La piel de una gota Un caos muy ordenado
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Un caos muy ordenado

Comisaría de distrito de Las Delicias, Valladolid

Dieciséis días para la traca final

Nota cientos de partículas en la cara interior de los párpados.

Un desierto de arena que es fruto de las horas de descanso que le debe a su organismo en general y a sus ojos en particular.

Se tiró en la cama pasadas las cuatro de la madrugada, y cuando ha sonado el despertador del móvil a las seis y media para ir al hospital ni siquiera le había dado tiempo a asomarse por la segunda fase del sueño.

En el trayecto desde la entrada principal de la comisaría hasta el baño —en el que ha entrado con la esperanza de aliviar ese picor—, Sancho ha contabilizado ocho personas que le han preguntado por el estado de Sara y las niñas.

Con la primera, una agente de Seguridad Ciudadana a la que conoce desde hace tiempo, se ha explayado:

—Sara está estable, pero aún está ingresada en la UCI y no he podido verla. Ha pasado buena noche y las analíticas han salido bien, e incluso le han permitido estar un rato con Greta y Asia, así que, en ese sentido, contento.

—Me alegro mucho. ¿Y las peques? ¿Todo bien?

—Me han dejado verlas solo quince minutos, pero la pediatra me ha dicho que, a falta de recibir los últimos resultados, las pruebas parecen indicar que todo está en orden.

El tema es que, al ser prematuras, tendrán que quedarse aún varias semanas en las incubadoras para evitar infecciones y controlar su alimentación.

Pero la buena noticia es que no van a necesitar respiración asistida a pesar de que no tienen formados del todo los pulmones y que los niveles de bilirrubina no son preocupantes, por lo que disminuirán de forma progresiva gracias a las lámparas de fototerapia.

Esta explicación la ha ido reduciendo cada una de las veces que se ha visto obligado a repetirla, hasta que a Gonzalo, que trabaja en el archivo, le ha contestado:

—Todo controlado, gracias por preguntar.

Por ello, en cuanto el pelirrojo ha entrado en la brigada y se ha percatado de que ha absorbido la atención de los presentes, se ha aclarado la voz y ha repetido el parte médico en voz alta.

—Y ahora, por favor, vamos a centrarnos en lo que nos ocupa, ¿de acuerdo? Matesanz, ponme al día.

—Poca cosa, la verdad. Hemos solicitado a Seguridad Privada las cámaras de la plaza Mayor desde el día que quedó instalado el árbol y les hemos pedido que aligeren para que no nos las entreguen las próximas Navidades.

—Bien. ¿Quiénes van a revisar las imágenes? ¿Botello y quién más?

—Merche, que también tiene buen ojo, pero si quieres que vayamos más rápido meto a tres.

—Dos está bien. En cuanto fijemos el día que colocó la carga explosiva en la estrella vamos hacia atrás, a ver si reconstruimos el itinerario y averiguamos desde dónde vino y, por supuesto, adónde ha ido.

—Sobre el símbolo —interviene Carmen Montes—, he contactado por teléfono con varios expertos y de momento ninguno lo ha identificado.

Uno de ellos, un profesor de la universidad de aquí, dice estar casi seguro de que pertenece al imaginario de alguna religión animista africana, pero que, como hay cientos, no sabe cuál.

—¿De alguna religión animista africana? —repite el pelirrojo, que nota cierta ralentización en su velocidad de procesamiento cerebral.

—Sí, yo le he preguntado lo mismo y he anotado esto.

Hay muchas variantes, pero en general el animismo «es una creencia que defiende que los objetos inanimados o los elementos de la naturaleza, como los ríos, las montañas o los árboles, poseen alma y, por ello, conciencia propia» —lee Montes—.

He quedado con él en que iba a enviar el pantallazo a algunos colegas suyos y si averiguaba algo me llamaba.

—Gracias, Carmen, sigue con ello y comparte lo que tengas con la Brigada de Información. ¿De los TEDAX tenemos algo nuevo?

—No, pero hace un rato ha pasado uno por aquí preguntando por ti —responde Peteira. Hernán no sé qué. Es que me ha dado cosa hacerle repetir su apellido, porque era una especie de trabalenguas.

—Zunzunegui. Lo conocí anoche. ¿Y dices que ha pasado por aquí?

—Sí, iba a ver al jefe.

—Vale. Continuad con todo lo que tengáis en marcha. Ahora os veo.

Sancho sale de la brigada y se dirige al despacho de Herranz-Alfageme. Toca la puerta y entra sin esperar a que le dé permiso.

Sentado frente a Copito, el comisario provincial, Francisco Travieso. A su lado, Zetazeta.

—Buenos días, Sancho —le saluda Herranz-Alfageme con afecto—. No sabía a qué hora ibas a aparecer y no he querido molestarte por teléfono. Siéntate, por favor. ¿Cómo están tus chicas?

Reporte ejecutivo, modalidad intermedia. Veinticuatro segundos.

—Pues que siga así. Bueno, vamos al lío.

Te resumo lo que hemos hablado. El balance provisional es de dos muertos y treinta y cuatro heridos de diverso alcance.

Hay tres graves y otro en estado crítico que, según parece, no va a poder superarlo.

Por desgracia, hoy Valladolid está en boca de todos: prensa, telediarios y redes sociales.

—¡Las jodidas redes sociales! —interviene Travieso sulfurado—. Nos han informado de que en Twitter es trending topic desde anoche con los hashtags —pronuncia «jastas»— #ValladolidLoPeta y #ValladolidCiudadArtificial. ¡¿La gente es imbécil o qué coño les pasa?! ¡Ya no se respeta nada, joder!

—Que sea ese el mayor de nuestros problemas —comenta Sancho.

—Sí, sí, desde luego, pero yo tengo al subdelegado del Gobierno dando por culo desde las siete de la mañana y tengo tres llamadas perdidas del alcalde.

Y, por si fuera poco, me toca intervenir en el sarao que ha montado Fuentes con los medios en el ayuntamiento.

Porque, claro, no va a desaprovechar la oportunidad de aparecer malherido ante las cámaras.

Travieso tamborilea con los dedos sobre la mesa nervioso, como si quisiera que le abrieran la puerta de un lugar que nadie habita.

—Bueno, cada uno con lo suyo —dice Herranz-Alfageme retomando la palabra—.

Y lo nuestro es descubrir quién ha sido el iluminado que ha preparado este cristo y llevarlo ante el juez.

Los TEDAX están trabajando en la hipótesis de que la explosión del almacén pirotécnico de Madrid y lo de ayer estén relacionados por el símbolo ese que apareció en ambos lados.

Habrá que comprobar si tiene algún significado que nos lleve a algún sitio.

—Ya estamos en ello —dice Sancho.

—Bien. También sé que habéis pedido las cámaras, a ver si por ahí sacamos algo interesante.

—Hay un tema que me gustaría comentar —interviene Zetazeta—.

Hemos solicitado a Pirotecnia Vesubio que nos pase un inventario actualizado de lo que tenían en el almacén antes del siniestro.

No tenemos forma de averiguar qué se llevó, si es que se llevó algo, porque allí no quedó nada, pero es para saber a qué atenernos.

—¿En qué sentido? —pregunta Travieso.

—Si se trata de un experto en explosivos, queremos conocer qué tipos de artefactos caseros sería capaz de fabricar en el caso de haberse llevado material del almacén. Y yo soy partidario de ponerme en el peor de los escenarios posibles.

—¿Y cuál sería ese escenario? —insiste el comisario provincial.

Zetazeta toma aire.

—Pues verá: los fuegos artificiales tienen muchos compuestos químicos.

El principal es la pólvora negra, que se compone de tres cuartas partes de nitrato potásico y otra parte de carbono y azufre.

Esto por sí solo ya sería muy preocupante, pero resulta que para conseguir los distintos efectos visuales intervienen otros muchos elementos, como el nitrato de estroncio, de bario, de cobre e incluso cloruros como el de litio o el de calcio.

Para los destellos, por ejemplo, se emplea el titanio, y para lograr mayor luminosidad usan magnesio.

También utilizan perclorato potásico para producir esos silbidos tan molestos.

En definitiva, que en ese almacén había mucho material químico que, en manos de alguien con conocimientos suficientes, podría resultar muy peligroso.

Copito resopla.

—Tenemos que trabajar en la elaboración de un perfil —aporta Sancho—. Es decir, ¿quién podría considerarse un experto?

—Eso no va a resultar nada fácil. Cualquier químico, ingeniero químico o civil tiene los conocimientos suficientes para fabricar explosivos si cuenta con el material necesario.

—Disculpa, no me he explicado bien —interviene de nuevo el pelirrojo—. No me refiero a conocimientos, que lo damos por hecho, me refiero a experiencia en la manipulación de esos materiales.

Zetazeta tamborilea con los dedos sobre la mesa.

—Ah, bueno, siendo así la cosa cambia. Habría que centrarse casi en exclusiva en personal con formación militar o policial. Aunque, ahora que lo pienso..., también podría ser un ingeniero de minas, o uno civil especialista en demoliciones. Incluso un barrenista minero.

Ofuscado, Travieso niega con la cabeza. Atento, Sancho decide tirarle un cable al de los TEDAX.

—Bien, por no embarrarnos demasiado en el asunto, pediré a la Brigada Provincial de Información que elabore un listado de expertos en la manipulación de explosivos de toda clase y condición con antecedentes psiquiátricos o penales. Por acotar —añade.

—Muy bien —zanja Copito—. El inspector Sancho está al frente de la investigación, pero, para que trabajéis codo con codo, he pedido a la Comisaría General de Información que Zetazeta traslade aquí su puesto de forma provisional mientras dure la investigación, así que cuando puedas le buscas un hueco.

—Por supuesto.

—Bueno, yo me marcho ya, que no quiero llegar tarde al show del excelentísimo. A usted le veo allí —le dice Travieso a Sancho, que arruga la frente. Copito le hace un gesto para que permanezca sentado.

—Yo tengo que pasar por la comisaría de Parquesol a por mis cosas —interviene Zetazeta.

—Gracias, subinspector.

Cuando se marcha Hernán Zunzunegui, el comisario entrecruza los dedos de las manos para hacer una especie de plataforma y apoya la barbilla.

—¿Sabes a qué ha venido Travieso en realidad? —le pregunta Herranz-Alfageme.