La piel de una gota Cosas del querer
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Cosas del querer

Comisaría de distrito de Las Delicias,

Diecisiete días para la traca final

—Luego hablamos, preciosa. Besos —se despide Sancho.

No se ha levantado con buen pie. Había tardado en conciliar el sueño, y a las seis de la mañana, como viene siendo habitual, ella ya estaba danzando por la casa haciendo no sabe qué, pero sobre todo ruido.

Desde que la semana anterior su ginecóloga levantó la mano con el reposo, a Sara le ha dado por cambiar muebles de sitio, reordenar armarios, redecorar los baños, y ahora está pensando en pintar el salón de un color que no sea tan deprimente como el blanco.

¿Desde cuándo el blanco es un color deprimente?

Sancho entiende y admite que Sara haya acumulado mucha tensión durante el tiempo que se ha visto obligada a disminuir al mínimo su actividad, pero le cuesta mucho mantener una actitud positiva permanente para no contribuir al caos cotidiano.

Todo iba de maravilla, si es que ese adjetivo tenía cabida dentro de lo nada halagüeño que se les había quedado el panorama vital tras la circense resolución del caso de Vázquez de Aro.

Demasiado comprometida. Después de consultar con varios expertos en la materia, Sara decidió someterse a una cirugía oculoplástica reconstructiva de la cavidad orbitaria.

Lo hizo en una clínica de Barcelona especializada en adaptación de prótesis oculares y el resultado rozaba la perfección, no solo por el nivel de semejanza en lo físico, sino por haber logrado adaptar el implante a los músculos extraoculares, ayudando a transmitir con ello cierto rango de movimiento a la prótesis.

Sara no tardó en habituarse a ver con un solo ojo, y a pesar de que le importaba bastante poco la parte estética, lo cierto era que resultaba francamente complicado darse cuenta de que llevaba un implante.

En cuanto al embarazo, en el mes de julio les habían confirmado que se trataba de gemelas idénticas y que la gestación se estaba desarrollando con total normalidad.

Entretanto, Sancho había conseguido reducir al máximo sus intervenciones sobre el terreno de forma transitoria.

Todo ello con el beneplácito tanto de su superior directo en la Interpol, Azubuike Makila, como del presidente Bauer, con quien seguía conservando una amistad muy enriquecedora.

Su rutina semanal consistía en llegar a Valladolid los jueves por la noche y quedarse hasta el lunes, cuando regresaba a la central de Lyon.

Como pareja, seguían contemplando la posibilidad de que Sara optara a una de las plazas que iban a quedar vacantes dentro de las TOC de la Interpol, y a pesar de que ella aún no estaba del todo convencida, a Sancho le parecía la mejor opción posible.

Todo se torció a finales de septiembre, durante la semana veintisiete de gestación.

Un lunes se despertó con contracciones y un pequeño sangrado que provenía de la dilatación del cuello uterino.

A las tres horas salieron del hospital con la orden por parte de la ginecóloga de que hiciera reposo absoluto, una receta de Atosiban y muchas pastillas de mal genio que Sara iba a tener que ingerir cada día durante demasiados días.

Ella, que tenía decidido seguir trabajando hasta el momento del parto, asumió mal la noticia.

Muy mal, más bien.

A partir de ahí, la inactividad de Sara provocó que las ausencias de Sancho fueran más ausencias, menos llevaderas, y la convivencia se enrareció.

Los fines de semana, con ambos condenados al encierro con excepción de un breve paseo diario, se convirtieron en un suplicio para los dos.

Además, el padre de Sara tuvo que trasladarse a vivir al domicilio para atender a su hija, por lo que se generó un caldo de cultivo muy favorable para que la tensión floreciera como mala hierba.

Había que encontrar una solución, y fue Sancho quien dio con ella tres semanas después.

—Creo que podría solicitar una plaza en Valladolid en comisión de servicio —le soltó a Sara durante la cena.

Ella levantó la vista de los guisantes con jamón. Por suerte, ese fin de semana de octubre, José María había regresado a Jaca para, según él, «arreglar algunas cosillas», lo que tamizado por el filtro de la verdad sería: «Para salir de ese infierno en el que me habéis metido».

—¿Qué plaza? —quiso saber ella.

—Ya sabes a qué plaza me refiero. Pero solo mientras dure la baja por maternidad, y, si así lo decides, también durante el permiso de lactancia.

—Ya, claro. ¿Y tu baja por paternidad?

—Lo he consultado y podría solicitarla a tiempo parcial, porque, de otra manera, cuando hable con Copito me va a mandar a la mierda.

Sara caviló durante unos instantes.

—¿Y qué pasaría luego? ¿Te guardarían tu puesto en la Interpol?

—Esa parte ya la he pactado con Bauer. Me respetarían la plaza un máximo de un año con la condición de que siga pendiente de ciertos asuntos que tenemos abiertos, aunque sea desde la distancia.

Es decir, que tendríamos tiempo para decidir cuál sería el siguiente paso: Valladolid o Lyon. Pero sea lo que sea, juntos.

Esa última parte le gustó a Sara. En realidad, era evidente que a ella no le hacía ninguna gracia que Sancho ocupara su cargo de jefe del Grupo de Homicidios —a pesar de ser provisional—, pero mucho peor aún era el panorama que tenía por delante hasta diciembre.

—¿Y tú crees que lo van a aceptar?

—El comisario Herranz-Alfageme seguro, porque Matesanz ya sabes que no quiere asumir más funciones de las que tiene, y Peteira al frente de todo...

—No —completó ella tajante—. Lo último que sé al respecto es que estaban pensando en traer a alguien de fuera hasta que yo me reincorporara.

—Ya sabes lo poco que le gustan a Copito las injerencias externas. Para él va a ser una buena alternativa, y con lo cabezota que es, si le convence la solución, el comisario provincial seguro que la va a aceptar aunque sea solo por quitarse el marrón de encima.

Y así fue.

Sin embargo, no resultó tan rápido y sencillo como a Sancho le habría gustado, dado que ya se habían iniciado los trámites con un veterano inspector del Grupo de Robos, un tipo que también había solicitado la plaza en comisión de servicio y que, al parecer, estaba bien conectado con la superioridad.

A la postre, los méritos cosechados por Ramiro Sancho como jefe del Grupo de Homicidios se impusieron a los contactos de su rival, y el lunes 31 de octubre se incorporó a su antiguo puesto con el beneplácito de todos sus integrantes, la mayor parte de ellos compañeros durante los años que el pelirrojo estuvo al frente del equipo.

Por suerte, las investigaciones en curso estaban muy bien encauzadas y, si bien había bastante carga de trabajo, el nivel de presión no era ni mucho menos el de épocas pasadas.

Además, Sancho mantenía informada a Sara de los progresos o las dificultades con las que se iban encontrando para hacerla sentir partícipe de todo.

Desde entonces la relación de pareja ha mejorado de forma notable, con altibajos, eso sí, pero Sancho es muy consciente de que el último tramo no va a ser fácil —en especial para Sara, que tiene que soportar la peor parte—.

Prueba de ello es la llamada que ha recibido dos minutos después de marcharse de casa.

Durante esa conversación, que ha durado hasta que ha aparcado en comisaría, han hablado exactamente de lo mismo que dos minutos antes de despedirse.

Cosas del querer.

—Luego hablamos, preciosa. Besos —se despide Sancho.

En cuanto sale del coche reconoce la voz de Dani Navarro.

—Buen día, jefe.

A su lado, Áxel Botello vestido de moderno de los noventa.

—Mucho tiene que mejorar la jornada para que el día sea bueno —responde Sancho.

—Uy, pues entonces no te digo que a las ocho en punto se ha pasado Copito por la brigada preguntando por ti. Parecía urgente.

—Hay que joderse...

—Nos vamos a hacer la gestión que hablamos ayer en la estación de autobuses, a ver si cantamos bingo o línea.

—Los cartones los tenemos, así que a tachar números. Después me contáis.

Con una mosca peluda y cojonera detrás de la oreja, Sancho sube al despacho del comisario, toca la puerta y entra.

—¿Me andabas buscando?

—¿Has tomado café?

—Intuyo que no el suficiente.

—Intuyes bien. Vamos donde Cuqui.

Tal y como le suele ocurrir en comisaría entre tres y cinco veces al día, el comisario le pregunta por Sara y el embarazo.

—Bien, todo en orden —resume—. Deseando entrar en el paritorio.

—Se os presenta un 2023 precioso. ¿Ya tienen nombres las criaturas?

—Estamos inmersos en esa batalla. No va a ser fácil.

—¿Leonor y Sofía?

—Adjudicado. Ahora se lo propongo a Sara de tu parte.

En cuanto salen al exterior, a pesar de que el cielo está limpio de nubes y brilla el sol de finales de otoño, a Herranz-Alfageme se le agria el semblante.

—Gonzalo García Prieto —dice.

Las pobladas cejas de Sancho se elevan hasta la mitad de la frente.

—Me quiere sonar.

—Pues quédate con su nombre. Es inspector de algo en Medina del Campo y optaba a la plaza porque, según me cuentan, su mujer trabaja en los juzgados de Valladolid.

Ha recurrido a través del sindicato tu adjudicación en comisión de servicio y solicita que se saque a concurso.

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Siempre hay algún resentido que piensa que ha hecho méritos suficientes para ocupar un despacho ministerial.

—¿Pero?

—Pero resulta que el tipo tiene un hermano en Canillas.

—Déjame adivinar. En la UDEV.

—Casi. En la UCIC.

—Unidad Central de Inteligencia Criminal —completa Sancho.

—Eso mismo. Al grano: el tipo ha empezado a remover cosas y a hacer preguntas sobre ti. En concreto sobre el asunto de Vázquez de Aro.

—Joder de Dios.

—Eso mismo he pensado yo cuando me llamaron anoche.

—¿Anoche? ¿Quién?

—Un amigo, qué más da. El hombre está haciendo todo lo posible por agitar el avispero, Sancho, y ya sabes cómo se cerró aquello.

El pelirrojo se pasa la mano por el cogote como si quisiera comprobar que, en efecto, está perfectamente rasurado.