Don Purpurino #2
—Que yo sepa se suele utilizar como soldadura aluminotérmica, por ejemplo, para unir rieles ferroviarios y otras movidas similares. Si quieres ver cómo funciona te paso algunos vídeos que hay en YouTube.
—¿Es fácil de fabricar?
—Si conoces las proporciones y tienes los componentes...
—¿Cómo se consiguen?
—El óxido de hierro es relativamente sencillo. Lo utilizan en los talleres de cerámica como pigmento, por ejemplo, y es tan fácil como comprarlo por internet. Un kilito aquí, otro allá..., y así no levanta sospechas. Incluso podría haberlo comprado todo fuera de España y listo.
—Qué maravilla, joder —califica con sorna—. ¿Y lo otro?
—El polvo de aluminio es más complicado. También se puede conseguir en algunas páginas, pero, que yo sepa, no se vende a particulares. Lo más fácil sería robarlo en cualquier taller mecánico, porque se usa para dar el efecto metalizado de las pinturas.
—Entendido. ¿Y cuánto crees que ha necesitado aquí?
—Es difícil de calcular. Seguro que más de diez kilos.
—¿Y cómo dirías que lo ha hecho?
—Antes he estado hablando con el concejal que lleva estas historias y me ha dicho que cuando la fuente se pone en funcionamiento, se ponía, más bien —corrige—, salía agua a través de la trompeta, por lo que debía de tener un circuito interno.
Tan fácil como traer la mezcla ya hecha y verterla por ahí.
Por dentro es hueca, así que tragó todo lo que le metió dentro.
Para iniciarla solo necesitaría una bengala y... flush .
—¿Una bengala marina?
—No, no..., una de esas que se compran en cualquier sitio para las celebraciones caseras. Desprende el calor necesario, y no se corre ningún riesgo.
—¿Se podría establecer una franja horaria?
Zetazeta se pasa la mano por el mentón y tuerce la boca.
—Complicado de la leche. El bronce funde a partir de los ochocientos treinta grados, por lo cual no habrá tardado mucho en derretirse como una vela.
Los restos que están en la fuente aún conservan algo de temperatura, pero ya se han vuelto a solidificar.
No sé, tendríamos que consultar a un experto, pero yo diría que ocurrió al menos hace cinco o seis horas.
—Ya. Acceder al recinto es muy sencillo y aquí no hay cámaras, así que lo más probable es que esperara a las tres o cuatro de la mañana, como con el árbol. ¿Y la firma?
—También con termita. Habría que pedir que analizaran la del almacén pirotécnico, pero es muy probable que lo hiciera igual, por eso la marca en el suelo aguantó a pesar de la explosión y el fuego. Lo que está claro es que sabe muy bien lo que hace.
—Sí, eso es evidente. Lo que no termino de entender es el propósito de todo esto. Es decir, ¿qué pretende conseguir derritiendo una fuente? ¿Qué gana, además de llamar la atención? ¿Y por qué esta fuente en concreto?
—Lo primero solo lo sabe él. O ella. O ellos... Lo que sí podríamos decir es que de todas las fuentes relevantes que hay en Valladolid, esta es una de las que menos riesgo conlleva como objetivo por el hecho de estar aislada.
Sancho levanta la cabeza y mira a su alrededor.
—Puede ser, pero tampoco le importó mucho poner un explosivo en plena plaza Mayor. No creo que fuera por minimizar riesgos. Puede que algún vecino de esos pisos —señala— viera algo.
Durante ese recorrido visual se topa con los ojos de Omar Fuentes, que, con cierta discreción, le hace una seña para que se acerque hasta donde está él.
—¿Y quién está mirando por las ventanas un viernes a las tres o las cuatro de la madrugada? —se pregunta Zetazeta—. Al margen de eso, hay mucha distancia. Si alguien vio algo ya lo sabríamos a estas alturas.
—No sé, por ahora, a lo único a lo que podemos agarrarnos es a su firma.
Revisaremos cámaras exteriores por si lo vemos llegar o salir.
Y les digo a los de la Científica que inmortalicen las caras de esos curiosos, por si nuestro amigo ha decidido asistir al espectáculo tras la barrera.
Y poco más podemos hacer a no ser que los de la bata blanca nos sorprendan con algún regalo, que no creo.
—No tiene pinta, no.
—Bueno, te dejo, que me reclama el alcalde, voy a ver qué se le ofrece.
—Nos vemos luego. Agur.
Omar Fuentes, que no le ha quitado la vista de encima, sale a su encuentro en cuanto lo ve despedirse de los TEDAX.
—Inspector, buenos días. ¿Algún avance?
—Buenos días. Ninguno —responde el pelirrojo, tajante—. Solo sabemos que utilizó un compuesto llamado termita que...
—Sí, sí, eso ya me lo han dicho —le interrumpe—. Igual esto que le voy a decir es una estupidez, pero prefiero no callármelo. ¿Podría haber alguna relación conmigo? Es decir, que haya destruido una fuente, así porque sí, ¿puede ser algún tipo de mensaje hacia mí? Por mi apellido, ya sabe.
Sancho, que no había pensado en ello, se rasca la barba. Le parece tan absurdo que hasta podría tener sentido.
—Lo digo porque la explosión del árbol también está vinculada conmigo, dado que fui yo quien provocó la explosión al accionar el encendido.
—Ni idea. ¿Es que tiene algún candidato en mente?
—Ninguno en concreto, pero podrían ser cientos. Ya sabe usted que hay una parte de la ciudadanía que no me traga.
—Ya, como a casi cualquier personaje público. Pero de ahí a preparar este sindiós por eso... No obstante, no descartamos nada. Si se le ocurre algún nombre que debamos investigar, comuníquemelo.
Omar Fuentes asiente varias veces con la cabeza.
—Por el momento, yo ya he dado orden para que la empresa de mantenimiento de parques y jardines revise de inmediato todas las fuentes ornamentales para evitar más sorpresas desagradables.
Algo le hace fruncir el ceño a Sancho.
—A ver cómo coño explico yo esto a los medios. Estamos en contacto —se despide el alcalde.
Sancho permanece inmóvil durante unos segundos, concentrado en identificar el origen de esa alarma silenciosa que está parpadeando en su cabeza; sin embargo, otra mucho más ruidosa se lo impide.
Sobre la una de la tarde tienen previsto trasladar a planta a Sara, y quiere estar presente cuando eso suceda.
Así, echa un último vistazo a los restos solidificados de la Fama y le viene a la cabeza una frase que solía decir su padre.
—La fama es solo un trozo enorme de nada —verbaliza.
Tamariz de Campos
—Don Purpurino, así le llaman —oye a su espalda.
Al girarse, el Témpano se encuentra con el avejentado rostro de un hombre que le sonríe al tiempo que lo observa con interés.
—¿Perdón?
—La estatua, digo, que la llamamos de ese modo. Tiene una historia curiosa. ¿Es usted de por aquí?
—No, solo estoy de paso.
—Bueno, pues permítame que se lo cuente, hombre.
En Valladolid capital hay un sitio en pleno centro que se conoce como la plaza de la Fuente Dorada porque en el pedestal tenía varios escudos dorados, ¿sabe?
Luego la cambiaron por otra, y cuando se estropeó pusieron esta que tiene delante —señala—, que, aunque no lo parezca, representa al dios Hermes.
El caso es que a alguien se le ocurrió que luciría más si la cubrían con pan de oro, pero, como perras no había, pues la pintaron de dorado con purpurina y aquí paz y después gloria.
—Curioso —dice por decir.
—Y tanto. Enseguida el populacho lo bautizó como don Purpurino y empezó a hacer bromas con..., ya sabe..., porque si la mira desde este lateral... ¡Venga, venga!
Animoso, el hombre le agarra por el brazo, y al Témpano no le queda más remedio que dar dos pasos hacia su derecha.
—¿Ve? Parece que está contento.
La posición de la vara cilíndrica que sostiene en la mano izquierda es lo que provoca el efecto visual.
—Ya veo, ya.
—Eso molestó mucho a los mandamases de la ciudad, así que al poco tiempo decidieron deshacerse de don Purpurino, y por eso terminó aquí, en Tamariz. Y, fíjese qué curioso, porque quizá eso lo ha salvado.
—¿Y eso?
—¿No se ha enterado?
—¿De qué? —finge.
—¡No se habla de otra cosa! Esta mañana se han encontrado derretida la fuente de la Fama, la que está en el Campo Grande.
En el rostro del Témpano crece la mayor expresión de sorpresa que es capaz de componer.
—¿Derretida? No me diga...
—Eso han dicho, sí; ahora bien, no me pregunte cómo. Me decía mi mujer que si llega a estar don Purpurino todavía en la Fuente Dorada seguro que lo churruscan a él, pobre.
El hombre se ríe.
—Por eso he venido yo a verla, por si acaso no estaba. Bueno, pues ya conoce la historia de don Purpurino. Me voy a por el pan, que si me quedo sin él entonces es mi mujer la que me fríe a mí. Con Dios —se despide.
Con la mirada fija en el falso miembro viril de don Purpurino, el Témpano se pregunta si el encuentro que acaba de vivir ha sucedido en realidad o bien ha sido una mala pasada de su cerebro fruto de la falta de sueño.
Porque dormir no ha dormido.
Desde que se cruzó con el inspector Sancho en el Zerocafé no ha dejado de pensar en ello.
Con independencia de que pueda perjudicarle en algún momento, entrar en el bar fue una temeridad muy impropia de él.
Del todo innecesaria. No obstante, tiene que reconocer que de algún modo le ha gustado contactar con él y que cada vez le genera más curiosidad conocer en profundidad a su rival.
Se pregunta si será recíproco. Lo cierto es que, después de que él se marchara, ha tenido que esperar a recuperar el control de sus emociones antes de dirigirse al Campo Grande.
Y para ello ha recurrido a las voces del sargento Canales y de Arube Mbemba.