La piel de una gota Cosas del querer #4
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Cosas del querer #4

Desde que Sara ha roto aguas en medio del caos que se estaba viviendo en la plaza Mayor, el pelirrojo ha estado al borde del infarto de manera permanente.

En primer lugar, porque cuando ha logrado contactar con el servicio de emergencias la operadora le ha dicho que estaban desbordados y que le atenderían en cuanto fuera posible.

Y esa no era la solución que quería escuchar.

Sara, que todavía estaba algo aturdida, necesitaba asistencia inmediata.

Así, sin soltarle la mano, Sancho se ha lanzado a pedir un médico a gritos, pero la gente no estaba para ayudar, sino para ponerse a salvo.

Cuando estaba empezando a sopesar alternativas distintas, un matrimonio se ha acercado a ellos.

Él llevaba en brazos a una niña que no paraba de llorar.

—¿Necesitan ayuda? —ha preguntado ella, una mujer de unos cuarenta años, alta, de ojos muy vivos y atractiva serenidad.

—Está embarazada y ha roto aguas. He llamado al 112 pero están saturados. Tengo que llevarla a un hospital.

—Me he dado cuenta, soy matrona.

Un rayo de esperanza.

—¿Puedes ayudarla, por favor?

Ella ha buscado con la mirada a su pareja.

—María, tenemos que llevarnos a la niña de aquí —ha dicho él.

La matrona ha examinado a Sara durante unos instantes que a Sancho se le han hecho eternos.

—Llévatela tú. Si se ha puesto de parto no puedo dejarla aquí tirada.

Su pareja, que debe de saber que no la va a hacer cambiar de opinión, ha asentido, le ha dado un beso en los labios y ha seguido su camino.

—Gracias. Mil gracias, de verdad —le ha agradecido Sancho.

La matrona se ha arrodillado frente a Sara.

—¿Cómo te llamas, cariño?

—Sara. Son gemelos. Niñas.

Ella resopla.

—Bien. Lo primero que vamos a hacer es tratar de controlar la respiración, ¿de acuerdo?

En ese momento han aparecido dos ambulancias en la plaza.

—Tengo que conseguir una de esas —ha dicho Sancho—. Enseguida vuelvo.

No ha sido una de esas ni de las cuatro siguientes, pero la persistencia y la desesperación se han aliado a su favor, y ahora, que por fin están camino del hospital, Sancho respira aliviado.

Momentáneamente.

Porque, después de ponerle una vía, la matrona pronuncia las palabras que nadie quiere escuchar.

—Está dilatada del todo. Me temo que viene el primero.

—No me fastidies —dice Sara.

—Por suerte viene bien colocado.

Angustiado, Sancho mira a través de la ventanilla. En diez minutos apenas se han movido, y justo delante de ellos hay otra ambulancia con los mismos problemas para avanzar entre los coches que saturan la calle López Gómez.

—¡Vamos, joder, vamos! —grita el pelirrojo.

—¡Dígaselo al alcalde y a su obsesión con los carriles bici! —responde el conductor.

Sara, que en todo momento ha seguido las indicaciones de María y ha mantenido cierta calma, deja escapar un par de lágrimas.

—Tranquila, mi amor, tranquila. Todo va a salir bien —le dice Sancho bajando el tono varias octavas.

—Necesito espacio —le pide la matrona—. Y unos guantes.

Uno de los sanitarios, que tiene el gesto crispado, no se da por aludido. El otro, recién graduado en Enfermería, toma el mando.

—Aquí los tienes. ¿Qué más necesitas?

—Toallas, una tijera esterilizada y una pinza o similar. Y avisad a Pediatría del Río Hortega porque estas niñas salen ya.

Sancho, que nunca se ha sentido tan inútil y tan frágil, no sabe cómo reaccionar.

—Bien, cariño —le dice la matrona a Sara en tono melindroso—, te toca a ti. Concéntrate en la respiración y cuando te llegue la siguiente contracción, empuja con fuerza.

Sara inspira profundamente por la nariz y suelta el aire por la boca. Tiene la frente perlada de sudor y el rubor de sus pómulos se hace más patente en contraste con la palidez de su piel. Sancho, nervioso, ha perdido el interés en lo que está ocurriendo en el exterior y solo tiene ojos para ella.

La mueca de dolor es bien interpretada por María.

—Ahora, Sara, ahora. ¡Aprieta con todo, que ya viene el primero!

Sara grita.

—¡Muy bien, muy bien! Eso es, Sara. ¡Sigue así, sigue!

Sancho se muerde el puño para tratar de contener la emoción.

—¡Ya casi lo tienes! ¡Sigue empujando!

—Venga, cariño, que ya está aquí —la anima Sancho con la voz quebradiza.

El grito se transforma en gruñido.

—La tengo —dice la matrona—. Aquí está. Viene perfecta.

Una llantina prematura contagia a los presentes.

María corta el cordón umbilical, envuelve a la niña en una toalla y se la entrega a Sara.

—Mi pequeña —susurra.

Sancho se acerca y se inclina para besar a la madre en la frente.

—Ya la tenemos, mi amor. Ya la tenemos...

—Asia —dice Sara—. Se va a llamar Asia.

Sancho sonríe.

—Asia. Me encanta.

—Luego lo celebramos —interviene María—, que ya viene la segunda. ¿Te importa si te secuestramos a esta preciosidad unos minutos?

El enfermero se acerca para coger a la niña.

—No, dámela a mí, por favor —le pide Sancho.

Ella se la entrega.

—Gracias, gracias, gracias —repite Sancho al tiempo que mece a la pequeña, que no deja de llorar.

—A ver cómo viene tu hermanita.

La matrona hace una breve exploración.

—Aquí está la cabeza. Perfecto. Muy bien, muy bien. Ahora, Sara, ya conoces el método. En la siguiente contracción, a empujar. Esta va a salir enseguida, ya verás.

Sara sonríe, pero de inmediato cambia el gesto por otro de crispación.

—Ya viene —advierte Sara.

—Pues venga. ¡Empuja fuerte, cariño!

—Vamos, preciosa, que ya no queda nada —la anima Sancho.

Esta vez apenas tiene que esforzarse y María repite el procedimiento.

—Hola, Greta, mi amor chiquito —la saluda Sara en cuanto se la entrega.

Entre lágrimas, Sancho suelta una carcajada.

—Los nombres, ¿los tenías decididos?

—Por supuesto —reconoce ella.

—Qué cabrona...

—Dame dos cubos para las placentas, por favor —le pide María al enfermero.

Un leve fruncido de las cejas de la matrona pone en alerta a Sancho.

—¿Pasa algo?

Pero María, que tiene la mirada puesta en un punto fijo, no contesta.

—¿Va todo bien? —insiste.

—No. Está sangrando mucho.

La matrona palpa el vientre de Sara y chasquea la lengua.

—¿Tenemos oxitocina?

El enfermero, al que también se le ha cambiado la cara, niega con la cabeza.

—¿Qué está pasando? —quiere saber Sancho.

—Puede estar sufriendo una atonía uterina —diagnostica la matrona en un tono que induce a Sancho a pensar que se trata de algo serio.

—¿Y eso qué es?

—El útero no se ha contraído, y eso le está causando una fuerte hemorragia.

Sancho mira a Sara. Su tez ha palidecido varios tonos y tiene la mirada perdida.

—Sara, ¿estás bien?

Ella intenta decir algo, pero el cansancio físico y la pérdida de sangre le hacen desvanecerse.

—¡Sara! ¡Sara!

—Tenemos que llegar al hospital cuanto antes —dice la matrona.

Entonces sí, lo que ocurre en el exterior vuelve a captar el interés del pelirrojo. Se ubica al principio de la calle de San Isidro y hace un cálculo mental de tiempo.

—¡Dale caña, joder! —le grita al conductor.

—¡Hago lo que puedo! En ocho minutos estamos.

—¡Que sean cinco, por lo que más quieras!

Sancho, que no se ha desprendido de Asia, vuelve a centrar su atención en Sara.

—¿Cómo lo ves? —le pregunta a la matrona.

Esta frunce los labios. Hay miedo en sus ojos.

—No hay forma de parar la hemorragia.

Sancho se fija en que la toalla está cada vez más empapada de sangre y Sara tiene un color ceroso nada halagüeño. No quiere pensar en la posibilidad de perderla, pero en su subconsciente no hay espacio para el optimismo.

—Vamos, preciosa, aguanta un poco más, que ya llegamos —le dice apretándole la mano, que nota cada vez más fría.

La matrona chasquea los dedos varias veces para llamar la atención del enfermero.

—¡Avisa al hospital y diles que llevamos una mujer con una fuerte hemorragia posparto por atonía!

Él lo hace de inmediato.

—Vamos, Sara, cariño, aguanta. Aguanta, por favor —repite Sancho como un mantra.

La ambulancia vuela por la avenida de Soria, totalmente despejada.

El sonido de la sirena y los llantos de las recién nacidas son la banda sonora de los cuatro minutos que tardan en llegar a urgencias.

En cuanto bajan, hay dos sanitarios esperándolos.

María se hace cargo de Greta y, al trote, ella y Sancho siguen a los enfermeros camino del quirófano.

Un médico les sale al encuentro.

—Obstetricia. Box nueve —les dice a los enfermeros—. ¿Usted es el padre?

Sancho asiente.

—Se tienen que quedar aquí, nosotros nos encargamos. La pediatra está de camino.

Sancho quiere decir algo, pero no es capaz de fabricar palabras que conformen una frase coherente. Cuando el médico se va, se da cuenta de que aún no ha tenido a Greta en brazos. María le lee la mente e intercambian los bebés.

—Son maravillosas —dice ella.

—Lo son.

Silencio.

Sancho no puede evitar que los lagrimales se pongan en funcionamiento. María alarga el brazo que tiene libre y le agarra del hombro con suavidad.

—Se pondrá bien —dice ella.

—Se pondrá bien —repite él sin convicción alguna.

Una mujer que, a juicio de Sancho, sonríe de forma muy desproporcionada, camina hacia ellos acompañada por otra que lleva una bata verde. Sancho se seca las mejillas con la manga y da un paso al frente.

—Buenas noches, soy la doctora Yáñez —se presenta—. Son las gemelas de la ambulancia, ¿verdad?

—Sí.

—Nos las tenemos que llevar para hacerles un chequeo completo. ¿Nos permite cogerlas?

Sancho no responde.

No está preparado para desprenderse de ellas.

—¿Señor?

—Deja que se las lleven —le susurra la matrona—. Es lo mejor para ellas.

Sancho le entrega a Greta y María hace lo propio con Asia.

—¿Adónde se las llevan? —quiere saber el pelirrojo.

—A Pediatría. En información le indican.

—Gracias.

Y mientras contempla cómo les colocan las pulseras identificativas, una sensación gélida le sube por la espalda.

—Hay que joderse...