La piel de una gota Una desgracia hereditaria
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Una desgracia hereditaria

República Democrática del Congo

Aquella fue la primera vez que pisaba el terreno de uno de los rincones más peligrosos del planeta y, a pesar de las atrocidades que estaba a punto de vivir, no sería la última.

Las ráfagas de viento, templadas y húmedas hasta la viscosidad, traían un desagradable olor a carne asada.

Desde su elevada posición podían ver a un grupo de unos veinte individuos armados en torno a la hoguera que había delatado su posición.

Por suerte para su grupo, la luna estaba cubierta de nubes y esa oscuridad nocturna, cobijadora, les otorgaba la ventaja que estaban buscando.

—Ocho: encárgate de los vehículos y reúnete con Siete y con Cuatro en aquel camino que baja por la ladera —le ordenó Uno en inglés a través del equipo de transmisión—. Cuando empiece la fiesta algunos querrán escapar por allí. Que no quede ni uno.

—Recibido —confirmó.

Antes de poner las botas en cualquier destino, él solía informarse acerca de los lugares donde le tocaba intervenir.

Y lo que sabía sobre la región de los Grandes Lagos era que sus aguas se habían teñido durante siglos con la sangre de quienes habían tenido la desgracia de nacer allí.

Su enorme riqueza natural y mineral no había resultado ser un regalo para sus pobladores, sino todo lo contrario.

Una desgracia hereditaria.

Las encarnizadas luchas por manejar los recursos entre las primeras tribus que se asentaron en la zona derivaron en que la etnia dominante, de origen bantú, se dividiera en dos grandes castas sociales.

Los hutus se hicieron con el control de la tierra para explotar sus cultivos, mientras que los tutsis se decantaron por el ganado como medio de vida para subsistir en un área eminentemente montañosa y por tanto desfavorable.

Con el paso de los siglos se estableció una paradójica relación de vasallaje en la que la minoría tutsi ocupaba el estrato social dominante y ejercía el poder sobre la mayoría hutu.

Con la llegada del colonialismo europeo, primero los alemanes y después los belgas se encargaron de acrecentar las diferencias entre ambos grupos, otorgando a los tutsis el monopolio de los puestos de poder y relegando de nuevo a la mayoría hutu a un futuro de pura y durísima subsistencia.

La administración de Leopoldo II de Bélgica en el Congo supuso una auténtica debacle para toda la región.

El expolio de sus recursos naturales, en especial del caucho, le llevó a esclavizar a prácticamente la totalidad de la población, exterminando aldeas enteras con el único propósito de lograr la sumisión de un territorio que tenía veinte veces la extensión de Bélgica.

En el acmé de su sadismo se llegaron a contabilizar más de diez millones de víctimas, caídas ante la pasividad de las grandes potencias europeas, que, entretenidas en sus viejas disputas coloniales, prefirieron mirar hacia otro lado.

Sin embargo, al margen del drama humano, estas barbaridades cometidas durante décadas marcaron a fuego la memoria de aquellos a quienes les tocó sufrirlas, y sus pobladores asimilaron la violencia como parte de su ADN.

Y, como dice un proverbio lugbara: «Quien golpea con violencia se olvida de que el primer hueso que se quiebra es el suyo».

Con la llegada de la independencia en 1960, lejos de conseguir la ansiada estabilidad del territorio, se sucedieron los presidentes que instauraron la cleptocracia como forma dictatorial de gobierno.

Por consiguiente, el país se empobreció más aún a pesar de ser uno de los mayores exportadores mundiales de uranio, cobalto y coltán, o de tener dentro de sus fronteras incontables minas de oro y diamantes.

Parecía que la situación no podía empeorar, pero a mediados de la década de los noventa se produjo una crisis humanitaria como consecuencia del genocidio ruandés larvado en el país vecino.

Así, cientos de miles de personas, la mayoría tutsis, cruzaron la frontera huyendo de las terribles matanzas que se estaban produciendo al otro lado de la frontera y en Burundi.

Aquello desembocó en una guerra a gran escala que duró nueve meses —la Primera Guerra del Congo— y que terminó con el régimen de Mobutu Sese Seko, que, incapaz de manejar la situación, abandonó a sus compatriotas a su suerte llevándose una fortuna valorada en más de cuatro mil millones de dólares.

Su sucesor, Laurent-Désiré Kabila, más preocupado por expoliar el país que por pacificarlo, no supo acercar las posturas entre hutus y tutsis, y en 1998 dio comienzo el peor conflicto bélico desde la Segunda Guerra Mundial.

Una guerra feral en la que intervinieron hasta nueve países africanos y más de treinta milicias sedientas de sangre, y que se cobró más de cinco millones de vidas: la Segunda Guerra del Congo.

Tras el alto el fuego firmado en Lusaka en julio de 1999, la comunidad internacional se vio en la obligación de intervenir ante las masacres que se estaban produciendo en el territorio congoleño.

De este modo, la ONU firmó una resolución para el envío de una misión internacional —denominada MONUSCO— con el propósito de asegurarse que se cumplieran los términos del acuerdo, pero, tres años después, las matanzas, violaciones y saqueos seguían a la orden del día, sobre todo en el este del país.

Tres regiones, Kivu del Norte, Kivu del Sur e Ituri, se convirtieron en un auténtico infierno en la tierra, donde no existían leyes ni derechos humanos, y las milicias de ambos bandos, descontroladas, dejaban a su paso miles de cadáveres.

De todo ello era muy consciente el sargento Marco Antonio Gavilán, miembro del Batallón de Zapadores de la Brigada de Infantería Ligera Rey Alfonso XIII, II Bandera de la Legión Española.

Un tipo criado y curtido en el Ejército a quien todos conocían como el Témpano en el acuartelamiento de la base militar Álvarez de Sotomayor, en Viator, Almería.

A sus treinta y cuatro años acumulaba dieciséis en el cuerpo, era considerado uno de los mayores expertos en explosivos de toda la brigada y ya había prestado servicio en misiones de paz en Bosnia y Herzegovina, Albania y Kosovo bajo el mando de la UNPROFOR, la OSCE y la OTAN.

En aquellos inveterados conflictos había tenido que enfrentarse a situaciones de alto riesgo, y fue testigo de las atrocidades que es capaz de cometer el ser humano cuando está auspiciado por alguna bandera o actúa por motivos étnicos o religiosos.

O simplemente por codicia. Su estómago aguantaba todo, o eso creía antes de intervenir en esa maldita provincia boscosa del este de la República Democrática del Congo.

Esa noche, al Témpano nadie lo conocía por su apodo.

De hecho, nadie lo conocía ni él conocía a nadie.

Tampoco tenía ningún rango. Tan solo se le había asignado un número, el ocho, y formaba parte de un comando compuesto por diez miembros de distintas nacionalidades y diversas habilidades específicas .

Había sido seleccionado por el bagaje que atesoraba en el manejo de explosivos y por su experiencia en zonas de combate en eso que ahora denominan guerra de cuarta generación, o lo que es lo mismo: guerra de guerrillas, guerra sucia, guerra asimétrica, guerra de baja intensidad, guerra cibernética, operaciones encubiertas y contraterrorismo.

Poco antes de esa operación —que la corporación militar privada sudafricana Executive Outcomes para la que trabajaba había tenido la ocurrencia de bautizar como Predator— había intervenido en Angola y Sierra Leona.

En este último caso, con la misión de proteger las minas de diamantes de los continuos expolios que sufrían por parte de las fuerzas insurrectas contrarias al Gobierno, asaltos armados cuyo único propósito era financiar la compra de armamento.

Allí registró sus tres primeras bajas en combate, por lo que era un miembro bien considerado dentro de la empresa.

La operación Predator consistía en adentrarse en una zona boscosa y muy escarpada con el fin de localizar y neutralizar una facción del MLC —Movimiento de Liberación del Congo— que se hacía llamar Les Effaceurs («Los borradores»).

No contaban con mucha más información aparte de que era una milicia bien armada gracias a la financiación del Gobierno de Uganda y de que sus miembros estaban haciendo estragos entre la población.

Desde Kinsasa querían pararles los pies de inmediato sin comprometer a las muy desgastadas fuerzas militares congoleñas, por lo cual el Gobierno había decidido invertir unos cuantos miles de dólares en contratar los servicios de una de las compañías militares que solucionaban problemas de ese calado.

La elegida, por su experiencia militar en territorio subsahariano, fue la sudafricana Executive Outcomes, que tras firmar el contrato en octubre se puso manos a la obra.

Como jefe del comando seleccionaron a un militar ruandés que conocía muy bien el terreno y que, por lo visto, pertenecía a la etnia enemiga a la de los miembros del MLC.

Después de elegir al resto de los integrantes del grupo, se los citó en Johannesburgo para realizar la instrucción de la misión, aunque, en realidad, toda esa información previa les sobraba cuando entre sus órdenes se incluía la palabra neutralizar .

Lo que sí les importaba era finalizar con éxito —vivos, a poder ser—, cobrar lo acordado y regresar cada uno a su casa.