A la mierda el que lo lea #2
Ninguna de las misiones en territorio hostil en las que intervino le dejó tan marcado como el contenido de ese diario: un recorrido por la intimidad de Cristina desde que su terapeuta le aconsejara escribirlo para afrontar la nueva vida que había decidido emprender en Valladolid, su ciudad natal, lejos de él.
Se trasladó con una mano delante y otra detrás a la casa molinera del barrio de Girón que heredó junto con su hermana cuando sus padres fallecieron.
Poco después, como arquitecta titulada que era, Cristina se presentó a la convocatoria de cinco plazas de arquitecto técnico que ofertaba el ayuntamiento de la ciudad.
Y la sacó.
De aquello habían transcurrido varios años, y para Marco Antonio Gavilán, al que ya habían licenciado de la Legión y que albergaba la esperanza de recuperar su matrimonio, supuso una losa demasiado pesada.
Lo intentó por todos los medios, pero ninguna de las vías que exploró le llevó a superar aquella misión con éxito.
Así, casi sin darse cuenta, se vio viviendo solo en aquella casa enorme del cabo de Gata que por fin había conseguido comprar con el dinero de las operaciones en el extranjero.
Un hogar que concibió como refugio y que acabó convirtiéndose en su cueva.
Solo, sin ninguna ocupación con la que llenar la cabeza.
Solo, sin la mujer por la que había arriesgado la vida en tantas ocasiones.
Solo, con cientos de preguntas de esas que no admiten ninguna respuesta.
Solo con Kivu.
Y, como si quisiera administrarse una dosis extra de sufrimiento, se abalanza sobre el diario y lo abre como quien quita la venda de una herida que sabe que no está cerrada.
Ni se va a cerrar.
Valladolid, 17 de mayo de 2019
Hoy, cuando falta menos de un mes para que cumpla cuarenta y cuatro palos, me estreno en esto de escribir un diario.
Me siento ridícula haciendo algo que siempre me ha parecido de niñas tontas, consentidas o con demasiado afán de protagonismo.
Es como querer dejar constancia de tu vida, dando por hecho que tu vida merece que permanezca en el recuerdo.
¿De quiénes? Lo hago por prescripción médica, que quede claro, porque la doctora Meléndez, que es muy pesadita, me ha insistido en que lo haga.
Dice que me va a venir muy bien reflexionar sobre mí.
¿Más? Si no hago otra cosa que pensar por qué mierda me siento así de mal.
O, mejor dicho, qué he hecho mal para sentirme como una mierda.
Mira, esa me ha gustado, querido diario.
Mi psicóloga, que me lleva tratando desde que llegué a Valladolid, es decir, desde hace casi un año, yo creo que todavía no me conoce.
Y eso que apenas he fallado a las dos sesiones semanales de cuarenta y cinco minutos.
Pero bueno, todo sea por exculparme a mí misma y no darle la razón cuando me diga que ha fracasado conmigo porque no le hice caso en eso de escribir mis pensamientos.
Pero... ¿quién va a leer esta basura? La doctora Meléndez ni de coña.
Yo, desde luego, tampoco. Mis padres están enterrados, y mi hermana Sonia se partiría el ojete solo con saberlo.
Me diría: «Tía, a ver si es verdad que andas mal de la cabeza».
¡Será desgraciada la tía! La echo de menos.
¿Hace cuánto que no nos vemos? Y eso que vive en Madrid, a una hora de tren.
Pero yo no soporto esa ciudad y a ella Valladolid se le quedaba pequeña.
En fin, que por unas cosas o por otras no nos vemos nunca, y ahora, con la peque, entiendo que no le apetezca mucho viajar.
Encima lo último que sé de ella es que igual se trasladan a vivir a Corea por un trabajo que le han ofrecido a Jorge de esos que no se pueden rechazar.
Fenomenal, se lo envío a Corea y que lo lea. Toma pareado.
Pues nada, cuando lleve unas cuantas páginas se lo envío a Marco y que lo use para iniciar algún tipo de explosivo o algo.
Me lo imagino leyéndolo con los ojos muy abiertos, como cuando le dije que necesitaba un cambio de aires y él pensó que le hablaba de irnos de vacaciones.
Vacaciones, qué risa. Esas que jamás teníamos porque prefería largarse por ahí a matar gente por dinero.
Uy, eso ha sonado muy fuerte, pero más o menos era esa la movida.
Me acuerdo de cuando después de varios años engañándome con lo de las maniobras me contó que estaba trabajando en una empresa de seguridad privada sudafricana y que lo hacía para comprarme la jodida casa del cabo de Gata que vimos un día.
Una casa de la que yo ni me acordaba. Encima, me decía siempre lo mismo cuando se marchaba: «Un paso más, un paso menos». Muy bien, sí, pero... ¿hacia dónde?
—Hacia lo que yo creía que iba a ser nuestro refugio, cariño —le responde él en un tono de voz mortecino.
Esa casa era su ilusión, no la mía. Yo me habría conformado con irnos a cualquier playa y pasar unos días juntos, pero no.
Tenía que demostrar lo buenísimo que era en lo suyo: explotar cosas o evitar que exploten.
Encima, cuando regresaba de esas «maniobras» tenía la mirada apagada y estaba ido durante días.
No hablaba, no dormía, no nada. Deambulaba por la casa como un alma en pena.
Como para plantearme tener un hijo con él.
Lo hubiera criado yo sola, y no sé yo si estoy preparada para eso.
—Lo habrías hecho de maravilla, el que no estaba preparado era yo. Lo siento en el alma, cariño, créeme.
Yo trataba de acercarme a Marco, pero, claro, por algo le llaman el Témpano.
El puto Témpano. Cada vez que escuchaba a alguien llamarlo así me ponía enferma.
Pues en la cama no era tan frío, ¿sabéis, idiotas?
En la cama era un volcán. Dios, eso sí que lo echo de menos.
Si Marco no hubiera sido tan bueno follando no habría durado con él ni dos meses, pero... Culpa mía.
Igual si yo me diera una alegría de vez en cuando se me pasaría esta ansiedad que me consume cada día, pero solo pensar en tirarme a alguien del curro se me cierran las piernas.
Hay un tío, Ángel Luis, que es la mano derecha del concejal de Urbanismo, que me pone ojitos.
No es que sea infollable del todo, pero le sudan las manos y parece que le viste su madre.
Seguro que la tiene pequeña y fría, y que es de esos que lo hacen rápido, como un conejo, y después te preguntan si te ha gustado.
¿Si me ha gustado el qué? Anda a cagar, Angelito de mi vida.
Bueno, pues yo creo que por hoy es suficiente. Igual no vuelvo a escribir nunca, o quizá sí, ¿quién sabe?, pero algo mejor sí me siento, lo reconozco, doctora.
Hale, me voy a la cama, a ver cuánto tardo en dormirme.
A la mierda el que lo lea.
—Ya estoy en la mierda, cariño, ahora solo tengo que tragarla.
El Témpano duda si seguir leyendo, pero finalmente cierra el diario y lo tira sobre la mesa.
Le duele leerlo porque reconoce su voz y el tono que utilizaba Cristina cuando se cabreaba con él.
El diario es un enemigo al que no puede matar, un artefacto que no lograría desactivar jamás, pero sabe que leerlo es un ejercicio que le conviene.
Igual que cuando le mandaban durante varias semanas a las jodidas maniobras conjuntas de la OTAN.
Terminaba reventado pero convencido de que algo habría aprendido.
Y lo que está aprendiendo con esta tortuosa lectura es que Cristina sufrió mucho en silencio por sus continuas ausencias y él no solo no supo verlo, sino que le dio la espalda.
Es muy cierto eso que dice de cómo se comportaba durante los días siguientes a su regreso de esas maniobras .
Le costaba mucho librarse de las imágenes que se traía de aquellos lugares donde le tocaba intervenir y, aunque trataba de justificar sus actos con la cifra que crecía en su cuenta corriente secreta, ella sufría por sus prolongados y esquivos silencios mucho más de lo que él había llegado a imaginar.
Por su desdén.
Hasta que ya no pudo más y lo abandonó.
Huyó como modo de supervivencia.
Un último vistazo al exterior antes de regresar a la cama, como Cristina, a ver cuánto tiempo tarda en conciliar el sueño.
Tiene que descansar. Le aguardan días intensos, cargados de sobresaltos, y, si bien lo tiene todo previsto y va a hacer lo posible para ceñirse a lo que ha establecido en su cuaderno de operaciones, su experiencia le dice que casi nunca los planes salen tal y como están escritos.
Lo ha planificado todo al detalle durante ocho semanas y tres días, pero da por hecho que va a tener que afrontar contingencias e imprevistos de todo tipo, y para eso debe tener la mente bien despejada.
De nuevo el hombre de barba pelirroja capta su atención.
Ahora se encuentra cerca del árbol y está dialogando con alguien del equipo de los TEDAX.
De repente, alguien les reclama su atención y los dos acuden a ver algo en la pantalla de un móvil.
Poco después, el que sostiene el teléfono señala hacia unos balcones que están varios metros a su izquierda y todos miran hacia allí.
Por unos instantes se le entrecorta la respiración, pero al verle ampliar la pantalla deduce que deben de estar mirando algún vídeo grabado desde allí.
El Témpano sabe que no pueden verle, pero así y todo se retira por pura precaución.
—Ya nos veremos las caras, inspector.
Plaza Mayor
El aroma a metal quemado permanece en el aire cual fragancia macabra.
Después de identificarse ante los compañeros que han acordonado los accesos a la plaza, Sancho experimenta la misma sensación con la que se bajó de la ambulancia: como si el mundo estuviera ligeramente inclinado. Nada parece estable.
Ni siquiera él.
Enseguida reconoce a la mayoría de las personas que componen el grupo que está reunido a los pies de la estatua del conde Ansúrez. Herranz-Alfageme es el primero que se percata de su llegada y, tras hacerle una indicación con la mano, sale a su encuentro.