La piel de una gota Un caos muy ordenado #3
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Un caos muy ordenado #3

Ayer, durante la sesión con la doctora Meléndez, tuve que reconocer que esto del diario me estaba viniendo bastante bien.

Quería saber sobre qué estaba escribiendo y yo le dije: «De todo y de nada», y me quedé tan ancha.

Pero es la verdad. Hay días que no escribo más que bobadas, pero hoy ha pasado algo que me ha alegrado la mañana.

Al concejal de Urbanismo, Gustavo Cuadrado, le han aprobado una partida presupuestaria para arreglar varias fuentes de la ciudad y esta mañana me ha llamado a su despacho para comentarme el asunto.

Mira que me genera rechazo ese tipo, con su pelo grasiento, su barriga a punto de explotar y su aliento a cenicero, pero el proyecto me lo va a encargar a mí, y, joder, me parece la mar de interesante.

Desde luego, mucho más que las mierdas que me han pedido hasta el momento.

Son seis fuentes, pero no me ha dicho cuáles y yo no he querido preguntar.

Además me ha dicho que le dé rienda suelta a mi creatividad porque lo principal del proyecto no es que funcionen bien, sino que estén integradas en el espacio urbano.

Mola. Mañana me ha citado a las 9 para verlo al detalle, números y tal.

Será una chorrada, pero he salido feliz de su despacho.

Estaba tan feliz que he entrado en una floristería y me he liado a comprar plantitas y más plantitas. A ver cuánto me duran.

Hay que ver con qué poco me contento yo.

Y en cierto modo me fastidia reconocerlo.

Cuando vivía con Marco se lo dije muchas veces, pero el muy rancio tenía menos detalles conmigo que con su madre, a la que por lo menos le llevaba flores a la tumba cada cierto tiempo.

A mí no me regaló flores nunca. Tampoco es que me gusten demasiado, pero...

, joder, que estuvimos una vida entera juntos.

Ahora me viene a la cabeza el día que regresó de alguna de sus movidas, me quiere sonar que de Oriente Medio.

No estuvo muchos días fuera, pero, cuando llegó, recuerdo que me fui a la pescadería y compré una lubina tocha y una botella de vino blanco para cenar juntos en casa.

Al abrirle la puerta le pregunté qué tal por allí y el muy asqueroso me contestó: «Necesito acostarme». Y ya.

—No podía hablarte del daño que había causado en aquel pueblo. Lo hacía por protegerte, ¿es que no lo entiendes?

Pues cojonudo. Marco se tiró casi dos días enteros sin salir de la habitación, con la persiana bajada hasta abajo y yo sin hacer ni un solo ruido porque sabía que le irritaba.

La lubina la tiré a la basura y me bebí yo sola la botella de vino.

Me agarré un buen pedo y terminé potando como una quinceañera.

Lloraba encerrada en el baño para que no me escuchara.

Siempre era igual. Luego todo regresaba a la normalidad, pero nunca me contaba qué le había pasado.

Ahora sé que cuando le tocaba ir a esos sitios no iba de turismo, pero de ahí a que le pasara esa factura y lo siguiera haciendo...

Pues tampoco. En fin, que no quiero cabrearme, que hoy estoy de buen rollo.

Lo mismo bajo al santuario de papá y le pillo una botella de vino de las buenas.

Como él decía: «El vino está para beberlo, no para exponerlo». A tomar por culo.

Pues eso, a la mierda el que lo lea.

Tentado a continuar leyendo el siguiente día marcado, el Témpano vuelve a consultar su reloj, pero está a punto de empezar la rueda de prensa y no se la quiere perder, así que deja el diario sobre la mesa, coge el mando y enciende la televisión.

—Vamos, señor alcalde, no me defraudes.

Plaza Mayor

Al salir del parking se percata del bullicio que hay frente al edificio del ayuntamiento.

Ha sido el propio alcalde, Omar Fuentes, el que se ha empeñado en abrir de nuevo al público la plaza en cuanto la policía ha terminado de procesar el escenario.

Decenas de curiosos y una nutrida presencia de medios de comunicación de ámbito local, regional y nacional tratan de acceder al perímetro acotado por la Policía Municipal para controlar el acceso de quienes se han acreditado.

Incómodo, Sancho se tira de los pelos de la barba.

—Hay que rejoderse.

Tras identificarse, el pelirrojo sigue a un tipo que, cámara al hombro, se apresura para adelantarse a la competencia.

Sube las majestuosas escaleras que llevan al primer piso y van a dar frente al salón de recepciones.

Como esperaba, ya no queda una sola silla libre.

En un lateral, junto a otras personas cuyas caras le resultan familiares, encuentra un sitio en el que ubicarse.

Aun así, se siente incómodo, observado por miradas escrutadoras de desconocidos.

En primera fila reconoce a Travieso, sentado entre el jefe superior de la Policía de Castilla y León y el subdelegado del Gobierno.

La sala, de planta rectangular, se abre al balcón principal, que nutre de luz natural todo el espacio.

Maderas nobles en el suelo, frescos en el techo abovedado y decoración de época contribuyen a dignificar una atmósfera cargada de expectación.

Semblantes circunspectos del respetable.

Un murmullo constante y envolvente es la banda sonora que precede a la esperada aparición del político, que ocupa el cargo desde el año 2015.

Respaldado y reprobado por la ciudadanía a partes iguales, de Omar Fuentes se podrían decir muchas cosas, pero lo que no se le puede cuestionar es su omnipresencia en la vida pública y su imagen acorazada como adalid de la ciudad.

Un silencio que va ganando en intensidad provoca que las bocas se cierren, los párpados se abran y se agucen los oídos.

Omar Fuentes aparece desde la sala contigua, que comunica con su despacho.

Luce un aparatoso vendaje en la cabeza y su expresión está cincelada por la irritación y la amargura.

De constitución compacta —ancho de hombros y de buena talla—, su presencia llena el espacio, configurado por un solitario atril y, tras él, un repostero con el escudo de Valladolid y un retrato de cuerpo completo del fundador de la ciudad, el conde Ansúrez.

Sonido de flashes.

Fuentes avanza con la lentitud estudiada de quien sabe que está siendo inmortalizado. Podría parecer conmovido de no ser por la chispa de arrogancia política que le baila en los ojos.

—Muy buenos días a todos y a todas y gracias por acudir a este acto. Un acto que nos hemos visto obligados a incluir en la agenda del día. Un acto cargado de rabia y tristeza.

Voz firme, tono solemne.

—En primer lugar, queremos trasladar nuestras condolencias y las de toda la ciudad a los familiares y amigos de las víctimas mortales del atentado que se produjo ayer durante el encendido de las luces navideñas.

Lamento comunicar de forma oficial que a las pérdidas de...

José María del Campo Gutiérrez y Francisca Suárez Gómez —lee—, fallecidos ayer, hay que sumar la de Teresa Martínez Alfaro, acontecida hace tan solo unos minutos a consecuencia de las graves heridas sufridas en la calle Viana.

A ello hay que añadir las veintinueve personas que siguen a esta hora hospitalizadas, entre las cuales se encuentran tres con pronóstico grave.

Así pues, y por respeto a la memoria de los desaparecidos, el pleno del ayuntamiento ha decretado tres días de luto, hasta las doce del mediodía del día 28.

Y hasta aquí lo que he escrito en este papel —concluye mostrándolo.

La pausa dramática alienta a varios periodistas a adelantar el torso, como si así cobraran ventaja frente a sus competidores a la hora de hacerse con el titular.

—A partir de aquí, el sentir de este alcalde y el de toda una ciudad que clama justicia.

Desde primera hora de la noche de ayer estamos trabajando codo con codo con las fuerzas y cuerpos de seguridad para esclarecer los hechos y dar con el culpable o culpables de este suceso tan cobarde y ruin que hoy, por desgracia, está en boca de todos.

He de decir que he mantenido sendas conversaciones con el presidente del Gobierno y con el ministro del Interior, quienes me han trasladado su solidaridad con las víctimas y el apoyo incondicional durante el curso de la investigación que tenemos abierta.

En este sentido, lo único que les puedo decir hasta el momento es que la explosión la produjo una carga pirotécnica colocada en la estrella del Árbol de los Deseos y que se activó con el encendido de las luces.

Rumor en la sala.

Sancho ruega al cielo para que no pronuncie una sola palabra más acerca de la investigación. Esa parte le toca a Travieso, que podrá ser un zote carente de habilidades sociales, pero sabe muy bien qué decir y, sobre todo, qué callar.

—Conforme se vayan produciendo novedades se les irá informando en tiempo y forma.

Y, para terminar, antes de dar paso al comisario provincial, el señor Travieso, quien se encargará de contestar a sus preguntas, quiero lanzar un mensaje a la persona o personas que perpetraron este acto cargado de mezquindad.

Omar Fuentes mira a una de las cámaras de televisión, con cuyo operario, infiere Sancho, ha pactado de antemano.

—Me voy a encargar personalmente y de forma encarecida de que se haga justicia.

Esta es una ciudad de paz y en ningún caso voy a consentir que la libertad de las vallisoletanas y los vallisoletanos se vea coartada por un perturbado que se propone sembrar el miedo en nuestras calles. Muchas gracias a todos.

Al contrario que la mayoría de los presentes, Sancho no aplaude. No encuentra ningún motivo para hacerlo.

Hospital Río Hortega

—Y para chulo, chulo, mi pirulo —dice una de las enfermeras que la están aseando—. Menudo fiera, nuestro querido alcalde.

A Sara le hace gracia el comentario, pero al intentar reírse, los puntos, aún muy recientes, le hacen cambiar de idea.

—¿Y eso? —quiere saber Sara, curiosa.