Cazabobos
Maryayún, el Líbano
Durante las cuatro horas y media de vuelo hasta Beirut y las más de dos horas de trayecto por carretera hasta la base militar Miguel de Cervantes, el recién ascendido brigada Marco Antonio Gavilán no había sido capaz de borrar de su mente las últimas palabras que le había dicho Cristina la noche anterior: «Está muy bien que vayas a pacificar Oriente Medio, África entera y los Balcanes, pero algún día también podrías interesarte por los conflictos que estallan entre estas cuatro paredes».
El general jefe de la brigada internacional destacada en el Líbano, Ramón Martín Ambrosio, lo recibió con castrense efusividad, le entregó una copia del expediente y lo despachó en menos de media hora con un «manténgame informado», lo cual él agradeció.
Como objetivo primario se había planteado cumplir con su cometido por la vía rápida para regresar a casa cuanto antes y evitar que se acrecentara la profundidad de la grieta que se estaba abriendo en su relación con Cristina.
Le habían asignado como guía al cabo Gerardo Méndez, un tipo de Valladolid, como su mujer.
Y lo siguiente que hizo fue desplazarse hasta la localidad de Sahel al Derdara, cerca de Khiyam, a solo unos pocos kilómetros de la frontera sur del Líbano con Israel, donde se había producido el ataque.
Un BMR EDEX con tres tripulantes —jefe, conductor y tirador— los trasladó desde la base.
—Es un hombre de pocas palabras, ¿eh? —le dijo el cabo Méndez tras más de cuarenta minutos de silencio.
—Depende de lo que tenga que decir —contestó él—, y en este momento estoy más para escuchar que para hablar.
—Recibido.
—No se lo tome a mal, es mi carácter de mierda. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Cinco meses. Me queda uno para volver y se me está haciendo muy largo.
En teoría estamos aquí para ayudar a la población y para formar al Ejército libanés, pero aquí todo el mundo pertenece a Hezbolá y nos consideran una fuerza invasora que colabora con los israelíes.
Y mire, seis chavales que se han llevado por delante.
—¿Los conocía?
—De vista. Somos más de mil efectivos desplegados en la zona, y cada uno cumple con lo suyo. Se suponía que habían limpiado el área de minas y demás, pero, claro, cualquiera puede colocar un coche cargado de explosivos y apretar el botón al paso de un vehículo militar.
—Cualquiera no —le corrigió el Témpano—. He visto las fotos, y cualquiera no es capaz de manipular esa carga explosiva y dirigir la onda expansiva para provocar el mayor daño posible. Le aseguro que la persona que lo hizo sabía muy bien cómo fabricar un IED.
El otro frunció el ceño.
—Es el acrónimo en inglés de artefacto explosivo improvisado.
Méndez asintió varias veces antes de desviar la mirada hacia el exterior.
—Enseguida llegamos. No hace falta que atravesemos la ciudad, esta carretera que la rodea nos lleva al punto exacto donde se produjo la explosión.
De todos modos, no hay mucho que ver. El año pasado en estas calles se estaban matando israelíes y libaneses, y todavía hay cicatrices de los combates casa por casa.
A través del bloque de visión lateral, se entretuvo contemplando un paisaje urbano que no difería mucho del que ya había visto en otras ciudades de Afganistán e Irak. Algo más tarde, el BMR redujo la marcha hasta que se detuvo.
—Aquí es.
Tras cerciorarse de que no había peligro alguno, el jefe del vehículo dio la orden al conductor de abrir el portón posterior. La luz del exterior, que inundó el habitáculo, le obligó a amusgar los ojos antes de descender.
—El coche bomba estaba situado justo ahí, a la salida de la curva —señaló el cabo Méndez de forma innecesaria, dado que los desperfectos en el asfalto marcaban el lugar.
Gavilán caminó hacia allí mientras abría el expediente y buscaba el croquis realizado a mano.
Después volvió a examinar las fotografías con los daños producidos en el BMR afectado, así como las que inmortalizaban lo que había quedado de la furgoneta Renault Rapid de color blanco que se había utilizado para el atentado.
—Vale. El BMR vino en esta dirección y cuando tomó la curva se vio obligado a disminuir la velocidad, momento apropiado para detonar el artefacto a distancia a través de un móvil, una radio o lo que fuera.
A su lado, Méndez se limitaba a escuchar lo que aquel tipo de pocas palabras decía para sí en voz alta.
—La carga estaba compuesta por explosivo de alta potencia, seguramente extraído de munición de artillería sin estallar. Y metralla que no falte, claro. Sistema de iniciado convencional, un interruptor y el iniciador conectado a la batería del coche, para qué liarse.
El Témpano levantó el índice y señaló varias veces a Méndez.
—Lo sofisticado es el revestimiento. Por la poca dispersión de la onda y cómo reventó el blindaje habría que pensar en algún tipo de EFP.
—Eso me lo tiene que explicar.
—Un artefacto que se convierte en un proyectil penetrante.
Al tipo le bastaría con un buen tubo de acero o una olla grande para meter todo el explosivo que cupiera y cerrarlo con un plato cónico de cobre en el extremo superior.
Al detonarlo, ese plato se convierte en un proyectil que, a esa distancia, penetraría con facilidad en el blindaje del BMR. La onda de sobrepresión los habría matado en el acto, pero, por si acaso, estaba la metralla para asegurarse.
—Pobres chavales, joder. Dicen que el estallido se oyó a varios kilómetros.
—Yo diría que al menos utilizó quince o veinte kilos de TNT. Lo que no termino de entender son estos restos de cuero que recogieron del BMR —añadió subrayando con el dedo en el informe— y que estaban incrustados con la metralla. Esto no lo había visto antes.
—Seguro que ese hijo de puta disfrutó del espectáculo en directo —dijo Méndez señalando a los balcones que tenían enfrente.
—Desde luego, tuvo que estar presente para saber cuándo accionar el dispositivo, pero tenga por seguro que no estaba allí.
Se colocaría siempre detrás de la onda expansiva, es decir, en esa zona de allá —señaló—.
Y no muy lejos, para asegurarse de no fallar por estar fuera de alcance.
Tejados, balcones o incluso de pie. Y, claro, por aquí cámaras no hay.
—No, eso ya se comprobó. Va a ser muy difícil que atrapemos a ese hijo de su puta madre con burka.
—El que apretó el botón sí podría ser cualquiera, pero ese no nos interesa.
—¿Cómo que no?
—No. El que nos interesa es el tipo que fabricó el artefacto, porque le aseguro que no era la primera vez que lo hacía. Y eso ya sabe lo que implica, ¿verdad?
—Que podría hacerlo más veces.
—Correcto.
Las excelentes relaciones bilaterales entre el general Martín Ambrosio y su homólogo italiano, Claudio Graziano —a quien se le había entregado el mando de FINUL desde el mes de febrero—, facilitaron que en un plazo de tres días se recabaran todos los informes que estaban en manos de los distintos ejércitos que integraban la misión de las Naciones Unidas relacionados con el uso de artefactos explosivos en el Líbano.
Un total de noventa y siete expedientes se apilaban sobre la mesa de la habitación que le habían proporcionado en la base, y lo primero que hizo el Témpano fue ordenarlos por fecha.
El más antiguo de ellos databa del año 2001, y el más reciente era el del atentado que le habían encomendado investigar.
Decidió empezar de atrás hacia delante buscando conexiones que relacionaran un mismo proceder en la fabricación.
No tardó más de dos horas en descubrir algo que le llamó poderosamente la atención.
Marzo de 2007, a seis kilómetros de la localidad de Ebel es Saqi: zapadores del Ejército francés detectan y desactivan tres minas anticarro de fabricación casera cuyos platos de presión están envueltos en una camisa de cuero cosida a mano.
El firmante concluye en el informe que su finalidad es evitar que al ser enterradas se llenen de residuos que neutralicen la explosión.
—Bien jugado —evaluó Gavilán en voz alta.
Eran las 4.20 de la madrugada cuando terminó de revisarlos todos.
Separados del montón, siete expedientes en los que se especificaba que se habían hallado restos de cuero en los artefactos caseros de diversa fabricación utilizados para causar daño, sobre todo, a vehículos blindados.
Algunos eran muy sofisticados en cuanto al mecanismo elegido para el iniciado; es decir, trampas explosivas pensadas para causar bajas entre los EOD de las distintas fuerzas armadas o policiales encargadas de la desactivación del artefacto explosivo.
O, lo que es lo mismo, para matar a gente como él.
De hecho, dos de ellos habían tenido éxito y se habían llevado por delante a dos artificieros de la policía militar indonesia y a otros tres especialistas del Ejército irlandés.
Todos se habían perpetrado en los años 2006 y 2007, pero lo principal, lo que le hizo sonreír de verdad, fue que los nueve habían sido colocados en un radio de menos de treinta kilómetros alrededor de la localidad de Khiyam.