A la mierda el que lo lea
Hospital Universitario Río Hortega, Valladolid
Dieciséis días para la traca final
Reina un silencio perturbador, denso, casi premonitorio, que contrasta con el ruido que le taladra la cabeza.
Un ruido constante, muy molesto, que le recuerda al que suena en una estación muy concurrida si todos los viajeros verbalizaran sus pensamientos.
Los de Sancho empiezan todos por «Y si», y continúan con una posibilidad aciaga que, por muy remota que sea, existe.
Una posibilidad que, por muy pequeña que sea, se agranda en su interior con cada minuto que pasa sin noticias de Sara.
Y nunca se ha enfrentado a una incógnita que tenga que ver con la mujer que ama. No ser capaz de despejarla le anula. Le hace sentirse pequeño. Minúsculo.
De naturaleza impaciente, el pelirrojo no soporta la espera, pero al mismo tiempo, temiéndose lo peor, no quiere afrontar el momento de escuchar el informe del cirujano que la está interviniendo.
No se ha movido de la silla en la que lleva sentado más una hora.
A diferencia de María, que se ha marchado hace un rato a estirar las piernas, él ha preferido aferrarse al reposabrazos para no desplomarse.
Con la matrona —a quien no ha sido del todo capaz de transmitir su agradecimiento como hubiera querido— ha conversado de forma intermitente, y no le ha quedado otro remedio que hablarle de ellos y sus ocupaciones.
Le parecía feo ocultar información o mentir a la persona con la que tiene la deuda más grande que ha contraído jamás.
Dos siluetas que avanzan de forma apresurada por el pasillo captan su atención.
Son Peteira y Matesanz. Ya no recordaba que al poco de llegar al hospital había recibido la llamada del primero para comentar lo ocurrido en la plaza Mayor y que había tenido que ponerlo al día de la situación que acababan de vivir.
Los abrazos previos son muy bienvenidos.
—¿Se sabe algo? —pregunta Matesanz.
—Aún no, y me estoy poniendo enfermo.
—¿Las niñas están bien? —interviene Peteira.
—Aparentemente sí, pero al adelantarse el parto se las han llevado a la sala de Prematuros de Neonatología.
Si no es por una matrona que pasaba por allí y que ha ayudado a dar a luz a Sara en la ambulancia yo no sé qué habría sucedido.
Ha sido un momento muy complicado. Y luego, cuando pensábamos que había pasado lo peor... , esto.
Sancho inclina la cabeza y resopla. Patricio Matesanz le da unas palmadas en el hombro.
—Todo va a salir bien, ya lo verás —augura el subinspector.
En ese instante regresa la matrona con dos botellas de agua.
—Ella es María, la persona de la que os hablaba antes. Son compañeros.
Los policías la saludan de forma afectuosa.
—¿Todavía nada? —quiere saber ella.
—No, nada.
—Me he acercado a Pediatría, que allí tengo mano. Ya casi han terminado las pruebas y está todo bien. Pero, claro, por precaución van a tener que pasar un tiempecito en la incubadora.
A Sancho le cambia la cara.
—No es algo de lo que te debas preocupar.
—Mil gracias, María. De corazón, mil gracias —repite.
Ella le sonríe.
—Voy a llamar a casa a ver si está todo controlado.
—Claro. Y si quieres marcharte, de verdad, ni te lo pienses.
—No, no, yo me quedo. No pegaría ojo sin saber que Sara está bien.
María se retira unos metros para hablar con su marido. El pelirrojo, nervioso, se tira de los pelos del bigote y eleva la mirada al techo.
—Aún no sé qué cojones pasó allí. De repente se ha escuchado una explosión y aquello se ha convertido en un puto infierno.
—Lo único que se sabe es que había una carga de fuegos artificiales en el interior de la estrella que coronaba el árbol —contesta Matesanz.
—¡¿De fuegos artificiales?! Pero ¿qué pretendía? ¡¿Gastar una puta broma o qué?!
—De broma nada, que ya hay un fallecido —dice Peteira—, un hombre de setenta y dos años; al parecer, de una parada cardiorrespiratoria.
Y también hay varios heridos graves, la mayor parte producidos como consecuencia de un embudo que se formó en una callejuela estrechita que da al lateral del ayuntamiento.
Ya sabes, gente pisando gente para ponerse a salvo. Terrible.
—Y al explotar tan cerca del suelo también hay bastantes con quemaduras muy serias —aporta Matesanz—. Hasta el alcalde ha tenido que ser trasladado a urgencias. Por cierto, ya hay varios vídeos subidos a todas las malditas redes sociales.
—Hay uno grabado desde un balcón de la plaza donde se ve muy bien la estampida que se montó. Un cristo gigante —añade Peteira.
—Joder, así que el asunto nos va a caer a nosotros.
—De lleno —le confirma Matesanz—. Pero tú no te preocupes, que mientras estás y no estás, nos encargamos nosotros.
A punto estaba de decir que se alegraba de que les tocara el marrón a ellos para asegurarse de que el responsable pagara por ello cuando el hombre que se hizo cargo de Sara sale por la puerta de quirófanos y le roba las palabras.
Y el alma.
Tras recuperar el oremus va a su encuentro. A cada paso que da el corazón le late más fuerte en el pecho, y a la vez que recorta la distancia con él intenta leer en su expresión neutra algún tipo de señal optimista.
No la encuentra.
Desde donde están, Peteira, Matesanz y María asisten en silencio al momento en el que el cirujano se quita la mascarilla y empieza a hablar.
Sancho no se mueve. Apenas hace un leve movimiento con la cabeza mientras escucha sin pestañear.
Al cabo de un rato se estrechan la mano, y en cuanto el cirujano desaparece Sancho suelta el aire que tiene retenido en los pulmones y se le anegan los ojos de lágrimas.
Es María la primera que se atreve a ir a su encuentro, acto de valentía que contagia de coraje a los dos subinspectores.
Al detectar su llegada, Sancho, azorado, se seca las mejillas con el dorso de la mano y se aclara la garganta.
—Ha salido bien. Han logrado detener la hemorragia a tiempo y le han hecho una transfusión.
Llegó con mucha pérdida sanguínea, así que la van a trasladar a Cuidados Intensivos durante al menos veinticuatro horas y a hacerle pruebas para descartar daños cardiovasculares, cerebrales y yo qué sé qué más.
—Es lo habitual —apunta María.
—Sí, eso me ha dicho. Quieren asegurarse de que está todo en orden.
—Son buenas noticias, Sancho —interviene Matesanz.
—No me permiten quedarme. Tampoco puedo verla. Mañana a las diez de la mañana me informarán de cómo ha pasado la noche.
—Es una putada, pero aquí no puedes hacer nada por Sara. Venga, te llevamos a casa, que tienes que descansar.
—Antes quiero ver a las niñas.
—Tampoco vas a poder ahora —dice María—. Mañana sí. Tienen razón, lo mejor es que vayas a casa y trates de dormir un poco.
Incómodo, Sancho se frota la cara con ambas manos.
—Vale, vale —consiente.
De María se despide con un intenso abrazo y durante el trayecto en coche apenas intercambia cuatro frases intrascendentes con sus compañeros.
Es en el instante en que cierra la puerta de casa y la quietud se le viene encima cuando a Sancho le invade una sensación de impotencia que enseguida se transforma en frustración y rabia.
Con el propósito de dominar sus emociones, se deja caer en el sofá y fija su mirada en el reloj de la torre de la catedral, que se ve a través de la ventana del salón. Marca la 1.20 de la madrugada.
Solo tres minutos más tarde, Ramiro Sancho sale de nuevo de casa con un destino muy claro.
Apartamento de la plaza Mayor
No consigue dormir.
Tumbado boca arriba en la cama, percibe mucha actividad que viene del exterior.
Cansado de comer techo, se incorpora para ver qué está pasando.
Pasada la 1.30 de la madrugada, los servicios de emergencias y ambulancias ya han terminado su labor.
En la plaza solo permanecen los distintos grupos que están trabajando sobre el terreno, ya acordonado e iluminado parcialmente mediante generadores eléctricos.
Distingue a los miembros de la Policía Científica que marcan, documentan y recogen restos que podrían servirles para la investigación.
También hay, estudiando lo que ha quedado de la estructura del árbol, personal de uniforme que da por hecho que pertenece a los TEDAX.
Otro grupo, con varios individuos vestidos de paisano, está reunido en círculo cerca de la estatua del conde Ansúrez; entre ellos destaca uno de traje y corbata que no para de hacer aspavientos con las manos.
Hacia ese punto se dirige alguien de buena estatura, rapado y de barba poblada, que camina con paso firme, decidido, y que enseguida capta su atención.
En cuanto la luz artificial le baña el rostro lo reconoce.
Algo se contrae en su interior, pero sonríe.
Otro tipo con el pelo blanco se percata de su llegada y sale a su encuentro.
Tras unos minutos de conversación, el recién llegado se integra en el grupo y siguen a lo suyo.
Pasado un tiempo, el Témpano pierde el interés en el exterior, y lo gana de nuevo el diario que escribió Cristina.
Lo detesta, pero se ha convertido en su libro sagrado, en un nuevo credo que, mezclado con la religiosidad animista que mamó de los lugbara durante los nueve meses que convivió con ellos en mitad de la selva, ha conformado un cóctel, nunca mejor dicho, explosivo.
No fue capaz de empezar a leerlo hasta que transcurrieron varias semanas del trágico suceso que se llevó a su mujer, pero en cuanto leyó la primera página ya no pudo parar hasta que terminó.
Desde entonces ha acudido a él con demasiada frecuencia.