La piel de una gota Don Purpurino #3
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Don Purpurino #3

Luego ha aguardado hasta las dos y media de la madrugada dentro del vehículo de alquiler, se ha embutido en un mono de faena y se ha dirigido al punto que escogió en su día para saltar la verja, lo cual, como había previsto, ha logrado sin ningún contratiempo.

Solo se escuchaban sonidos intermitentes de aves en un entorno en el que hasta los árboles parecían adormilados.

Había poca luz, pero se ha apañado con la linterna del móvil para encaramarse a lo alto de la Fama y verter a través de la trompeta los diez kilos de termita que portaba en la mochila.

La mezcla, inofensiva sin una fuente cercana de calor, la ha digerido el vacío interior de la estatua sin protestar.

Así, sin más preámbulos, ha procedido al encendido de la bengala, y con un chisporroteo poco escandaloso pero muy efectivo ha comenzado el espectáculo.

Después, un siseo profundo, una suerte de rumor ardiente, se ha propagado con rapidez por las entrañas de la mujer alada.

Desde los pies de la fuente ha contemplado cómo un fulgor blanquecino se filtraba a través de las juntas de su piel de bronce.

Un despertar de su inerte existencia que le hacía sudar chorretones de fuego.

Poético.

De repente, una lengua de lava ha brotado por la trompeta como si hubiera exhalado su último aliento, y a partir de ese instante, la devastadora deformidad.

Las formas esculpidas en su mitad superior han empezado a perder definición y textura.

La figura, más voluminosa, no ha tardado en plegarse hacia delante en una reverencia con la que parecía querer rendirse ante su ejecutor.

O despedirse del mundo que tanto la ha admirado.

A partir de ahí, la voracidad de la termita se ha encargado de reducir todo su todo a nada de nada.

Belleza hecha fealdad en cuestión de segundos.

Una ridícula y oscura viscosidad de matices anaranjados que la gravedad ha hecho descender con mansa lentitud por el pedestal de piedra hasta hundirse en el agua, momento en el cual el Témpano ha perdido el interés y ha decidido encaminarse hacia su siguiente objetivo.

Su verdadero objetivo.

Con los mil doscientos gramos de TATP plastificado —que ha logrado sintetizar a partir de acetona y productos de limpieza con alta concentración de ácido sulfúrico—, se ha dirigido a la fuente que encabezaba el proyecto de rehabilitación de Cristina.

Aquí su objetivo era otro bien distinto al meramente ornamental, asumiendo de antemano que no era posible controlar el daño que iba a causar.

Para interrumpir el funcionamiento programado para las diez en punto de la mañana le ha bastado con una rápida intervención en la arqueta, que ya tenía localizada cuando la inspeccionó el 14 de octubre.

Acto seguido ha colocado la carga en el punto exacto y se ha marchado, no sin antes dibujar su marca, esta vez sin termita, para no estropear el efecto sorpresa.

Media hora más tarde ha llegado a casa con la reconfortante sensación de haber cumplido con su cometido y se ha tumbado en la cama con la idea de descansar.

Sin embargo, su estado eufórico era incompatible con la inactividad cerebral, por lo que ha decidido salir a caminar por el cerro de Las Contiendas —desierto a esas horas de la madrugada— hasta el lugar donde enterró a Kivu.

Allí se ha dejado llevar por los recuerdos hasta que ha resuelto regresar a casa.

Amanecía cuando se ha metido en la ducha, donde ha permanecido más tiempo del que acostumbra.

Luego ha comido algo y se ha subido a su Volkswagen California sin un destino predeterminado, pero con una intención clara: escuchar la radio.

En el boletín informativo de las nueve de la mañana han mencionado «el acto de vandalismo» perpetrado durante esa madrugada.

Le resulta curioso que lo hayan bautizado así, basándose, supone él, en el hecho de no haber provocado víctimas mortales.

Veremos qué pasa con la siguiente gamberrada .

«Se sospecha —ha continuado el locutor— que puede estar relacionado con la explosión del árbol de la plaza Mayor, pero se trata de una teoría pendiente de confirmar por la policía.

» Pero no es esta la noticia que espera escuchar, y, mientras eso se produce, ha decidido disfrutar del anodino pero relajante paisaje castellano.

El recorrido aleatorio por carreteras secundarias le ha llevado hasta un pueblo que el GPS del coche ha identificado como Tamariz de Campos.

Es entonces cuando ha recordado que los días que le tocó estudiar sus objetivos leyó la historia de la Fuente Dorada y, por supuesto, la de don Purpurino.

Sabía que la estatua había acabado en ese pueblo alejado de la mano de Dios, y al pasar tan cerca no ha querido desperdiciar la oportunidad de conocerlo.

—Don Purpurino, así le llaman.

Plaza de España

Cristo no puede estar más irritado esa mañana.

Le irrita ser el que siempre tiene que pringar.

Le irrita que su maldito jefe lo trate como a un idiota.

Pero, sobre todo, le irrita tener que trabajar cuando no le toca, y encima con el imbécil de Aguilar, que es bastante más imbécil de lo que cree su maldito jefe.

La llamada la ha recibido hace una hora y cuarto, cuando se disponía a prepararse un desayuno en condiciones: huevos rotos con beicon y tostada de aceite con tomate.

Un lujo que solo se puede permitir los días que libra, como era el caso.

Era, hasta que se le ha ocurrido atender la llamada de su maldito jefe.

—Es lo que hay, Cristo. Cuando toca, toca —le ha argumentado.

A Cristóbal Cifuentes le habría encantado mandarle a la mierda, pero a sus cincuenta y cinco no se puede permitir perder el trabajo.

Mucho menos cuando tiene que pasar una pensión de quinientos cincuenta euros a Milagros, su ex, por la manutención de sus hijos; cantidad que él considera desproporcionada y que está convencido de que le sirve para financiar sus compras mensuales en Zara.

Además, ni siquiera le ha explicado por qué necesitan a toda la plantilla un sábado revisando las fuentes de la ciudad.

—A mí no me preguntes —le ha contestado—, sé lo mismo que tú. Recoge a Aguilar ya mismo y os ponéis manos a la obra.

—¿Y Armando? —ha preguntado.

—Ni idea, no me atiende el teléfono.

Que su compañero habitual haya sido mucho más avispado que él tampoco le ayuda.

—Os toca el centro: Fuente Dorada, Santa Ana, la Rinconada, Coca, el Val, plaza de España y plaza de Madrid.

—Pero ¿qué hay que hacer?

—¡Joder, Cristo, pues lo de siempre! ¡Comprobar que funcionan! Y deja ya de entretenerme, que todavía tengo que localizar a cuatro más.

Con un ojo en la pantalla del móvil y otro en los huevos con beicon, a Cristo le han entrado ganas de llorar, pero lo único que ha podido hacer para aliviar su frustración ha sido blasfemar y acordarse de los muertos de su maldito jefe mientras se ponía el mono de trabajo.

Solo ha dejado de jurar en hebreo cuando el imbécil de Aguilar se ha subido a la furgoneta y ha comenzado a hablar de algo que le ha ocurrido a la fuente de la Fama.

Le ha oído, pero no le ha escuchado. Cristo tiene esa facultad: cuando algo no le interesa no lo procesa, ya se lo decía su ex.

Que les jodan. A ella, al imbécil de Aguilar y a su maldito jefe.

Una hora y cincuenta minutos más tarde ya solo les queda revisar las fuentes de plaza de España y plaza de Madrid.

—Vaya, no podía ser otra —se anticipa Aguilar al ver que la bola del mundo no está girando—. Esta se jode cada dos por tres.

A pesar de ser imbécil, tiene razón. La fuente de los Niños, conocida por los vallisoletanos como «la de la bola del mundo», ni se mueve ni tira agua.

Integrada en el espacio central, bajo las marquesinas de la plaza, destaca por su gran esfera terráquea, que rota simulando el movimiento del planeta.

Fabricada en acero inoxidable y latón, cuenta con una superficie pulida y brillante sobre la que se representan los continentes en relieve.

De la pila en forma elíptica surgen unos chorros de agua que riegan la esfera, rodeada por tres esculturas de niños a tamaño natural que juegan en actitud zangolotina.

—Me cago en todo el sanedrín —dice Cristo—. Tú echa un vistazo a la arqueta, a ver cómo está el circuito.

En cuanto se acerca, localiza lo que podría ser el causante del problema: una bolsa de basura que alguien ha tirado en la base de la esfera.

—La gente no puede ser más cerda, joder.

Cristo, que no quiere mojarse los pies, regresa a la furgoneta, donde busca y encuentra la herramienta que necesita: la pinza telescópica, versatilidad total para el profesional del mantenimiento.

Donde no llega el brazo, llega la pinza.

Para evitar que la basura se desparrame y termine siendo peor el remedio que la enfermedad, Cristo tantea la bolsa con la pinza para calibrar el contenido.

Dentro hay algo compacto, diría que rectangular: fácil de agarrar para un tipo experimentado como él.

Confiado en sus capacidades, ejerce presión sobre el objeto para afianzar los extremos de la pinza y acciona el gatillo de la empuñadura para cerrarla.

—Bueno, pues esto ya está. Era un cable que estaba suelto —oye decir a Aguilar.

Lo que Cristo no imagina es que esas palabras pronunciadas por un compañero que considera un imbécil redomado son las últimas que va a escuchar en su vida.

Todo sucede tan rápido que ni siquiera le da tiempo a blasfemar contra su maldito jefe, ni mucho menos a alegrarse de que su exmujer vaya a dejar de gastarse su dinero en Zara.