A la mierda el que lo lea #4
«Eres policía. Inspectora de Homicidios.»
«¿Dónde estás?»
Eso ya es más complicado.
Para despejar esa incógnita vuelve a fijarse en su entorno. Lo primero que distingue es el gotero que tiene conectado al brazo, y justo al lado, un monitor que emite ese molesto pitido y del que emana un brillo tenue.
«Estoy en una cama de hospital», se responde al fin.
La siguiente pregunta es inevitable:
«¿Por qué estás aquí?».
Para resolverla tiene que hacer un esfuerzo diferente.
Debe indagar en su memoria y encontrar algún recuerdo reciente que la lleve hasta donde está.
En el primero que encuentra se ve acompañada por alguien.
Por un hombre cuyo rostro no ve porque va mirando al frente.
El entorno, en cambio, sí le resulta familiar.
Está en los soportales de la calle Ferrari y hay mucha gente que avanza en su misma dirección.
Olor de castañas asadas. Composición de luces navideñas.
Es entonces cuando escucha y reconoce la voz grave de quien camina a su lado de la mano.
Se trata de Sancho, su pareja. Recuperar ese recuerdo la reconforta.
En la siguiente imagen se ve parada junto a él en la calle Santiago.
Están esperando a que suceda algo. Reina un ambiente festivo, y, sin embargo, tiene un mal presentimiento.
Lo nota en la boca del estómago, y una pulsión maternal le hace llevarse la mano a la barriga.
Una barriga que debería ser de embarazada pero está vacía.
Y justo en el momento en el que está a punto de llegar a una conclusión, un fogonazo y un gran estruendo provocan el apagón total de sus sentidos.
Y de nuevo la alarma interior. No puede oír nada, y, no obstante, la siente con mayor intensidad.
Pero no es por ella.
Es por ellas.
Por las niñas.
Las niñas.
Las niñas.
Las niñas.
Sus nombres: Asia y Greta.
Recuperar ese recuerdo abre una grieta por la que se cuela la realidad. A partir de ese instante las imágenes se suceden de forma mucho más nítida, más tangible.
El caos de la plaza.
La ambulancia.
La matrona.
El parto.
El sangrado.
Y otra vez el apagón.
«Estoy aquí porque he dado a luz a mis hijas en la ambulancia y he tenido una complicación posparto.»
De repente todo encaja, pero necesita dar con la respuesta a una última pregunta para que cese la alarma que sigue sonando.
«¿Cómo están las niñas?»
Sara empieza a pensar con claridad y trata de localizar el pulsador para avisar a Enfermería. Lo encuentra sobre la mesilla, alarga el brazo para hacerlo prisionero y lo aprieta varias veces. Tras la cortina que separa su box del resto, no tarda en aparecer una enfermera con rostro risueño.
—Dime, cariño, ¿qué necesitas?
—Necesito ver a mis hijas —intenta decir, pero de su boca pastosa no salen más que sonidos ininteligibles.
—Espera, mójate un poco la garganta.
La enfermera sirve un vaso de agua y se lo acerca a los labios. Sara bebe un sorbito.
—Mis hijas, ¡¿están bien?!
Desde que formula la pregunta hasta que obtiene la respuesta, a Sara se le congelan las constantes vitales.
—Están estupendas.
De nuevo el latido, cálido, reconfortante.
—Quiero verlas.
—Estás en la UCI, me lo tiene que autorizar el médico de guardia y...
—Por favor.
La enfermera tarda unos segundos en responder.
—Vuelvo enseguida.
Pero ese «enseguida» se traduce en ocho minutos de agónica espera.
Una eternidad.
La aparición de la enfermera acompañada de un celador pone el punto y seguido en los anhelos de Sara.
—Bueno, pues ya estamos aquí. Mucho cuidado al incorporarla, que está recién intervenida, ¿sí?
El traslado a la silla de ruedas le hace darse cuenta de su debilidad, y, aunque nota un dolor agudo en la zona ventral y genital, evita hacer ningún comentario al respecto por si deciden cambiar de opinión y devolverla al box de la UCI.
—Ya casi estamos —anuncia la enfermera al entrar en Pediatría—. Vamos a la Unidad de Neonatología —le indica al celador.
Las paredes están pintadas con colores vivos y hay monigotes de niños sonrientes en actitudes de extrema felicidad.
Sara inspira profundamente por la nariz y suelta el aire muy despacio por la boca para controlar los nervios.
La sala de incubadoras es amplia, diáfana, e impera en el ambiente el olor a asepsia.
—Buenas noches, Juana —saluda la enfermera a una mujer de unos cincuenta años y pelo rizado—. Ella es Sara, la mamá de las gemelas.
—¡Hola, Sara! Enhorabuena por esas dos preciosidades. Están en perfecto estado, pero son chiquitas y las tendremos aquí una temporadita, ¿de acuerdo?
Sara asiente con la cabeza.
—Siéntala en ese sofá para que esté más cómoda —le indica al celador—. Nosotras te las llevamos.
Sara es incapaz de contener la emoción en el momento en que ve a sus pequeñas en brazos de las enfermeras. Una llora, la otra duerme.
—Mira, aquí tienes a Greta —le dice la enfermera cuando se la entrega—. Y esta es Asia.
No sabe a cuál mirar. De hecho, casi no las ve, porque tiene los ojos anegados de lágrimas.
—Hola, chicas —es lo único que logra decir.