Cazabobos #3
—Con todo el respeto del mundo, señor. Usted me pidió pruebas y yo se las he traído. Ese hombre dispone de los componentes y tiene los conocimientos para hacer saltar por los aires el statu quo de todo Oriente Medio.
—No se pase de listo, haga el favor.
—Disculpe, mi general.
Este desvió de nuevo la atención hacia la pantalla de su ordenador, en la que acababa de ver las fotos, y suspiró.
—Lo pondré en conocimiento de Graziano y que sean ellos quienes decidan qué hacer con este material. En cuanto a usted, permanecerá en la base hasta nueva orden.
Pero resultó que el general Graziano no se encontraba en el Líbano durante esas fechas y los tres días siguientes transcurrieron con extrema lentitud para él, que solo pensaba en regresar a casa con Cristina.
Esa tarde, desesperado por la inactividad, decidió pasarse por la cantina de la base con la idea de matar el tiempo.
Aunque no era conversación lo que buscaba, se unió a un grupo de militares que hablaban de la derrota de Nadal frente a Federer en la final de Wimbledon.
A él el tenis le importaba más bien poco, por lo que se limitó a escuchar.
Estaban a punto de cambiar de tema hacia el problema del independentismo catalán cuando irrumpió el cabo Méndez.
—Le he estado buscando por toda la base, brigada.
El Témpano supo leer la gravedad del asunto en su expresión crispada, pero no podía esperar lo que estaba a punto de oír.
—Ha habido otro atentado hará como un par de horas en una carretera de mala muerte cerca de Hasbaya.
Según dice el comunicado se avisó a la policía libanesa de que había una res muerta que impedía el paso, y al retirarla...
Hablan de al menos seis muertos entre policías y civiles, y de varios heridos graves.
—Un cazabobos. Un señuelo —aclaró el Témpano.
—Eso parece.
—Su puta madre. Lléveme para allá.
—Pero ¿no le dijo...?
—Yo asumo la responsabilidad —zanjó—. Vamos.
Los zapadores de los Bersaglieri italianos, que ya estaban trabajando en el lugar, le permitieron inspeccionar los restos de los artefactos que habían causado la masacre.
Cinco minas conectadas entre sí habían detonado en cadena al manipular el cadáver del animal.
Se buscaba provocar mucho daño y se había conseguido.
En uno de los platos de presión había restos de cuero.
No le hizo falta más.
Repitió horario y procedimiento para colarse de nuevo en el taller de Al-Daoui. Ni siquiera llevó consigo los elementos que iba a necesitar, dado que los tenía todos allí dentro.
—Así que te gustan los cazabobos, ¿eh? A ver qué te parece este.
No se complicó. Doce fueron los minutos que tardó en enganchar el extremo de un cable de acero al pomo de la puerta oculta tras la estantería y al iniciador por el otro. Al abrir la puerta activaría la carga y aquel cuartucho se convertiría en una trampa mortal.
Justicia explosiva.
Dos días más tarde, de madrugada, fueron a buscarlo a su habitación por orden del general Martín Ambrosio.
—Tenía usted razón, brigada —le dijo en cuanto entró en el despacho.
Él se mantuvo en completo silencio.
—Nos acaban de reportar una explosión que se ha producido en el barrio viejo de Khiyam. A falta de comprobar la ubicación exacta, parece que coincide con el lugar donde estaba el taller del tapicero.
—¿Estaba?
—Estaba, porque al parecer solo quedan escombros del edificio. Los colindantes también han sufrido daños. Hay varios muertos, pero todavía no saben cuántos, porque, como le digo, aquello ha desaparecido del mapa.
Al escuchar esas palabras sintió como si alguien le conectara un cable pelado por la nuca. No hizo ningún gesto, pero por dentro se desactivaron todas sus conexiones morales.
—Las primeras hipótesis apuntan a que allí dentro escondían más material explosivo del que usted documentó, y suponen que, al manipularlo, han cometido algún error y ha pegado un petardazo de proporciones bíblicas. Desplácese al lugar y prepare un informe.
—A la orden.
—Cuando me lo entregue podrá regresar a España. Buen trabajo, brigada.
En el vuelo que aterrizó en Madrid tres días después vomitó dos veces, una por cada seis de los doce cuerpos que se recogieron entre los cascotes.
Cinco de ellos de menores, incluido el de un bebé de diez meses cuyos padres se salvaron al no estar ese día en su domicilio.
Junto con otros especialistas de distintas nacionalidades certificaron que, tal y como se presumía, aquel sótano albergaba mucha más carga explosiva que la que él vio esa noche.
Tras una pared de ladrillo acumulaban al menos otros cien kilos, que, al estar enclaustrados y detonar por los efectos de la onda expansiva, multiplicaron su efecto.
Del edificio no quedó nada en pie, y otros tres tendrían que ser derruidos por daños estructurales, dejando sin hogar a más de cuarenta familias.
Al llegar a casa, Cristina le recibió con cierta alegría.
—Y, bueno, ¿todo bien por allí? —quiso saber ella por iniciar una conversación.
Una simple respuesta positiva acompañada de media sonrisa habría bastado, pero en vez de eso se le oscureció la mirada como si aún estuviera en aquel sótano de Khiyam y contestó:
—Necesito acostarme.