La piel de una gota Don Purpurino #4
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Don Purpurino #4

Un potente resplandor anticipa la llegada de la onda expansiva, que le impacta de lleno a más de ocho mil metros por segundo.

Cuando el cuerpo de Cristo vuelve a tocar tierra, sus órganos internos no son más que una suerte de compota inservible y su aspecto físico no lo reconocerían ni Milagros ni los dos hijos que acaba de dejar huérfanos.

Hospital Río Hortega

—Entonces, ¿qué? ¿Estás contenta?

—Bueno, dejémoslo en que estoy mejor aquí —responde Sara—. Contenta estaré cuando saquen a las niñas de las incubadoras y nos las podamos llevar a casa.

Sentado en el borde de la cama, Sancho le acaricia la mejilla. La habitación huele a productos desinfectantes, pero en ese momento a él le parece el aroma de un hogar.

—Joder, pensé que te ibas a alegrar de verme —bromea el pelirrojo.

—Pues claro, pero es que esa cara tan guapa la tengo ya muy vista.

Sara toma aire. Todavía tiene las facciones lastradas por el agotamiento y su tez no ha recuperado su color natural. Sin embargo, en su voz se aprecia algo más de energía. O eso quiere pensar él.

—Me gustaría que todo volviera a la normalidad, pero aquí no sueltan prenda sobre el tiempo que me van a tener en el hospital.

—Ya, cariño. Será cosa de unos días más. Lo importante es que te recuperes del todo.

—¿Y no podríamos hacer que las trajeran aquí conmigo?

Sancho le sonríe.

—Ya sabes que no, pero en un rato te van a dejar bajar a verlas. Antes de que nos demos cuenta, toda esta mierda solo será un mal sueño.

—Tienes que atrapar a ese desgraciado cuanto antes, Sancho, y decirle cuatro cositas de mi parte.

—No sé yo si va a ser tan sencillo. El tipo sabe lo que hace, está claro, lo que no sabemos es por qué, y no paro de darle vueltas a eso.

—Igual no hay un porqué. Podría ser un trastornado que controla de explosivos, sin más. Porque ya me dirás tú qué sentido tiene fundir la fuente de la Fama.

—Para nosotros ninguno, pero puede que para él sí lo tenga. He estado buscando casos similares en los archivos de la Interpol y hay muy poca cosa. Diría que quiere llamar la atención, pero aún no sabemos con qué propósito. La mayoría reivindica algo, como Unabomber, pero este tipo, ¿qué quiere?

—El chalado ese que enviaba cartas bomba, ¿no?

—Era un chalado, sí, pero con mucha capacidad intelectual a pesar de que estaba obsesionado con los avances tecnológicos.

Sin embargo, este sí tenía un objetivo claro: que le publicaran un manifiesto en los diarios más importantes del país para concienciar a la población.

Eso sí, tardaron casi veinte años en trincarlo, y aquí llevamos dos días y ya nos están metiendo prisa.

—Lo de siempre. Por cierto, que no se me olvide: antes he hablado con mi padre por teléfono. Quiere venir a verme y conocer a las niñas.

—Lógico.

—Se quiere quedar una temporada.

Sancho se tira de los pelos del bigote.

—Ya sé que es un coñazo tenerle aquí veinticuatro siete, pero si lo piensas en frío igual nos viene bien, porque tú vas a andar bastante liado, ¿no crees?

—¿Cuándo llega?

—El lunes por la tarde.

—De acuerdo. Luego le preparo la habitación.

—Gracias.

El teléfono de Sancho vibra en el bolsillo del pantalón. Frunce el ceño cuando comprueba en la pantalla que se trata de Peteira. Sabe que el subinspector no le llamaría si no fuera un asunto importante.

—Dime, Álvaro.

Durante los veinte segundos que tarda en informarle, a Sancho se le pinta una expresión que podría haber firmado el mismísimo Edvard Munch.

—Hay que rejoderse...

—¿Qué pasa? —se interesa Sara.

—Otra explosión, en plaza de España. Al parecer hay varios muertos y decenas de heridos.

Silencio.

—Vuela.

Y eso es precisamente lo que hace para llegar al lugar.

Cuando enfila la calle Dos de Mayo se encuentra con la vía atascada y deduce que en la plaza de Madrid están desviando el tráfico hacia el paseo de Recoletos.

A pesar de que no le gusta, coloca el pirulo en el techo y lo activa para intentar que se aparten los vehículos que tiene delante.

—Vamos, joder, vamos —farfulla impaciente.

Le cuesta una eternidad llegar hasta la pareja de municipales ante quienes se identifica para que le permitan pasar.

El ruido es ensordecedor, casi insoportable.

Las sirenas de todos los vehículos de emergencias ululan al mismo tiempo y se solapan con el griterío de todos los presentes, que tratan de ser útiles a su manera.

Hay vecinos asomados en las ventanas, la mayoría con sus móviles en la mano, inmortalizando en imágenes el caos que se ha adueñado de la plaza.

En cuanto baja del coche, lo primero que le llama la atención es la fuente.

Lo que queda de ella.

La esfera terrestre ha desaparecido, la pila está rota y los bomberos se afanan en detener la fuga de agua que, transformada en afluente, discurre en dirección a la calle Teresa Gil.

Las estatuas de los niños tampoco las ve.

Una de las marquesinas está muy dañada, como si una mano gigante la hubiera estrujado con rabia, y la otra también presenta múltiples desperfectos.

Esparcidos por el suelo, amontonados como chatarra, los restos de lo que antes era un mercado.

Desde donde se encuentra le da la sensación de estar contemplando un óleo enorme de un paisaje urbano sobre el que hubieran arrojado minúsculas manchas de distintos colores que no deberían estar ahí.

Al aguzar la vista se percata de que esas manchas de colores corresponden a las frutas y verduras que se han incrustado en las fachadas de los edificios.

Impresionismo devastador.

Al fondo, alguien que mueve el brazo de lado a lado le saca de su parálisis. Tarda más de lo normal en reconocer a Patricio Matesanz, que, junto a Álvaro Peteira y Carmen Montes, rodea un cuerpo tendido en el suelo cubierto con una manta.

No es el único.

En cuanto se aproxima percibe un olor extrañamente agradable, melifluo, que no se corresponde con el escenario de destrucción que están captando sus retinas. Los semblantes de sus compañeros anticipan lo que Patricio Matesanz está a punto de decirle.

—Ya hay siete muertos, pero habrá más porque hay varios heridos muy graves. Una auténtica masacre —define con la voz rasgada—. Según parece, el explosivo detonó cuando el operario de mantenimiento lo manipulaba para retirarlo de la fuente.

Y en ese momento ocurre.

Sancho rememora las palabras de Omar Fuentes esa misma mañana antes de despedirse: «Por el momento, yo ya he dado orden para que la empresa de mantenimiento de parques y jardines revise de inmediato todas las fuentes ornamentales para evitar más sorpresas desagradables».

Aquello hizo que le parpadeara en la cabeza una alarma silenciosa a la que no prestó la debida atención. ¿No habría sido más coherente que fueran los TEDAX los encargados de chequear las fuentes?

Pero esa pregunta había quedado sin formular y, por tanto, sin atender.

—El mercado estaba a tope —continúa informando Matesanz—. Ese desgraciado quería causar el mayor daño posible y lo ha conseguido.

A Sancho le cuesta fabricar palabras. Aturdido, mira a su alrededor y niega con la cabeza. Un zapato de mujer, solitario, sucio, parece estar esperando a ser atendido por su dueña.

—¿Dónde está? —pregunta al fin.

—¿Quién?

—La bola. La jodida bola del mundo de la fuente.

Peteira agita la mano.

—Esa es otra. Salió disparada en aquella dirección —indica con el brazo—, y como Duque de la Victoria es cuesta abajo, rodó hasta la mitad de la calle llevándose por delante todo lo que encontró a su paso. Puestos, personas..., la de Dios.

Sancho se masajea las sienes con las palmas de las manos.

—Aquí no hacemos nada —dice al fin—, dejemos trabajar a los demás. Voy a ver si hablo con alguien de los TEDAX y nos vemos en comisaría. Quiero allí a todo el grupo en una hora. Tiene pinta de que van a tomar las riendas desde Madrid.

Patricio Matesanz asiente.

—Esa pinta tiene —coincide—. Nos vemos luego.

Mientras camina entre los escombros y restos de fruta y verdura, Sancho no deja de darle vueltas a que quizá se podría haber evitado la tragedia que tiene frente a sus ojos. Se acerca a un miembro de los TEDAX que está recogiendo muestras en una bolsa de pruebas.

—¿Zetazeta anda por aquí?

—Sí, está abajo, donde la bola del mundo.

No es hasta que dobla la esquina de la plaza cuando toma conciencia del destrozo que ha provocado el globo terráqueo, convertido en bala de cañón primero y en pinball después.

Localiza a Zetazeta a unos cincuenta metros calle abajo, rodeado de otros compañeros frente al escaparate de la tienda en la que ha finalizado el alocado periplo de la esfera.

En cuanto lo ve llegar, Hernán Zunzunegui va a su encuentro.

Su semblante es el reflejo de la angustiosa tensión que se está viviendo.

—Menuda avería que ha preparado, la hostia.

—¿Habéis averiguado algo?

—Hay que esperar a ver qué nos dice el laboratorio, pero aquí todos estamos de acuerdo en que ha utilizado una buena cantidad de triperóxido de triacetona, que se puede sintetizar utilizando productos que se pueden encontrar en cualquier sitio.

Lo llamamos TATP y les suele gustar mucho a los terroristas islámicos.

—¿Tan fácil es de fabricar?

—De fácil no tiene nada. Además, es altamente sensible a la fricción, el calor, los impactos...

, es decir, que te puede explotar en la cara por menos de nada.

Para provocar este sindiós al menos ha usado un kilo, yo diría que más, por lo que confirmamos al cien por cien que estamos ante un hijo de puta muy top.

—Me dicen que explotó cuando el operario de mantenimiento intentó sacarlo.

—Sí, eso creemos por varios testimonios que se han recogido. Estaba en la base de la esfera, dentro de una bolsa de plástico. Supongo que el hombre no sabría lo que era, y un testigo dice que lo vio tratando de engancharlo con una de esas pinzas telescópicas. Y al hacer presión sobre el TATP...