Una desgracia hereditaria #2
En el caso del Témpano, a él le esperaba Cristina, su pareja, a quien le había contado, como en otras ocasiones, que se encontraba de maniobras con su batallón.
Llevaban dos años viviendo juntos, y, como ella seguía estudiando las oposiciones a la Administración Pública, su salario como sargento solo les llegaba para pagar el alquiler del piso en el que vivían, llenar la despensa y poco más.
Habían planificado casarse al año siguiente.
Él confiaba en que Cristina le comprendiera el día que le revelara la verdad y le enseñara la cuenta del banco en la que estaba ingresando las cantidades que le pagaban los sudafricanos.
Entonces sí, se comprarían esa casita del cabo de Gata que tanto les gustaba y a vivir.
Por esa operación en concreto le pagaban cuarenta y nueve mil dólares, que era más que el salario anual que recibía del Ejército de Tierra.
Precisamente en esas cuarenta y nueve mil razones para estar allí estaba pensando el Témpano cuando llegó hasta donde los milicianos tenían los dos vehículos, y, sin ninguna complicación, colocó en los bajos las cargas de explosivo plástico para detonar a distancia.
Ni siquiera tenían vigilancia, un error que suele producirse cuando los depredadores no contemplan la posibilidad de que existan superdepredadores en sus territorios de caza.
Tres minutos más tarde alcanzó el punto de reunión con Cuatro y Siete, que, como esperaba, ya habían montado las M2, ametralladoras pesadas de calibre 50.
—En posición —confirmó por el equipo de transmisión.
—Recibido, Ocho —respondió Uno—. Avanzamos en dos grupos hacia la hoguera, esperad la señal luminosa. En marcha.
Ocho revisó su fusil de asalto, buscó una posición cómoda y sacó el disparador por radiofrecuencia para detonar el C-4.
Notaba el pulso más acelerado de lo normal, por lo que practicó los ejercicios de respiración que siempre le funcionaban para relajarse y reprodujo en su cabeza las palabras del sargento Canales.
Cuando la bengala roja iluminó el cielo, Ocho apretó el botón y los vehículos saltaron por los aires. A partir de ese momento, las ráfagas de disparos y los gritos de quienes las recibían eran lo único que se oía en aquella noche de cacería.
—Atención, Ocho, Cuatro y Siete, varios tangos se dirigen hacia vosotros —escucharon.
No tardaron en distinguir las siluetas de cuatro enemigos que corrían entre los árboles tratando de huir de la zona de combate.
El fuego de las ametralladoras los abatió tan rápido que ni siquiera tuvo que apretar el gatillo.
Inmediatamente después, un silencio muy tétrico lo inundó todo durante unos segundos.
—Grupo rojo y grupo azul, todo limpio. Nos retiramos.
—Aquí Cinco para Uno. Tiene que venir a ver esto.
Ocho se mantuvo a la escucha.
—¿Eso es? Pero ¡no me jodas! —oyeron gritar a uno de sus compañeros.
—Hijos de la gran puta —dijo otro.
—Bestias inmundas...
Tras intercambiar interrogantes con Cuatro y Siete, los tres resolvieron ir a averiguar qué estaba pasando.
De camino se encontraron con varios cuerpos de milicianos muertos, pero no fue hasta que se aproximaron a la hoguera cuando vieron a Cinco, un tipo fornido de casi dos metros, vaciando el contenido de su estómago contra el tronco de un árbol.
—¿Qué coño pasa? —le preguntó Cuatro.
—Compruébalo tú mismo —respondió Cinco.
Los rostros de todos sus compañeros reflejaban sentimientos muy diversos: repugnancia, enfado, tristeza, repulsión.
Fue Dos quien le indicó hacia dónde tenía que mirar: un cuenco de barro en el que había un trozo de carne asada a medio comer.
Un trozo de carne asada a medio comer que terminaba en una mano minúscula.
—Me cago en...
No logró acabar la frase. Una arcada se lo impidió.
—Están por todas partes, joder —oyó decir.
Extremidades humanas.
Brazos y piernas.
Y vísceras.
La siguiente arcada terminó en vómito.
—¿Son niños? —preguntó alguien.
—Pigmeos —contestó Uno—. En algunas zonas remotas aún se los considera infrahumanos, más cerca de los monos que de los humanos.
—¡Malditos animales! —gritó Cuatro.
—Encontradme a alguno de esos malnacidos que todavía respire.
No tardaron en traerle un miliciano de unos quince años que estaba herido de gravedad en una pierna.
El líder del grupo lo arrastró unos metros mientras el resto permanecía en silencio y alerta.
Al cabo de un rato, un solitario disparo les hizo entender que Uno no necesitaba hacerle más preguntas.
Luego regresó con una expresión poco habitual en él.
—Os resumo lo que me ha dicho ese mierdecilla. Al parecer, su líder, un tal Malik Kijege, les ha ordenado limpiar la región. Llevan varias semanas masacrando poblados pigmeos.
—Valientes hijos de perra —dijo Cinco.
—Silencio. Los obligan a descuartizar los cuerpos para comérselos porque, según les han hecho creer, su carne tiene propiedades regenerativas, mágicas. Estos pobres pertenecían a una aldea que está metida en las montañas a unos cinco kilómetros al este. Los han exterminado a todos.
Seis se santiguó.
—Dios bendito.
—Por aquí no hay dioses que valgan. También me ha contado que hay otra partida más grande que opera cerca del lago Alberto, es decir, a unas cuatro horas de aquí a pie. Podemos hacer dos cosas: ir al punto de recogida y olvidarnos de esto o ir en busca de esos malnacidos y acabar con ellos.
De entre quienes se pronunciaron, la decisión fue unánime.
Ocho, Seis y Nueve no lo hicieron, pero acataron la decisión del resto que, por otro lado, estaba clara.
Tardaron dos días en encontrar el rastro del otro grupo de Les Effaceurs, pero lo peor no consistió en abrirse paso en esa zona montañosa cubierta de una vegetación tan profusa que no dejaba pasar los rayos del sol.
Tampoco sufrir la tensión continua de tener que extremar las precauciones, marchando en completo silencio y en parejas por si sufrían una emboscada.
No. Lo más duro fue atravesar varios poblados por los que ya habían pasado ellos y ver los cadáveres de esa pobre gente, asesinados a machetazos, mutilados y eviscerados, amontonados en cualquier parte, relegados a ser pasto de aves carroñeras, moscas y otros insectos.
Les resultó repugnante comprobar que los cuerpos de los niños eran los que más daños habían sufrido si se los comparaba con los de los ancianos, prácticamente intactos.
Fue Dos, experto en rastreo, el que dio con ellos en una encrucijada de caminos cerca de Mahagi, a cinco kilómetros de la frontera con Uganda.
—Son unos treinta individuos, muchos de ellos menores —dijo.
—Son caníbales —comentó Uno—, mandémoslos a todos al puto infierno de una vez.
Dos se agachó para coger un palo y dibujó varias formas geométricas en la arena.
—Hay ocho tipos en la gasolinera repostando tres camionetas, el resto está saqueando la tienda de alimentación que está justo enfrente. Borrachos, drogados o las dos cosas. Hay una puerta trasera.
—¿Armas?
—Ligeras, antiguas.
—¿Civiles?
—Escondidos o bajo tierra, quién sabe.
—Bien —evaluó Uno al tiempo que le tomaba prestado el palo—.
Dos equipos. Dos, Tres y Seis: rodead el pueblo por este lado —señaló— y os encargáis de los de la gasolinera.
Cuatro y Siete instaláis las bichas aquí y aquí, desde donde tendréis buena línea de fuego.
Ráfagas cortas y precisas, no queremos heridos por fuego amigo.
El resto al supermercado. Cinco y Diez, conmigo, entramos por delante.
Nueve y Ocho por detrás. Nos cargamos a los que estén fuera, lanzamos las aturdidoras y les damos con todo. ¿Dudas?
Nadie se pronunció.
—Tenemos que actuar de forma sincronizada y ser muy rápidos. Que no les dé tiempo a darse cuenta de lo que se les viene encima. En marcha.
La refriega duró menos de cinco minutos, y solo tuvieron un imprevisto con tres milicianos que se atrincheraron en los baños, situación que resolvió Diez con el lanzagranadas de su M4.
Veintiocho bajas enemigas por un herido leve, Tres, que recibió un disparo en un hombro que Nueve, el sanitario del comando, trató de inmediato con éxito.
Cuando el nivel de adrenalina regresó a niveles normales, Ocho dedicó unos instantes a fijarse en los guerrilleros caídos, y al menos un tercio de ellos eran niños de la guerra.
Menores reclutados a la fuerza que, a base de drogas y alcohol, eran capaces de matar a sus padres a machetazos si así se lo ordenaban.
En aquel momento, con el ruido de las aspas del helicóptero que los devolvía a Johannesburgo, no pensaba que esas tres jornadas bélicas le fueran a afectar tanto; sin embargo, nunca fue capaz de olvidar los rostros inertes de esos adolescentes a quienes ellos habían arrebatado su futuro, ni los cuerpos de los pigmeos convertidos en carne para el consumo humano.
Tiempo después se enteró de que durante la campaña de exterminio del pueblo pigmeo se habían contabilizado más de cincuenta mil muertos, un setenta por ciento del total de su población.
Aquella fue la primera vez que pisaba el terreno de uno de los rincones más peligrosos del planeta y, a pesar de las atrocidades que acababa de vivir, no sería la última.