Cosas del querer #2
—Al parecer —continúa el comisario—, el hermano está muy bien conectado y ha tocado la puerta de la UDEV, que, si recuerdas, fueron ellos quienes hicieron el requerimiento a la Interpol para que nos dieran soporte cuando estábamos en pelotas con la investigación.
—Lo recuerdo muy bien.
—Y como tienes muy buena memoria recordarás que yo di por buena vuestra versión de lo ocurrido en aquella isla perdida cuyo nombre nunca recuerdo.
—San Cristóbal y Nieves.
—Como se llame.
A punto de entrar en el Rosabel, Herranz-Alfageme se detiene.
—Lo que necesito saber es lo siguiente: ¿hay algo que no me hayas contado por lo que nos puedan pintar la cara? Y digo «nos» porque fui yo quien puso la firma al informe que entregamos a Madrid.
—Si hubiera algo te aseguro que no compromete a nadie del Grupo.
—Si hubiera algo... Sancho, no me toques la moral, por favor te lo pido. ¿Hay algo o no hay nada?
Sancho cavila unos instantes.
—Algo hay, sí. Crucé alguna línea roja. Tuve que hacerlo o ese cabrón se nos escapaba.
El comisario se frota las manos nervioso.
—Qué línea roja.
Durante los siguientes minutos, Sancho le cuenta cómo obtuvo la información que le llevó hasta el paradero de Vázquez de Aro. También le detalla lo sucedido en la isla y el final del episodio manteniendo la misma versión que dio en su día en la Interpol.
—La madre que me parió, Sancho. La puta madre que me parió —concluye Herranz-Alfageme.
—Por muy listos que sean y por muy cachazudos que se pongan en Canillas, no van a poder encontrar nada con lo que nos saquen los colores, de eso estoy seguro.
Al margen, en aquel momento yo pertenecía a la Interpol, por lo que si tienen que pedir cuentas a alguien van a tener que tocar muchos timbres de puertas que nunca se abren.
—¿La Interpol sabe lo que ocurrió en realidad?
—Saben lo mismo que te acabo de contar.
—¿Y tanto te aprecian por allí como para pringarse de ese modo?
—Si yo te contara...
—No, Sancho, no. Precisamente lo que tendrías que haber hecho era contármelo todo en su día con pelos y señales, y no la milonga que me hicisteis tragar Sara y tú.
—No fue una milonga, solo omitimos algunos detalles que no tenían por qué aparecer en el informe. A ese malnacido se le probaron siete homicidios y, aunque merecía ese final, nosotros no fuimos con la intención de acabar con él sino de detenerle. Pero salió mal.
—Una pena, sí. Una verdadera lástima que ahora nos puede salpicar a todos.
—Yo no lo creo.
—Así que tenemos que estar todos tranquilos, ¿eh?
—Tenemos que estar atentos, nada más. Pero, insisto, sea como fuere, si en algún momento quieren tocar los cojones a alguien, serán los míos los que se encuentren encima de la mesa.
El comisario asiente varias veces.
—De eso puedes estar seguro, Sancho, porque los míos a estas alturas de la película no se tocan. Venga, tira para dentro, que hoy pagas tú.
Residencia de Sara Robles y Ramiro Sancho
Sobre las seis y media de la tarde, Sancho sale del ascensor con las llaves de casa en la mano.
Desde que Copito le ha dado la noticia no ha dejado de rumiar cómo y cuándo contárselo a Sara.
Incluso se ha planteado no hacerlo, pero sabe que con ella no funciona la estrategia del avestruz y, aunque es cierto que no le preocupa demasiado, sí lo suficiente como para notar un pellizco en la boca del estómago que le lleva incomodando todo el día.
La conclusión a la que ha llegado Sancho es que cuanto antes mejor, y el paseo diario de una hora que acostumbran a hacer juntos podría ser el momento adecuado.
De hecho, hace unos minutos ha recibido un mensaje en el que Sara le preguntaba a qué hora llegaba, y eso suele ser un claro indicativo de que la casa ya se le ha caído encima.
No tarda en descubrir que está en lo cierto, y nada más abrir la puerta se la encuentra con el abrigo morado de lana puesto.
—¿Qué tal hace? —pregunta ella antes de darle un beso en los labios.
Está guapa. A pesar de que ha ganado diecisiete kilos y se le ha redondeado algo la cara, su configuración facial le resulta tan atractiva como siempre.
—No hace malo, pero el gorro y la bufanda tampoco te van a sobrar.
—Del gorro paso, que he estado una hora hasta que he conseguido domar estos pelos. ¿Qué tal tu día?
—Los he tenido mejores. Ahora te cuento.
Sara lo mira y entorna los ojos.
—Vale —dice ella mientras se ajusta un fular—. Hoy he hablado con mi padre.
Sancho agradece el cambio de tercio.
—¿Y qué se cuenta?
—Que ayer España le metió siete a Costa Rica y que lo vio en el bar con sus amigos. Yo ni sabía que se estaba jugando el Mundial.
—Acaba de empezar, pero ya te digo yo que no pasamos de cuartos.
Tan pronto como salen del portal, Sara se percata de que hay más gente de lo habitual en la calle.
—¿Y toda esta tropa? —se pregunta.
—Antes le he escuchado comentar a Botello que a las siete es el encendido de las luces de Navidad. El año que viene igual lo hacen en agosto.
—No me seas Gargamel. ¿Nos acercamos a ver?
Sancho resopla.
—Tú verás. Puede estar petado.
—Venga, que tardamos dos minutos y luego podemos ir a tomar un chocolatazo con churros al Castillo, que el cuerpo me pide marranadas.
—¿Qué tipo de marranadas te pide?
—Pues ahora que lo dices, de comer y de las otras, que ya no me acuerdo de la última vez.
—Pues mala memoria tienes, porque si no recuerdo mal este finde pasado no hemos parado. Que el domingo pensé que me tenían que hacer una reconstrucción ahí abajo.
—Puede ser, pero resulta que antes en la ducha le he dado rienda suelta a la imaginación y..., no sé, creo que he salido más sucia de lo que he entrado.
El pelirrojo se detiene en seco en mitad de la calle de San Felipe.
—Pues hasta aquí el paseo. Regresemos.
Ella lo agarra del brazo y tira de él hacia los soportales de Fuente Dorada.
—Vamos, que hay tiempo para todo y yo ahora necesito que me dé un poco el aire.
Al llegar se encuentran con una riada de personas que, bajo un sendero de luces, convergen en la plaza Mayor. Familias con niños pequeños, parejas y grupos de jóvenes que no quieren perderse el banderazo de salida de las fiestas navideñas.
—Me resulta difícil de entender que cuatro bombillas consigan este efecto —comenta Sancho.
—No son cuatro, majete, son más de dos millones.
—¿Las has contado?
—Se lo he escuchado decir esta mañana a Carlos Flores en la radio. Es lo que tiene disponer de mucho tiempo. Está probado que la iluminación hace que nuestro cerebro produzca más hormonas de la felicidad, y eso favorece el consumo.
—Pues mis hormonas ahora lo que me piden es consumir de lo otro que me hablabas antes. Llámame anticapitalista.
Ambos se ríen y Sancho se da cuenta de que hacía mucho que no mantenían una conversación tan distendida, por lo que se plantea si hoy es el momento para contarle lo que ha hablado con el comisario Herranz-Alfageme.
En la plaza Mayor se congregan cientos de personas en torno al Árbol de los Deseos, una estructura metálica cónica de treinta y un metros de altura que se yergue en la esquina que mira hacia la calle de Santiago.
Su osamenta dorada está recubierta por una piel compuesta por centenares de luces LED, adornos varios y regalos de luces.
Una gran estrella lo corona. Las expresiones de los más pequeños justifican el dispendio y, a pesar de que las ráfagas de aire frío han hecho descender la temperatura, predomina la calidez en el ambiente.
—Mira, ahí parece que hay algo más de espacio —indica Sara señalando una zona que está al principio de la calle de la Pasión.
—Bien visto.
—Y eso que solo tengo un ojo, ¿eh?
—La madre que te parió...
El reloj de la torre de la casa consistorial marca que faltan tres minutos para las siete de la tarde.
Por la megafonía de la plaza se oye una voz distorsionada que, intuye Sancho, debe de ser la del alcalde, Omar Fuentes.
El desinterés le lleva a desviar la atención hacia las personas que tiene a su alrededor, y se fija en un matrimonio de mediana edad con sus dos hijos, tres hombres con los sesenta cumplidos que visten de forma elegante pero no tanto como sus respectivas señoras, un grupo de adolescentes con las hormonas a galope tendido y una pareja de treintañeros que parece necesitar un par de lunas de miel para aplacar la ira de sus genitales.
Más allá, cabezas y más cabezas. Sancho le saca la lengua a uno de los pequeños que sostiene el padre sobre los hombros y el niño le devuelve la mueca.
—Qué, ¿ya estás practicando para lo que te viene encima? —bromea Sara.
—No sé si estoy del todo mentalizado —confiesa—, pero sí sé que me apetece mucho meterme de cabeza en esa melé.
—Más te vale, porque te va a tocar pringarte de barro hasta las cejas.
Sancho la agarra del hombro y la atrae hacia sí.
—Por cierto, no te creas que me he olvidado de que me tenías que contar algo, ¿eh? —dice Sara.
—Luego, con el chocolate sobre la mesa. Ahora vamos a ver si merece la pena el espectáculo.
—Pues ya son las siete.
El alcalde comienza una cuenta atrás que corea el público más entusiasta.
—¡Cuatro, tres, dos, uno...!
Un intenso fogonazo amarillento precede a la explosión. Acto seguido, una erupción volcánica que nace de la parte superior del Árbol de los Deseos tiñe la plaza de verde y morado.
Fundido a negro.
Silencio.