La piel de una gota Don Purpurino
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Don Purpurino

Plaza de Zorrilla, Valladolid

Quince días para la traca final

Cada vez que pasa por allí rememora aquella etapa de su vida en la que esa plaza se convirtió en el punto de encuentro principal de la ciudad para muchos vallisoletanos de su edad.

Eran otros tiempos.

Tiempos mejores, cuando los teléfonos móviles todavía no se habían convertido en un apéndice más del ser humano.

Él siempre la ha considerado una fuente inagotable de vida urbana.

Allí nacen cuatro de las vías principales de Valladolid —calle de Santiago, María de Molina, Miguel Íscar y Acera de Recoletos—, calles que riegan de paseantes la zona más aburguesada de la ciudad.

Desde entonces, se ha ido transformando hasta convertirse en un espacio abierto e integrado en la modernidad que respira el aire puro del Campo Grande.

Y respirar es precisamente lo que más necesita Omar Fuentes esta mañana.

El termómetro sobre el edificio de Caja Rural marca 4 °C, y, aunque nota el frío en la cara, no tiene la sensación de que la temperatura ambiente sea desapacible.

El cielo, que aún no se ha despojado de la oscura pátina del amanecer, está limpio de nubes, y eso le hace presagiar una jornada plácida para los vallisoletanos.

Apacible al menos en lo climatológico, porque, en todo lo demás, y según ha chequeado en su móvil mientras evacuaba su intestino grueso, se avecina tormenta.

Se fija entonces en que las farolas se resisten a apagarse, como si quisieran permanecer alerta ante algún tipo de peligro latente.

A Omar Fuentes le encanta la rutina. Más incluso durante los fines de semana, cuando, si bien podría quedarse en la cama hasta las tantas, se despierta a la misma hora de siempre y repite paso por paso la liturgia de cada día.

La única diferencia es el atuendo, mucho más informal que los días de diario, en los que suele vestir de traje y corbata.

Los doce minutos que tarda en llegar a pie al ayuntamiento —conviene que la ciudadanía lo vea como uno más— suele invertirlos en repasar la agenda del día que tiene por delante; los sábados, sin embargo, los emplea en hacer balance de la semana.

Y qué semana. Sin duda la más agitada desde que ocupa la alcaldía de la ciudad, la más convulsa, sí, aunque su intuición le dice que lo peor está aún por llegar. No se equivoca.

A pesar de todo ello, Omar Fuentes no está ni mucho menos asustado.

Más bien al contrario. Él, que siempre ha sabido pescar en río revuelto, está convencido de que es la persona indicada para convertir las amenazas en oportunidades.

Y para bien o para mal, es muy consciente de que no pasa desapercibido en Ferraz.

Allí muchos lo consideran un rival que habrá que tener en cuenta en el futuro, un candidato que podría ocupar un puesto relevante en la dirección del PSOE, si bien toda su vida política la ha desarrollado fundamentalmente dentro del ámbito municipal.

Pero Valladolid no es cualquier ciudad y él no es un alcalde cualquiera.

Lleva acaparando notoriedad desde antes de ganar sus primeras elecciones, y su beligerancia innata le hace estar muy activo en redes sociales.

Es, sin lugar a dudas, uno de los políticos con más presencia en Twitter, su pedestal y altavoz particular.

Desde allí llega a más de doscientos mil usuarios afines, porque a los que no lo son y lo manifiestan los bloquea sin pestañear. Un clic y a incordiar a otro sitio.

Fácil.

Lo complicado es acertar cuando uno es el epicentro de las miradas de todo un país que, desde el jueves, está pendiente de lo que suceda en Valladolid.

Pero no es eso lo que le ha hecho perder horas de sueño.

Lo que le agita por dentro a Omar Fuentes es no tener en su mano todas las cartas para jugar esa partida, circunstancia a la que no está acostumbrado.

Está habituado a que otros dependan de las decisiones que toma, pero en este caso tiene las manos atadas hasta que no se produzcan avances en la investigación.

Por eso ha resuelto que lo mejor era refugiarse en sus hábitos, salir de casa a la misma hora de siempre, pararse a desayunar en el Café del Norte y encerrarse en su despacho para hablar con todos los intervinientes.

De entre todos ellos tiene especial interés en hablar con el inspector Sancho, dado que es quien está al frente de la investigación, y por tanto es el más indicado para facilitarle lo que va a necesitar para dar de comer a los medios.

En ese instante, cuando se encuentra a la altura de la calle Constitución, se da cuenta de que no tiene su contacto.

Introduce la mano en el bolsillo de su cazadora de ante marrón en busca del móvil y, como si este supiera que requiere de sus servicios, vibra.

En la pantalla, el nombre del concejal de Urbanismo.

—Gustavo, buenos días.

—¡¿Omar, dónde andas?!

Por su tono y volumen deduce que algo no va bien. Su cerebro le ordena detenerse en el acto.

—Llegando a la plaza Mayor. ¿Pasa algo?

—¡Pasa que tienes que venir cuanto antes al Campo Grande! ¡Menudo cristo nos ha preparado el hijo de puta este! ¡Menudo cristo! —repite—. ¡Sí, un segundo, que ahora estoy con ustedes!

Más que el tono, es el temblor que arrastra su voz lo que lo contagia de fatalismo.

—A ver, Gustavo, tranquilízate. ¡¿Me quieres decir qué coño está pasando?!

—¡La fuente de la Fama! ¡Es que no me lo creo!

—¡¿Qué le pasa a la fuente?!

—¡Que ya no existe!

—¿Me quieres decir que se han llevado la fuente? Pero ¡¿cómo se van a...?!

—Que no, que no. Peor aún. Pero es que no te sé explicar qué demonios ha sucedido. A mí me han llamado a las ocho de la mañana de la empresa de mantenimiento, y como tampoco me han sabido decir nada, he venido cagando leches. Y cuando lo he visto... ¡Por Dios santo, la que nos ha preparado!

—Joder, Gustavo, ¿me vas a decir de una vez qué ha sucedido con la fuente?

De fondo escucha el ulular de las sirenas.

—Es mejor que lo veas con tus propios ojos, Omar. Aquí te espero, que tenemos que acordonar la zona antes de que se llene de curiosos.

Atónito, Omar Fuentes mira la pantalla del móvil para comprobar que, en efecto, le ha colgado.

—Su puta madre —murmura.

En su mente hace una búsqueda rápida de la parada de taxis más cercana. Duque de la Victoria está a dos minutos, pero caminando hasta el Campo Grande son diez. No se lo piensa.

El sudor le chorrea por las sienes cuando divisa la Puerta del Príncipe, donde hay dos coches de la Policía Nacional y ya se agolpan varios grupos de curiosos.

—Mierda, joder —verbaliza entre jadeos.

Uno de los agentes sale a su encuentro.

—Le acompaño.

Recorre casi al trote el paseo del Príncipe hasta que, a la altura de la pérgola, toma el camino de la izquierda.

A lo lejos ya puede ver las cintas amarillas y los uniformes de la Municipal, de la Nacional y de los bomberos.

El aire del Campo Grande, de normal puro y vivificante, le sabe a metal chamuscado.

—¿Los bomberos? —se pregunta en voz alta.

—Han llegado hace un rato —le informa el agente—, pero dicen que no pueden hacer nada.

No tarda en descubrir por qué.

Es consciente de lo que está viendo —o, mejor dicho, de lo que no está viendo—, pero, no obstante, verbaliza una pregunta absurda:

—Pero... ¿dónde está el ángel?

—Diría que se ha fundido, señor.

Campo Grande

Antes de cruzar el cordón policial, Sancho se detiene para captar un olor que le resulta familiar y a la vez muy lejano.

En cuanto su memoria olfativa lo identifica, se traslada a aquella gris fundición de Oiartzun en la que le tocó trabajar durante los primeros meses que estuvo destinado en Euskadi.

Era parte del papel que le tocó interpretar cuando se llamaba Urtzi, era miembro de la Brigada de Información y su cometido consistía en integrarse en el entorno de Jarrai.

No sería capaz de describirlo, y sin embargo reconocería en cualquier lugar la fragancia que desprende el metal al fundirse.

El comisario Herranz-Alfageme ha sido el encargado de avisarle justo cuando salía del hospital.

La sonrisa que se le había dibujado en la cara tras estar veinte minutos con las niñas se ha volatilizado al instante.

Lo único que sabe es que el tipo al que están buscando ha vuelto a actuar, y que esta vez la gamberrada ha consistido en fundir la fuente de la Fama.

No ha querido hacer más preguntas, ya que las respuestas que necesita no las tiene su superior, sino la persona a la que trata de encontrar con la mirada.

No lo localiza en el primer barrido visual, pero sí identifica a Travieso, que está junto al alcalde, el delegado del Gobierno y otras dos personas.

Sus miradas, atónitas, incrédulas, convergen en lo que queda del conjunto monumental: un triste y solitario pedestal de piedra recubierto de una masa informe que hace unas horas era la elegante figura de una mujer alada que representaba a la Fama.

El estanque octogonal que recogía el agua que brotaba de la trompeta está seco, y solo contiene restos de bronce fundido ya solidificado.

Un tumor metálico, grotesco, insultante.

En el suelo, a un par de metros de distancia, la firma del autor parece sonreírle.

—Sancho —oye a su espalda.

Hernán Zunzunegui resopla.

—Te estaba buscando.

—Menudo chocho que tenemos aquí montado, la hostia.

—Cuéntame cosas.

Zetazeta señala hacia la fuente.

—Termita. Al cien por cien.

—Te escucho.

—Es una reacción química exotérmica que se produce al mezclar polvo de aluminio y un oxido metálico, generalmente óxido de hierro. La movida es que puede alcanzar los tres mil grados de temperatura, por lo que funde cualquier metal, como ha sido el caso.

—Ya veo.

—Una vez que se inicia, al no necesitar oxígeno para arder, no hay forma humana de sofocarla hasta que se agota. Incluso puede hacerlo bajo el agua.

—¿Y para qué se usa?