Cosas del querer #3
Un pitido intenso en el interior de la cabeza le hace a Sancho volver en sí.
Le duelen los oídos y le cuesta mantener la verticalidad, pero aun así nota algo en la cabeza.
Es calor. Mucho. Tanto que quema. Un automatismo le hace golpearse con la palma de la mano para sofocarlo.
Desorientado, y con el sistema auditivo anulado, trata de conectar con la realidad a través de los ojos.
Su cerebro lo registra todo a cámara lenta.
En el plano general solo ve rostros desencajados, con las bocas muy abiertas y los párpados muy cerrados.
Al focalizar distingue la cara de una de las señoras mayores, a la que no parece importarle que le esté ardiendo el cabello.
A su lado registra la apagada expresión del niño que le sacó la lengua tendido sobre el hombro de su padre, y algo más allá, el semblante crispado de una de las adolescentes, que no consigue contener el vómito.
Y de repente, humo.
Olor a pólvora.
El pitido pierde intensidad, y como por arte de magia empieza a captar el sonido ambiente que le rodea. El Dolby Surround del pánico colectivo.
Gritos de auxilio.
Alaridos.
Lamentos.
Es en ese contexto angustioso cuando nota que una alarma parpadea en su interior. Su frecuencia cardíaca, a más de doscientas pulsaciones por minuto, le impide pensar con claridad, pero entre toda la desinformación que revolotea en su cerebro logra rescatar un nombre y una incógnita.
Sara.
¿Dónde está?
Su respiración acelerada se interrumpe al empezar a buscarla a su alrededor.
Gira sobre su eje trescientos sesenta grados, no la ve.
Mareado, está a punto de caerse, pero cuando consigue recuperar la estabilidad reconoce un bulto en el suelo.
Un bulto morado. De inmediato se arroja sobre ella para protegerla de las decenas de pies que empiezan a moverse sin rumbo.
—¡Sara! ¡Sara! —le grita.
Enseguida se percata de que está semiinconsciente, así que si no la levanta la van a pisotear las decenas de personas que huyen despavoridas. Sancho reacciona, la agarra por las axilas y tira de ella con fuerza.
—¡Sara, despierta! ¡Tenemos que movernos!
Pero ella solo es capaz de balbucear.
Empujones.
—¡Vamos, cariño, reacciona!
Mientras se afana por sostener el cuerpo de Sara, el pelirrojo busca un remanso de paz entre el caos que se vive en torno a él.
Cree encontrarlo en los soportales, donde hay más personas atendiendo a otros heridos.
Así, hace acopio de fuerzas para trasladarse hasta allí evitando entrar en conflicto con la gente que solo quiere escapar de la plaza.
Los veinte metros que los separan del estanco se convierten en una auténtica epopeya en la que únicamente cuenta el instinto de supervivencia.
Junto a un callejón donde se han refugiado unos cuantos que han preferido escapar de la estampida humana, sienta a Sara en el suelo con extrema delicadeza, le apoya la espalda contra la pared y se arrodilla ante ella.
Sara parpadea varias veces, pero tiene la mirada errante, dispersa.
—¡Sara, cariño, dime algo!
—¿Qué ha pasado? —le parece entender.
—Nada, tranquila. Ya estás a salvo. Dime, ¿estás bien?
—No sé dónde estoy.
—Estás conmigo. Tú solo respira, enseguida vendrán a ayudarnos.
Sancho saca su teléfono del bolsillo del pantalón con la intención de llamar a emergencias.
Cuando está a punto de hacerlo levanta la mirada y se percata de que todo el mundo tiene la misma intención.
Hay bastantes heridos por quemaduras, cortes de cristales, ataques de pánico, desorientación generalizada, pero en ese instante lo único que le preocupa es Sara.
—Sancho —oye—. Sancho...
—Aquí estoy, preciosa. Tranquila, que no me voy a mover de tu lado.
Él la agarra de la mano y ella la dirige hacia un lugar muy concreto: su entrepierna. En el primer contacto se percata de lo que Sara quiere hacerle entender.
—No...
—Creo que he roto aguas —acierta a decir ella.
Apartamento de la plaza Mayor
A través de la ventana que da a la plaza, el Témpano contempla su obra mientras saborea un té verde que aún humea en la taza.
Necesita memorizar los detalles. Casi todos los asistentes han desaparecido ya por las calles aledañas, pero todavía quedan varias decenas de personas, que están siendo atendidas en el suelo.
La mayoría de los heridos presentan quemaduras en la cabeza y en la cara, aunque también hay muchos que tienen cortes producidos por la proyección de los cristales de las ventanas que han reventado a causa de la onda expansiva.
Otros se quejan de los oídos, y no son pocos los que caminan desorientados, como si no hubiera ocurrido nada.
De fondo se oyen sirenas y los gritos de quienes reclaman auxilio.
Todo ha ocurrido tal y como había imaginado.
Tal y como había detallado en su cuaderno de operaciones.
En cuanto el alcalde ha apretado el botón de encendido y la corriente ha iniciado la cerilla eléctrica, los tres kilos de carga explosiva alojados en la carcasa de treinta centímetros de diámetro se han comportado como debían, y el material pirotécnico ha convertido la plaza en un infierno de luz y color.
Del almacén de Pirotecnia Vesubio que redujo a escombros se llevó casi todo el material que va a necesitar los próximos días: una consola de ignición, tubos de lanzamiento, una batería sellada de 12 voltios y cinco carcasas de fuegos artificiales, aunque para el evento de hoy solo requería una.
El resto lo ha enterrado a buen recaudo junto a la tumba de Kivu hasta que llegue el día de la traca final.
Para el espectáculo de la plaza Mayor ha seleccionado la que venía etiquetada como: «Pistilo rojo.
Mancha verde brillante de color crisantemo a morado».
Le parecía la más artística, la más elaborada, si bien es cierto que al no permitir que ganara altura ha perdido buena parte de su efecto estético.
Prepararlo todo le ha resultado un juego de niños.
Lo único que ha tenido que hacer ha sido manipular la carcasa para eliminar la carga propulsora, conectar la mecha a la cerilla, desmontar la estrella que coronaba el árbol e introducirla en su interior.
Solo faltaba empalmar los cables al circuito eléctrico y volver a montarla.
Para rematar la faena había dibujado con rotulador negro el símbolo de Adro, su firma, y se había marchado por donde había venido.
Un espectáculo.
Se pregunta cuántos de los que hoy estaban asistiendo al encendido de las luces de Navidad estuvieron presentes el día que a Kivu se le detuvo el corazón.
—Toca joderse, hijos de puta —les dice.
El Témpano sonríe por dentro. La sensación que le invade es la misma que cuando enseñaba a sus chicos a desactivar explosivos y les hacía caer en las trampas que les preparaba.
«Acabas de perder una mano, artista» o «Enhorabuena, tus órganos son mermelada», les decía.
Pero eso pertenece a su pasado, y lo único que ahora le ocupa es pensar en el futuro.
Por ello se acomoda en el sofá del salón y le da otro sorbo al té antes de abrir el cuaderno de operaciones por la fecha que corresponde.
Lleva cuatro días allí metido, viendo la vida pasar como cuando le tocaba cumplir con esos interminables turnos de vigilancia.
Un suplicio, necesario sin embargo para saber cuándo debía intervenir.
De este modo había constatado que la mejor franja horaria para introducir la carga explosiva en el interior de la estrella era entre las cuatro y las cuatro y media de la mañana, con la ciudad dormida.
Tenía asumido que alguna de las cámaras instaladas en la plaza dejaría constancia de su presencia, pero en todo caso eso sería ya a hechos consumados, por lo que no interfería en sus planes.
Tardó once minutos en hacerlo, embutido en un mono de trabajo, bien cubierta la cabeza con un gorro negro de lana, con la capucha del anorak puesta y con el chaleco —sustraído durante un despiste de los operarios— de Ximenez Iluminación, la empresa que se había encargado de instalar todas las luces navideñas que visten las calles de Valladolid.
Algo más tarde, el Témpano revisa lo que tiene planificado para los días posteriores y cierra el cuaderno de operaciones.
En el apartamento se cuelan las luces de los vehículos de emergencias y los sonidos que vienen de la plaza.
Le despierta curiosidad saber cuánto tiempo van a tardar los TEDAX en conectarlo con lo del almacén pirotécnico de Madrid.
Lo mismo da, él tiene su programa y lo va a cumplir pase lo que pase.
Antes de meterse en la cama, duda. No se atreve a leerlo de nuevo.
Sobre la mesa, el diario, el condenado diario que Cristina empezó a escribir un 17 de mayo de 2019.
Ciento sesenta y tres páginas cargadas de razones que justifican que él haya tomado ese camino de destrucción.
Y autodestructivo. Tiene marcados los días que volverá a leer cuando necesite recordar los porqués.
Pero ahora su cabeza no le pide eso. Prefiere acercarse de nuevo al ventanal para corroborar que ha causado el efecto esperado, y que mañana el suceso abrirá los telediarios y llenará portadas de periódicos de ámbito nacional.
—Y esto solo es el principio, cabrones —advierte.
Ambulancia camino del hospital Río Hortega
Está viviendo el peor momento de toda su vida. Una pesadilla.
Ojalá lo fuera.
Pero no.
Porque lo que está sucediendo dentro de esa ambulancia es muy real.