Un caos muy ordenado #6
Ya había oscurecido cuando llamó a la comisaría preguntando por el inspector Sancho. Colgó en cuanto le confirmaron que le pasaban con el Grupo de Homicidios porque solo era cuestión de averiguar si estaba allí o no y esperar.
Casi una hora después lo había visto meterse en un Audi A5 gris metalizado.
—Bueno, pues vamos a conocernos mejor, inspector —se había animado al tiempo que arrancaba el Nissan Juke que había alquilado para este tipo de menesteres desde que tomara la decisión definitiva.
Tenía que hacer tiempo hasta que le tocara intervenir a la hora establecida en su cuaderno de operaciones, y no se le ha ocurrido mejor forma de hacerlo que profundizar en los hábitos del que va a ser su rival.
Le ha sorprendido mucho comprobar que su primer destino era el hospital Río Hortega.
Se ha preguntado qué demonios le habría llevado allí mientras aguardaba, sin bajarse del coche, a que saliera.
No ha tenido que esperar mucho, y cuarenta minutos más tarde ha visto como el inspector Sancho conducía de regreso al centro, estacionaba en la calle San Blas y se metía en el bar de enfrente.
El sonido de un claxon le saca de su disyuntiva. Darse cuenta de que se trata del coche al que está molestando para salir la resuelve.
—Venga, va —se anima.
Lo primero que le llama la atención al entrar en el Zerocafé es la pantalla gigante que hay al fondo del local, sobre la que se está proyectando un vídeo.
La canción, en inglés, le suena, a pesar de que no se considera un entendido en música, ni mucho menos.
Se acoda en el primer hueco que ve en la barra y con disimulo echa un vistazo.
Calcula que hay unas treinta personas, pero a él no lo localiza.
Dentro de la barra, un camarero de unos cincuenta con una nada forzada expresión risueña y una chica que rondará los veinte.
En el lado opuesto, un tipo con coleta y camiseta sin mangas que, deduce, es el DJ.
—¿Qué le pongo? —le pregunta el camarero risueño.
—Una tónica, por favor. Sin fruta.
El alcohol no le va. Nunca le ha ido. Se cuentan con los dedos de una mano las veces que se ha emborrachado, pero lo que no hace jamás es beber cuando está trabajando, como es el caso.
Paga en metálico y da unos pasos hacia atrás para ganar en perspectiva.
Es entonces cuando lo localiza cerca de la cabina del pincha.
Sancho tiene la atención puesta en la pantalla como quien admira la profundidad de un pozo.
Y, por un instante, siente que ambos comparten la misma oscuridad, solo que él ha aprendido a vivir en ella.
Diría que en su semblante hay una profunda pesadumbre envuelta en un halo de preocupación.
Sostiene un vaso bajo en el que flotan un par de hielos sobre un licor tostado, pero no parece que lo esté disfrutando.
En esa tesitura de aparente debilidad, el inspector Sancho no da la sensación de que vaya a estar a la altura de lo que le va a exigir el caso, lo cual, lejos de gustarle, le genera cierto malestar.
Está sopesando la posibilidad de pedir otra tónica o marcharse cuando suenan los primeros acordes de una canción que reconoce al instante.
La ha escuchado por obligación un millón de veces.
Tanto es así que tiene la letra incrustada en la memoria.
Se trata de In the End , de Linkin Park, uno de los grupos favoritos de Cristina.
Por el desgaste que le provocaba la infinita repetición, él acabó detestándolos, pero si hubo y hay un tema que odia de todo su repertorio es el que ahora está siendo proyectado en la pantalla.
Escucharlo le causa un dolor muy intenso, pero no puede retirar la mirada.
Su cerebro traduce: «No prestaste atención.
Mira el tiempo irse por la ventana. Tratando de aferrarme a ello, ni siquiera sabía que lo desperdicié todo por ver cómo te marchabas».
Cada verso es una grieta por la que asoma la voz de Cristina —y no la del cantante— hablando de él.
Lo detalla en un apartado de su diario que tiene muy marcado.
El final lo remata, pero no puede evitar tararearlo:
— I’ve put my trust in you. Pushed as far as I can go. For all this, there’s only one thing you should know .
Los ojos se le humedecen y la imagen del vocalista del grupo exprimiéndose las cuerdas vocales se vuelve borrosa.
— I tried so hard and got so far, but in the end, it doesn’t even matter. I had to fall to lose it all, but in the end, it doesn’t even matter.
El bar desaparece y, de forma inconsciente, el Témpano aprovecha la cola instrumental de la canción para licuarse en lágrimas de culpabilidad. Con el parpadeo, el líquido de la amargura resbala por sus mejillas sin importarle lo que ocurre a su alrededor.
—Amigo, ¿te encuentras bien?
Una voz grave y algo rasgada le hace reaccionar. Azorado, se seca la cara con el dorso de la mano y enfoca la vista para responder al tipo.
Un barbudo pelirrojo.
—Sí, sí, gracias —responde avergonzado.
—Tranquilo, todos tenemos una canción que nos jode la vida —sentencia antes de marcharse.