Un caos muy ordenado #4
—Acabamos de ver su intervención en el ayuntamiento, y madre mía... Es que solo le ha faltado sacarse los revólveres y darles vueltas así, en el dedo —gesticula con gracia.
—Es un fiera, sí, pero también te digo que este es mal enemigo —dice la otra—. Levanta el brazo, cariño —le pide a Sara.
Hasta eso le cuesta. Se siente débil, apagada, como si su batería estuviera en modo de bajo consumo. Con cuidado, la enfermera le pasa la esponja húmeda por la axila y le sonríe.
—Eso es. Ahora vamos a girarte muy despacito, ¿de acuerdo? Pues os voy a contar que esta mañana me ha llamado una cuñada que vive en Huelva para preguntarme si estaba bien. Que lo había visto en las noticias y que había flipado con los vídeos.
—Es que es para flipar —coincide la otra—. Que el desgraciado que haya sido ya tiene tres muertos a sus espaldas.
—Y un puñado de heridos, ¿verdad, Sarita?
Ella, que está deseando que terminen para volver a su estado de letargo, asiente.
—Os quería pedir un favor —dice Sara en cuanto la acomodan de nuevo boca arriba—. No sé dónde está la ropa con la que llegué al hospital, pero en el bolsillo de mi abrigo debería estar mi móvil. Me gustaría poder estar comunicada.
—Ah, claro, cariño. Supongo que estará todo en este armario. Vamos a ver... Sí, mira, aquí está tu abrigo colgado. ¿En un bolsillo?
—Sí.
—Aquí lo tengo.
Catorce por ciento de batería, como ella.
—Estupendo —dice Sara.
—Bueno, niña, ahora a descansar.
—¿Sabéis cuándo podré volver a ver a mis hijas?
—Uy, pues eso nosotras ni idea. Pero si quieres preguntamos.
—Por favor.
—Bueno, en cuanto sepa algo te cuento.
—Gracias, de verdad.
Tan pronto como las enfermeras abandonan el box, Sara busca en la agenda del teléfono, selecciona el contacto y pone el manos libres.
—¿Sara? —escucha—. ¿Eres tú?
—Aquí estoy.
—¡¿Cómo estás, preciosa?!
—Cansada, pero bien. El médico ha pasado esta mañana y me ha dicho que los análisis están en orden, que igual esta noche la paso aquí pero mañana me trasladan a planta. Me ha explicado más cosas, pero estaba medio grogui y no le he entendido una mierda. Pero vamos, que nada grave. Solo tiempo.
—Sí, yo he podido hablar con él a primera hora y me ha contado lo mismo.
—¿Has visto a las peques?
—¡Sí! —responde entusiasta—. Solo un rato, pero casi me derrito. Son preciosas, como tú. Tú las viste anoche, ¿verdad?
—Sí, solo un momento, pero me dejaron cogerlas. Ahora he preguntado cuándo me permiten verlas otra vez, porque de verdad que lo necesito.
—Claro, cariño, pero también tienes que cuidarte tú. Ellas están en buenas manos, y cuanto antes te recuperes tú, mejor que mejor.
—Sí, sí, lo sé. Y por ahí, ¿cómo va todo?
—Estoy en el ayuntamiento. Copito me pidió que fuera a la comparecencia del alcalde y me ha tocado estar aquí. Por suerte no se ha alargado mucho y apenas me ha tocado intervenir.
—Vaya, qué pena, ya me han dicho las enfermeras que va de sheriff del Far West.
—Está muy cabreado el hombre. Es como si le hubieran cagado en la puerta de casa. Qué cojones, en la almohada.
—No me hagas reír, que se me saltan los puntos. ¿Vas a comisaría?
—Cuando me dejen salir de aquí, porque al parecer el alcalde quiere tener unas breves palabras con nosotros.
—¿Qué se sabe por el momento?
Sancho tarda una fracción de segundo en contestar, el tiempo en que ha sopesado la conveniencia de ponerla o no al día. Cuando termina con el resumen de lo esencial, escucha un prolongado suspiro de Sara.
—Menudo panorama —juzga ella.
—Cojonudo, sí. Yo me marcho a la comisaría a ver si hay algún avance, pero, vamos, que hasta que no tengamos las imágenes de las cámaras...
—Ya. Lo del símbolo es para preocuparse —comenta ella—, porque es evidente que lo ha hecho para que sepamos que no es un cualquiera. Que tiene autoría, y eso no es buena señal.
A Sara cada vez le cuesta más fabricar palabras.
—Eso mismo he pensado yo —afirma Sancho—. A ver si tenemos suerte con eso y algún experto nos cuenta algo a lo que agarrarnos.
—Ojalá.
—Tengo ganas de tener a ese cabrón delante. Muchas.
—Pues yo ni te cuento. Mierda, me queda un ocho por ciento de batería.
—Luego paso yo y te llevo un cargador para que te lo den. Ahora tienes que descansar un rato, ¿vale?
—Sí, se me están cerrando los ojos.
—Pues eso, duerme un poco. Te quiero.
—Y yo. Nos vemos pronto.
—Descansa, preciosa.
Residencia de Cristina, barrio de Girón
Está feliz por lo que acaba de ver, pero al mismo tiempo se nota algo furioso por las últimas palabras que ha pronunciado Omar Fuentes en su intervención.
No es ningún perturbado, simplemente es el único que ve el mundo como es.
Igual que el alcalde, se equivocó la psicóloga del Ejército que se encargó de evaluarlo cuando regresó de la República Democrática del Congo después de casi nueve meses dado por desaparecido.
Una gestación tras la que nació un hombre nuevo.
Los recuerdos afloran.
—Se denomina trastorno de la personalidad esquizoide —concluyó la psicóloga—.
El síntoma principal es el desinterés absoluto por relacionarse con otras personas, incluso con las que conforman su círculo más cercano, y, en consecuencia, por mostrar emociones.
Todo ello deriva en el deterioro constante de los vínculos empáticos existentes y la imposibilidad de generar otros nuevos.
En resumidas cuentas: se trata de una afección mental que provoca el aislamiento total del sujeto que la padece.
Ese diagnóstico supuso el punto de ignición de una mecha que no se podía apagar y que terminó haciendo saltar por los aires su carrera militar.
Pero, así y todo, él jamás se ha considerado un enfermo mental, un perturbado, como acaba de definirlo el alcalde, dado que siempre ha mantenido intactas sus capacidades.
Y si algo tiene claro es que se va a encargar de demostrarlo al mundo entero.
Nunca le ha gustado que su enemigo lo subestime.
Es adquirir una ventaja que no necesita en absoluto.
Minimiza el éxito. Lo reduce. Y el Témpano no quiere una victoria pequeña.
Necesita imponerse a lo grande. Sin embargo, en el fondo le ha encantado comprobar que no se equivocaba en cuanto al nivel de compromiso que iba a adquirir su enemigo.
Igual que cuando se cita a un toro y, si es bravo y tiene casta, acude.
Pero lo que el toro no es capaz de apreciar es que, salvo en contadas ocasiones, siempre se impone el torero.
Y a ese astado lo conoce muy bien. No en vano lo ha estado siguiendo durante semanas para averiguar sus rutinas, sus hábitos y costumbres. Su vida oculta. Aun así, no debe distraerse con ello. No es el momento. Desviarse del plan sería un error.
Paso a paso.
Cable a cable.
También le motiva mucho haber confirmado que el responsable de la investigación es el inspector Sancho, a quien, a pesar de las circunstancias, ya tuvo el gusto de conocer.
Le genera mucha curiosidad —diría que casi una necesidad— saber más sobre su rival, porque va a ser el encargado de seguir su rastro, y dependiendo de cómo evolucione tendrá que decidir qué hacer con él.
Y solo hay dos opciones: respetarle como el rival que es o eliminarle en el caso de que se convierta en más que su enemigo.
Igual esta tarde, que no tiene nada previsto, la ocupa en satisfacer su curiosidad.
De momento, aprieta el botón de rebobinar del mando de la televisión hasta el inicio de la comparecencia de Omar Fuentes.
Play.
—Ya verá de lo que es capaz este perturbado mental, estimado señor alcalde.
Ayuntamiento de Valladolid
Con la sensación de estar perdiendo un tiempo precioso, el pelirrojo entra en el despacho de Omar Fuentes acompañado de Francisco Travieso, quien se detiene unos instantes para estirarse el traje.
—Él es el inspector Sancho, jefe del Grupo de Homicidios —le presenta el comisario provincial.
—He oído hablar mucho de usted —dice Fuentes al tiempo que le tiende la mano—. Me alegro de que esté al frente de la investigación. También sé que su mujer evoluciona favorablemente en el hospital y que las niñas, a pesar de haber nacido antes de tiempo, están bien. Siéntense, por favor.
Sorprendido, Sancho no sabe muy bien qué decir.
—Muchas gracias.
Transcurrida casi media hora durante la que Travieso se encarga de responder a la batería de preguntas que formula Omar Fuentes, el alcalde mira a Sancho y entorna los párpados.
—Y usted, inspector, ¿qué opina de todo esto?
Sancho lo mira y se alivia un picor que le nace bajo la barba. No se encuentra en las mejores condiciones cognitivas para elaborar respuestas políticas, por lo que decide contestar de forma natural.
—Por ahora, si le soy sincero, puedo opinar más bien poco. Es muy pronto aún. El comisario provincial le ha informado de todo lo que sabemos hasta el momento. Lo que no creo, sinceramente, es que el tipo al que nos enfrentamos sea un perturbado mental.
Omar Fuentes ladea la cabeza y gana distancia con respecto a su interlocutor.
—Me refiero a que, según los TEDAX, sabe de explosivos, y por el asunto de la firma encontrada tanto en el almacén de pirotecnia como en la estrella, deberíamos pensar que busca cierto reconocimiento.
—¿Y eso no es de ser un perturbado?
—No, señor. Todo lo contrario. Es de alguien que en su cabeza tiene un motivo para provocar daño y que es muy probable que tenga un plan.
—¿Qué plan?
—Seguir haciendo daño.
Travieso, que es de los que piensan que a los políticos hay que alterarlos lo menos posible, se ve en la obligación de intervenir.
—Bueno, eso no podemos saberlo. Igual es solo un gamberro que quiere llamar la atención y que lo único que busca es dejar su impronta por ahí.
—¿Una especie de grafitero de los explosivos? —pregunta el alcalde.
—Me refiero a que podría tratarse de un chaval que ha visto varios tutoriales de YouTube sobre cómo fabricar explosivos al que la cosa se le ha ido de las manos.
«O también podría ser su reverenda puta madre haciendo la yihad», le habría encantado responderle a Sancho. Pero, muy en cambio, dice: