A la mierda el que lo lea #3
—Acabamos de enterarnos, ¿cómo está Sara?
Sancho le hace un breve resumen de la situación.
—¿Y se puede saber qué haces aquí? ¿No deberías estar en el hospital?
—Allí no puedo hacer nada más que comerme la cabeza. Y no me conviene. No me conviene una puta mierda —puntualiza—. Además, ya me han dicho que hay un muerto, por lo que...
—Dos —le corrige el comisario—. Un hombre que sufrió un ataque al corazón y una mujer de ochenta y tantos años a la que pilló la avalancha de la calle Viana. Ha muerto hace unos minutos en el hospital.
—Hay que joderse... ¿Se sabe ya cómo ha sido?
—Los TEDAX están trabajando en ello, pero todo apunta a que alguien ha colocado un artefacto con explosivo pirotécnico dentro de la estrella del árbol y lo ha conectado al circuito eléctrico. Y al activar el encendido, bum.
—¿Podría tratarse de un jodido pelele que quería gastar una broma?
—Qué sé yo, Sancho. Podría, pero, si es así, se le ha ido de las manos. Hay decenas de heridos, y en las próximas horas podría haber algún fallecido más.
Sancho desvía la mirada hacia el grupo.
—¿Y qué dicen los políticos?
—El alcalde tiene quemaduras en la cabeza, pero parece que mañana estará en disposición de comparecer ante los medios. El subdelegado del Gobierno también está que trina, tiene un sobrino en urgencias al que le están haciendo pruebas porque tiene el oído afectado. Y luego está lo tuyo...
—Lo mío es asunto mío. Mañana me pondré a trabajar con el equipo a primera hora.
El otro chasquea la lengua.
—¿Estás seguro? Con Sara en la UCI y las niñas en la incubadora, ¿no será mejor que te tomes unos días?
—No. Ya me las arreglaré.
—Tú mismo. Ven, que te presento a los de corbata.
Después de escuchar las intervenciones, tan airadas como vacías, de los políticos presentes, Sancho echa un vistazo hacia el árbol y se acerca al comisario.
—¿Quién está al frente de los TEDAX? —le pregunta en voz baja.
—Un subinspector al que llaman Petazeta o parecido, no recuerdo. Es aquel del chaleco —le indica.
—Petazeta, ¿eh? Mal empezamos.
—Es por algo del apellido, pero no le prejuzgues por ello, porque he oído que es un fiera.
—Bueno, pues voy a ver al fiera a ver qué me cuenta.
Cada paso hacia el árbol es un paso lejos del hospital.
Sancho no sabe si eso lo convierte en mejor policía o en peor padre, pero es lo único que puede hacer en ese momento.
Al llegar allí se encuentra al subinspector agachado, tomando una muestra de una adherencia en la estructura metálica de lo que antes era un árbol de Navidad y ahora es un amasijo de hierros retorcidos.
Una postal satírica de Navidad.
—Buenas noches. Soy el inspector Sancho, jefe del Grupo de Homicidios.
El tédax lo escruta, introduce la muestra en un bote con la precisión de un relojero y se levanta.
—Sí, te conozco. Soy Hernán Zunzunegui, pero por aquí me conocen como Zetazeta. Un placer.
Sancho entiende lo del apodo.
—¿Qué me puedes contar hasta ahora?
—Ya me jode, pero sin pasar por el laboratorio, poca cosa. Sabemos que se trataba de una carcasa pirotécnica con bastante carga explosiva que han conectado al circuito eléctrico a través de algún iniciador que todavía no hemos encontrado.
—Pero... ¿las mismas que se usan en los fuegos artificiales?
—Las mismas. Hemos hallado restos repartidos por toda la plaza. Lo único que tuvo que hacer es eliminar la carga propulsora para evitar que se elevara y conseguir así que detonara en el sitio. Quien lo hizo quería causar daño, de eso no me cabe ninguna duda.
—O sea, que descartamos que sea un bromista.
—Bueno, podría ser, pero un bromista con muy malas intenciones. La explosión ha debido de ser bastante heavy.
—Doy fe. A nosotros nos pilló a unos cuarenta metros.
—Ah, pues has tenido suerte, porque hay bastantes afectados.
—Bueno, mucha suerte tampoco. Tengo a mi mujer en la UCI. La explosión le provocó un parto prematuro y se le complicó en la ambulancia.
—Hostias, ya lo siento. ¿Y la criatura está bien?
—Las. Venían gemelas. En principio sí, pero han nacido antes de tiempo y están en la incubadora.
—Vaya, hombre, espero que vaya todo bien.
—Gracias. Así que... imagínate las ganas que tengo de dar con él.
—No me extraña. Yo descartaría que fuera un cualquiera, aunque es verdad que ahora, con YouTube, cualquier tarado es capaz de fabricar un petardazo si consigue los materiales necesarios, claro.
—¿Y cómo alguien se puede hacer con una carcasa de fuegos artificiales?
Zetazeta aprieta los labios y mira en derredor.
—Verás, hay algo que todavía no hemos contado porque aún lo tenemos que verificar con nuestros compañeros de Madrid. ¿Escuchaste lo del almacén pirotécnico que voló por los aires hace cosa de un mes?
—¿El de Madrid?
—Ese.
—Pero fue un accidente, o eso dijeron.
—Al principio se pensó eso, pero cuando desescombraron descubrieron un cráter de diez metros de diámetro y tres de profundidad. Es decir, un boquete de la hostia bendita.
—¿Y?
—Todavía lo están investigando, pero eso solo pudo producirse si alguien juntó bastante material explosivo para que no quedaran ni los cimientos de la nave. Yo he visto fotos e impresiona bastante, la verdad.
Sancho asiente varias veces con la cabeza.
—¿Y crees que podría estar relacionado con esto?
—Eso es lo que voy a tratar de averiguar mañana, porque el tipo podría haberse llevado alguna carcasa pirotécnica del almacén para utilizar aquí.
—Joder. Entonces no estaríamos hablando de un cualquiera, ¿no?
—No. Si se trata del mismo estaríamos hablando de alguien que sabe y está acostumbrado a manipular material explosivo.
—Su puta madre.
Otro tédax que sostiene un móvil en la mano le hace una indicación.
—Zeta, tienes que venir a ver esto.
Ambos se acercan.
—Él es el inspector Sancho, de Homicidios.
—Encantado —le saluda—. Es un vídeo del momento de la explosión que alguien ha subido a Instagram.
—He visto doscientos mil —exagera.
—No como este. Creemos que está grabado desde alguno de los balcones de allí —señala a los que están encima del Café del Norte—.
Nos lo hemos descargado, y al ampliar la estrella hemos visto algo raro.
Habría que contactar con el usuario y que nos pase el original a ver si lo podemos sacar con mayor calidad. Aquí, ¿veis? Hay algo dibujado.
Zetazeta frunce el ceño.
—Parece una marca de algo.
—O, peor aún, su firma —aporta Sancho.
—Joder, juraría que esto lo he visto yo antes —dice Zetazeta al tiempo que saca su móvil y entra en WhatsApp—. Estas son las fotos que me enviaron de la explosión del almacén pirotécnico. A ver si lo encuentro...
El tédax desliza varias veces el dedo por la pantalla.
—¡Esta es! Diría que se trata de la misma marca, ¿no?
—Sí, se parece bastante —opina su compañero.
Sancho compara una y otra.
—Es la misma, sí, pero en otro tamaño —aprecia—. Diría que es una runa, pero esto de aquí abajo..., parece una cabeza, ¿no?
—Puede ser. Habría que consultar con algún experto.
—Sea lo que sea, si el tipo ha firmado sus obras es porque quiere que se reconozca su autoría, y eso no son buenas noticias para nosotros.
—¿Porque se cree un artista del explosivo o algo así? —elucubra Zetazeta.
—No —le corrige Sancho—, porque es probable que esto solo sea la obertura de su repertorio.
Hospital Río Hortega
Lleva un tiempo indeterminado tratando de ubicarse en el espacio y en el tiempo.
Tiene los ojos abiertos, o eso cree. Sin embargo, no sería capaz de asegurar si está despierta o aún duerme.
No reconoce su entorno. Juraría que está tumbada boca arriba, pero a su alrededor reina la penumbra y no comprende dónde empieza su cuerpo y dónde termina la oscuridad.
Cree escuchar un sonido intermitente y la envuelve una luz viscosa, irreal, cuyo origen no es capaz de localizar.
A pesar de la confusión perturbadora que le provoca no entender qué le está sucediendo, la alarma constante que suena en su interior no tiene que ver con ello.
No. Está relacionada con otra cosa que tampoco consigue identificar.
Es una sensación parecida a cuando está sumida en una pesadilla y, aunque es consciente de ello, no logra despertar.
Es muy frustrante, pero su parte consciente, fría y racional, le dice que tiene que mantener la calma por encima de todo.
Quizá deba ir paso a paso desentrañando el misterio, y para ello debe formular las cuestiones correctas:
«¿Quién eres?».
«Te llamas Sara Robles», se contesta mentalmente.
«¿A qué te dedicas?»