Cazabobos #2
Al día siguiente se trasladó hasta allí en un vehículo con matrícula local que le proporcionaron en la base, vestido de civil y con la idea de recorrer sus calles a pie sin saber muy bien qué debía buscar.
Notaba recelo en las expresiones de las personas que se fijaban en él.
Miradas que se posaban un segundo y se escurrían al suelo.
No era odio, era algo peor: el cansancio de quien sospecha que todos los uniformes son el mismo enemigo, aunque vayan de paisano.
Sin embargo, era algo que no podía tomar en consideración empatizando con lo que les había tocado vivir a aquellas personas generación tras generación.
Y lo que les quedaba. A mediodía su estómago le recordó que no había desayunado, y se dejó guiar por su olfato hasta llegar a una plaza en la que localizó un restaurante en cuyo rótulo se podía leer: F ALAFEL A BO A LI .
No eran croquetas de garbanzos lo que le pedía el cuerpo, pero dio por hecho que tendrían otros platos típicos de comida libanesa, por lo que se sentó en la terraza y esperó a que salieran a atenderle.
Un chico que no habría cumplido la mayoría de edad frunció el ceño al verle, pero enseguida tradujo esa imagen de cliente en dólares y fabricó una sonrisa antes de acercarse.
Se entendieron en francés, idioma que seguía estando muy vigente en el ámbito comercial.
Con el estómago colmado y calmado, el Témpano aprovechó el momento de pagar la cuenta para mostrar algunos billetes de más y realizar alguna indagación.
—¿Te puedo hacer una consulta?
El otro se encogió de hombros y ladeó la cabeza.
—Quiero llevarle algo de artesanía de la zona a mi mujer —arrancó—. Le encantan las piezas de cuero hechas a mano. Bolsos, carteras, cinturones...
—Esta no es una ciudad muy turística que se diga, pero hay un taller de un tapicero que se llama Hassan Ali Al-Daoui; dicen que es muy buen curtidor y su mujer vende cosas de esas.
El Témpano no tuvo que fingir su entusiasmo.
—¡No me digas! ¿Y está lejos?
—Aquí no hay nada que esté lejos. Otra cosa es que siga en pie.
A pesar de las indicaciones del muchacho, no le resultó sencillo encontrarlo, dado que estaba situado en el corazón de una barriada antigua levantada durante el período de dominio otomano.
El intrincado laberinto de callejuelas y callejones mal empedrados parecía querer proteger la intimidad del negocio, que a la postre pudo identificar gracias al rótulo con el apellido del tapicero en cristiano.
Una puerta abierta, de doble hoja y que algún día fue pintada de verde, le invitó a pasar.
La penumbra envolvía un mostrador vacío.
Estanterías repletas de materiales de costura cubrían las paredes de suelo a techo.
El olor a cuero y el sonido lejano de una radio en árabe eran los únicos indicativos de que el negocio pudiera tener algún tipo de actividad.
Antes de desvelar su presencia, Marco Antonio Gavilán dedicó unos minutos a examinar el entorno, pero no detectó nada sospechoso.
—¡Buenos días! —dijo él en francés alzando la voz.
El crujir de la madera le hizo fijarse en una escalera de caracol en la que no había reparado por estar oculta parcialmente tras una cortina.
Una mujer con una túnica carmesí y bordados opalinos descendió con suma precaución agarrada al pasamanos.
Se cubría la cabeza con un hiyab negro, y a pesar de tener más de sesenta años conservaba unas facciones bonitas, en las que destacaban unos ojos grandes y oscuros cargados de energía vital.
—Buenos días, señor —le saludó en un francés muy correcto—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Verá, me han dicho que aquí puedo encontrar artículos de marroquinería y me gustaría llevarle a mi mujer algún regalo por su cumpleaños.
Ella lo observó durante unos segundos.
—¿De qué tipo?
—Le encantan los bolsos y las carteras de cuero repujado, ¿tiene algo de eso?
—Tendría que mirar en la trastienda. Últimamente viene poca gente por aquí y ya no los tenemos expuestos fuera.
—Pues si me hace el favor.
La mujer, resignada, tomó aire por la nariz.
—Enseguida vuelvo.
Al correr la cortina y encender una luz, el Témpano descubrió el resto del local, tan amplio como caótico, y dio un par de pasos laterales para ganar en perspectiva.
De inmediato le llamó la atención la abundancia de material electrónico y de bricolaje para tratarse de un taller de tapicería, pero fue una pantalla de soldadura que reposaba sobre una mesa de trabajo lo que le hizo morderse el labio extrañado.
En los estantes de al lado, apiladas, varias ollas de cocina de gran tamaño.
—Mira tú por dónde —murmuró.
Estaba a punto de marcharse con una bolsa de viaje y un cinturón cuando entraron tres hombres.
Vestimentas tradicionales —túnicas largas y kufiyas— y miradas escrutadoras.
El que tenía más edad lo examinó de hito en hito y se acarició una larga barba canosa antes de rodear el mostrador y cruzar algunas palabras en árabe con la mujer.
El Témpano se entretuvo buscando el dinero en su cartera mientras observaba de reojo cómo abrían una puerta en la que no había reparado y bajaban a lo que debía de ser un sótano.
Al abandonar el lugar se fijó en el tipo de cerradura y sonrió.
—Podría no ser nada —le dijo el general Martín Ambrosio después de escuchar el informe de Gavilán—.
Una máscara de soldador, cables y ollas no creo que sean motivo suficiente como para que agitemos el avispero.
Podríamos solicitar a la gente del CNI que vigilara el establecimiento y que siguieran a esos hombres, pero desde luego que no va a ser algo inmediato.
Pero ese era precisamente su problema: la falta de inmediatez.
—Usted siga recabando pruebas a ver hasta dónde llega.
—A la orden.
Si su superior quería pruebas, él se las iba a proporcionar en el menor tiempo posible.
Así, esa misma noche regresó a Khiyam y aguardó en un descampado dentro del coche a que avanzara la madrugada.
A eso de las 2.30 se plantó frente a la puerta del taller sin cruzarse con nadie.
La falta de alumbrado público, que aún no había sido del todo restaurado tras los enfrentamientos armados entre las Fuerzas de Defensa de Israel y Hezbolá del año anterior, jugaba a su favor.
En apenas unos segundos logró forzar la cerradura sin dañarla y, ya en el interior, se puso el pasamontañas y los guantes, sacó la linterna táctica de la mochila y seleccionó la intensidad lumínica más baja.
Los primeros minutos los empleó en inspeccionar la tienda, la zona de taller y la trastienda, pero no halló nada distinto de lo que había visto por la mañana con excepción de varias cajas con tornillería de distintos tamaños.
A todo lo que le pareció interesante le hizo fotos con el móvil y las envió a su correo electrónico.
Extremando el sigilo, bajó al sótano y, una vez allí, en cuanto se cercioró de que se trataba de una estancia ciega, aumentó la potencia del haz de luz.
—Vamos a ver qué tienes por aquí, Hassan Ali —se animó.
El primer recorrido visual resultó decepcionante, y solo registró una máquina de soldadura de gas inerte, muy indicada para trabajar con acero, aluminio y otros metales.
En el siguiente, sin embargo, no buscaba objetos sino anomalías.
Y una rozadura que dibujaba una media circunferencia en el suelo lo era.
El inicio del trazo arrancaba en la base de una estantería que, a diferencia de las demás, en vez de cubrir toda la pared se quedaba a un palmo del techo.
El Témpano la examinó de cerca y alargó el brazo para agarrar uno de los listones metálicos verticales que formaban parte de su estructura.
El instinto le hizo tirar de él hacia fuera y el último cuerpo de la estantería se movió.
—Ya te tengo, cabrón. Te cacé.
Al plegarla del todo apareció el pomo de una puerta que se abría hacia dentro y que era el acceso a una estancia de planta rectangular de unos seis metros cuadrados.
Lo primero que reconoció frente a él fueron varias ojivas de proyectiles de distintos tamaños, pero enseguida certificó que aquello no era más que un pequeño parque de atracciones para un experto en fabricación de artefactos explosivos caseros: nitrato amónico, amatol, trilita, amonal, nitroglicerina, cloratita, óxido de hierro, fulminato de mercurio, aluminio en polvo, estifnato de plomo, impermeabilizantes, estabilizantes, oxidantes y otros compuestos combustibles.
También encontró todo tipo de iniciadores, detonadores, programadores, mechas de seguridad, cordones detonantes y deflagradores.
Un auténtico arsenal que le costó más de media hora fotografiar.
Luego se marchó de allí por el mismo sitio por el que había llegado y condujo hasta la base con la sensación de haber cumplido con su deber.
Pero solo era eso: una sensación.
—Ha asumido un riesgo que no le correspondía, brigada Gavilán —le dijo Martín Ambrosio al día siguiente—. Ha actuado sin el conocimiento ni la aprobación del mando de operaciones, y podría haber puesto en peligro el statu quo de la zona.