Un caos muy ordenado #5
—Podría ser, aunque yo no lo creo. Me inclino a pensar que es un experto en la manipulación de explosivos y que sabe muy bien lo que hace, cómo lo hace y cuándo lo hace.
Sea como fuere, no lo sabremos hasta que lo atrapemos, y para ello, con su permiso, me voy a marchar a comisaría por si tenemos algún avance en la investigación.
Omar Fuentes lo examina durante unos minutos como si pretendiera descifrarlo por dentro.
—Hace bien. Manténganme informado, por favor —le dice a Travieso.
Ya en el exterior del ayuntamiento, apenas queda rastro de la presencia de medios de comunicación y solo se ve a un puñado de curiosos tras la cinta que ha colocado la Policía Municipal.
El pelirrojo intuye que Travieso necesita decirle algo, porque parece que se va a ahogar en sus propias palabras.
—Sancho, no creo que acojonar al alcalde sea la mejor opción —suelta al fin.
—Tiene toda la razón, pero tampoco creo que sea bueno que piense que es un niñato que se ha cansado de tirar petardos y ha decidido pasar de pantalla.
El comisario provincial nota que el móvil le vibra en el interior de la chaqueta del traje.
—Vaya, el jefe superior. ¿Y yo qué le digo a este ahora? —se pregunta—. Luego nos vemos.
Sancho contempla cómo Francisco Travieso camina hacia ningún sitio mientras atiende la llamada.
—Nada, jefe, usted tranquilo —dice impostando la voz—. Seguramente sea el clásico grafitero de los explosivos. Sí, eso, es un niñato al que vamos a trincar en un abrir y cerrar de ojos...
Comisaría de distrito de Las Delicias
Un silencio nada habitual sobrevuela las dependencias de la brigada. Se diría que los integrantes del Grupo de Homicidios, enfrascados en las tareas que les han sido asignadas, se han transformado en una congregación de monjes amanuenses.
Es Áxel Botello quien rompe la tranquilidad del monasterio.
—¡Jefe, creo que lo tengo! —le avisa levantando la voz.
Sancho, que se ha pasado toda la tarde revisando los informes que le ha proporcionado Hernán Zunzunegui, da un manotazo en la mesa.
Sabe que se refiere a algo relacionado con las primeras imágenes que han recibido al final de la mañana, captadas por las cámaras que graban los exteriores de la plaza.
El pelirrojo se apresura a sentarse a su lado, y Matesanz, que todavía está en su puesto, se acerca movido por la curiosidad.
—Dale —dice Sancho.
En las pupilas de Botello se refleja el azul de la pantalla como una hoguera fría.
—He empezado de atrás hacia delante —arranca Botello—, es decir, desde la noche antes del encendido de luces. Llámalo premonición. Y mira qué casualidad: viene caminando tranquilamente por la calle Pasión con una mochila. Directo, sin rodeos ni leches benditas. Está claro que sabía a lo que iba.
—¿Hora exacta?
—Cuatro y catorce de la madrugada. No le hace falta ni escalera.
—Es fácil trepar por ahí —comenta Sancho.
—Pero podría haberle visto alguien.
—A esa hora, un día de diario..., muy poco riesgo —opina Matesanz—. Esto lo tenía muy estudiado. Mirad, ahora que se ha quitado la mochila, ¿qué pone en el chaleco?
Botello se acerca a la pantalla del monitor.
—Eso parece un aspa o una equis. No se lee bien, pero me quiere sonar ese logo, joder.
—Haz una captura e imprímelo, a ver si alguien lo saca. Avanza.
Los minutos siguientes contemplan en silencio cómo el desconocido desmonta la estrella encaramado a la estructura del árbol, introduce la carga en su interior, la vuelve a montar y hace algo más que no consiguen distinguir por falta de definición.
—Seguramente esté conectándolo al circuito eléctrico —dice Matesanz.
—Sí, seguro —coincide Sancho—. Y ya estaría. Diez minutos ha tardado el cabrón.
—Once, para ser exactos, desde que aparece en la plaza —le corrige Botello—. Y se va por donde ha venido.
—Vale. Perfecto. Ya sabemos la hora. Recopilemos todas las imágenes que podamos desde distintos ángulos y perspectivas, a ver si en alguna le pillamos la cara.
—No me jugaría yo mi pensión a esa carta —comenta Matesanz.
—No, yo tampoco, pero hay que intentarlo.
—Yo diría que es un tocho de más de uno ochenta y cinco —evalúa Botello.
—Haz el corte y pásaselo a Juanra, a ver si nos puede mejorar la imagen y ve algo que se nos haya pasado a nosotros.
—Ahora se lo chuto.
—¿Esto que ha salido por la impresora es nuestro? —pregunta Merche, la última incorporación del Grupo de Homicidios.
—Sí, es el tipo de la plaza Mayor —contesta Matesanz—. Hay que distribuirlo para ver si ese logo es de alguna empresa conocida.
—Ximenez Iluminación. Es la empresa que instala las luces de Navidad por media España —responde ella—, los he visto varios días en mi calle.
—¡¿En serio?! No creo que sea tan idiota como para ir a poner bombas con un chaleco de su empresa, ¿no?
—No, pero contacta mañana con ellos a ver qué te dicen, y que no salga de aquí. Ahora de camino al hospital se lo cuento a Copito.
—Dale un beso a Sara de parte de todos —dice Matesanz.
—En cuanto la vea. ¿Montes?
—Peteira y ella están con lo del dichoso simbolito, a ver si sacamos algo en claro. Aunque igual se lo enseñamos a Merche y lo saca en el acto.
Sancho sonríe mientras se pone el abrigo.
—Cualquier cosa, al móvil.
Calle San Blas
Duda si hacerlo o no. Es la sombra del error lo que le tiembla dentro, esa posibilidad remota de arriesgarse a que él lo reconozca.
Aunque, por otra parte, la oportunidad de observarle de cerca es tan tentadora que no logra tomar una decisión en firme.
El reloj del coche marca las 23.41. En el tiempo que lleva detenido en doble fila controlando la puerta ha visto entrar a dos parejas y salir a un grupo de tres amigos, todos por encima de los cuarenta, por lo que intuye que ese garito llamado Zerocafé está frecuentado por gente de ese rango de edad.