Esta, en concreto, está muy presente en una región que comprende Sudán del Sur, Uganda y las regiones limítrofes con la República Democrática del Congo.

Trato de resumirte. Adroa es el dios supremo celestial y, como sucede en otras religiones, tiene su encarnación en la tierra, al que llaman Adro.

Es el dios de la dualidad, y se le otorgan poderes creativos y destructivos.

Tiene, digámoslo así, dos caras: una benevolente vinculada con la vida y otra dañina que se relaciona con la muerte.

Esta dualidad, como ocurre en la naturaleza, se entiende como dos fuerzas complementarias en el ciclo de la vida.

El tema es que el pueblo lugbara no asocia la muerte como un final definitivo, sino como un estado transitorio hacia otro tipo de existencia que podrá ser mejor o peor según haya sido el legado de la persona en vida.

A Adro se le otorga la función de mediador en este proceso, aporta equilibrio, por lo que es un dios amado y temido a partes iguales».

—Lo mismo este malnacido se piensa que es un dios capaz de decidir sobre el destino de las personas —comenta Peteira.

—Es evidente que no se trata solo de un símbolo, es una declaración de intenciones —resume Sancho.